Fuera de ruta Capítulo 4 — El desastre
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Capítulo 4 — El desastre

—¿En qué área te especializas? —preguntó Valeria cuando hizo pasar a Emiliano a su oficina.

—Mmm… En derecho penal.

Valeria alzó las cejas y levantó la vista del escritorio.

El joven notó el cambio en el ambiente.

—Sí, aunque… mmm… mi enfoque es el derecho corporativo. Para terminar la carrera más rápido llevé muchas materias optativas. Sí… eso.

—¿Qué opinas del derecho corporativo?

Emiliano se quedó en blanco.

—No estás en una entrevista —dijo Valeria, frunciendo apenas el ceño—. No tienes que impresionarme.

—Ah. —Emiliano pareció entender y chasqueó la lengua—. Es que me preocupaba que ya no quisieras ser mi asesora.

—¿Qué estás murmurando?

—Nada. —Negó con la cabeza y le regaló una gran sonrisa.

Al sonreír se le achicaban los ojos y se le marcaban los hoyuelos. Era un rostro que Valeria conocía, pero que de pronto se mostraba de una manera muy distinta.

—Vamos —dijo ella, tras quedarse quieta un instante. Se levantó de su escritorio—. Te voy a enseñar algo.

Dos minutos después, Emiliano miraba el letrero de la puerta.

—¿El archivo?

—Sí.

Valeria abrió la puerta.

—Aquí puedes empezar a ordenar los expedientes, documentos e información que los abogados necesitan presentar ante los tribunales en fechas específicas.

Luego te enseñaré cómo se hace el trabajo.

Por ahora, puedes comenzar con tareas sencillas y revisar algunos asuntos anteriores del despacho para que conozcas los casos que hemos llevado.

Mientras hablaba, sacó al azar una carpeta y se la entregó.

—No suena difícil —dijo Emiliano—. ¿Empiezo ahora?

—Sí. Ya te mandé las instrucciones por correo. Completa el formato y envíamelo antes de salir.

Emiliano trabajó rápido. Dos horas después ya le había entregado el documento lleno.

Pero justo antes de la hora de salida apareció frente a la oficina de Valeria y tocó la puerta. Tenía el cabello revuelto y una expresión tan culpable que ella tuvo un mal presentimiento.

—¿Qué pasó?

—Necesito una lista para clasificar los expedientes del archivo.

Valeria lo miró con severidad.

—¿Qué hiciste?

—Yo… —Emiliano abrió la boca, pero no terminó.

Valeria pasó junto a él y se dirigió al archivo. Al llegar, encontró los gabinetes vacíos y montones de carpetas regados por el piso.

—¿Qué hiciste? —repitió, frunciendo el ceño.

—Me dijiste que cuando tuviera tiempo sacara los expedientes más antiguos y los pasara a los archiveros nuevos…

—Emiliano evitó mirarla y bajó la voz—. Pensé que, si los sacaba para volver a ordenarlos, sería más fácil encontrar los documentos viejos.

Pero cuando ya los había sacado todos, me hice bolas.

Señaló con la mano el desastre del suelo.

Valeria se masajeó la frente. Le dolía la cabeza.

Por suerte, a esa hora casi todos los abogados estaban fuera.

Soltó el aire y se recordó que no debía desquitarse con un pasante. Después de unos segundos logró calmarse.

—Está bien, ya entendí. Voy por la lista y luego volvemos a ordenar todo. Hay que terminarlo lo más rápido posible.

—Si me das una lista, puedo hacerlo yo… —dijo Emiliano, sin mucha seguridad.

—¿Cuánto te tardarías solo? ¿Y si mañana alguien necesita encontrar un expediente?

—Yo…

Valeria lo interrumpió:

—Separa las carpetas. Voy a imprimir la lista.

Cuando regresó con las hojas, se pusieron a revisar los expedientes y a devolverlos a los gabinetes según el orden indicado.

Había demasiados. Al poco rato, Emiliano ya estaba arrodillado en el piso.

—Aquí están los primeros siete, los que empiezan con la letra A… —dijo, cotejando la lista y apilando las carpetas que encontraba.

Valeria llevaba falda, así que no podía sentarse en el suelo. Solo podía agacharse con cuidado sobre sus tacones. Al verla, Emiliano le dijo:

—Si quieres, tú lees los nombres y yo busco las carpetas. Te las paso para que las pongas en el gabinete.

Le tendió su hoja y señaló con la barbilla la silla que tenía detrás.

Valeria vio que él mantenía la mano extendida. Tomó la lista y se levantó, apoyándose en la silla para sentarse.

Trabajaron durante dos horas. Por fin, la mayoría de las carpetas estaba de nuevo en su lugar.

Ya había pasado la hora de salida. Afuera estaba oscuro y las luces de los edificios cercanos empezaban a encenderse.

Valeria sacó el celular para pedir comida. Apenas abrió la aplicación, recibió un mensaje de Mauricio:

«¿Tienes planes para esta noche?».

¿Planes? Claro que tenía.

O los había tenido.

Ya se habían arruinado.

Valeria le respondió con una foto del desorden en el archivo:

«Gracias a tu sobrino, me toca trabajar hasta tarde».

«¿Emiliano hizo un desastre?», contestó él casi de inmediato.

«No es para tanto. Solo revolvió el archivo». Valeria esperó un rato, pero Mauricio no volvió a escribir.

Emiliano levantó la cabeza.

—¿Tu novio?

—¿Qué?

—Es que no dejas de mirar el celular. ¿Era tu novio?

—No. Un amigo. —Valeria abrió la aplicación para pedir comida—. A este paso vamos a estar aquí un buen rato. ¿Qué quieres comer?

—¿Comida a domicilio? —Emiliano miró la pantalla—. Mmm… lo que sea.

Siguieron trabajando durante más de una hora. Cerca de las nueve, por fin terminaron de clasificar todos los expedientes.

Valeria no se había dado cuenta de que se le había descargado el celular. Fue al coche a conectarlo y, cuando volvió a encenderlo, encontró dos mensajes sin leer. Uno era una transferencia de Emiliano con la nota «cena». Valeria se la devolvió y abrió el otro.

Era de Mauricio, enviado tres horas antes:

«¿Qué planes tenías?».

«Nadar», respondió Valeria.

Al poco rato, el celular vibró de nuevo.

«¿Ya terminaste?».

«Sí».

«¿Todavía quieres ir a nadar?».

A esa hora, el gimnasio estaba por cerrar. Además, Valeria aún no sabía nadar bien. Sin instructor, solo iba a chapotear.

«Ya no alcanzo», escribió.

Un momento después llegó otro mensaje de Mauricio:

«Ven a nadar a mi casa».