Fuera de ruta Capítulo 8 — La boda
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Capítulo 8 — La boda

Emiliano se adaptó rápido al despacho. Después del tropiezo del primer día, no volvió a causar ningún problema.

Llegó el fin de semana.

Valeria tenía que asistir a una boda: la de Claudia Serrano, quien había sido directora general de una empresa inmobiliaria que trabajaba con Grupo Altavista.

El novio era un arquitecto reconocido y había estudiado con Claudia en la universidad. Los dos habían sido su primer amor y, después de separarse, la vida los había vuelto a juntar. Su historia parecía sacada de una novela romántica.

Mauricio también fue a la boda, como padrino.

Llevaba un traje del mismo color que el novio, aunque en lugar de moño se había puesto una corbata.

Por suerte, el novio también era muy atractivo. De lo contrario, con la presencia y el aspecto de Mauricio, seguro habría acaparado todas las miradas.

Valeria se sentó lejos, entre los invitados, y lo vio rodeado de gente. Todos se acercaban a saludarlo y a brindar con él.

Había que reconocerlo: Mauricio se movía con soltura en cualquier círculo. La escena le recordó sus años de preparatoria.

Cuando empezó la boda, después de una ceremonia sencilla, llegó el momento de los discursos de familiares y amigos. Eso la sacó de sus recuerdos.

—Para mí es un honor ser padrino de esta boda. Fui compañero de universidad del novio y también estudié con la novia. Soy Mauricio Luján —dijo él.

Subió a la tarima cubierta con una alfombra roja, tomó el micrófono y se volvió hacia la pareja, que se veía muy bien junta.

—Como ya saben, los dos estudiaron en la misma universidad. Pero si me preguntan cómo se conocieron, creo que puedo decir que tuve algo que ver.

Empezó a contarles a los invitados la historia de la pareja: cómo él animó al novio a participar en un concurso que llamó la atención de Claudia; cómo se enamoraron; cómo mantuvieron su relación en secreto ante sus compañeros de universidad; cómo terminaron por la distancia y cómo, años más tarde, volvieron a encontrarse gracias a un proyecto suyo.

—Han pasado diez años. He sido testigo de las dificultades que enfrentaron y de todo lo que hicieron para seguir juntos.

Hoy, por fin, se casan —dijo, asintiendo a la pareja con una sonrisa sincera.

Luego se volvió hacia los invitados—. Les deseo toda la felicidad del mundo. Acompáñenme a felicitarlos.

Mauricio tenía madera de líder. Hablara de lo que hablara, sabía captar la atención. Apenas terminó, los invitados aplaudieron con entusiasmo.

En medio de los aplausos y las felicitaciones, Valeria oyó un chisme.

—Le salió muy bien el discurso. Habría estado mejor si también hubiera contado cuando él andaba detrás de la novia.

—Ja, ja. No seas así.

—En serio, sí lo admiro. En su momento hizo todo un espectáculo para conquistar a Claudia, y hoy, que ella se casa con Diego, él viene de padrino. Como si los compañeros no nos acordáramos.

—Por algo le va tan bien. Mientras él no se avergüence, los avergonzados somos los demás.

—Ja, ja…

Los dos hombres sentados cerca de Valeria hablaban con un tono un poco ácido. Parecían elogiarlo, pero detrás de las bromas se notaba la envidia.

Valeria no se sorprendió de que Mauricio hubiera ido tras Claudia. Lo que no sabía era que él la había pretendido.

Miró a la novia, que estaba sobre la tarima. Llevaba un vestido blanco entallado que le dejaba los hombros al descubierto y un velo delicado. Parecía una flor de azucena, elegante y hermosa sin dejar de ser sensual.

Por lo poco que la conocía, Claudia no solo era guapa; también tenía talento y era buena persona.

Incluso a Valeria, como mujer, le caía bien.

Pero igual que Emiliano había dicho que ella no parecía de las que escribían cartas de amor, Mauricio tampoco parecía de los que perseguían a una mujer.

Desde las chicas que le escribían cartas en la preparatoria hasta las que, años después, se esforzaban por acercarse a él, Mauricio nunca había tenido problemas para llamar la atención de las mujeres. Sin embargo, Valeria no lo había visto mostrar un interés especial por ninguna.

En la preparatoria fue una chica quien se le declaró primero. Lo mismo pasó con su novia más reciente, con quien había terminado un par de años atrás.

Antes de que Valeria y Mauricio empezaran a ser amigos con derechos, ella había alcanzado a oír por casualidad cómo aquella novia terminaba con él.

Ella le reprochaba que, aunque Mauricio parecía un buen novio, era atento y comprensivo y preparaba sorpresas y regalos en los días especiales, siempre le faltaba iniciativa. Le faltaba demostrar interés de verdad.

—¿De verdad te importo? A veces siento que lo único que te importa es tener novia. A cualquiera que lleve ese título la tratas con cariño, pero yo no tengo nada especial para ti. Parece que podrías reemplazarme en cualquier momento.

Eso fue exactamente lo que ella le dijo.

Valeria no lograba imaginar cómo sería Mauricio cuando de verdad le gustaba alguien y se esforzaba por conquistarla.

Apartó la mirada y le escribió:

«Te salió muy bien el discurso. Dicen que la novia era tu amor platónico. Si te dan ganas de llorar, aquí estoy».

Mauricio seguía en la tarima, terminando las fotos con los novios y sus familiares. Sacó el celular para revisar el mensaje y levantó la cabeza hacia los invitados.

Sus ojos recorrieron el salón. Cuando llegaron a la mesa de Valeria, se detuvieron apenas un instante, como si hubiera sido una mirada casual.

Pero Valeria estaba segura de que la había visto. En sus ojos creyó notar un poco de molestia y una advertencia.

Quizá no debió bromear con eso.

Bajó la mirada. El celular vibró con un mensaje de Mauricio:

«¿Quieres llorar recargada en mi pecho?».

Valeria se quedó callada.

No debí hacerle esa broma, pensó, frunciendo el ceño. Antes de que pudiera contestar, el celular volvió a vibrar. Era otro mensaje de Mauricio.

Le mandó cuatro números, que parecían el número de una habitación, y añadió:

«Ven en cinco minutos».