Capítulo 12
El estadio huele a hierba mojada y a febrero.
No sé si es el olor o la luz, que en invierno llega horizontal y pega de lado contra las gradas, pero hay algo en los días de partido que me sigue apretando el pecho de una manera que no consigo que se me pase. Antes era urgencia. Ahora es algo más parecido al cariño.
Me llega un mensaje de Bruna antes de que empiece el calentamiento.
Una foto de la bufanda que me envió por Navidades, a modo de pregunta muda: ¿la llevas?
La llevo. Es roja y larga y ridícula, y me la puse en casa de mamá el día de Nochebuena mientras ella se reía, y desde entonces ha vivido colgada en el perchero de mi piso, que cada vez tiene más cosas colgadas en él.
Le mando una foto con la bufanda enrollada al cuello.
Contesta con un emoji. Con Bruna eso equivale a un discurso.
Las Navidades fueron raro y bien al mismo tiempo.
Volví a casa de mamá cuatro días, como me había pedido ella y como Bruna me había dicho que iba a hacer de todas formas.
Darian se quedó en Puerto de Liria. No hablamos de eso antes de que me fuera, no hacía falta.
Sí hablamos el segundo día, tarde, una llamada corta en la que él me preguntó cómo estaba el viaje y yo le dije que bien, y ninguno de los dos dijo lo que estaba pensando, pero tampoco hacía falta decirlo. Llamarme ya era suficiente.
Volví el veintiocho. Él estaba en el despacho cuando llegué. El café estaba hecho.
Nael me hace una señal desde el lateral del campo y señala la grada con la cabeza.
Me la tengo que buscar yo, porque esta semana me he saltado la reunión de coordinación por estar en Madrid, y no sé si en mi sitio habitual ha caído alguien de la directiva o una familia entera con bocadillos.
Pero la encuentro libre y me siento en el mismo sitio de siempre, tres filas arriba de la banda, con la bufanda de Bruna al cuello y el cuaderno en la rodilla.
El cuaderno es nuevo. Empecé a llevarlo en enero, después de la primera vez que fui a grabar el programa. Me sirvió para preparar los análisis y me quedé con el hábito.
La fórmula híbrida lleva dos meses funcionando.
Dos días en Madrid, el resto en Puerto de Liria.
Grabación, análisis, vuelta. Los de Señal Deportiva aceptaron porque necesitaban alguien que supiera de lo que hablaba y que no sobredramatizara, y yo acepté porque no pensaba aceptar otra cosa.
Elian me dijo que era la negociación más terca que había visto en su vida. Se lo tomó como un cumplido.
Darian no dijo nada cuando se lo conté. Me miró, asintió, y preguntó si el horario de los martes interfería con el entrenamiento de la cantera.
Le dije que no. Me dijo que bien. Eso fue todo.
Pero esa misma noche, en el despacho, fue él quien sacó el tema, quien preguntó cómo había ido la reunión, quién había, cómo era el formato.
Quería saber. Lo que no sabe pedir en voz alta lo pregunta cuando ya no hay nadie más mirando.
El partido empieza con el marcador esperado: los nuestros salen nerviosos, como siempre en casa cuando el rival es de categoría superior.
Darian lo ve desde la banda, con el abrigo, el cuaderno cerrado bajo el brazo, sin moverse demasiado.
No grita. Observa. Cuando quiere corregir algo, se lo dice al de al lado o hace una seña, y el mensaje llega.
Yo tomo notas. Miro el campo con otro ojo ahora, después de meses viendo partidos desde arriba y tener que contarle a alguien lo que veo. Se me ha afilado algo. No sé si es bueno para todo lo demás, pero para esto sí.
A los veintidós minutos, Darian hace un cambio que no esperaba nadie. Mete a Nico.
Me quedo quieto.
Nico tiene dieciséis años. Es el primer partido oficial que juega con el primer equipo, aunque sea en liga regional.
Se para en la banda, escucha lo que le dice Darian al oído, asiente dos veces.
Luego entra al campo y por un momento se queda parado, mirando la hierba, como si no supiera bien qué hacer con tanta.
