Fuera de juego Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Lo dejo estar. A veces es así. A veces se mete tan dentro del partido que se le olvida que estoy aquí.

Pero hoy no es eso. Lo sé porque ni una vez ha bajado la guardia.

Ni una sola vez se ha acercado más de lo necesario, ni ha dejado la mano un segundo de más sobre la mesa, junto a la mía, como hace cuando cree que no me doy cuenta.

Hoy mantiene la distancia exacta. La de antes.

Terminamos a las diez menos cuarto. Antes de lo habitual.

—Mañana repasamos el balón parado —dice, cerrando el ordenador.

—Vale.

Recojo mi chaqueta. Él se queda de pie junto a la mesa, las manos en los bolsillos, mirando la pantalla apagada como si todavía hubiera algo en ella.

—Darian.

—¿Qué?

—Me ha llamado un canal esta mañana. —No sé por qué se lo cuento. Quizá porque necesito decirlo en voz alta para saber qué siento. Quizá porque a él se lo cuento todo, aunque él no me cuente casi nada—. Señal Deportiva. Quieren que sea comentarista. En Madrid.

No se mueve. Tarda un segundo de más en responder.

—¿Y?

—Y nada. Me lo voy a pensar. Celso también lleva días esperando respuesta a lo suyo. Tengo las dos cosas encima a la vez.

Asiente, despacio. Una sola vez.

—Es una buena oferta —dice.

No es lo que esperaba que dijera. Pero tampoco sé qué esperaba.

—Ya. —Me echo la chaqueta por encima—. Buenas noches.

—Buenas noches.

No me acompaña a la puerta. Otras noches sí. Otras noches caminamos juntos hasta el aparcamiento, despacio, hablando de cualquier cosa o de nada, y él reduce el paso para que dure más. Hoy se queda en el despacho, de pie junto a la mesa, y oigo la puerta cerrarse a mi espalda con un clic seco.

El viernes Darian llega más tarde que yo.

Es raro. Lleva semanas siendo el primero. Yo me había acostumbrado a verlo ya en el campo cuando aparcaba, el termo en la mano, el cuaderno bajo el brazo, esperando sin esperar. Y hoy aparco yo primero y el campo está vacío y el suyo es el único coche que falta.

Llega a las nueve y diez. Pasa por mi lado con un gesto de cabeza.

—Buenos días.

—Buenos días —digo.

Y sigue. Hacia el campo grande. Sin pararse.

No es nada. Me digo que no es nada. Pero llevo dos meses leyendo a este hombre como si fuera un partido, anotando sus movimientos como él anota los míos en ese cuaderno, y sé cuándo algo se ha torcido. Lo sé en el cuerpo antes que en la cabeza.

Durante el entrenamiento de la cantera me cuesta concentrarme. Nico falla un control que ya tenía dominado y le grito más de lo que merece. Se queda parado, mirándome con esa cara de chaval que cree que ha hecho algo grave.

—No pasa nada —le digo, suavizando—. Otra vez. Tranquilo.

Me molesta haberle gritado. Me molesta estar así. Y me molesta no saber por qué Darian, que hace dos noches me sujetaba la nuca con esa mano grande y callada como si yo fuera lo único firme del mundo, hoy pasa por mi lado como si fuera un cono más.

Lo busco al mediodía. No debería. Pero lo hago.

Está en el campo grande, solo, recogiendo balones.

Los mete en la red uno a uno, sin prisa.

El abrigo oscuro, las canas que le brillan a la luz baja de noviembre.

Cuarenta y tres años. A veces se me olvida, y a veces me los recuerda todos de golpe, como ahora, viéndolo de espaldas, encorvado sobre la red.

—¿Comemos juntos? —pregunto.

Tarda en girarse.

—Tengo papeleo.

—Te traigo algo y comes mientras lo haces.

—No hace falta. —Mete otro balón en la red. Sin mirarme—. De verdad, Kael. Tengo lío.

«Kael». No me llama por el apellido desde hace semanas. Pero tampoco me llama así, con ese tono, como si pusiera el nombre delante como una valla.

—Vale —digo.

Me quedo un momento más, esperando algo que no llega. Él sigue con los balones. Uno, otro, otro. La red se llena. Yo me vacío.

—¿Te he hecho algo? —pregunto, y odio cómo suena, pequeño, casi infantil.

Por fin se gira. Y por un segundo veo algo en su cara, algo que se le escapa antes de poder guardarlo. No es enfado. Es otra cosa. Algo que se parece más al miedo, aunque no sabría decir de qué.

—No —dice—. No me has hecho nada. —Recoge el último balón—. Es buena oferta, la del canal. Deberías cogerla.

