Fuera de juego Capítulo 15
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Capítulo 15

No duermo. No es nuevo, ya lo sé, pero esta vez no es la rodilla.

A las siete de la mañana ya estoy en el campo de la cantera.

Hace frío, ese frío de noviembre que se mete por el cuello del chándal y no se va con nada.

La hierba está blanca de escarcha y el mar, al fondo, tiene el color del plomo.

No hay nadie todavía. Me siento en el primer escalón de la grada baja y dejo que el aire me despeje lo que el insomnio no ha podido.

Esto es una parada. La frase sigue ahí, dándome vueltas. Llevo tres noches con ella.

Elian llega antes que el resto. Lo veo cruzar el aparcamiento con dos cafés en la mano, uno en cada vaso de cartón, y por un segundo pienso que se ha equivocado de cantidad. Pero sube los escalones y me tiende uno sin preguntar.

—Solo, ¿verdad?

—Sí.

Se sienta a mi lado. Bebe. Mira el campo vacío como si fuera a decir algo importante y luego decidiera que no.

—Tienes mala cara —dice al fin.

—Gracias.

—No es un reproche. —Da otro sorbo—. Es una observación. Como las que hace tu jefe en su cuaderno.

Me río sin ganas. Es lo más que me sale.

Estamos un rato callados. El café quema un poco y eso está bien, me da algo en lo que concentrarme. Pienso en Darian abriéndome la puerta de Madrid con esa voz plana suya, repitiendo lo de la buena oferta como si fuera un mantra que necesitara creerse él más que yo. Pienso en que no entiendo nada.

Aunque eso ya no es del todo cierto. Nael me lo dijo hace días, en el paseo, cuando vino a buscarme después de enterarse del rumor.

Se sentó a mi lado en el banco de siempre y me lo soltó sin rodeos, porque Nael es así: dicen por ahí que tienes algo con Darian .

Sin más. Me lo dijo con la misma voz con la que me pregunta si he desayunado.

Y luego añadió que a él le daba igual, que si era verdad o no era asunto mío, pero que quería que supiera que estaba ahí.

Que el vestuario no era el mundo y que el mundo tampoco era tan pequeño como a veces parecía en un pueblo como este.

Me quedé sin saber qué decir, que para mí es raro.

Le dije que no había nada que confirmar ni que desmentir.

Él asintió, se terminó el café y se fue.

Sin hacer preguntas que no quería hacerme.

Eso fue hace cuatro días. Desde entonces llevo pensando que el pueblo ya roza los bordes de algo que yo creía que solo existía dentro del despacho de Darian. Y desde entonces Darian lleva empujándome hacia Madrid con esa educación suya que parece generosidad pero que no lo es.

—¿Te puedo preguntar una cosa? —digo.

Elian gira la cabeza.

—Depende.

—Darian. —Lo miro de lado—. Hace diez años que está solo. Eso lo sé. Pero no sé por qué.

Elian no se sorprende. Es lo primero que me llama la atención. No levanta una ceja, no se hace el tonto, no me pregunta a qué viene eso. Solo mira el campo y aprieta el vaso un poco más fuerte. Lo noto porque el cartón hace un ruidito.

—No me corresponde a mí contarte eso —dice.

—Ya.

—Pero —y aquí se detiene, como si midiera cada palabra igual que mide los pases en los partidos— te voy a decir una cosa, porque te tengo aprecio y porque llevo dos semanas viéndolo hacer lo que hace y no me gusta.

Me quedo quieto. El café se me enfría en la mano.

—Hubo alguien. Hace tiempo. —Elian habla despacio—. Un jugador. Joven. Más joven que él, mucho. Estuvieron juntos un par de años. Y un día le salió una oportunidad fuera, una buena, de las que no se rechazan. Y se fue.

—Vale —digo, aunque no me atrevo a decir más.

—Lo que pasa es que Darian no le pidió que se quedara. —Elian me mira ahora, de frente—. No le dijo nada. Ni una palabra. Le abrió la puerta, le hizo la maleta casi, y lo despidió en la estación con un apretón de manos. Como si fuera lo más normal del mundo.

El frío ya no me llega de fuera.

—¿Por qué hizo eso?

—Porque tenía miedo de que se fuera. —Elian se encoge de hombros, pero el gesto no es ligero—. Así que se fue antes él. Por dentro. Lo soltó para no tener que aguantar que lo soltaran a él. ¿Lo entiendes?

Lo entiendo. Lo entiendo tan bien que me cuesta respirar.

Esto es una parada. Es una buena oferta. Deberías pensarlo en serio.

Me levanto. No sé muy bien para qué, pero no puedo quedarme sentado.

—¿Estás bien? —pregunta Elian.

—No.

Bajo los escalones. Al fondo empiezan a llegar los primeros chavales, con las mochilas a la espalda y la voz alta de los que tienen dieciséis años y todavía no saben lo que pesan las cosas. Nico entre ellos. Levanta la mano para saludarme y yo se la levanto de vuelta, automático.

Elian sigue arriba.

—Kael. —Espero—. No se lo digas así, en frío. Está cagado de miedo. Si lo acorralas, se cierra. Lleva diez años cerrándose.

