Capítulo 16 — Un poco de apapacho
El viaje de Mauricio se alargó. Pasaron quince días y todavía no regresaba.
Valeria estaba ocupada con el trabajo e intentaba no pensar en el vacío físico que sentía. Pero, en medio de todo ese ajetreo, Emiliano se enfermó.
«Licenciada Ríos, me resfrié. ¿Puedo pedir el día de hoy?», le escribió un miércoles por la mañana, antes de que ella llegara al despacho.
La audiencia del caso de Industrias Rona era en un par de días. Aunque Valeria no era la abogada litigante principal, también tenía mucho trabajo reuniendo los documentos. Durante los últimos días se había quedado hasta las nueve o diez de la noche, y Emiliano insistía en acompañarla.
Quizá se había enfermado porque el aire acondicionado de la oficina estaba demasiado frío.
Valeria recordó que Emiliano vivía solo y lo llamó.
El teléfono sonó varias veces antes de que él contestara. Su voz apenas se oía.
—Licenciada Ríos…
—¿Cómo estás? Suenas bastante mal. ¿Fuiste al médico?
Emiliano estaba acostado, medio dormido. Tardó en procesar la pregunta.
—No.
—Pero tomé medicina —añadió. Miró la caja de pastillas para el resfriado que tenía junto a la cama y estiró lentamente la mano hacia un vaso.
La medicina de la mañana lo había hecho sudar mucho. Sentía que hasta las fuerzas se le iban con el sudor.
Un movimiento tan sencillo le costaba trabajo; hasta respirar lo agotaba. Le daba vueltas la cabeza.
Se encorvó y empezó a toser otra vez.
Al oírlo, Valeria frunció el ceño.
—¿Dónde vives?
Valeria fue a la dirección que Emiliano le dio y llevó algunos medicamentos.
Al marcar el código, se abrió la puerta. La sala estaba vacía.
Valeria vio enseguida la puerta entreabierta de la recámara. Tocó antes de entrar. Las cortinas estaban cerradas y el cuarto se encontraba a oscuras. Emiliano estaba acostado, con una mano fuera de las cobijas y el cuerpo hecho bolita.
—Emiliano…
Valeria se acercó y se agachó junto a la cama. En la penumbra le vio el ceño fruncido, como si estuviera teniendo una pesadilla.
—Despierta. Voy a tomarte la temperatura.
Sacó el termómetro que había comprado esa mañana.
El contacto frío lo despertó. Emiliano levantó la cabeza, todavía confundido, y tardó en reconocerla.
—Licenciada Ríos…
Su voz estaba todavía más ronca que durante la llamada. Respiraba con dificultad y el aliento caliente le rozó la palma a Valeria.
—¿De verdad tomaste medicina?
—Sí. —Emiliano señaló la mesita de noche.
Al moverse, le volvió el mareo. Se acostó otra vez y cerró los ojos.
Valeria tomó la caja. Era un medicamento común para el resfriado.
—¿Solo tomaste esto? —preguntó, alzando las cejas.
Por suerte, no tenía la temperatura demasiado alta. Valeria buscó en la bolsa. Después de un rato encontró un sobre de infusión medicinal.
—Voy a prepararte esto.
—¿Es de hierbas? —Emiliano le tomó la mano y la movió de un lado a otro—. No me gusta el sabor.
—Pero tienes la garganta…
—Quiero una infusión de pera con bugambilia y miel —dijo de pronto.
Miró a Valeria con los ojos grandes y húmedos, como los de un venadito. Hasta le movió la mano con un gesto caprichoso.
Valeria bajó la mirada hacia esos ojos suplicantes, como si estuvieran a punto de llenarse de lágrimas. Después de un momento, aceptó:
—Está bien. Espérame aquí.
Le acomodó las cobijas y salió de la recámara.
Todavía era temprano. Las aplicaciones de comida no aceptarían pedidos hasta las diez y media y la mayoría de los restaurantes de la zona seguían cerrados.
Valeria dio una vuelta en el coche, pero al final tuvo que ir al supermercado.
Mientras ella preparaba la infusión, Mauricio acababa de bajar del avión y recibió un mensaje de Emiliano:
«Tío, me resfrié. Me siento fatal».
«Tío, ¿vas a regresar hoy?» El mensaje iba acompañado de un emoji llorando.
La hermana de Mauricio había consentido a Emiliano desde niño como si fuera una princesa. A veces él pensaba que su sobrino era demasiado mimado.
Abrió la llamada de voz con algo de fastidio.
Emiliano no contestó durante un buen rato.
Quizá sí estaba muy enfermo.
Mauricio terminó la llamada y le pasó el equipaje al chofer.
—No me lleves a Grupo Altavista todavía. Vamos primero a casa de Emiliano.
Media hora después, Mauricio llegó al departamento de su sobrino con medicamentos y algo para desayunar.
Antes de marcar el código, alcanzó a escuchar ruidos en la cocina.
Desde que Emiliano se había mudado, Mauricio sabía que había comprado muchas cosas, incluidos utensilios de cocina, aunque hasta entonces solo habían servido de adorno.
¿Quién estaba cocinando?
Abrió la puerta con curiosidad y vio a Valeria ocupada en la cocina.