Fuera de ruta Capítulo 25 — Ponerlo a prueba
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Capítulo 25 — Ponerlo a prueba

—Bueno. —Valeria deslizó el dedo por la pantalla y apareció el indicador verde de llamada.

Del otro lado oyó la voz familiar, un poco ronca, de Mauricio.

—¿Qué haces?

Una pregunta de lo más común.

Había quien decía que, en realidad, significaba «te extraño».

Pero también podía ser que a quien la hacía simplemente no se le ocurriera un tema mejor para empezar a hablar.

—Acabo de regresar de cenar con la gente de la empresa cliente. —Valeria hizo una pausa—. Perdón, en la tarde estuve ocupada y no vi tus mensajes.

¿Perdón?

El tono tan profesional de Valeria desconcertó a Mauricio. Tardó un momento en volver a hablar.

—¿Sigues ocupada?

—No.

—Entonces quédate un rato platicando conmigo.

—¿De qué?

—Quiero oír tu voz. Podemos hablar de lo que sea.

Aunque los separaban más de mil kilómetros, la voz que llegaba por el teléfono no había perdido nada.

Seguía siendo grave y seductora.

Valeria incluso podía imaginarse a Mauricio del otro lado: con el rostro casi inexpresivo, pero con una mirada de ternura apenas perceptible, como en cada uno de sus encuentros íntimos.

La habitación estaba en silencio. Una brisa entraba por la ventana y traía consigo el aroma de alguna flor que Valeria no reconoció.

En aquella quietud, se dio cuenta de que extrañaba mucho su voz.

De pronto ya no pudo recurrir a «ya me voy a dormir», «estoy muy cansada» ni a ninguna otra excusa para colgar.

—Mauricio.

Lo llamó de pronto por su nombre, dejó el celular en la mesita de noche con el altavoz encendido y se acomodó bajo las cobijas.

Al oírlo responder con su voz grave, le preguntó:

—¿Cómo está el clima por allá?

—Bien. ¿Y por allá?

—También. Aunque quizá no pueda regresar el fin de semana.

—Sí, Emiliano me contó.

—¿Y tú qué vas a hacer el fin de semana?

—Tengo una comida con un socio comercial y también voy a asistir a un foro…

Así siguieron conversando.

Hablaban de cosas sin importancia, pero la voz sensual de Mauricio hacía que Valeria se sintiera como si estuviera envuelta en una melodía encantadora.

Del otro lado, sus oídos recibían con claridad cada sílaba que él pronunciaba. Pero, poco a poco, antes de que su mente alcanzara a unirlas en frases completas, las palabras se le escapaban como si se fueran por otro lado.

Valeria se hundió en el colchón suave. Sus respuestas se hicieron cada vez más lentas y tardaba más en pensar qué decir.

¿Se estaba quedando dormida?

Mauricio notó que tardaba más en responder y estuvo a punto de preguntárselo. De pronto, del otro lado se escapó un gemido corto que ella no alcanzó a contener.

—¿Me extrañas? ¿Sí? —preguntó él.

Podía ser una frase de coqueteo.

La entonación se alargaba apenas, como los murmullos íntimos que intercambiaban en ciertos momentos.

Pero no era del todo una insinuación. No había dicho «¿me extrañas y me deseas?». Al final añadió una pregunta casi sincera: «¿sí?»

¿Sí?

La trampa de esa pregunta era que él sabía que lo extrañaba y aun así quería oírla admitirlo.

Como tantas otras veces, usaba sus buenos modales y su atención para ir derribando poco a poco las defensas de Valeria, hasta hacerla reconocer sus deseos y sus sentimientos.

Pero, incluso cuando ella ya los reconocía, él seguía sin mostrar sus propias cartas.

Le preguntaba si lo extrañaba. ¿Y él? ¿La extrañaba también? ¿Le importaba?

—Si te digo que sí, ¿vendrías a verme?

Vivían a casi mil kilómetros de distancia. Incluso en avión, el viaje de ida y vuelta le consumiría medio día.

