Capítulo 14
Llevo casi tres meses aquí. Lo pienso esa mañana mientras desayuno mirando el agua, y la cifra me suena rara en la cabeza, como si fuera de otra persona. Tres meses. En Madrid no aguantaba tres semanas en el mismo sitio sin empezar a mirar la puerta.
Ahora la única puerta que miro es la del despacho de Darian.
Le he contado lo de la oferta. No quería, pero salió solo, una de esas noches en que llevábamos media hora callados en el sofá de su piso y el silencio empezaba a pesar de un modo distinto.
Le dije que Señal Deportiva me había llamado.
Que querían que comentara partidos. Que la cosa empezaría después de Navidad.
Él no dijo nada esa noche. Asintió, como quien recibe un dato y lo archiva.
Pensé que ahí quedaba.
No queda ahí.
Antes de que empiece a irse todo a la mierda, me encuentra Nael.
Lo hace por la mañana, en el pasillo del vestuario, antes del entrenamiento.
Me llama por el nombre con ese tono suyo que no tiene urgencia pero tampoco es casual, y me hace un gesto con la cabeza hacia la puerta de atrás, la que da al pequeño patio donde fuman los que aún fuman y que a estas horas está vacío.
Salgo detrás de él. El frío de noviembre me golpea en la cara.
—¿Qué pasa? —pregunto.
Nael se apoya en la pared de ladrillo. Se le ve incómodo, y Nael no es de los que se ponen incómodos fácil.
—Escucha —dice—. No sé si ya lo sabes o no. Y si lo sabes y no quieres hablar de ello, me lo dices y aquí no ha pasado nada.
—¿El qué?
Suelta el aire despacio.
—Ayer en el bar de Miquel había cuatro personas del pueblo hablando de Darian y de ti.
—Me mira de frente—. No con mala idea, creo.
Pero hablando. Que si os han visto salir juntos del estadio tarde.
Que si el trato que os dais ha cambiado.
Que si hay algo. —Pausa—. El rumor existe, Kael. Quería que lo supieras.
Me quedo quieto. El aire huele a sal y a metal frío.
—¿Cuánta gente?
—Cuatro en el bar. No sé cuántas más en sus casas. —Nael encoge un hombro—. En Puerto de Liria las cosas viajan.
Lo sé. Lo sabía desde el primer día. Pero saberlo en abstracto y oírlo dicho así, con nombres de bar y de calle, es diferente.
—¿Y tú qué piensas? —le pregunto.
—Pienso que no es asunto mío. —Lo dice sin dudar—.
Y pienso que eres el mejor tío que ha entrado en este club en mucho tiempo, y que lo que hagas con tu vida privada no cambia eso.
—Aparta la espalda de la pared—. Por eso estoy aquí.
No para preguntarte nada. Para decirte que si necesitas algo, o si se complica, puedes llamarme.
Y que dentro de ese vestuario nadie va a decir nada mientras yo sea capitán.
Me meto las manos en los bolsillos porque no sé qué hacer con ellas.
—Nael.
—No tienes que decir nada.
—Sí tengo. —Busco las palabras, que no son lo mío—. Gracias. En serio.
Asiente. Nada más. Luego abre la puerta y vuelve dentro.
Me quedo un momento en el patio, solo, con el frío y el ruido lejano del campo.
Sé que tengo que contárselo a Darian. Y sé que esa conversación no va a ser fácil.
Lo que no sé es que ya hay otra empezando, más despacio y más peligrosa, que él ya ha comenzado solo.
—Es una buena oferta.
Lo dice tres días después, en el despacho, con la luz de la tarde entrando de lado y el cuaderno cerrado sobre la mesa. Yo he venido a revisar unos vídeos de la cantera y él los ha visto conmigo sin que se lo pidiera, y ahora, cuando ya he recogido el portátil, suelta eso. Es una buena oferta.
—¿El qué? —pregunto, aunque sé el qué.
—Madrid. Señal Deportiva. —Mueve un bolígrafo entre los dedos—. Es lo que viene después de retirarse. La mayoría no tiene esa puerta abierta.
Me quedo de pie con el portátil bajo el brazo. El tono no me cuadra. Es plano, demasiado limpio, como leído de una ficha.
—No he dicho que vaya a aceptarla.
—Deberías pensarlo en serio.
—Lo estoy pensando.
—No. —Deja el bolígrafo—. Lo estás aplazando.
Hay una diferencia entre las dos cosas y los dos lo sabemos. Me siento en el borde de la mesa, despacio, por la rodilla y por ganar tiempo.
—¿A ti qué más te da?
—Me da que es tu carrera —dice—. Tienes veintitrés años. Esto —señala vagamente la ventana, el campo, todo— esto es una parada. No es un destino.
Lo dice como si fuera evidente. Como si fuera generoso. Y por un segundo casi me lo trago, porque suena a lo que diría alguien que se preocupa por mí.
Pero hay algo debajo. Lo veo en que no me mira a los ojos al decirlo.
—¿Una parada? —repito.
—Una parada útil. Has aprendido a entrenar. Eso te servirá. Pero no es donde se construye una vida como la que podrías tener.
Me río. No es una risa de las buenas.
—Hablas como mi agente.
—Hablo como alguien que ha visto a muchos quedarse en sitios que les quedaban pequeños.
—¿Y yo me quedo pequeño aquí?
—Tú no. El sitio.
Hay una trampa en cómo lo dice. Suena a halago y es lo contrario. Es empujarme con guantes. Es abrir la puerta y dejarla abierta y decirme mira qué corriente más agradable.
