Fuera de ruta Capítulo 15 — La invitación
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Capítulo 15 — La invitación

Valeria despertó a la hora de siempre. Mauricio todavía dormía profundamente.

Estaba acostado del lado derecho de la cama, cubierto hasta la mitad por las sábanas limpias. Incluso dormido fruncía un poco el ceño. Sus facciones tenían líneas marcadas, casi talladas.

Valeria pensó que quizá había tenido esa misma expresión mientras estaba sobre ella la noche anterior. Sintió que se le calentaban las mejillas.

Con cuidado, liberó el cabello que se le había quedado atrapado bajo el brazo de Mauricio. Descalza, caminó por la alfombra hasta el baño y se puso de nuevo la ropa del día anterior.

Le dolían un poco las piernas y le costaba caminar con tacones, pero hizo todo lo posible para no hacer ruido.

Cuando por fin salió y llegó al elevador, se relajó. Apoyó la espalda contra la pared y dejó escapar el aire.

También sentía curiosidad. Si se quedaba y esperaba a que Mauricio despertara, ¿cómo iba a reaccionar él?

Pero no eran dos desconocidos. Todavía tenían que trabajar juntos y seguirían cruzándose. Habría sido muy incómodo.

Así que Valeria se fue.

Volvió a ver a Mauricio dos días después, en el elevador del despacho Rivas, Cruz y Asociados.

Él iba con Fernando. Valeria solo los vio cuando se abrieron las puertas, así que fingió tranquilidad y los saludó.

—Buenos días, señor Luján. Buenos días, Fernando.

—Buenos días —respondió Fernando con brevedad.

Mauricio apenas asintió.

Cuando Valeria entró al elevador, él la miró por un instante en el reflejo de las puertas. Luego apartó la vista y siguió hablando con Fernando sobre un asunto legal.

Ninguno de los dos mencionó aquella noche confusa.

Mauricio siguió siendo el hombre frío y distante de siempre. Valeria continuó con su trabajo de manera diligente.

Aunque estuvieran juntos, nadie en el despacho habría sospechado que entre los dos había algo, y mucho menos que habían terminado en la cama.

Por eso, un mes después, cuando Fernando decidió delegar algunos de los asuntos cotidianos de Grupo Altavista porque estaba demasiado ocupado, pensó primero en Valeria.

Ella llevaba tres años en el despacho. Ya tenía suficiente experiencia y, en comparación con los demás abogados, tenía un poco más de disponibilidad.

Los asuntos diarios de Grupo Altavista consistían principalmente en revisar contratos y procesos importantes. Valeria tenía que ir a trabajar a las oficinas de la empresa medio día o un día cada semana.

Eso hizo que inevitablemente se encontrara más seguido con Mauricio.

Pero, incluso entonces, fuera de los temas de trabajo, apenas se saludaban. No tenían conversaciones personales.

Valeria siguió yendo a las oficinas de Grupo Altavista.

Un día, mientras lavaba su taza, Tomás, un empleado del área de ventas, se acercó a buscarla. Le dijo que después de un evento de su departamento habían sobrado dos boletos para un concierto y le preguntó si le interesaba ir.

Tomás comentó que sus compañeros ya tenían planes para el fin de semana. Además, una vez la había visto escuchar canciones de ese grupo, así que pensó en preguntarle.

Pero que justo hubieran sobrado dos boletos dejaba muy claro que Tomás tenía otras intenciones.

Valeria entendió perfectamente. Aun así, aceptó.

Tomás se fue contento por haber conseguido una cita. Valeria lo vio salir y apenas había tomado un sorbo de café cuando, al levantar la mirada, vio pasar a Mauricio por el pasillo.

La cocina del área legal de Grupo Altavista era semiabierta. Daba a un pasillo interno por donde casi nunca pasaba nadie, pero al no tener puerta tampoco aislaba el sonido.

Seguro la había oído, pensó Valeria.

Pero en Grupo Altavista no estaba prohibido que los empleados salieran juntos. Además, estrictamente hablando, ella ni siquiera trabajaba para la empresa.

—Señor Luján —lo saludó, y pasó junto a él con su café.

Mauricio la detuvo.

—¿Vas a un concierto este fin de semana?

Ah, sí lo había oído.

Valeria no tuvo más que asentir.

Mauricio ladeó la cabeza.

—Como solo vienes medio día cada semana, quizá no sabes cuántas exnovias tiene Tomás en el área de ventas.

La advertencia era bastante directa: Tomás tenía fama de mujeriego.

Valeria ya había oído algo sobre él. No le sorprendió.

Mauricio pareció extrañarse.

—No parece que te importe.

—No —dijo ella.

En ese momento habían pasado tres meses desde que terminó con su exnovio.

Durante esos tres meses había conocido a muchos hombres: candidatos que le presentaban en citas a ciegas, personas con las que conversaba en aplicaciones de citas y hombres que había conocido por trabajo y que parecían interesados en ella.

No estaba desesperada por tener novio ni por casarse.

Pero, como Mauricio había dicho, si un hombre tenía buenas condiciones y se acercaba a los treinta sin querer establecerse, probablemente no era muy confiable.

