Fuera de ruta Capítulo 20 — El pulso
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Capítulo 20 — El pulso

Valeria estaba sentada sobre las piernas de Mauricio. Sentía la piel ardiendo.

Se movió un poco, tratando de encontrar una postura más cómoda. Apenas alzó las caderas, un estremecimiento le recorrió el cuerpo como una descarga eléctrica. Pero una mano grande cayó sobre ella y la sujetó con firmeza, impidiéndole moverse más.

—Espera un poco más —murmuró Mauricio con voz ronca junto a su oído. Apoyó la barbilla en su hombro; con una mano la mantenía quieta y con la otra deslizaba el dedo por la pantalla de su celular.

¿Esperar un poco más? ¿Cuánto?

Valeria no entendía cómo habían terminado así.

Después de dejar a Emiliano en su casa, Mauricio había subido con ella sin necesidad de que ninguno lo propusiera.

Todo había seguido el mismo curso de siempre. Pero justo cuando las cosas empezaban a avanzar, él dijo de pronto que tenía que contestarle un mensaje a la mamá de Emiliano.

Y ahí seguía, abrazándola por detrás mientras tecleaba en el celular.

La tenía inmovilizada.

Llevaban así un buen rato.

Valeria estaba al borde de perder la cabeza.

—¿Cuánto te falta?

Mauricio no respondió. Solo la pellizcó suavemente una y otra vez.

No era únicamente el deseo que le encendía el cuerpo. También llevaba más de medio mes extrañándolo.

Lo extrañaba.

Muchísimo.

Pero apretó los labios y se negó a dejarlo ver.

Como si, mientras no lo dijera en voz alta, pudiera reducirlo todo al deseo físico.

Valeria movió las caderas, pero no consiguió zafarse de la mano de Mauricio.

Nunca había sentido algo tan desesperante.

Era como si cada centímetro de piel y cada nervio le vibraran bajo el roce de una pluma, a punto de hacerla estallar.

Le arañó la espalda sin control.

Aunque oía que la respiración de Mauricio se volvía más agitada, él seguía sujetándola por la cintura para que no se moviera.

Valeria abrió los labios contra su hombro y le mordió el músculo tenso del cuello.

De verdad detestaba que se comportara así.

Detestaba su calma y su sensatez en ese momento.

Ella estaba al límite mientras él podía mantener la compostura.

Era como cuando, sin hacer ruido, le revolvía el corazón.

Y, aunque esa actitud había sido lo que la atrajo de él al principio, ahora solo conseguía irritarla.

Valeria apretó más los dientes.

Cuando se acostaban, siempre tenía cuidado de no dejarle marcas en el cuello ni cerca de ahí. Eran demasiado visibles.

Pero esa noche quería dejarle una, y bien marcada.

Más profunda. Todavía más.

Una que pudieran ver las mujeres con las que saliera después, y las que vinieran tras ellas.

Le hincó los dientes en la piel del hombro y apretó cada vez más.

—¡Ah! —Mauricio había contenido la respiración, pero al final soltó el aire de golpe.

Por fin apartó a Valeria.

—Tú… —dijo, frunciendo el ceño por el dolor. Pero al mirarla a los ojos, se olvidó de lo que iba a decir.

En la mirada de Valeria había algo parecido a un reclamo.

El que tenía la mordida y estaba sangrando era él. ¿Por qué parecía que ella era la ofendida?

Valeria también se dio cuenta de que algo no cuadraba y apartó la cara, desconcertada.

Mauricio observó cómo le temblaban las pestañas.

—¿Qué pasa?

¿Se había enojado?

Sí, quizá él se había pasado un poco, pero ella podía habérselo dicho. A él también le gustaba lo que estaban haciendo. Solo tenía que pedírselo.

Valeria desvió la mirada para no encontrarse con la suya.

Hay cosas que una pareja puede decirse sin reparos.

Entre amigos con derechos, no.

No podía confesarle que la había desesperado con sus juegos porque, en realidad, lo había extrañado muchísimo.

Podían compartir la intimidad más intensa, pero no decirse algo tan sencillo como «te extrañé».

Volvió a pensar en la relación que tenían. A simple vista, parecía que Mauricio siempre daba el primer paso. Pero, visto desde otro ángulo, ella también había respondido cada vez que él la buscaba.

Como ahora: hacía tantos días que había vuelto de su viaje y apenas hasta esa noche la había buscado.

No sabía por qué de pronto le importaban esas cosas.

Al principio solo quería acostarse con él. Después, sin darse cuenta, empezó a desear algo más.

Tal vez el alcohol había amplificado sentimientos que solía reprimir.

Pero no podía explicarle lo contradictorio y complicado que se sentía todo. Así que apartó la cara y se excusó:

—Ya no quiero.

—Está bien. Si no te sientes cómoda, lo dejamos —dijo Mauricio.

Él también había sentido que ella lo retenía, y tampoco estaba pasándola tan bien.

Valeria agradecía que él fuera considerado, pero al mismo tiempo empezó a preocuparse por cómo se sentía.

Siempre era así: atento y amable, pero cuidadoso de no cruzar los límites de su relación. Era demasiado astuto. Al final, ella siempre acababa enredada.

Valeria lo miró y de pronto le rodeó el cuello con los brazos para besarlo.

Después de aquella vez en el antro, era la segunda vez que se besaban.

A Valeria le gustaba sentir la boca y la lengua de Mauricio entre las suyas.

Pero en ese instante, animada por el alcohol y atormentada por sentimientos contradictorios, siguió lo que de verdad quería y se lanzó a besarlo sin pensar en nada más.

Quería besarlo.

Tenía que besarlo.

Si él se atrevía a apartarla, si intentaba inventar una excusa, ella lo echaría de su departamento.

Y no dejaría que volviera a formar parte de su vida.

Por primera vez, Valeria empujó a Mauricio contra el sillón. Lo besó con rabia, pensando en lo que haría si él la rechazaba.

Pero él no la apartó ni se negó. Solo se quedó inmóvil un par de segundos antes de rodearla con los brazos.

Mauricio la estrechó poco a poco, con suavidad, como si quisiera tranquilizarla. Le acarició el cabello y la nuca.

Esa intimidad le erizó la piel a Valeria. Entonces sintió que Mauricio empezaba a devolverle el beso.

…