—¿Vendrías a pasar el fin de semana conmigo? —le devolvió la pregunta, con un tono que incluso sonó un poco consentido.

Mauricio guardó silencio. Al cabo de un rato preguntó:

—¿Quieres que vaya?

Tal como imaginaba: una respuesta ambigua, el truco de siempre. Le devolvía la pregunta para que ella misma se diera cuenta de lo poco razonable que era pedirle eso y terminara desistiendo.

En otras ocasiones, Valeria se habría reído y habría dejado el tema por la paz.

Pero esta vez asintió.

—Sí.

En viajes de trabajo anteriores, durante alguno de sus días libres, también había sentido ganas de ir a verlo.

Tomar un avión de una ciudad a otra para encontrarse con él y aliviar un poco la añoranza.

Sabía que, si se lo pedía, probablemente él pagaría todos los gastos e incluso la atendería con tanta consideración que tendría unas vacaciones bastante agradables.

Pero no eran novios. Viajar hasta otra ciudad para ver a una pareja podía ser romántico; hacerlo por un amigo con derechos podía hacerla sentir demasiado disponible.

—Quiero que vengas —dijo Valeria.

De verdad quería que fuera.

Y también lo estaba poniendo a prueba.

Un hombre como Mauricio podía ser atento con ella solo por educación. Podía gastar dinero porque no le faltaba. Incluso podía hablarle con ese tono íntimo simplemente porque estaba aburrido. Pero ¿haría espacio en un fin de semana que ya tenía ocupado para viajar hasta allá?

Antes, cuando descubrió que habían terminado con él, escuchó a su exnovia reclamarle que él siempre cumplía, pero nunca ponía suficiente iniciativa ni interés. En aquel momento Valeria no se había identificado con ella; hasta pensó que era un poco caprichosa.

Ahora, de pronto, comprendía lo que se sentía.

Era esa frustración de estar ya enamorada mientras la otra persona parecía poder apartarse en cualquier momento.

—¿Por qué no vienes? —La tristeza de estar enamorada en secreto le dio a Valeria el valor para ponerse caprichosa, algo que pocas veces hacía.

No era la novia de Mauricio. No podía amenazarlo con terminar.

Seguro pensaría que estaba loca.

Y mejor así. Tal vez esa prueba acabaría con todas las ideas que ella se había inventado. A partir de entonces podría limitarse a disfrutar del placer físico hasta que encontrara otra relación que satisficiera tanto sus deseos como sus necesidades emocionales.

Eso se decía Valeria.

Pero, a medida que Mauricio guardaba silencio, sintió que el corazón se le hundía poco a poco.

—Duérmete. Buenas noches —dijo por fin.

Había sobreestimado lo que podía soportar.

Pasó una noche inquieta y no durmió bien.

Al día siguiente, durante la reunión, cumplió con su trabajo con el profesionalismo de siempre.

Cuando por fin acabó todo y terminó de preparar el informe, cerró la computadora y se masajeó las sienes con dolor de cabeza.

—Ve a comer tú. Quiero volver a descansar un rato —le dijo a Emiliano.

—Está bien. —Al verla cansada, él asintió—. ¿Quiere que le traiga algo de cenar?

—No hace falta. Cuando despierte, como cualquier cosa en el hotel.

—Ah, bueno.

Se separaron para ir cada uno por su lado.

Valeria volvió a su habitación, se dio una ducha rápida y se metió en la cama.

Medio dormida, oyó varias veces la notificación de mensajes, pero no les hizo caso. Hasta que el teléfono sonó con insistencia; entonces sacó el celular de debajo de la almohada.

Era Mauricio.

Los mensajes que no había leído también eran de él:

«Ya llegué».

Compartió su ubicación.

«¿Dónde estás?»

Y, por último:

«Abre».

—Tú… —Valeria se levantó de golpe y lo miró, incrédula—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo supiste que me estaba quedando en este hotel?

No terminó la frase.

Ella misma lo había invitado.

Y, con Emiliano cerca, ¿qué no podría averiguar Mauricio?