Capítulo 2 — Amigos con derechos
Cuando colgó, el reloj de pared marcaba las diez cincuenta. Faltaban diez minutos para la hora acordada.
Valeria se quitó la mascarilla y fue al baño a enjuagarse la cara. Cuando salió, la pantalla del celular se iluminó un instante: tenía un mensaje de Mauricio. Solo decía: «Ya llegué».
Al parecer, a esa hora el tráfico no estaba tan pesado.
Valeria dejó el celular, abrió la puerta y lo encontró ahí mismo.
—¿Ya regresaste del viaje?
—Sí.
—¿Todo salió bien?
—Más o menos.
Mauricio entró, se quitó el saco y lo dejó doblado sobre el sillón.
—¿Descansas el fin de semana?
—Sí. Por fin me tocó uno libre.
—Entonces hoy podemos dormir tarde —dijo él con una sonrisa y enseguida se acercó a ella.
La ropa rozó con un susurro. Mauricio la abrazó y hundió la barbilla en el hueco de su hombro. La besó en el cuello, como si fuera un novio que llevaba mucho tiempo lejos. Luego la acarició un par de veces y murmuró con voz ronca:
—Voy a bañarme primero.
Soltó a Valeria y entró al baño como si conociera de memoria cada rincón. No era la primera vez que iba. Ella no tenía que explicarle dónde estaba la llave del agua caliente ni dónde guardaba las toallas.
—¿Dónde quieres? ¿En la recámara o aquí? —preguntó él poco después, ya envuelto en una toalla.
—En la recámara.
Mauricio la levantó en brazos. Por un instante, la sensación de perder el equilibrio y quedar suspendida en el aire la hizo sentir como si flotara. Cuando volvió en sí, estaba recostada en la cama.
Él le levantó la camiseta de dormir y comenzó a besarla despacio.
En ese aspecto, Valeria siempre había pensado que Mauricio tenía mucha experiencia. Sus besos, ligeros como plumas, la hicieron estremecerse. Se le escapó un gemido y le rodeó el cuello con los brazos.
La recámara estaba a oscuras. Se buscaron en silencio.
Lo cómodo de ser amigos con derechos era que no tenías que preocuparte tanto por lo que pensara la otra persona. Si salías con un novio y te mostrabas demasiado desinhibida, quizá te inquietaba que juzgara tu pasado. Con alguien con quien no había compromiso, ese temor no existía.
Valeria se dejó llevar por el momento.
No supo cuánto tiempo pasó antes de que todo se calmara.
Mauricio estaba fumando.
Recordó la primera vez que él había fumado en su departamento, también después de estar juntos. Sacó la cajetilla y le preguntó si quería uno. Ella dijo que no, así que él se fue al balcón.
Era pleno invierno. Aunque la ciudad solía ser templada, por las noches la temperatura podía bajar a unos cinco grados.
Mauricio cerró la puerta de cristal y se quedó afuera, envuelto solo en una toalla.
Cuando terminó el cigarro, Valeria le preguntó si no tenía frío.
Él negó con la cabeza y esperó a que se le calentaran las manos antes de volver a abrazarla.
Valeria siempre había pensado que los hombres eran flojos. Al principio se esmeraban en todo y cuidaban cada detalle, pero cuando la relación se volvía familiar, dejaban de esforzarse. A veces ni siquiera conservaban la mitad de las atenciones del comienzo.
Mauricio era la excepción.
Valeria pensaba que esa era una de las razones por las que habían seguido siendo amigos con derechos durante tanto tiempo: él siempre era atento y paciente, desde darse una ducha antes de estar con ella hasta tomarse el tiempo necesario para que ambos disfrutaran.
Incluso tenía la consideración de fumar en el balcón.
—¿Ya terminó el asunto de Grupo Altavista? ¿Vas a seguir trabajando hasta tarde todos los días? —preguntó Mauricio cuando regresó después de fumar.