Entonces levanta la cabeza y mira al campo. Solo el campo.
Lo ha aprendido.
Juega veinte minutos. Los primeros cinco van mal, se precipita dos veces, pierde un balón que no tendría que perder.
Pero en el minuto veintiocho recibe de espaldas, aguanta la presión, se gira, y encuentra el hueco antes de que nadie lo vea.
El balón llega al delantero, el delantero lo empuja a la red, y el estadio hace ese ruido sordo y alegre que hacen los estadios pequeños cuando no esperaban el gol.
Nico levanta los brazos. Sus compañeros le caen encima. Se deja. Y entonces, en medio del lío, mira hacia la banda, busca algo, y lo que encuentra es a Darian, que asiente una vez, sin aspavientos, como si dijera bien hecho sin decirlo en voz alta.
Nico ya no me busca a mí. Busca el campo, y cuando el campo no puede darle lo que necesita, busca a Darian. Eso significa que algo ha pasado, que algo ha arraigado en él, y me alegro de eso más de lo que esperaba.
Gana el partido. No de mucho, pero gana.
Cuando el árbitro pita el final y la gente empieza a levantarse, me quedo un momento sentado, con el cuaderno en la rodilla y el bolígrafo todavía en la mano.
El estadio se vacía despacio, con ese murmullo de después que siempre me ha gustado más que el ruido del partido.
En el campo, los jugadores se saludan, se cambian camisetas, se van hacia el túnel.
Darian recoge sus cosas de la banda. Se gira para hablar con Elian, que le dice algo que lo hace torcer la boca un poco hacia un lado, que en él equivale a sonreír. Luego levanta la vista hacia las gradas, me encuentra, y durante un segundo nos miramos.
No hace nada. No necesita hacer nada.
Pero se acerca.
Sube por el lateral de la grada, sin prisa, y cuando llega a mi fila se sienta a mi lado con el abrigo todavía puesto y el cuaderno debajo del brazo. No dice nada al principio. Mira el campo vacío igual que yo.
—Nico —digo.
—Nico —repite él.
—Ha jugado bien.
—Ha jugado suficientemente bien para la primera vez.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo. —Hace una pausa—. Pero sí ha jugado bien.
Me río un poco. Él no se ríe, pero la comisura le tiembla un milímetro.
Saca la mano del bolsillo y la pone en mi hombro. Un momento solo, el tiempo justo, como si necesitara tocarlo para verificar que estoy ahí. En la grada no hay casi nadie ya. Pero incluso si hubiera alguien, creo que lo haría igual. No es un gesto para el público. Es un gesto para mí.
—El miércoles tienes grabación —dice.
—El martes por la mañana me voy.
—Ya.
Silencio. El campo sigue ahí, rectangular y verde y un poco embarrado cerca de las porterías.
—¿A qué hora vuelves el miércoles? —dice.
—Por la tarde. Antes de las ocho.
Asiente.
—El café estará hecho —dice.
Lo dice sin mirarme. Lo dice como quien anota algo en el cuaderno, como un hecho, como un dato.
Pero no es un dato. Es lo más cercano a quiero que vuelvas que Darian sabe decir de momento, y yo llevo meses aprendiendo a reconocer su idioma, que es corto y exacto y dice las cosas de forma oblicua pero sin dejar dudas cuando sabes escuchar.
—Bien —digo.
Y lo es.
El estadio termina de vaciarse. Nos quedamos un rato más en la grada, los dos, mirando el campo que ya no tiene partido pero sigue siendo un campo.
La bufanda de Bruna me abriga el cuello.
Abajo, Elian recoge los últimos conos y nos mira desde la banda con ese gesto que pone cuando sabe algo y decide no decirlo. Luego se va.
Darian se levanta primero, como siempre. Me mira desde arriba.
—¿Vamos?
—Vamos.
Bajamos juntos por la grada, sin prisa, con el ruido del estadio vacío alrededor, que es un ruido limpio, de campo después del partido, de cosa que ya ocurrió y está bien que haya ocurrido.
Salimos al pasillo de los fluorescentes que parpadean.
Sigo aquí.