Capítulo 21 — Pasar la noche
Al despertar al día siguiente, Valeria sintió un peso extra sobre la cintura. Era la mano de Mauricio, extendida fuera de las cobijas y apoyada sobre ella en un gesto de abrazo.
Mauricio estaba acostado de lado, frente a ella, con la otra mano doblada bajo la mejilla. Tenía los ojos cerrados y el rostro tranquilo.
Los fragmentos de la noche anterior pasaron por la mente de Valeria: la gente bulliciosa, el alcohol y el mareo, sus labios unidos, las caricias ardientes, sus respiraciones entrelazadas…
La noche anterior había estado consciente, pero también se había dejado llevar por el impulso.
Recordaba que lo había besado. También recordaba que le había pedido que se quedara.
Desde que empezaron a acostarse, ninguno había pasado la noche en casa del otro.
Al principio se veían en hoteles, así que no había motivo para quedarse a dormir.
Más tarde, cuando se supo que en algunos hoteles instalaban cámaras ocultas, Valeria se preocupó. Mauricio propuso que, como ya se conocían tan bien, mejor se vieran en casa de alguno de los dos.
La primera vez fue en casa de Mauricio.
Valeria estaba agotada, pero aun así se vistió de nuevo y se despidió de él.
Mauricio se sorprendió. Ella le explicó que tenía trabajo temprano al día siguiente.
Era verdad, pero, por el tipo de relación que tenían, no entró en detalles.
Mauricio la miró y dijo:
—Si te dejo ir a estas horas, voy a sentir que soy un desgraciado. La próxima vez nos vemos en tu casa.
Desde entonces, casi siempre era él quien iba a verla.
Quedar en casa de Valeria le ahorraba maquillarse y luego desmaquillarse, además de manejar de ida y vuelta. A ella le parecía perfecto.
Las dos primeras veces que Mauricio fue a su departamento habían sido entre semana.
Después de acostarse, él se quedaba un rato y luego se despedía. Valeria tenía que trabajar al día siguiente y tampoco quiso retenerlo para guardar fuerzas.
Más adelante, le dio pena volver a proponérselo.
En realidad, no le molestaba tener a alguien más en la cama. Incluso disfrutaba que Mauricio la abrazara.
Pero parecía que la necesidad de besos y abrazos era más común entre las mujeres. Muchos hombres daban la impresión de conformarse con el sexo.
Valeria no sabía qué pensaba Mauricio y no volvió a sacar el tema.
Pero la noche anterior, animada por el alcohol, cuando él ya se vestía, ella le había enganchado los dedos.
—Ya es muy tarde. ¿Por qué no te vas mañana?
—Vaya, sí que pega fuerte el alcohol —lo oyó decir.
Luego se quitó la ropa que acababa de ponerse, se metió bajo las cobijas y se acostó junto a ella.
¿En qué momento la había rodeado con los brazos?
¿O cuándo se había acurrucado ella contra él?
Con la luz tenue, Valeria alcanzó a ver en su hombro desnudo la marca de sus dientes de la noche anterior.
En casa tenía curitas, pero una no bastaría para cubrir la herida y ponerle una hilera se vería horrible.
Valeria lo tocó con cuidado y calculó el tamaño de la mordida.
Con la luz débil, Mauricio abrió los ojos despacio.
—¿Qué estás viendo?
—Nada. —Valeria se encontró con su mirada y retiró la mano de inmediato.
Estaban frente a frente, tan cerca que podían oírse respirar.
Ella se dio la vuelta y, para disimular, revisó el celular.
Mauricio también sacó el suyo de debajo de la almohada.
—Apenas son las nueve. ¿Tienes trabajo hoy?
—No —dijo Valeria. Al cabo de un rato, preguntó—: ¿Y tú?
—Sí. Pero… no urge. —Mauricio se volvió y la abrazó otra vez—. Puede esperar.
Dejó el celular a un lado y le besó la nuca.
Sus besos, acompañados de un aliento tibio, fueron cayendo uno tras otro sobre el cuello de Valeria.
Valeria se volvió entre sus brazos y puso una mano sobre su pecho, acariciando sus músculos firmes.
Todavía se veían ahí las marcas de sus uñas, pero ella ya no podía besarlo con el mismo desenfreno de la noche anterior.
Se le quedó mirando los labios.
Mauricio lo notó. Bajó la cabeza y pegó sus labios a los de ella. La besó con suavidad mientras le guiaba la mano para que lo rodeara por la cintura.
…
Cuando recuperaron el aliento, los dos cayeron sobre las almohadas.
—¿Qué quieres desayunar? —preguntó Valeria. El estómago ya le protestaba, así que sacó el celular para pedir algo.
—¿Me toca el mismo trato que a Emiliano? —Mauricio volvió la cabeza para mirarla.
—¿…?
—Quiero que tú me prepares algo.
—… —Eso parecía trampa.
Valeria apartó la cara.
No respondió. Solo se sentó y empezó a ponerse la ropa.
Mauricio la vio batallar un par de veces para subirse el pantalón del pijama con el cuerpo todavía torpe por la resaca.
Mejor no la iba a hacer esforzarse.
Tomó el celular y abrió la aplicación de comida.
Justo entonces, Valeria llegó a la puerta de la recámara, se volvió y le preguntó:
—¿Quieres los huevos bien cocidos o con la yema líquida?