Fuera de juego Capítulo 14 #2
84%

Capítulo 14 #2

El fluorescente zumba sobre nosotros. Fuera se oye el bote de un balón, lejano, monótono.

—Por eso lleva diez años solo —digo. No es una pregunta.

—Por eso lleva diez años solo. —Elian me sostiene la mirada—. No porque no haya tenido ocasiones. Porque cada vez que algo empieza a ir en serio, empieza a buscar la puerta. La de ellos. Para empujarlos antes de que la abran ellos. Es más fácil despedir que esperar a que te dejen.

Me quedo mirando el suelo de cemento. Hay una marca de cal de un campo viejo, una línea que no lleva a ninguna parte.

—¿Y tú cómo sabes todo esto? —pregunto.

—Porque soy su amigo desde hace doce años y porque la noche que el chaval se fue, Darian se presentó en mi casa a las tres de la madrugada y no dijo una palabra en cuatro horas. —Elian se levanta—. Conozco el silencio de Darian mejor que su voz, Kael. Y el de estos días es exactamente el mismo.

Tengo la garganta seca.

—¿Por qué me lo cuentas?

Elian recoge el peto naranja del suelo. Lo dobla bien esta vez.

—Porque la última vez nadie le paró los pies.

El chaval se fue creyendo que no lo querían, y Darian se quedó creyendo que tenía razón en no pedir.

Y los dos se equivocaron. —Me mira—. No me gusta verlo repetir lo mismo.

Y tú no me pareces de los que se van porque alguien les abre la puerta con buenos modales.

Me río, otra vez sin ganas.

—Buenos modales —repito—. Lo mismo pensé yo.

—Ya. —Elian abre la puerta del almacén. Entra el ruido del campo, el aire frío de noviembre—. Tú decide lo que quieras de Madrid. Eso es tuyo. Pero no decidas en función de lo que él te está vendiendo. Porque no te lo está vendiendo por ti. Te lo está vendiendo por él.

Salgo del almacén con la cabeza hecha un nudo y el cuerpo demasiado caliente para el frío que hace.

Lo encuentro al final de la tarde, cuando ya no queda nadie en el campo grande. Está recogiendo unos conos él mismo, agachado, con el abrigo oscuro de siempre. La luz se va rápido a estas alturas del año. El estadio está casi a oscuras salvo por dos focos que dejaron encendidos.

Me acerco. Él me oye y no se gira.

—¿Te falta material? —pregunta.

—No.

Sigue recogiendo. Un cono. Otro. Los apila con cuidado, como si importara el orden.

—Hablé con Elian —digo.

La mano se le para un instante sobre un cono. Solo un instante. Luego sigue.

—¿Sobre qué?

—Sobre por qué llevas tres días echándome a Madrid.

Se incorpora. La pila de conos en una mano. La otra colgando. La luz del foco le cae sobre la cara y le marca las canas y las ojeras que llevan ahí desde antes de que yo llegara.

—No te estoy echando —dice—. Te estoy diciendo lo que es mejor para ti.

—Sí. —Doy un paso—. Eso mismo le dijiste a él hace diez años.

El silencio que sigue es el más largo que he vivido con este hombre. Y he vivido muchos. Pero este tiene un fondo distinto. Este es el de alguien a quien acaban de tocar exactamente donde no debían.

—Elian habla demasiado —dice. La voz se le ha cortado. Frases más cortas. Lo conozco. Es lo que hace cuando se le desmonta algo por dentro.

—Elian habla cuando hace falta.

Deja los conos en el suelo, despacio. Se endereza. Y por primera vez no encuentra qué hacer con las manos.

—No es lo mismo —dice.

—¿El qué?

—Aquello. Esto. No es lo mismo.

—¿No? —Lo miro—. A mí me suena igual. Llega una oferta de fuera. Tú me dices que me vaya. Que es lo mejor. Que aquí me quedo pequeño. Sin pedirme nada. Sin preguntarme qué quiero yo. —Se me quiebra un poco la voz y la odio por eso—. Abriendo la puerta y poniéndote a un lado.

—Kael.

—¿Es que no quieres que me quede?

Lo suelto y queda colgando en el aire frío del estadio vacío, entre los dos focos y los conos amontonados en el suelo. Y veo cómo le llega. Cómo le entra por algún sitio que llevaba años cerrado. Aprieta la mandíbula. Mira hacia el campo oscuro, hacia nada.

—No se trata de lo que yo quiera —dice por fin. Bajito. Casi para él.

—Se trata exactamente de eso.

—No. —Niega con la cabeza—. Se trata de no estorbar. De no ser yo el motivo de que tú dejes pasar algo que...

—Darian.

Para. Me mira.

—No me has contestado —digo—. Te he preguntado si quieres que me quede.

Y ahí está. El momento. Lo veo abrir la boca.

Lo veo querer decirlo. Y lo veo no poder.

Lo veo elegir el silencio como ha elegido el silencio toda la vida, porque pedir es arriesgarse a que te digan que no, y para un hombre que se ha pasado diez años protegiéndose de eso, callar es lo único que ha aprendido a hacer bien.

—Es tu carrera —dice. Otra vez. La misma frase. El mismo muro.

Y entonces lo entiendo del todo. Lo que me decía Elian. No es que no me quiera. Es que prefiere echarme a esperar a que yo lo deje. Prefiere abrir la puerta él para no tener que verme abrirla a mí.

Me duele de un modo que no esperaba.

—¿Sabes qué? —digo, y la voz me sale más firme de lo que me siento—. Tienes razón. Es mi carrera. Y la decisión es mía. Así que voy a tomarla yo. —Me doy la vuelta—. Y voy a tomarla sin ti empujando.

—Kael.

No me giro.

—Buenas noches, Darian.

Salgo del estadio con los dos focos a mi espalda y los conos sin recoger del todo y un hombre de pie en mitad del campo que no ha sido capaz de decirme la única frase que yo necesitaba oír.

Fuera, el aire huele a mar y a noviembre. Camino hacia el puerto sin saber muy bien adónde voy.

Por primera vez en mucho tiempo, no es Madrid lo que me da miedo dejar.