—Está un poco más tranquilo que antes. ¿Y ustedes?
—Ya casi cerramos la negociación con la otra empresa. Después podremos bajar el ritmo. Vi en tus estados que estás aprendiendo a nadar.
—Sí. Últimamente me molesta el cuello y el médico me recomendó nadar. ¿Tú sabes?
—Sí.
—¿Cuánto tardaste en aprender?
—¿Cuánto? Aprendí de niño. Si me preguntas cuántas clases tomé, no me acuerdo.
Siguieron conversando sin mucho rumbo. Aparte del trabajo y de verse de vez en cuando, sus vidas no se cruzaban demasiado. Tampoco tenían tantos temas de qué hablar.
Cuando la conversación empezó a apagarse, Mauricio redujo la distancia de unos cuantos centímetros que los separaba y apoyó el hombro contra el de ella.
Más tarde, Valeria fue al baño a ducharse. Cuando salió, Mauricio ya estaba vestido.
—Ya me voy —dijo él, con el saco en la mano, parado entre la luz de la sala y la oscuridad de la recámara.
Nunca se quedaba a dormir con ella.
Tampoco se besaban ni fingían que les costaba despedirse.
—Está bien —respondió Valeria. Se metió en la cama—. Apaga la luz de la sala, por favor.
Al día siguiente, lunes, la mañana de trabajo transcurrió como siempre. Cerca de la zona de oficinas de Querétaro, el tráfico avanzaba a vuelta de rueda. Las torres de oficinas cortaban el cielo en formas irregulares.
Después de descansar por fin todo el fin de semana, Valeria se sentía renovada. Subía en el elevador desde el estacionamiento cuando, justo antes de que se cerraran las puertas, apareció Natalia, la recepcionista, apurada y con un café en la mano.
Estuvo a punto de chocar con alguien. Valeria la ayudó a sostener el vaso y Natalia lo recibió, todavía sin aliento.
—Gracias.
Valeria miró su reloj.
—Faltan diez minutos. No tienes que correr tanto.
Natalia negó con la cabeza.
—Tengo que subir a preparar todo. Fernando acaba de escribir que el señor Luján viene en un rato.
El señor Luján de quien hablaba era Mauricio, director general de Grupo Altavista.
La empresa llevaba años trabajando con el despacho de Valeria. Además de los asuntos legales de su propio grupo, Mauricio solía recomendarles nuevos clientes. Era uno de los clientes más importantes del despacho.
—¿Traerá otro asunto? —preguntó Valeria mientras revisaba el celular. En el chat del despacho no había ningún aviso.
—No sé —dijo Natalia—. Ah, pero también va a llegar un pasante.
—¿Un pasante?
—Sí. Dicen que es sobrino del señor Luján. Acaba de graduarse y regresó de Estados Unidos. Su tío quiere que conozca cómo se trabaja aquí antes de que entre a la empresa.
El despacho ocupaba el piso veintitrés. No les alcanzó el trayecto del elevador para terminar el chisme: las puertas se abrieron enseguida.
Natalia se fue a preparar café para recibir al cliente. Valeria fue a la cocina por una taza y, cuando volvió, Mauricio ya había llegado.
Ese día llevaba un traje impecable y unos lentes de armazón metálico. Detrás de los cristales, sus facciones marcadas y la mirada profunda le daban un aire frío, como si no quisiera que nadie se le acercara. En la cama parecía otra persona.
—Señor Luján —lo saludó Valeria con un gesto.
—Licenciada Ríos —respondió él con cortesía distante.
Valeria miró a la persona que venía detrás de Mauricio.
En contraste con el traje formal de su tío, el joven llevaba una sudadera de cuello redondo, pantalones casuales y tenis. Era alto y atlético; su postura relajada transmitía energía.
¿Veintiún años? ¿Veintidós?
Valeria supuso que debía de ser el nuevo pasante.