Capítulo 16
Han pasado dos meses desde aquella noche en el despacho.
Navidades incluidas: la primera que paso en Puerto de Liria, con Bruna al teléfono en Nochebuena y la bufanda que me mandó por mensajería porque, según ella, el norte en diciembre no es para tomárselo a broma.
La llevo puesta todavía. Nael me ha preguntado dos veces si pienso quitármela algún día.
Señal Deportiva aceptó la fórmula híbrida.
Celso sigue sin entender del todo cómo funciona el calendario, pero ha dejado de preguntarme con cara de preocupación cada vez que aparezco un lunes después de un fin de semana en Madrid.
Elian me dijo que es porque los números de la cantera han mejorado y eso lo compensa todo. Probablemente tiene razón.
Hoy hay partido.
Nico lleva tres semanas en el primer equipo juvenil.
No porque nadie le haya regalado nada, sino porque en los últimos dos meses ha entrenado con una consistencia que no tenía antes, esa clase de constancia silenciosa que no se ve hasta que de repente está ahí y ya no puedes ignorarla.
Darian lo vio antes que nadie. Yo lo vi después, pero lo vi.
El estadio está casi lleno para ser un partido de categoría juvenil, que dice algo del pueblo y de cómo funciona aquí el fútbol.
La gente de Puerto de Liria viene a ver a los suyos independientemente del marcador o de la categoría.
Eso todavía me parece, en el mejor sentido posible, completamente extraño.
Me sitúo en el lateral del banquillo de sustitutos, que es mi sitio ahora: cerca del campo pero fuera del terreno estricto de Darian, que es quien dirige. Hemos encontrado esa geometría sin hablarla demasiado, que es probablemente la mejor manera de encontrar las cosas.
El partido empieza.
Nico juega de interior. Tiene el mismo problema que tenía hace tres meses, que es que cuando tiene el balón y ve el espacio duda medio segundo de más, ese instante entre la decisión y la ejecución donde se filtra el miedo.
Lo hemos trabajado. No sé si lo hemos solucionado.
Esas cosas no se solucionan, se gestionan, que es algo que he tardado bastante en entender aplicado a mí mismo.
En el minuto treinta y cuatro, el extremo derecho centra desde la banda.
El balón llega alto, a la frontal del área pequeña. El portero contrario sale mal. Y Nico, que lleva todo el partido moviéndose para que alguien se lo dé, que lleva semanas entrenando exactamente para este tipo de llegada, no duda.
El balón entra por el palo izquierdo.
La grada explota de la forma desproporcionada que tiene la gente de explotar cuando algo lleva tiempo cocinándose.
Nico levanta los brazos. Sus compañeros se le echan encima.
Yo me quedo quieto un segundo, viendo cómo celebra, viendo que no sabe exactamente qué hacer con el cuerpo porque es la primera vez que lo hace en un partido oficial y aún no tiene memoria para esto.
Noto la mano de Darian en mi hombro.
No es un gesto llamativo. Es una presión breve, firme, que dura quizás tres segundos y luego desaparece. No me mira mientras lo hace. Tiene los ojos en el campo, en Nico, en el grupo que se deshace de la celebración y vuelve a sus posiciones. Pero la mano estuvo ahí.
Hace cinco meses, cuando llegué a Puerto de Liria con la rodilla mal soldada y la cabeza peor, no habría sabido qué hacer con un gesto así.
Habría buscado qué significaba, habría intentado catalogarlo, habría necesitado que alguien me lo explicara.
Ahora sé que no necesita explicación. Sé que eso es Darian diciéndome lo que no va a poner en palabras delante de veinte personas, que es exactamente suficiente.
El partido termina dos a uno. Nico juega los noventa minutos.
En el vestuario hay el ruido específico de después de ganar, que es un ruido que conozco desde los catorce años y que sigue siendo exactamente igual independientemente de la categoría.
Espero fuera. Darian sale el último, como siempre, con la tablilla bajo el brazo y el abrigo que lleva desde octubre.
—Buen partido —digo.
—Ha jugado bien.
—Ha jugado bien porque llevamos semanas trabajando eso con él.
Darian me mira. Hay algo en esa mirada que todavía no he conseguido clasificar del todo, que es probablemente una de las razones por las que sigo aquí.
—Sí —dice—. Los dos.
Caminamos hacia el aparcamiento. El frío del norte en enero es seco y directo, sin negociación posible, y llevo la bufanda de Bruna hasta la nariz.
Darian no dice nada de la bufanda. Darian nunca dice nada de la bufanda, lo que significa que probablemente ha decidido que no merece comentario o que ha decidido que sí merece comentario pero en otro momento.
Con Darian hay que saber cuándo esperar.
He aprendido a saber cuándo esperar.
—La semana que viene tengo grabación el martes y el miércoles —digo cuando llegamos a los coches.
—Lo sé. Lo tienes en el calendario compartido.
—Solo lo confirmo.
—Ya lo sé.
Paro. Lo miro. Él me mira.
—¿Vas a decirme algo útil o solo vas a repetir que ya lo sabes?
La comisura. Solo la comisura, ese movimiento mínimo que todavía tardo en ver si no estoy mirando.
—El jueves hay entrenamiento a las nueve —dice—. No llegues tarde.
—Nunca llego tarde.
—Llegas a tiempo. No es lo mismo.
Me río. No puedo evitarlo, nunca puedo evitarlo con él, que es algo que hace semanas ha dejado de molestarme y ha pasado a ser simplemente una constante del paisaje.
—Hasta mañana —digo.
—Hasta mañana.
Me meto en el coche. Por el retrovisor lo veo alejarse hacia el suyo, con esa forma de caminar que tiene, sin prisa pero sin pausa, como alguien que sabe adónde va y no necesita demostrárselo a nadie.
Arranco. Las calles de Puerto de Liria a esta hora están casi vacías, con las farolas encendidas y el olor a sal que viene del puerto aunque no lo veas.
He hecho este recorrido suficientes veces para hacerlo sin pensar, que es probablemente la definición más honesta de lo que significa estar en un sitio de verdad.
No estoy esperando a ver qué pasa.
No estoy en un sitio provisional.
Estoy aquí. He decidido estar aquí.
Y Nico ha marcado su primer gol.