Capítulo 17 — El enojo
Valeria había comprado bugambilias frescas, así que no tuvo que remojarlas.
Las enjuagó con cuidado, separó los pétalos y los puso en una olla de barro junto con un poco de miel. Añadió agua y encendió la estufa.
Mientras la infusión empezaba a hervir, lavó las peras.
La cocina abierta daba a la sala y quedaba frente a la puerta de entrada.
Valeria acababa de cerrar la llave cuando oyó que se abría la puerta. Se volvió y vio a Mauricio.
Se miraron, sorprendidos de encontrarse ahí.
—¿Ya regresaste de tu viaje? —preguntó Valeria primero.
—Sí. Apenas bajé del avión, Emiliano me escribió que estaba enfermo. —Mauricio frunció un poco el ceño—. ¿También te avisó?
—Me llamó en la mañana para pedir permiso. Se oía bastante mal y recordé que vive solo, así que vine a ver cómo estaba —explicó ella.
En ese momento, el agua empezó a borbotear en la olla.
Valeria bajó el fuego y tomó el cuchillo para pelar las dos peras que acababa de lavar.
Mientras ella seguía ocupada, Mauricio fue a ver a Emiliano.
Cuando volvió a salir, Valeria ya había pelado y descorazonado las peras. Las cortó en cubitos parejos y los dejó en un plato.
—¿Qué estás preparando? —preguntó Mauricio.
—Una infusión de pera con bugambilia y miel. Es para Emiliano. Tiene mucha tos y se le antojó.
—¿Y porque se le antojó viniste a preparársela tú misma? —dijo Mauricio.
Preparar comida en casa ajena podía parecer demasiada confianza, así que Valeria se explicó:
—No encontré una ya preparada.
—Le compré un medicamento en polvo para disolver, pero no quiso tomarlo. —Valeria lo pensó un instante—. ¿Emiliano tiene algo contra los remedios de hierbas?
No tenía nada contra ellos. Simplemente odiaba su sabor.
Cuando se resfriaba de niño, Claudia siempre le daba gusto. Después le tocó a su papá cuidarlo, y entonces sí se tomaba las medicinas sin protestar.
—Su mamá y su abuela lo malacostumbraron —resumió Mauricio.
—… —Valeria no supo qué contestar.
Justo entonces sonó su celular. Contestó y caminó hacia el balcón.
Era Eric, para hablar de la audiencia del caso de Industrias Rona, programada para el viernes.
Al terminar la llamada, Valeria se volvió y vio que Mauricio seguía junto a la cocina. Incluso había levantado la tapa de la olla.
—Aunque sean flores frescas, esto no se prepara en un minuto —dijo ella al acercarse—. ¿Tienes algo que hacer al rato?
—Nada importante por ahora. ¿Por qué?
—Tengo que pasar a Industrias Rona.
Valeria tomó la tapa que Mauricio sostenía y la dejó a un lado. Echó los cubitos de pera en la olla y, cuando el líquido volvió a hervir, bajó el fuego.
—Con unos veinte minutos más queda. —Se volvió hacia Mauricio—. Ya que estás aquí, me voy.
Antes de salir, como no quería que Mauricio echara a perder la infusión, le recalcó que no tenía que hacer nada: solo apagar la estufa en veinte minutos.
Sin embargo, cuando Emiliano se recuperó y volvió al despacho, lo primero que le dijo fue que Valeria no había cumplido su palabra.
—Licenciada Ríos, ¿y la infusión de bugambilia? Me dijo que me la iba a preparar y al final me tomé el medicamento. Todavía tengo el sabor en la boca.
—Usted no cumple lo que promete —añadió, con la voz ya mucho más fuerte. Se notaba que estaba mejor.
—¿Que no cumplo? —Valeria se sintió injustamente acusada—. No encontré la infusión preparada, así que fui al súper a comprar bugambilias y peras para hacértela. Tuve que irme antes de que estuviera lista, pero tu tío se quedó…
Le contó que ese día había dejado a Mauricio pendiente de apagar la estufa.
—¿Ah? Entonces ¿por qué no me tomé ni una taza? —Emiliano se quedó confundido—. ¿Lo hizo a propósito para que me tomara el medicamento?
—¡Cómo pudo hacerme eso! —se quejó. Sacó el celular y llamó a Mauricio.
Valeria fingió concentrarse en la computadora, aunque no pudo evitar estar pendiente de Emiliano.
Lo vio salir muy decidido. Al cabo de un rato volvió cabizbajo y se detuvo junto al escritorio de ella.
—Este… Fue culpa mía, licenciada Ríos. La otra vez se me olvidó decirle que soy alérgico a la bugambilia. No puedo tomar lo que preparó.
—¿Ah? —¿Entonces había hecho todo ese esfuerzo para nada? Valeria levantó la vista y luego volvió a bajarla—. No te preocupes.
—Debí habérselo dicho antes. Qué pena.
Emiliano seguía disculpándose.
Como él nunca mencionó la infusión, Valeria tampoco le preguntó.
Pero, a juzgar por la cara de culpa que tenía, lo más probable era que la hubieran tirado.
Al fin y al cabo, a Mauricio no le gustaban las cosas dulces.
Valeria sintió una pequeña punzada de molestia, aunque no le dio muchas vueltas. Al día siguiente se encontró con Mauricio en el elevador de Grupo Altavista, y él sacó el tema por su cuenta.
—La infusión que preparaste el otro día… Después de que te fuiste, me di cuenta de que llevaba bugambilia. Emiliano es alérgico, así que no se la di —dijo Mauricio.
—Ya —respondió Valeria, y no añadió nada.
Estaban solos en el elevador.
Aunque ambos procuraban mantener las distancias cuando había gente, Mauricio sintió que Valeria estaba demasiado callada.
No pudo evitar mirarla en el reflejo de las puertas.
Valeria notó su mirada y alzó los ojos. Se encontraron a través del espejo.
—Al menos pudiste avisarme —dijo ella.
—¿…?
—Así me la habría llevado. Entre semana casi no tengo tiempo de cocinar.
Si hubiera sabido que no se la darías, habría guardado lo que preparé.
—Su tono se volvió un poco acusador, y su rostro reflejado en el metal también se endureció—.
O podrías haberle pedido a Emiliano que me la llevara. Habría sido mejor que desperdiciarla.
—Tú… —Mauricio se quedó sin palabras—. ¿Creíste que la tiré?
—… ¿Pues qué otra cosa iba a pensar?
El elevador se abrió. Valeria no alcanzó a verle la expresión en las puertas reflejantes. Solo oyó su voz tranquila:
—Me la tomé yo.
Emiliano: Tío, ¿no dijiste que le habías pedido al chofer que se llevara la infusión? Por eso me dio pena decírselo a la licenciada Ríos…
Mauricio: Dije que se la llevaría. Nunca dije que se la tomaría él.
Emiliano: … De veras, qué descarado eres.