Capítulo 34 — Hacerlo público
Como el viaje se había alargado dos días, Valeria llegó a la nueva semana con una montaña de trabajo pendiente.
Emiliano solo podía ayudarla hasta cierto punto.
Cansada, Valeria levantó la vista de la computadora por tercera vez para ir a prepararse un café. Al pasar junto a recepción, vio a Emiliano echando la flojera y chismeando con sus compañeros.
En la recepción estaban cuatro personas: además de Emiliano, Natalia, que se aburría todas las tardes; Ana, experta en hacerse la ocupada, y Roberto, con su portafolio en la mano, sin que se supiera si iba de salida o acababa de volver.
Mientras comentaban los chismes de la oficina de esos días, pelaban mangos.
Los había llevado Emiliano.
Esa mañana repartió mangos a todos y dijo que su tío le había mandado dos cajas con el chofer. Como no iba a poder comérselos todos, decidió llevarlos para que los demás probaran.
Eran mangos Manila de temporada, dulces y jugosos.
Valeria también había recibido una porción. La dejó en el escritorio y casi no la tocó, porque la noche anterior ya había comido. Mauricio se los había llevado en persona.
Pero Emiliano y los demás tenían una manera peculiar de comerlos: los mojaban en salsa de soya.
—¿Qué combinación tan rara es esa? —Valeria estaba cansada también y se acercó para distraerse un rato.
Ana asintió enseguida.
—Eso digo yo, pero míralos. Parece que pertenecen a una secta.
Natalia puso los ojos en blanco.
—Así saben mejor. La salsa de soya hace que no queden tan dulces.
Roberto también asintió.
Valeria había oído hablar de esa combinación, pero nunca había conocido a nadie que tuviera esa costumbre.
Los dos sabores no combinaban en absoluto; sin embargo, Emiliano se los comía con mucho gusto.
Al notar la mirada de Valeria, le preguntó:
—¿Quieres probar?
Escogió un mango bien maduro, lo peló y lo untó con salsa de soya antes de ofrecérselo. Para que no goteara, puso la mano debajo con cuidado y lo recomendó con entusiasmo:
—Así el sabor del mango tiene más matices.
Valeria dudó un poco, pero como él ya se lo había acercado, abrió la boca por reflejo.
Justo después del primer bocado, la puerta de cristal se abrió con un timbre. Fernando y Mauricio acababan de entrar desde el pasillo.
—Licenciado Rivas, tío —saludó Emiliano, volviéndose.
Valeria se apresuró a recibir el mango de manos de Emiliano y lo envolvió en una servilleta, ocultándolo a sus espaldas.
Aunque en la oficina todos tenían bastante libertad, reunirse en recepción para chismear no daba la mejor imagen.
Valeria retrocedió con disimulo y tiró el mango envuelto en la basura. Natalia también movió con cuidado el plato de fruta para dejarlo en un lugar menos visible.
Fernando, por supuesto, notó los movimientos de ambas.
Desde que entró vio a todo el grupo reunido en recepción; era imposible no fijarse.
Le lanzó a Natalia una mirada de advertencia, saludó con la cabeza a los demás y siguió caminando con Mauricio mientras hablaban como si nada.
Mauricio, sin embargo, se detuvo y se acercó a Emiliano.
—¿Tomando el cafecito de la tarde con tus compañeros? —Miró la recepción—. ¿Ya te acostumbraste al trabajo?
—Sí —respondió Emiliano, algo tenso.
Como no recibía sueldo, no sentía tanta culpa por distraerse un rato en horario de trabajo. Pero los demás eran otra cosa, sobre todo Natalia.
—Todo va bien. —Temiendo meter a los demás en problemas, añadió enseguida—: Todos me han tratado muy bien. En apenas un mes he aprendido muchas cosas.
—Qué bueno. —Mauricio asintió y volvió la mirada hacia Valeria.
Mala señal. Seguro había visto cuando Emiliano le dio de comer el mango.
Natalia notó el gesto algo serio de Mauricio y miró a Valeria con preocupación, como diciéndole que más le valía tener lista una explicación.
El señor Luján te pidió que ayudaras a su sobrino, y mira: ya le estás rompiendo el corazón al muchacho. Ahora te descubrieron.
Roberto y Ana pensaban lo mismo que Natalia.
Todos habían visto que Emiliano andaba pegado a Valeria: siempre le pedía ayuda para hacerse el nudo de la corbata, la acompañaba a trabajar hasta tarde y le llevaba algo rico cada vez que podía…
Mauricio era un hombre de mundo. Seguro notaba lo que estaba pasando.
Vieron que se acercaba paso a paso a Valeria y todos se pusieron nerviosos por ella.
Pero, cuando llegó a su lado, Mauricio solo tomó una servilleta y le limpió la comisura de los labios.
—Tienes salsa en la boca —dijo con un tono tan cariñoso que nadie en la oficina se lo había oído antes.
Natalia y Ana se miraron, sin saber si habían visto y oído bien. Incluso Roberto lo miró con incredulidad y luego volteó hacia Emiliano.
Emiliano también estaba atónito.
Y lo que más lo sorprendió fue que, después de limpiarle la boca a Valeria, Mauricio añadió con el mismo tono cariñoso:
—Esta noche Fernando y yo tenemos una cena de negocios. Cuando termines, llámame y paso por ti.
¿Qué era eso? ¿Avisarle de sus planes? ¿Pasar a recogerla?
Por donde se viera, parecían una pareja.
Esta vez nadie tuvo que mirarse entre sí: todos volvieron la vista hacia Valeria.
Ella tampoco sabía qué hacer.
Durante el viaje, Mauricio había querido sincerarse con Emiliano. Ella le pidió que esperara porque no era buen momento y, después, él no había vuelto a mencionarlo.
Valeria creyó que habían acordado no hacer pública la relación hasta que estuviera un poco más consolidada.
No imaginó que Mauricio aprovecharía aquella visita para anunciarla de esa manera.
Pero tampoco podía dejarlo en ridículo delante de todos.
—Está bien —respondió. Tomó su taza de café y se fue rápidamente bajo la mirada cómplice de Fernando y las caras de asombro de los demás.
Como era de esperar, cuando volvió a su despacho, el grupo privado de WhatsApp del personal —donde no estaban Fernando ni Ricardo— ya era un caos.
Natalia y Ana compartían, una tras otra, sus impresiones de lo que acababan de presenciar. Todos la etiquetaban y le pedían que contara la verdad: ¿cuándo y cómo había empezado a salir con Mauricio?
Hasta Emiliano le escribió en privado para preguntarle si de verdad estaba en una relación con su tío.