Fuera de juego Capítulo 11
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Capítulo 11

Celso Riquel tiene la costumbre de aparecer sin avisar con demasiado tiempo de antelación. Hoy son las once de la mañana y está en la puerta del vestuario de la cantera con una sonrisa de presidente satisfecho y una carpeta que no augura nada sencillo.

—Kael. Perfecto, te pillé.

—Celso. —Cierro el candado del taquillero y me giro—. ¿Pasa algo?

—Al contrario. —Abre la carpeta como si fuera a leer un acta—. Quiero hablarte de algo. ¿Tienes diez minutos?

Los chavales ya están en el campo. Tengo exactamente diez minutos antes de que el ejercicio se convierta en caos sin supervisión. Se lo digo.

—Entonces seré breve. —Se ajusta las gafas—.

Llevamos semanas observando tu trabajo. Tú con la cantera, tu presencia en los entrenamientos del primer equipo, la forma en que la gente del pueblo te recibe.

—Pausa—. Hay patrocinadores, Kael. Gente que lleva tiempo mirando al club desde lejos y que necesita una cara.

Alguien que venga del fútbol profesional pero que esté aquí, que sea de aquí o que haya elegido esto.

—Yo no soy de aquí.

—Has elegido esto. Para ellos es lo mismo.

—Cierra la carpeta—. Lo que propongo es ampliar tu rol oficialmente.

No solo la cantera. Presencia en comunicación, en actos del club, en algunas de las reuniones con patrocinadores cuando sea necesario.

Seguirías haciendo lo que haces, pero con una dimensión pública que ahora no tienes.

Me quedo quieto un momento.

—¿Has hablado con Darian?

Celso vacila. Solo un segundo, pero lo noto.

—Le informaré. Esto es una decisión de dirección, no técnica.

Lo que traduzco como: no, todavía no. Y eso me dice algo sobre cómo va a recibirlo Darian, que lleva mal las cosas que le llegan desde arriba sin que nadie le pregunte.

—Necesito pensarlo —digo.

—Por supuesto. —Vuelve a sonreír—. No es urgente. Pero me gustaría tu respuesta antes de que acabe la semana, porque hay una reunión con uno de los patrocinadores el viernes y tu nombre ya está en la conversación.

Antes de que yo diga nada más, se va por el pasillo con esa forma suya de moverse, que es la de alguien que ya da las cosas por hechas.

Me quedo en el pasillo vacío un momento.

Luego salgo al campo porque los chavales me esperan.

A mediodía, cuando los del primer equipo terminan el doble turno y el campo se vacía, Nael me encuentra junto a la red de fútbol sala donde estoy recogiendo conos.

No viene directo. Da una vuelta por el lateral, mete un cono con el pie de forma innecesaria, y cuando llega a mi altura se pone a recoger también sin que nadie se lo haya pedido.

—¿Qué tal la mañana? —dice.

—Bien. Los chavales están mejorando en el pressing.

—Bien. —Pausa—. ¿Y lo demás?

Lo miro. Nael tiene esa forma de preguntar que parece neutral pero que lleva algo debajo.

—¿Qué demás?

Suelta el último cono en la bolsa y se endereza.

—Mira, no sé qué hay exactamente, y no te voy a preguntar.

—Habla directo, sin preámbulos, sin apartar la vista—.

Pero hay gente en el pueblo que tiene ojos, y las luces del despacho de Darian se quedan encendidas hasta tarde más veces que antes, y tú llegas por las mañanas con cara de haber dormido bien aunque llegaste tarde, y en un pueblo de este tamaño eso es suficiente para que la gente empiece a construir cosas.

El silencio que viene después pesa.

—¿Cuánta gente? —digo al final.

—El rumor todavía es pequeño. Pero existe. —Me mira—. Te lo digo porque eres tú el que tiene más que perder si esto sale mal, y porque creo que mereces saberlo antes de que llegue a tus oídos por otro lado.

—¿Y Darian?

—Darian lleva aquí once años. La gente tiene deferencia con él, aunque se enteren. Pero tú llevas dos meses. —Pausa—. No te digo esto para que pares nada. Te lo digo para que lo veas.

Asiento. La bolsa de conos pesa en la mano.

—Gracias —digo, y lo digo en serio.