Me bajo de la mesa.
—¿Sabes qué es raro? —digo—. Que hace dos semanas no hablábamos de Madrid para nada. Y de repente eres tú quien lo saca. Dos veces.
—Porque ha llegado una oferta concreta.
—Ya. —Lo miro—. Pero la oferta me la dieron a mí. Y soy yo quien tiene que decidir. Y tú llevas tres días recordándome lo buena que es.
Darian no responde enseguida. Eso, en él, ya es una respuesta. Cuando alguien le pregunta algo de fútbol contesta antes de que termines la frase. Cuando le toco esto, se queda callado, recolocando las piezas, buscando la salida más limpia.
—Solo quiero que tengas claras tus opciones —dice al fin.
—Las tengo claras.
—Entonces no hay problema.
Y vuelve a abrir el cuaderno, y baja la cabeza, y da la conversación por cerrada con la misma facilidad con la que cierra una alineación.
Me quedo mirándolo unos segundos más de lo que debería. Hay algo que no encaja y no sé qué es. Lo que sé es que me voy del despacho con un peso que no traía al entrar.
Recojo el portátil. Salgo. La puerta sigue abierta a mi espalda.
Esa noche no duermo bien. Vuelve a pasarme, después de semanas sin que pasara. Me quedo mirando el techo con la rodilla quejándose por el frío de la ventana mal cerrada y la cabeza dándole vueltas a una frase.
Esto es una parada.
Lo que me jode no es que lo piense. Lo que me jode es la prisa. Tres días recordándome la salida. Como si tuviera miedo de que me quedara y prefiriera echarme él antes.
Pero eso no tiene sentido. Si quiere que me vaya, ¿por qué seguimos cenando juntos? ¿Por qué la otra noche, cuando me levanté del sofá para irme a mi piso, me sujetó la muñeca un segundo sin decir nada?
No lo entiendo. Y odio no entender las cosas.
A las dos de la madrugada le escribo un mensaje. Lo borro. Escribo otro. Lo borro también. Acabo dejando el móvil bocabajo en la mesilla y obligándome a cerrar los ojos.
No funciona del todo. Pero algo me dice que la respuesta no está en mí.
Al día siguiente busco a Elian.
Lo encuentro en el almacén del material, ordenando petos por colores con esa paciencia suya que no se le ve a nadie más en el club. Treinta y ocho años y la calma de un hombre de sesenta. Es el único aquí que me cae bien sin esfuerzo desde el primer día.
—Kael —dice sin levantar la vista—. ¿Buscas conos? Quedan en la caja del fondo.
—No. —Me apoyo en la jamba—. Busco hablar.
Eso sí le hace levantar la vista. Me mira un segundo, calibrando, y deja los petos.
—Cierra la puerta —dice.
La cierro. El almacén huele a goma y a balón nuevo. Hay una luz amarilla de fluorescente que le da a todo un aire de confesionario barato.
—Darian quiere que me vaya —digo. Directo, porque no sé hacerlo de otra forma—. A Madrid. Lleva tres días empujándome.
Elian no parece sorprendido. Eso es lo primero que me llama la atención. No abre los ojos, no dice qué dices. Solo aprieta un poco la mandíbula y se sienta en una pila de colchonetas.
—¿Te lo ha dicho así?
—Me lo ha dicho de mil formas. Que es mi carrera. Que esto es una parada. Que no me quede pequeño. —Me cruzo de brazos—. Suena bien. Suena a que se preocupa. Pero hay algo que no me cuadra y no sé qué es.
Elian se queda mirando un peto naranja que tiene en la mano. Lo dobla. Lo desdobla.
—¿Sabes lo que estás describiendo? —dice.
—Dímelo tú.
—Lo que hizo la última vez.
Se me cierra el estómago.
—¿La última vez?
Elian deja el peto. Me mira de frente, y por primera vez desde que lo conozco no hay nada amable en su cara. Hay lealtad, que es otra cosa.
—No debería contarte esto —dice—. Pero llevo demasiados años viéndolo hacerlo y no he conseguido pararlo nunca. Igual a ti sí.
Me siento en el banco de enfrente. La rodilla protesta. La ignoro.
—Hubo alguien —dice Elian—. Hace diez años, más o menos.
Un jugador. Joven, como tú. Bueno, también como tú.
—Esboza algo que no llega a sonrisa—. Estuvieron juntos casi dos años.
Y a Darian se le iluminaba la cara cuando entraba al vestuario.
Que para Darian es como que a otro le dé un ataque de risa.
No digo nada. Tengo miedo de que pare si hablo.
—Llegó una oferta —continúa—. De fuera. Buena. Y el chaval estaba hecho un lío, no sabía qué hacer, le pedía a Darian que le ayudara a decidir. Y Darian... —Elian se pasa la mano por la cara—. Darian le dijo que se fuera. Que era lo mejor para él. Que aquí se quedaba pequeño.
Se me hiela todo.
—Las mismas palabras —digo.
—Las mismas. —Elian asiente despacio—. Y el chaval se fue. Y ¿sabes lo peor?
—¿Qué?
—Que Darian nunca le pidió que se quedara.
Ni una vez. Le abrió la puerta y le dijo vete, es lo mejor, y el otro se fue pensando que Darian no lo quería lo suficiente como para pedirle nada.
Cuando era justo al revés. —Elian se inclina hacia delante, los codos en las rodillas—.
Lo quería tanto que prefirió echarlo él a que se fuera solo.
Así no tenía que verlo dudar. Así no tenía que arriesgarse a pedir y que le dijeran que no.