Capítulo 3 — Paisanos
Emiliano Luján.
Ese era el nombre del pasante que Valeria había visto en el chat del despacho.
Mauricio acababa de llevarlo a la oficina de Fernando cuando, en otro grupo de WhatsApp —uno que los empleados usaban para echar chisme a espaldas de los jefes—, empezaron los comentarios.
Valeria abrió la computadora y se puso a organizar el trabajo de la semana. De vez en cuando miraba hacia afuera. Cuando terminó y salió para atender un asunto, encontró a Natalia enseñándole la oficina a Emiliano.
—Esta es nuestra área de trabajo. La oficina de hace rato es la de Fernando, el abogado con más experiencia y uno de los socios fundadores.
Casi nunca está, así que cuando necesitamos algo solemos buscar a Ricardo, el otro socio.
Su despacho está al fondo del pasillo de la izquierda, la tercera puerta…
Natalia era menudita; no medía ni un metro con sesenta. Al lado de Emiliano, que debía de medir más de uno ochenta, parecía un hobbit.
Él se inclinaba para escucharla con atención.
Dicen que los sobrinos se parecen a sus tíos.
Emiliano tenía facciones marcadas y, en efecto, se parecía un poco a Mauricio. Pero Valeria no recordaba haber visto a su tío tan relajado ni tan tímido. Incluso cuando se mostraba humilde, Mauricio conservaba cierta seguridad y el aplomo de alguien acostumbrado a estar en una posición de poder.
Valeria estaba pensando en eso cuando Emiliano volvió la cabeza de repente. Sus miradas se encontraron. Él pareció sorprendido, pero enseguida le sonrió. Se le marcaron apenas dos hoyuelos en las mejillas.
Con esa sonrisa se veía bastante bien.
Al día siguiente, cuando Valeria llegó al despacho, ya le habían asignado un lugar a Emiliano.
Su oficina era casi un cubículo privado, cerca del despacho de Fernando. Tenía una pared y una puerta de cristal. En medio había una mesa grande de madera; detrás, un estante lleno de discos compactos y, al lado, libros de derecho tan gruesos como enciclopedias.
Por la jerarquía del despacho, Emiliano no tenía por qué recibir una oficina tan buena. Pero Mauricio les mandaba tantos clientes que, como justo había quedado un espacio vacío cuando otro abogado renunció, tampoco era difícil entender la decisión.
En ese momento, Emiliano estaba solo en su oficina, hojeando unos documentos sin mucho interés y mirando a través de las paredes de cristal. Parecía aburrido.
«Si alguien necesita ayuda, puede pasarle trabajo a nuestro pasante, Emiliano», había escrito Fernando temprano en el chat del despacho.
Pero durante medio día nadie respondió.
Ya habían llegado otros hijos de familias ricas a hacer prácticas en el despacho. Por lo general, cobraban sin hacer gran cosa y se iban antes de cumplir tres meses, a veces sin siquiera participar en un asunto importante.
Con ese tipo de pasantes, los empleados solían tratarlos con mucha consideración, invitarlos a comer y hacerse amigos suyos, por si más adelante podían recomendarles algún cliente. Nadie esperaba que se tomaran el trabajo muy en serio.
Quizá Emiliano se dio cuenta. Después de pasar un buen rato sin hacer nada, salió de su oficina.
—Disculpa, licenciada Ana, ¿hay algo en lo que pueda ayudar? —le preguntó a la abogada que estaba más cerca.
Ana levantó la mirada. Parecía sorprendida y no supo bien cómo negarse. Después de pensarlo un momento, le tendió un documento.
—¿Puedes sacar cinco copias?
Emiliano se quedó algo desconcertado, pero sonrió y asintió.
—Claro.
Fotocopiar, imprimir, llevar documentos…
Durante toda la mañana nadie le encargó una tarea de verdad.
Cuando llegó la hora de comer, Valeria miró hacia su oficina. Ya no había nadie ahí; en cambio, se oía movimiento constante en la cocina.
—Qué rico huele —comentó alguien al pasar.
Valeria también percibió el aroma. Parecía café recién hecho, y con la corriente de aire llegaba hasta su escritorio.
—¿Estás preparando café? —preguntó al entrar a la cocina por agua.
—Sí. Vi que todos estaban ocupados y pensé que, como no podía ayudar mucho, al menos podía prepararles algo para que aguantaran la tarde —contestó Emiliano. Le tendió una taza—. Prueba.
El líquido era de un negro intenso.
Valeria alzó las cejas, pero aceptó la taza ante la mirada expectante de Emiliano. Apenas tomó un sorbo, él le preguntó:
—¿Qué tal?
—No está mal —respondió ella con sinceridad.
—¿De verdad? —A Emiliano se le iluminó la cara y sonrió sin guardarse nada—. Voy a llevarles a los demás.
El café olía muy bien.
Diez minutos después, todo el despacho estaba impregnado de su aroma. Entonces Ricardo llamó a Valeria por la extensión interna.
—Está bueno el café, ¿verdad? —dijo, sentado en su silla con la taza en la mano—. Pero Mauricio no nos mandó a su sobrino para que aprenda a preparar café.
Valeria adivinó a qué iba.
—Entonces pon a alguien a capacitarlo.
Ricardo asintió.
—Tú vas a supervisarlo estos dos meses.
—¿Yo?
—Sí. De los abogados que pueden asesorar pasantes, eres la que tiene menos diferencia de edad con él. Además, revisé su currículum: es de tu misma ciudad.
Al salir de la oficina de Ricardo, Valeria le pidió a Natalia una copia del currículum de Emiliano.
Había estudiado derecho en una universidad estadounidense de buen nivel, aunque no de las más prestigiosas. También había cursado materias de computación y participado en varias prácticas, pero nada de eso parecía muy útil para el trabajo del despacho.
Su currículum no destacaba demasiado. Si no fuera por Mauricio, quizá habría sido difícil que lo contrataran.
Valeria deslizó el dedo por la pantalla y, al llegar a la sección de estudios, se detuvo. En el apartado de preparatoria aparecía el nombre de la escuela: la Preparatoria Pública Número Uno de Querétaro, la más reconocida de la ciudad y la misma donde ella y Mauricio habían estudiado.