—Ya lo he visto —digo.

Y me voy a dar el entrenamiento, porque es lo único que sé hacer sin pensar.

El día se me pasa como en una cámara con el agua sucia.

Corrijo a los chavales, monto los rondos, le digo a Nico que la próxima vez se gire antes de recibir, pero todo lo hago desde un sitio que no es el mío.

Por dentro estoy en otro campo, uno donde hay un hombre de cuarenta y tres años haciendo conmigo exactamente lo mismo que hizo hace diez con otro.

Soltarme antes de que yo lo suelte. Hacerme la maleta. Llevarme a la estación.

A las seis de la tarde, cuando el primer equipo termina y el club empieza a vaciarse, subo al despacho de Darian.

Está donde siempre. La luz del flexo encendida, el cuaderno abierto, una pluma en la mano. Levanta la cabeza cuando entro y por un segundo algo se le suaviza en la cara. Luego lo guarda. Es muy rápido haciendo eso, guardando cosas.

—Tengo el informe del Marítimo casi listo —dice—. Si quieres lo vemos juntos mañana.

—No vengo por eso.

Cierra la pluma. El clic es minúsculo pero en el silencio del despacho suena enorme.

—Tú dirás.

Cierro la puerta detrás de mí. No sé si lo hago para que no nos oigan o para que él no tenga por dónde escapar. A lo mejor las dos cosas.

—Llevas tres días diciéndome que acepte lo de Madrid.

—Llevo tres días diciéndote que es una buena oferta. Que no es lo mismo.

—Es exactamente lo mismo. —Doy un paso—. Lo dices con esa voz tuya de que da igual, como si estuvieras leyendo el parte del tiempo. Pero no da igual. Te lo noto.

Darian se reclina en la silla. Apoya las manos en los reposabrazos. Es lo que hace cuando quiere parecer tranquilo, ya lo he aprendido. Cuando algo le importa, se pone más recto, no más relajado.

—No sé qué quieres que te diga, Kael. Tienes una oportunidad delante. Sería una irresponsabilidad por mi parte convencerte de lo contrario.

—¿Convencerme? —Me río, y no es una risa bonita—. ¿Quién te ha pedido que me convenzas de nada? Yo lo único que te dije fue que me habían llamado. Ni siquiera te pedí opinión. Y tú llevas desde entonces empujándome hacia la puerta con tanta educación que casi no se nota.

—No te estoy empujando a ningún sitio.

—Sí lo estás haciendo.

Se levanta. Es la primera vez que rompe la postura. Va hasta la ventana, me da la espalda, mira el aparcamiento medio vacío, los focos del campo apagándose uno a uno. Tiene los hombros tensos. Las canas le brillan un poco con la luz de fuera.

—Eres joven —dice, sin volverse—. Tienes una carrera por delante todavía. Una distinta, pero por delante. Esto de aquí —y hace un gesto vago con la mano, abarcando el despacho, el club, todo— no es para alguien como tú. Es un pueblo. Es la cantera de un equipo de tercera. Es una parada.

—Deja de decir eso.

—Es la verdad.

—No, no es la verdad. —Me acerco. Él no se gira—.

La verdad es que llevo casi tres meses aquí y es el primer sitio en mucho tiempo donde no me despierto pensando en lo que perdí.

La verdad es que enseñar a esos críos me llena más que cualquier cosa que vaya a hacer en un plató contando lo que hacen otros.

La verdad, Darian, es que aquí hay cosas que no quiero soltar.

Se queda quieto. Veo cómo le sube y baja la espalda con la respiración.

—Date la vuelta —digo—. Mírame mientras me dices que me vaya.

Tarda. Tarda tanto que pienso que no lo va a hacer. Pero al final se gira. Y tiene la cara de un hombre que está sosteniendo algo muy pesado con las manos cansadas.

—Vete a Madrid, Kael.

Y ahí lo entiendo del todo. No por lo que dice. Por cómo lo dice. Con la voz cortada en seco, sin el filo de siempre, como si cada palabra le costara un trozo.

—Elian me ha contado lo del otro.

No tendría que haberlo dicho así, en frío. Elian me lo advirtió esta mañana. Pero ya está dicho y veo el efecto en su cara antes de que pueda guardarlo: un parpadeo, un endurecimiento de la mandíbula, las manos que se cierran un poco.

—No tenía ningún derecho.

—A lo mejor no. Pero ahora lo sé. —Bajo la voz, porque gritarle no va a servir de nada con un hombre que se cierra cuando lo acorralan—. Sé que hubo alguien. Sé que se fue. Y sé que tú no le pediste que se quedara. Que lo soltaste antes.

—Eso no tiene nada que ver con esto.

—Tiene todo que ver con esto.

Darian aparta la mirada. Es la primera vez que lo veo hacer eso, apartar los ojos de mí. Él, que se pasa la vida observando, anotando, midiendo a todo el mundo, no es capaz de sostenerme la mirada ahora.

—Esto es distinto —dice, y su voz ya no es plana, ya no es nada—. Tú tienes una oportunidad de verdad. Él... él también la tenía. No iba a ser yo quien le quitara eso.

