Capítulo 19 — Celos
El viernes, cerca de la medianoche, el antro seguía lleno y ruidoso. Un grupo se iba y otro llegaba. En la pista siempre había alguien bailando y gritando como si no se cansara nunca.
Valeria y Emiliano se terminaron la última copa. Luego apoyaron la cabeza en una mano; empezaban a sentirse mareados.
Entonces vibró el celular de Valeria. En la pantalla apareció el nombre del verdadero culpable de su mal humor.
¿Por qué la llamaba justo a esa hora?
Fuera de los asuntos de trabajo, casi nunca se llamaban. Valeria miró la pantalla durante un par de segundos antes de contestar.
—¿Emiliano está contigo? —oyó la voz familiar de Mauricio.
—Emiliano… —La voz de Valeria bajó de pronto. Le dio unas palmaditas al hombre sentado a su lado—. Te busca tu tío…
Valeria apenas apartó el celular de la oreja cuando el ruido de la gente y la música característica del antro se colaron por la bocina hasta el otro lado de la llamada.
Mauricio frunció el ceño.
—¿Dónde están?
Media hora después, Mauricio llegó al antro donde estaban Valeria y Emiliano.
La música retumbaba y la gente gritaba. Por todas partes se oían vasos que chocaban y carcajadas descontroladas.
Mauricio tuvo que abrirse paso entre la gente. Algunos se le pegaban al cuerpo sin ninguna consideración. Por fin atravesó la pista y encontró a Valeria y Emiliano en la mesa junto al escenario.
Valeria tenía la cara roja y estaba recostada en el sillón, con el ceño apenas fruncido, como si descansara con los ojos cerrados. Emiliano, a su lado, estaba tendido con la cabeza sobre el dorso de la mano que ella dejaba colgando del sillón. Parecía dormido.
—Despierta… —Mauricio se acercó y le dio unas palmadas en la mejilla a Emiliano.
—¿Tío? —Emiliano abrió los ojos, todavía aturdido—. ¿Qué haces aquí?
—Tu mamá pasó toda la noche llamándote. Al final acabó llamándome a mí. ¿Tú qué crees? —dijo Mauricio.
—Ah… —Emiliano se puso a buscar el celular—. Ay, ¿dónde está mi celular?
Lo tenía en la mano, pero aun así buscó por todas partes.
Valeria abrió los ojos y, al verlo, no pudo contener la risa.
—¿Cuánto tomó? —preguntó Mauricio con el ceño fruncido.
—… No tanto. ¿La mitad del paquete? —Valeria miró la mesa, que ya estaba despejada.
—¿Y tú te tomaste la otra mitad? —Mauricio se volvió hacia ella.
Aunque el alcohol le había entorpecido los sentidos, Valeria notó que su tono era un poco distinto al de siempre.
Mauricio ayudó a Emiliano a salir del antro.
El coche estaba estacionado a poca distancia: un Cadillac negro, de líneas elegantes. El emblema en forma de «V» de la parrilla todavía brillaba bajo la luz tenue.
Emiliano, aunque mareado, reconoció el coche de su tío y abrió la puerta.
—Tú vas adelante —dijo Mauricio.
—Ah… —Emiliano tuvo que cerrar la puerta de mala gana.
Al ver que estaba borracho, el chofer salió enseguida, se lo quitó de encima a Mauricio y abrió la puerta del copiloto.
Valeria esperó a que Emiliano subiera y le devolvió la bolsa que le había estado cuidando. Él asomó la cabeza por la ventana.
—Licenciada Ríos, súbase también. Primero la llevamos a usted…
¿Estaba borracho o no?
Valeria todavía se lo preguntaba cuando Mauricio ya le había abierto la puerta.
—Súbete.
Valeria se inclinó para entrar en el asiento trasero.
—¿En dónde vive, licenciada Ríos? —preguntó el chofer apenas subió.
Valeria le dijo el nombre de su fraccionamiento.
—No queda lejos. —El chofer repitió la dirección—. Entonces primero la dejamos a usted y luego me voy por la calle que está detrás de su fraccionamiento para llevar al joven Emiliano a su casa…
Mientras trazaba la ruta, Mauricio abrió la puerta del otro lado y lo interrumpió:
—Don Beto, primero llevemos a Emiliano.