Capítulo 13
El móvil suena un jueves por la mañana, cuando todavía no he terminado el café.
Bruna se fue ayer en el tren de las once.
El piso vuelve a estar en silencio, ese silencio que ya no me molesta como antes.
Tengo la ventana abierta y entra el ruido del puerto, las gaviotas, un motor lejano.
Noviembre huele a sal y a frío. Me he acostumbrado a desayunar mirando el agua, aunque jamás lo habría imaginado hace dos meses.
El número no lo conozco. Madrid, por el prefijo. Estoy a punto de no cogerlo.
—¿Sí?
—¿Kael Varela? —La voz es de mujer, ágil, profesional. Reconozco ese tono al instante. Periodistas, agentes, gente que quiere algo de ti y lo envuelve en simpatía.
—Soy yo.
—Te llamo de Señal Deportiva. Soy Vega Alcaraz, de contenidos. ¿Tienes un minuto?
Me siento en el taburete de la cocina. La rodilla me pincha al doblarla y la estiro despacio, por costumbre. Señal Deportiva. El canal que ponían en el vestuario antes de los partidos. El que comentaba mis goles. El que dejó de nombrarme cuando dejé de ser noticia.
—Tengo un minuto —digo.
Me lo cuenta sin rodeos. Están renovando la mesa de análisis para la temporada.
Quieren caras nuevas, voces que hayan estado dentro del campo.
Mi nombre ha salido en una reunión. Exfutbolista joven, conocido, que sabe leer el juego y que habla bien delante de una cámara.
Comentarista. Analista. Plató en Madrid, los días de partido y dos grabaciones a la semana.
—Sería empezar después de Navidad —dice—. Pero queríamos tantear antes. Tienes perfil. Eres reconocible. Y eres de los que no se quedan tiesos cuando se enciende el piloto rojo.
No digo nada. Me quedo callado más tiempo del que debería.
—Es mucho —digo, por decir algo.
—Es una oportunidad, Kael. —Lo dice con la seguridad de quien lo ha repetido muchas veces—. Hay gente que mataría por sentarse en esa mesa. Tú no tendrías ni que pedirlo.
Miro el mar por la ventana. El agua está gris, plana. Un barco pequeño sale del puerto y deja una línea blanca detrás.
—Piénsatelo —dice—. Te mando un correo con los detalles. Sin compromiso. Pero no te lo pienses demasiado, que las sillas se llenan rápido.
Cuelgo. Dejo el móvil boca abajo sobre la encimera, como si así no fuera a existir.
Me quedo un rato sin moverme. No es alegría lo que noto. Es algo más raro. Como cuando llevas dos meses con los pies en el suelo y de repente alguien te recuerda que existe el aire.
La primera persona a la que veo al llegar al club no es Nael. Es Celso.
Está en la entrada principal, hablando con uno de los del área administrativa, el abrigo puesto y los papeles bajo el brazo como siempre. Cuando me ve, levanta la mano.
—Kael, perfecto. Tenía pendiente hablar contigo.
—Claro —digo.
Me hace entrar a su despacho. El de dirección, no el de Darian. Más grande, más frío, con trofeos en vitrinas y fotos de equipos de otra época. Se sienta, me indica la silla de enfrente y va al grano sin demasiados preámbulos, que es como le gusta a Celso cuando tiene algo decidido.
—La semana pasada te planteé ampliar tu rol aquí. Imagen del club, presencia en actos, algo de visibilidad pública. —Cruza los brazos sobre la mesa—. Quiero saber si lo has pensado.
Ahí está. La propuesta del capítulo doce, a la que llevo días dando vueltas sin darle respuesta oficial.
—La he pensado —digo.
—¿Y?
Suelto el aire despacio. Me aprieta la ironía del momento: esta mañana me ha llamado Señal Deportiva y ahora Celso me pregunta por lo otro, y yo estoy aquí en medio de las dos cosas sin haber resuelto ninguna.
—Todavía no tengo respuesta clara —digo—. Esta mañana me ha contactado un canal. Señal Deportiva. Me proponen ser comentarista en Madrid.
Celso no parpadea. Procesa. Asiente una vez, despacio.
—¿Y eso lo cambia todo?
—No lo sé todavía. Por eso no te doy una respuesta aún.
—¿Cuánto tiempo necesitas?
—Unos días.
Silencio. Celso me mira con esa cara de presidente que ha visto muchas negociaciones y sabe cuándo apretar y cuándo esperar.
—Mira —dice al fin—, lo que yo te ofrezco no tiene que excluir otras cosas. Depende de cómo se plantee. Pero necesito saber a qué atenerme. Si vas a estar aquí, quiero que estés. Si no, lo entiendo, pero me lo dices.
—Te lo diré antes del domingo —digo.
Asiente. Se pone en pie. La conversación ha terminado.
Salgo al pasillo y me quedo un momento parado. Dos propuestas sobre la mesa. Una tira hacia Madrid. La otra me ancla aquí. Y ninguna de las dos es la que más me pesa ahora mismo.
Nael me busca antes del entrenamiento.
Lo veo venir desde el aparcamiento, con ese paso largo que tiene, las manos en los bolsillos del chándal.
No es la hora de los capitanes. No tiene nada que hacer aquí todavía.
Cuando llega hasta donde estoy, junto a la valla, se queda de pie a mi lado mirando el campo vacío un segundo antes de hablar.