—¿Y si él hubiera querido quedarse?

Silencio.

—¿Y si lo único que esperaba era que se lo pidieras?

El silencio se hace más grande. Darian se apoya en el alféizar de la ventana con las dos manos, como si lo necesitara para no caerse. Y de repente parece mayor de lo que es. Parece todos esos años solo metidos en un solo cuerpo.

—Tienes miedo —digo.

—No empieces.

—Tienes miedo de que me vaya. —Lo digo despacio, sin acusación, casi como una pena—.

Y como tienes miedo de que me vaya, prefieres echarme tú.

Así no esperas. Así no aguantas tres meses, seis, un año, pensando que cualquier día hago la maleta.

Así te lo quitas de encima ya, mientras todavía puedes decir que fue por mi bien.

Darian no responde. Aprieta los labios. Mira al suelo.

—Es más fácil así, ¿verdad? —sigo, y la voz se me adelgaza en la última palabra—. Abrir la puerta tú primero. Hacerme la maleta tú. Llevarme a la estación con un apretón de manos. Porque si me voy yo solo, sin que tú lo decidas, eso no lo soportas.

—Cállate. —La palabra le sale baja, ronca.

—No me voy a callar. Porque eres tú el que no dice nada. Llevas tres días sin decirme una sola cosa de verdad. Sacas lo de Madrid una y otra vez y nunca, ni una vez, me has preguntado qué quiero yo.

—¿Y qué quieres tú? —Levanta la cabeza de golpe, y por fin hay algo en su voz, algo afilado y dolido—.

Dímelo. ¿Quieres quedarte para siempre en un pueblo donde no hay nada?

¿Aquí, conmigo, que te saco veinte años?

¿Renunciar a Madrid, a la tele, a todo lo que cualquiera con dos dedos de frente aceptaría?

¿Eso quieres? Porque dentro de dos años, o de cinco, te vas a despertar y vas a ver lo que dejaste pasar, y entonces sí que te vas a ir. Y prefiero que sea ahora.

Ahí está. Por fin lo ha dicho. Por fin ha dicho lo que lleva diez años sin decir.

—Prefieres que sea ahora —repito.

—Sí.

—Para no tener que esperarlo.

No contesta. Pero baja la cabeza otra vez y eso es toda la respuesta que necesito.

Me quedo mirándolo. Quiero acercarme. Quiero tocarle el brazo, ponerle la mano en la nuca, decirle que se equivoca, que yo no soy el otro, que esto no es aquello. Pero sé que si lo toco ahora se va a cerrar del todo y no lo voy a recuperar. Elian me lo dijo. Si lo acorralas, se cierra.

Así que no lo toco.

—¿Sabes lo que más rabia me da? —digo, y ya no me sale fuerte, me sale cansado—.

Que ni siquiera me das la oportunidad de decidir yo.

Decides tú por los dos. Tú sabes mejor que yo lo que me conviene, lo que voy a sentir dentro de cinco años, lo que voy a echar de menos.

Tú lo tienes todo calculado en ese cuaderno.

—Señalo la mesa, el cuaderno cerrado bajo el flexo—.

Pero hay una cosa que no has apuntado, Darian.

Y es que yo todavía no había decidido irme.

Eras tú el que quería que me fuera. Yo solo quería que me preguntaras si me quedaba.

Algo se le mueve en la cara. Algo que casi parece que va a romperse. Abre la boca.

Y no le sale nada.

Espero. Le doy tiempo. Cuento hasta diez por dentro, hasta veinte, mirándolo, dándole la última oportunidad de decir lo único que necesito que diga, que es una palabra, una sola, quédate . No hace falta más. Una palabra y me quedo, me quedo hasta que se muera el sol.

Pero Darian cierra la boca otra vez. Y aparta la mirada.

Y yo entiendo que esta noche no va a poder.

—Vale —digo, y la voz me sale más entera de lo que esperaba—. Vale.

Cojo mi chaqueta de la silla. Él no se mueve de la ventana. Tiene las manos agarradas al alféizar y los nudillos un poco blancos. No me mira. No dice nada. Es exactamente lo que llevo viendo tres días, pero ahora sé lo que significa y duele el doble.

Llego a la puerta. Pongo la mano en el pomo. Me giro una última vez, porque soy idiota y porque todavía espero.

—El otro —digo—. El que se fue. A lo mejor también esperó en la puerta a que dijeras algo. Y a lo mejor por eso se fue. Porque no lo dijiste.

Darian cierra los ojos.

No se gira cuando salgo. No me llama por el pasillo. No baja las escaleras detrás de mí.

Salgo al aparcamiento. El frío de noviembre me golpea de lleno y agradezco que esté ahí, que sea real, que se pueda sentir. Los focos del campo están todos apagados ya. El mar, al fondo, no se ve, solo se oye, ese ir y venir que no para nunca.

Camino hacia el puerto con las manos en los bolsillos. No lloro. No sé por qué no lloro, debería, pero no me sale. Solo tengo una cosa clara, una sola, y la repito mientras camino para no perderla:

Esta vez el que decide soy yo.

Y todavía no me he ido.