Fuera de ruta Capítulo 24 — Fuera de lo normal
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Capítulo 24 — Fuera de lo normal

Valeria estaba actuando de una manera extraña.

Cuando apenas había salido de viaje, todo parecía normal.

Al llegar al hotel le había mandado fotos a Mauricio y la noche antes de la negociación habían estado platicando.

Pero durante los últimos dos días parecía otra persona.

Cada vez tardaba más en responder y sus mensajes eran cada vez más breves y cortantes.

Mauricio repasó la conversación reciente con Valeria.

El primer mensaje era de la noche anterior. Después de cenar, le preguntó cómo iba la negociación. Ella tardó bastante en contestar. «Bien, más o menos». Luego le dijo que estaba cansada, que se iba a dormir temprano y que él también descansara.

El segundo mensaje era del mediodía. Mauricio le compartió una foto de su comida y le preguntó si ya había comido. Ella respondió simplemente «Sí» y no volvió a escribir.

El tercero era peor. Al atardecer, él le mandó un video suyo haciendo ejercicio. Dos horas después, ella ni siquiera había contestado.

¿Estaría comiendo? Ya había pasado la hora.

¿Bañándose? Con media hora bastaba.

¿Seguiría ocupada con el trabajo? Entonces, ¿por qué Emiliano acababa de publicar un estado?

Mauricio miró la pantalla sin encontrar una explicación razonable. Salió de la conversación y llamó a Emiliano.

—¿Bueno, tío? —Emiliano contestó, claramente sorprendido—. ¿Por qué se te ocurrió llamarme?

Vaya manera de hablar.

—¿No puedo saber cómo estás? —Mauricio alzó una ceja—. ¿Todo bien en el trabajo?

—… No mucho. Surgieron unas diferencias nuevas en la negociación. Tal vez nos quedemos un par de días más.

—¿Está muy complicado? —preguntó Mauricio, como si de pronto hubiera encontrado la causa del problema.

Pero Emiliano lo contradijo enseguida:

—Tampoco tanto.

—La licenciada Ríos dijo que regatear les toca a ellos. Nosotros solo tenemos que opinar sobre los asuntos legales —añadió.

Entonces, ¿qué pasaba?

Mauricio frunció otra vez el ceño, que apenas había relajado.

—No le habrás causado problemas a la licenciada Ríos, ¿verdad?

—No. Hoy hasta me felicitó porque terminé bien el trabajo.

—Entonces… ¿te estás acomodando bien por allá? ¿La comida y el hotel están bien? —preguntó Mauricio.

—¿Eh? —Emiliano quedó desconcertado.

La pregunta lo sorprendió más que la llamada.

Solo estaba de viaje por trabajo. No iba a quedarse más que unos días. En cambio, cuando él estudiaba en Estados Unidos, Mauricio nunca se había preocupado por si comía bien o dónde vivía.

—… La comida está bien, sabe parecido a la de aquí, y el hotel también está bonito —respondió Emiliano. Dudó un instante antes de preguntar—: Tío, ¿te pasa algo?

¿Le habrían encontrado de pronto una enfermedad terminal, como a la abuela? ¿Acaso había comprendido de repente que no podía concentrarse solo en el trabajo y que debía preocuparse más por su familia?

—¿Te hiciste un chequeo médico hace poco? —preguntó con cautela.

—Estoy perfectamente bien. —Mauricio dedujo más o menos por dónde iba la mente de Emiliano—. Si no tienes nada que hacer, duérmete temprano. Ya voy a colgar.

La llamada no le dio ninguna información útil, salvo una: el viaje de Valeria y Emiliano se había alargado.

Pero Valeria no se lo había mencionado.

¿Le habría pasado algo más que la tuviera preocupada?

Mauricio no podía adivinarlo, así que decidió llamarla.

Valeria estaba acostada, mirando el video que Mauricio le había enviado.

Esa noche, los representantes del cliente habían invitado a cenar a Valeria y a Emiliano. No pudo rechazar su insistencia amable y terminó tomando un poco.

No sabía si era por el alcohol o por esos días del mes en que una se siente más inquieta de lo normal.

Llevaba un buen rato en la cama sin poder dormir, así que abrió el video de Mauricio.

Parecía grabado desde la perspectiva de su entrenador. Mauricio estaba sentado en una banca, haciendo press de hombros con mancuernas.

Los músculos de sus brazos se definían con claridad, firmes y bien proporcionados.

Valeria no sabía en qué serie iba. La camiseta, empapada de sudor, se le pegaba al cuerpo y marcaba los músculos de los hombros que trabajaban junto con los brazos, además de su pecho amplio.

El sudor le resbalaba del cabello tupido hasta la sien y luego por el costado del cuello. Su respiración agitada, el ritmo de cada inhalación y cada exhalación: incluso a través de la pantalla, Valeria sentía el magnetismo que desprendía.

Era la primera vez que comprendía que el deseo podía tomar una forma concreta.

Estaba en la tensión de la comisura de sus labios, en sus músculos contraídos, en el jadeo que se le escapaba entre los dientes apretados, en el sudor que le brotaba de la piel y en la sensación de su cuerpo caliente.

Recordó las incontables noches que había pasado enredada con él.

Justo entonces sonó el teléfono.