Fuera de ruta Capítulo 22 — Viaje de trabajo
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Capítulo 22 — Viaje de trabajo

El lunes, Valeria llegó al despacho radiante, de muy buen humor. Hasta mientras lavaba su taza se sorprendía sonriendo.

—¿Por qué tan contenta? —se burló Ana—. ¿Tuviste una cita el fin de semana?

—¿Qué cita? —negó Valeria enseguida—. Tú sabes cómo está mi situación.

Pero, por la vergüenza, su voz sonó más baja de lo normal.

—Algo traes —insistió Ana.

—Te lo estás imaginando —replicó Valeria. Tomó su café y salió de la cocina casi huyendo.

En realidad, el fin de semana no había tenido ninguna cita.

Esa mañana, después de desayunar en su departamento, Mauricio se marchó al poco rato porque tenía otros pendientes.

El resto del fin de semana fue igual a los pocos que Valeria tenía libres: limpió la casa, fue al gimnasio, compró artículos de uso diario y fruta en el súper, y leyó un rato…

Si hubo algo diferente, fue que intercambió más mensajes de lo habitual con Mauricio.

Después de irse de su casa, él le mandó un mensaje inusual para avisarle que había llegado. Por la tarde le compartió un video en el que estaba pescando en altamar con unos empresarios.

Le dijo que se había pasado toda la tarde sin pescar nada.

Valeria notó que estaba aburrido y que de verdad no podía irse de ahí. Así que se quedó conversando con él por WhatsApp.

Durante esos dos días se escribieron bastante.

¿Se le notaba tanto?

De vuelta en su despacho, Valeria no pudo evitar abrir la cámara frontal del celular.

Emiliano tocó la puerta.

—Licenciada Ríos, ¿a usted también le salió un granito?

Valeria dejó el celular enseguida. Tardó un momento en reparar en la palabra «también» y miró a Emiliano.

—¿A ti te salió uno?

—Sí. —Emiliano asintió—. Al día siguiente de tomar me salió uno en la frente.

—Está grandísimo.

Se levantó el fleco para mostrárselo y luego recordó algo más.

—Oiga, ¿mi tío sí la llevó a su casa esa noche?

—… Sí.

—Qué bueno. Aunque creo que usted vive más cerca. Él debería haberla dejado primero.

—Eh… Teníamos que hablar de un asunto de trabajo.

—… Ah.

Emiliano aceptó la respuesta. Como había estado muy borracho, no recordaba casi nada y Valeria logró sacarlo del tema. Al cabo de un rato, él recordó para qué había ido a verla.

—Por cierto, ya cerramos el caso de Industrias Rona. ¿Qué vamos a hacer esta semana?

Había ido para que Valeria le asignara sus nuevas tareas.

Ella abrió el plan de trabajo semanal, le dio algunas indicaciones y luego explicó:

—El miércoles tengo que salir de viaje por trabajo. Probablemente no vuelva hasta el fin de semana. Si te surge alguna duda mientras no estoy, puedes preguntarle a otro abogado. Y si te sobra tiempo y te aburres, ve con Ricardo Cruz para que te asigne algo más.

—¿Va a salir de viaje? —Emiliano se inclinó para mirar la computadora—. ¿A qué?

—Uno de los clientes con los que el despacho tiene una relación permanente de asesoría legal va a negociar un proyecto y necesita que lo acompañemos. —Valeria le explicó la situación por encima.

Emiliano no entendió.

—Si la otra parte incumplió el contrato, ¿por qué no lo rescinden y le exigen la penalización? ¿Para qué negociar?

—Porque el proyecto del cliente debería entrar en operación el próximo año.

Aunque ganáramos un juicio, el calendario se retrasaría.

Si no empieza a operar a tiempo, todo el trabajo que hicieron para atraer negocios e inversionistas se vendría abajo —explicó Valeria—.

Las pérdidas por echar a perder el plan completo serían mucho mayores que la compensación que podríamos obtener en un juicio.

—Ah. Ya entendí. —Emiliano lo pensó un momento—. ¿Puedo ir con usted?

—… —Valeria lo miró.

—Con las tareas que me dio termino antes del martes. Mejor lléveme también. En las reuniones y negociaciones me quedo callado a un lado. Le prometo que no voy a estorbar.

Mientras hablaba, se volvió hacia ella con una mirada suplicante.

—Este… ¿De verdad quieres ir?

—Sí, sí. —Emiliano asintió con entusiasmo.

Valeria se encontró con sus ojos ilusionados y lo pensó un instante.

—Está bien. Se lo voy a preguntar a Fernando.

No era la primera vez que un pasante acompañaba a alguien en un viaje de trabajo, pero de todos modos tenía que avisarle a Fernando Rivas.

Por la identidad de Emiliano, también debía comentárselo a otra persona.

—El miércoles voy a salir de viaje por trabajo y Emiliano me pidió acompañarme… —le contó esa noche a Mauricio.

—¿Te pidió ir contigo? —preguntó Mauricio.

—Sí. Serán unos tres días. —Valeria le resumió lo ocurrido.

—¿Otra vez te lo pidió él? ¿No crees que lo consientes demasiado?

—¿Tú crees? —dijo Valeria.

Volvió a acordarse de la mirada de Emiliano.

No sabía por qué, pero cada vez que él la miraba con esos ojos húmedos y llenos de ilusión, ella no lograba decirle que no.

Valeria y Emiliano salieron el miércoles por la tarde. El vuelo duró menos de dos horas.

Después de instalarse en el hotel, todavía faltaba un rato para la cena acordada.

El cliente les había reservado habitaciones en un hotel de estilo tradicional, con una arquitectura muy particular. Tenía un patio con luz natural y un jardín donde las plantas y un estanque con lotos se complementaban.

Valeria tomó varias fotos. Quería mandárselas a Mauricio, pero dudó.

Justo entonces le llegó un mensaje suyo:

«¿Ya llegaste?»

«Sí».

Valeria le contestó casi al instante y aprovechó para enviarle las fotos.

«¿También te gusta este estilo?»

La respuesta llegó enseguida:

«Entonces, cuando los dos tengamos días libres, vamos a un Aman».

¿Un Aman? ¿Ese hotel al que llamaban el Hermès de la hotelería?

«Va», contestó Valeria.

Apenas se había ido de viaje y ya estaba deseando volver.