Lo dice como si fuera lo más razonable del mundo. Como si fuera generoso. Como si me estuviera haciendo un favor.

Y por dentro algo se me cae. Despacio. Como cuando sabes que un equilibrio se rompe antes de que llegue a romperse del todo.

—Ya veré —digo.

—Es lo mejor para ti. —Carga la red al hombro—. Madrid, la tele, tu nombre. Es lo tuyo.

«Lo tuyo». Como si ya supiera dónde está mi sitio. Como si lo hubiera decidido por mí.

—No me digas tú lo que es lo mío —digo, y me sale más afilado de lo que quería.

Se queda quieto. Me mira. Solo se oye el viento del puerto y los balones moviéndose dentro de la red cuando él respira.

—Tienes veintitrés años —dice al fin. La voz baja, controlada, esa voz que usa cuando se está sujetando a sí mismo—. Y una carrera por delante que no tiene nada que ver con esto. Con un campo de barro y críos de dieciséis. No te ates a un sitio del que te vas a arrepentir.

—¿Quién te ha dicho que me voy a arrepentir?

No contesta. Se da la vuelta y empieza a caminar hacia el túnel, la red al hombro, los balones golpeándose unos contra otros.

—Darian.

No se para.

—¡Darian!

Se para. No se gira. Lo veo de espaldas, ancho, firme, y a la vez de pronto lo veo cansado, como si llevara mucho más peso del que cabe en esa red.

—Anteayer no pensabas que me fuera a arrepentir —digo—. Anteayer.

Pasan tres segundos. Cuatro. Cinco.

—Anteayer me equivoqué —dice.

Y entra en el túnel, y la oscuridad se lo traga, y yo me quedo en mitad del campo grande sin saber qué acaba de pasar.

Esa noche no duermo. Otra vez. Como cuando llegué, cuando el insomnio era la rodilla y el diagnóstico y la certeza de que ya no había vuelta.

Ahora el insomnio es otra cosa. Tiene la forma de un hombre que ayer me sujetaba y hoy me empuja hacia la puerta con buenos modales, como si me hiciera un favor.

Me siento en la cama, en el piso pequeño con vistas al mar que ya empezaba a sentir mío.

Abro el correo de Señal Deportiva. Vega Alcaraz, contenidos.

Lo leo dos veces. Plató, grabaciones, partidos, una cifra que hace dos años me habría parecido normal y que ahora me parece de otra vida.

Mi nombre en un rótulo. Mi cara en una mesa. Volver a ser Kael Varela, el de antes.

Lo que pasa es que ya no sé si quiero ser el de antes.

Llevo dos meses intentando ser otro. Aprendiendo a recoger conos. A corregir a un chaval que tiene miedo de fallar. A desayunar mirando el agua. A esperar las diez de la noche de los jueves como quien espera lo único bueno de la semana.

Y resulta que ese «otro» también se puede ir al traste. No por la rodilla. No por el fútbol. Por un hombre que ha decidido, por mí, que estoy mejor lejos.

Cierro el correo. No contesto. Tampoco le he contestado a Celso todavía.

Miro el techo. Pienso en lo que dijo. «Anteayer me equivoqué». Y en cómo lo dijo, sin girarse, porque no quería que le viera la cara.

Y entonces lo entiendo, despacio, como se entienden las cosas que no quieres entender.

No me está empujando porque crea que estoy mejor lejos.

Me está empujando porque tiene miedo de que me vaya.

Es lo mismo, en realidad. Lo mismo y lo contrario. Me echa antes de que yo le deje. Cierra la puerta él para no quedarse mirándola cerrada.

No sé de dónde le viene. No sé qué le pasó, ni a quién, ni cuándo. Hay una década de silencio detrás de ese hombre que no me ha contado, esos muros que llevo dos meses midiendo a oscuras. Pero por primera vez creo que estoy empezando a verlos enteros. No la altura. La razón.

Me levanto. Voy a la ventana. El puerto está oscuro y las luces se reflejan rotas en el agua negra.

Mañana es sábado. Pasado, el partido contra el Marítimo. Y el lunes tendré que decidir qué le contesto a Vega Alcaraz, y qué le digo a Celso, y qué hago con todo lo que se ha puesto encima a la vez.

Pero antes, mucho antes, tendré que decidir qué hago con un hombre que prefiere perderme a pedirme que me quede.

Apoyo la frente en el cristal frío. Fuera, un barco pequeño entra en el puerto, despacio, buscando su sitio entre los demás.

Yo todavía estoy buscando el mío. Pero por primera vez en mucho tiempo, no es Madrid lo que me lo está enseñando.