Por esa época, Valeria tenía tiempo libre y quería conocer mejor a los hombres que encontraba; descubrir de qué manera podían ser poco confiables.

El que presumía su dinero en la primera cita y en la segunda empezaba a decir que estaba en bancarrota. El que, después de verla una o dos veces, ya quería invitarla de viaje. Los que prometían el cielo y las estrellas…

En aquellas citas, Valeria observaba a los hombres y terminaba encontrando toda clase de trucos.

Era como hacer un experimento.

Poco a poco lo convirtió en una distracción entre las jornadas aburridas de trabajo. Si alguien le gustaba en varios aspectos, ni siquiera le molestaba seguirle un poco el juego.

Al fin y al cabo, su vida parecía un estanque tranquilo. Necesitaba algo que agitara un poco el agua.

—No me importa —dijo con franqueza—. Solo quiero distraerme. No me corresponde preocuparme por sus exnovias.

—¿Distraerte? —Mauricio arqueó ligeramente las cejas.

Cuando Valeria se hizo a un lado para irse, él volvió a llamarla.

—Los boletos que te ofreció Tomás son los que sobraron del evento de ventas, ¿verdad?

—Ah… sí.

—Los boletos de esos eventos siempre son para el domingo —dijo Mauricio. Se acercó a Valeria hasta quedar a menos de medio metro. Se inclinó ligeramente hacia ella y le habló al oído—. Yo tengo dos para el sábado, en tercera fila. Si solo quieres «distraerte», quizá te convengan más.

Valeria siempre había preferido ir a la primera función de un concierto si podía elegir. Los cantantes solían estar mejor el primer día, porque habían descansado antes. La segunda noche, en cambio, podía resentirse el cansancio de la función anterior.

Y cuando Mauricio decía tercera fila, normalmente se refería a los mejores lugares. A veces ni siquiera con dinero era fácil conseguirlos.

Valeria miró a Mauricio. No parecía estar bromeando. Después de un silencio, habló con un tono de fingido pesar:

—Entonces voy a tener que rechazar al señor Tomás.

La intención de Mauricio no era solamente escuchar un concierto.

Ese día, apenas terminó la presentación, los dos se fueron sin decir nada al hotel de al lado y rentaron una habitación.

Como ya habían quedado, Valeria estaba preparada. Había llevado sus artículos de aseo. Pero apenas se quitó la ropa, Mauricio tocó la puerta y entró.

Esta vez se saltó los besos. Se le acercó y la sujetó contra la pared.

Aquella noche fue más intensa que la primera.

Terminaron agotados.

Al día siguiente, Valeria se despertó a la hora del almuerzo, muy tarde para ella. El otro lado de la cama estaba vacío y las cortinas seguían completamente cerradas.

Buscó el celular. Eran las once y tenía un mensaje sin leer de Mauricio:

«Pagué una noche más. Descansa todo lo que necesites».

Valeria había agregado a Mauricio a WhatsApp después de que Fernando le delegó los asuntos de Grupo Altavista.

Hasta entonces, solo tenían unos cuantos mensajes sobre el trabajo. Esa era la primera vez que él le escribía algo personal.

Valeria le avisó cuando hizo el check-out.

Mauricio no respondió enseguida, pero al día siguiente volvió a invitarla a salir.

Valeria aceptó.

Así, encuentro tras encuentro, terminaron siendo amigos con derechos.

Valeria miró a Emiliano, que estaba frente a ella.

Era inevitable. Por tener un rostro parecido al de Mauricio, su presencia le hacía pensar más en su tío.

El último mensaje de Mauricio seguía siendo el número de habitación que le había enviado la otra vez.

Llevaban tres días sin hablar.

La última vez que se vieron, él le dijo que tenía que salir de viaje. Cuando estaba fuera, casi no se escribían.

Valeria no entendió cómo funcionaban los mensajes entre amigos con derechos hasta que empezó a serlo con Mauricio.

Cuando ambos estaban en la misma ciudad y disponibles para verse, hablaban todos los días. Parecían mensajes casuales, pero en realidad servían para hacerle saber al otro que estaban libres. Si ambos tenían ganas, se ponían de acuerdo sin decirlo demasiado claro.

Cuando uno de los dos viajaba, a veces seguían escribiéndose, más o menos cada dos o tres días, para que la próxima invitación no apareciera de la nada.

Mauricio solía iniciar la conversación mucho más que Valeria. Ella casi siempre se limitaba a responder y rara vez sacaba un tema.

Porque, por lo general, tomar la iniciativa significaba que quería verlo. Cuando Mauricio no estaba de viaje, él le escribía con más frecuencia de la que Valeria necesitaba.

Cuando él estaba fuera, de poco servía que ella empezara una conversación.

A veces Valeria se preguntaba: si solo quería tener a alguien con quien acostarse, ¿no era más práctico buscar a una persona que estuviera disponible cuando la llamara?

Pero el sexo se parecía a los productos para el cuidado de la piel. Cuando te acostumbrabas a usar algo de calidad, aunque existiera una opción más barata con los mismos beneficios, la sensación al usarla podía hacer que no quisieras cambiar.

Y, tanto en la cama como al cuidar su piel, Valeria no tenía la costumbre de mezclar productos.