Fuera de ruta Capítulo 27 — Lo nuestro
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Capítulo 27 — Lo nuestro

¿Qué somos ahora?

Al final, Valeria se atrevió a hacer la pregunta.

No era una pregunta sensata. Solo podía llevarlos por uno de dos caminos: aclarar lo que había entre ellos y convertirse en pareja o… No. No podían volverse desconocidos. Trabajaban en asuntos relacionados y tendrían que seguir viéndose. Solo les quedaría colaborar con una incomodidad constante.

Pero, en ese momento, Valeria preguntó de todos modos.

Quizá el hecho de que Mauricio la hubiera consentido le dio valor. O quizá ya estaba cansada de que él se acercara y se alejara durante tanto tiempo.

—¿Qué quieres que te conteste? —Después de un largo silencio, lo oyó devolverle la pregunta.

¿Por qué siempre dejaba que ella decidiera?

Valeria quería una relación de verdad, no una conexión limitada al cuerpo.

Quería ese título: ser su novia.

Poder tomarlo de la mano en público sin ocultarse, oírlo presentarla como «mi novia», salir con él y celebrar juntos cada fecha importante para una pareja.

En cuanto hizo la pregunta, sus sentimientos quedaron al descubierto.

¿Acaso Mauricio no lo entendía?

¿Por qué tenía que obligarla a decirlo en voz alta?

¿O incluso ahora iba a salir con algo como «¿y qué si fuéramos novios? Solo sería un título. Sin él podemos seguir haciendo cosas todavía más íntimas»?

El silencio se volvió insoportable.

Valeria apretó los labios y respiró deprisa. De pronto se le humedecieron los ojos.

La alegría que había sentido al verlo llegar se deshizo como la espuma de jabón sobre su piel: bastaba tocarla para que desapareciera.

—Está bien, ya entendí. —Al cabo de un rato, volvió la cara y dejó de mirarlo.

Salió de la tina sin preocuparse por lo mojado que tenía el cuerpo, se envolvió en una toalla y se dirigió a la puerta con pasos largos.

Iba tan deprisa que casi se resbaló. Mauricio estiró la mano para sostenerla y, al tirar de ella, la atrajo de nuevo hacia sus brazos.

Valeria volvió en sí cuando ya estaba otra vez pegada a él.

El aliento tibio de Mauricio le rozó la cara.

Lo oyó suspirar. Luego, con un tono un poco resignado, le preguntó:

—¿Qué entendiste?

—¿Por qué sigues sin confiar en mí? ¿Por qué crees que vine hasta acá? —le preguntó en voz baja. Bajó el hombro para poder mirarla a los ojos; parecía cansado.

—Pero…

Valeria iba a decir algo, pero Mauricio le sostuvo la barbilla.

Ese beso fue distinto al anterior.

Llevaba consigo una ternura suave: cariño, cuidado, deseo y afecto. Todo parecía pasar de sus labios a los de ella.

Valeria rodeó la espalda de Mauricio con los brazos y le devolvió el beso sin darse cuenta.

Cuando él por fin se apartó, Valeria oyó su voz grave y sensual entre sus respiraciones:

—¿Ahora entiendes cómo me sentí aquella vez en el hotel, cuando me preguntaste si iría a tu boda?

—Sentí lo mismo que tú acabas de sentir —añadió.

—¿Qué quieres decir? —Valeria parpadeó. Un instante después, lo entendió—. ¿Dices que tú…?

—Sí. —Mauricio lo admitió sin titubear—. En ese momento pensé que no podía dejar que siguieras fingiendo que no te dabas cuenta.

—Pero… el que fingía eras tú.

—Porque llevaba tiempo esperando que me preguntaras directamente. Pero siempre te comportabas como si no te importara.

—… No me daba igual.

Valeria quiso explicarse. Entonces recordó todos los límites que había puesto entre los dos desde el principio:

Por ejemplo, no encender la luz cuando estaban juntos, porque no quería guardar esas escenas demasiado nítidas en la memoria.

Por ejemplo, no pasar la noche juntos, porque los abrazos hacían que una se volviera más dependiente de alguien. Lo mismo ocurría con los besos.

Por ejemplo, mantener breves los mensajes, por miedo a que hablar demasiado seguido los hiciera sentir como una pareja.

…

Rara vez se detenía a ordenar aquellos sentimientos confusos, borrosos y contradictorios.

No se había atrevido a decirle que lo deseaba y, al mismo tiempo, tenía miedo. Le aterraba que cruzar una línea pudiera destruir lo que había entre ellos.

—Entonces, ¿quieres decir que te gusto? —dedujo Valeria.

—Sí. —Mauricio asintió sin añadir nada más. La miró con ternura, como si sus ojos transmitieran en silencio todo el amor de su corazón.

Al sentirse mirada así, Valeria notó un leve temblor en el pecho y sintió que volvían a formársele burbujas de alegría.

Pero también le dio curiosidad.

—¿Desde cuándo?