—¿Tienes un momento?
—Todos los que quieras.
Se apoya en la valla. No me mira de frente, sino hacia el campo, como si lo que va a decir fuera más fácil de lado.
—Ayer me llegó algo —dice—. Un comentario en el vestuario. Del segundo equipo, de alguien que conoce a alguien del directivo. Ya sabes cómo funciona esto.
Lo sé. En Puerto de Liria las cosas tardan exactamente veinticuatro horas en recorrer el pueblo entero y llegar de vuelta distorsionadas.
—¿Qué decía el comentario?
Nael tuerce la boca. No es incomodidad. Es la cara que pone cuando está eligiendo las palabras.
—Que Celso quiere presentarte como imagen del club.
Que hay una oferta de fuera, algo de televisión, y que si la aceptas te vas.
—Pausa—. Y también que lo de aquí se ha complicado.
Sin más detalle. Sin nombres. Pero la gente habla, y no siempre necesita nombres para apuntar en la dirección correcta.
No digo nada. Me quedo mirando las líneas del campo. El barro de noviembre, las porterías sin red todavía.
—¿Lo de la televisión es verdad? —pregunta.
—Me han llamado esta mañana. Señal Deportiva. Comentarista, analista, plató en Madrid.
Nael asiente. Una vez, despacio.
—¿Y lo otro?
Aquí me tomo un segundo. No porque no sepa la respuesta. Sino porque es la primera vez que alguien me lo pregunta en voz alta.
—Lo otro también —digo.
Silencio. Uno de esos silencios que no pesan porque la persona que está al lado no los llena de más preguntas.
—Mira —dice Nael al fin—, no me importa lo que hay ni lo que no hay.
No es asunto mío y no es asunto de nadie del vestuario.
Lo que sí me importa es que estés bien. —Se gira hacia mí entonces, ya de frente—.
Y que sepas que aquí nadie te está midiendo.
Ni por lo que eres, ni por lo que haces fuera de este campo.
—¿El vestuario lo sabe?
—El vestuario sabe lo que sabe de cualquier cosa: una parte, mal contada, y el resto inventado. Pero yo te lo digo a ti directamente porque me parece lo correcto. —Pausa—. Si necesitas hablar, aquí estoy. Si no, también.
Asiento. No tengo más palabras que eso ahora mismo, y él parece saberlo, porque no espera más. Se despega de la valla, mete las manos en los bolsillos otra vez.
—Lo de Madrid —dice, antes de irse—. Si lo coges, que sea porque quieres. No porque alguien te convenza de que es lo tuyo.
Se va hacia el vestuario. Yo me quedo en la valla un momento más, mirando el campo.
Es extraño que las palabras de Nael sean las más claras que he escuchado hoy. Y eso que todavía son las nueve y media de la mañana.
Llego al campo a las nueve y veinte. Tarde para mí, que últimamente soy de los primeros en llegar.
Hace frío de verdad. El barro de la cantera está duro por las puntas, todavía con escarcha en las zonas de sombra. Los chavales salen del vestuario soplándose las manos, riendo de algo, y Nico llega el último, con el pelo mojado y la mochila colgando de un hombro.
—Hoy fresquito, ¿eh? —me dice.
—Hoy fresquito —repito.
No estoy en el entrenamiento. Estoy a medias. Pongo los conos, marco los rondos, corrijo lo que hay que corregir, pero una parte de mí se ha quedado en la cocina, mirando el barco que salía del puerto.
Comentarista. Analista. Madrid.
La frase me da vueltas como un balón que rueda y no para. No es que la quiera. Es que la entiendo. Encaja con quien era yo, con el nombre que Celso quería usar de reclamo, con todo lo que se supone que tengo que hacer ahora que no puedo jugar. Es lo lógico. Lo razonable. La salida limpia.
Y sin embargo.
Miro a Nico recibir un balón de espaldas, girar sobre el pie de apoyo y salir conducido como le he enseñado. Lo hace bien. Lo hace solo. Hace dos meses no se habría atrevido.
—Eso es —le digo—. Otra vez.
Y lo repite, y lo hace mejor, y por un segundo se me olvida Madrid.
A la tarde hay sesión de vídeos con el primer equipo.
Voy porque Darian me lo pidió la semana pasada, antes de que Bruna llegara.
Quiere mi lectura de los laterales del rival del domingo.
Empezó como una excusa, hace ya semanas, una forma de tenerme en el despacho a las diez de la noche.
Pero ahora también es trabajo de verdad.
Las dos cosas a la vez. Nunca sé del todo cuál pesa más.
El despacho de Darian huele a café y a papel. La luz del proyector ilumina la pared y deja el resto en penumbra. Él está de pie, mando en mano, parando y rebobinando una jugada. El cuaderno abierto sobre la mesa, esa letra apretada que nunca consigo leer del todo.
—El siete cae mucho a la banda —digo—. Si Nael lo aprieta arriba, deja el carril libre.
Darian asiente. Apunta algo. No me mira.
Hay algo distinto en él hoy. Está más callado de lo normal, y eso ya es mucho decir. Cuando le paso una observación, la coge, la apunta y sigue. Sin réplica. Sin esos silencios suyos en los que parece que está pensando si darme la razón o discutírmela solo por deporte.
—¿Estás bien? —le pregunto.
—Sí.
Una palabra. Cortada. Vuelve a rebobinar la jugada.