Nael hace un gesto que significa «no hay de qué» sin usar palabras, y se va hacia los vestuarios con las manos en los bolsillos.

Me quedo en el campo vacío un momento. El sol de noviembre cae plano sobre la hierba.

Dos cosas en un mismo día. Celso por un lado, empujando hacia afuera, hacia la visibilidad, hacia un rol más grande y más expuesto. Y Nael por el otro, señalando que lo que hay entre Darian y yo ya tiene sombra en el pueblo, aunque todavía sea pequeña.

El problema no es que me moleste que la gente sepa. El problema es que Darian no ha decidido si quiere que la gente sepa. Y esa es una conversación que no hemos tenido.

Por la tarde voy al despacho.

Darian está revisando un informe de scouting con el bolígrafo en la mano, la chaqueta colgada en la silla y las mangas de la camisa subidas. Levanta la vista cuando entro.

—Cierra la puerta —dice.

La cierro.

Me siento en la silla del otro lado de la mesa, la de siempre. Durante un momento ninguno habla. Darian termina de anotar algo, deja el bolígrafo, me mira.

—¿Qué pasó esta mañana con Celso?

Así que ya lo sabe. No me sorprende. En este club las cosas llegan.

—Te llamó.

—Me llamó a las doce y media para «informarme» de que había tenido una conversación contigo. —La voz es plana, sin énfasis—. Lo que en el lenguaje de Celso significa que ya tomó una decisión y espera que yo la asimile.

—Me pidió que ampliara el rol. Comunicación, actos del club, patrocinadores. —Pausa—. Le dije que necesitaba pensarlo.

Darian me mira un momento. Luego coge el bolígrafo otra vez, aunque no escribe nada, solo lo sostiene.

—¿Y lo has pensado?

—Estoy pensándolo ahora mismo.

El silencio que viene es distinto al de antes. Más cargado.

—¿Qué opinas tú? —digo.

—No es asunto mío lo que hagas con tu posición en el club fuera del campo técnico.

La frase sale limpia, correcta, exactamente como la diría a cualquier otro. Y eso es exactamente el problema.

—Darian.

—Es una decisión tuya.

—Ya sé que es una decisión mía. Te estoy preguntando qué piensas.

Deja el bolígrafo. Me mira con esa forma suya de mirar que no dice nada de lo que hay debajo pero que tiene algo debajo.

—Creo que si amplías el rol públicamente, la exposición aumenta. —Pausa—. Para los dos.

Ahí está. Lo que no dice con palabras pero que acaba de decir.

—Nael me habló del rumor esta mañana —digo.

Algo cruza por su cara. Rápido.

—¿Qué rumor exactamente?

—Las luces. Los horarios. Que la gente tiene ojos. —Lo miro—. No me lo dijo para asustarme. Me lo dijo para que lo supiera.

Darian se levanta. Va hacia la ventana, que da al campo de entrenamiento vacío, y se queda mirando hacia fuera con los brazos cruzados.

—¿Qué quieres preguntarme, Kael?

—Quiero saber si la propuesta de Celso te preocupa porque crees que no es buena para el club o porque te preocupa lo que se ve.

Silencio.

—Las dos cosas —dice al final.

Al menos eso.

—Entonces tenemos que hablar de las dos cosas —digo—. No solo de Celso.

Darian no se gira. El campo vacío sigue ahí al otro lado del cristal, la hierba con la luz de la tarde encima.

—Esta noche —dice—. Aquí. Cuando no haya nadie.

—Esta noche —confirmo.

Me levanto. Recojo mi chaqueta de la silla. Antes de llegar a la puerta, paro.

—Sobre lo de Celso —digo—. No he dicho que sí. Pero tampoco voy a decir que no hasta que hablemos.

Darian no responde. Pero tampoco dice que no está de acuerdo.

Salgo al pasillo. El club está casi vacío a esta hora. Las luces del corredor zumban despacio, esa vibración constante de los fluorescentes viejos.

No sé todavía qué le voy a decir a Celso. No sé si el rol ampliado es lo que quiero o si es solo lo que parece conveniente desde fuera. Y no sé qué hay en Darian que le hace hablar de la exposición con esa voz plana que usa cuando algo le importa demasiado para modularlo bien.

Pero esta noche voy a preguntarle.

Y esta vez sí va a responder.