Capítulo 10
Han pasado casi dos meses desde que llegué a Puerto de Liria.
Lo cuento porque me lo pregunto a veces: ¿cuándo fue que esto dejó de ser provisional?
No lo sé exactamente. Igual fue cuando dejé de calcular cuántos días me quedaban para algo.
Igual fue antes. Pero el caso es que hoy, cuando Celso me llama a su despacho a media mañana y me pide que me siente, no tengo la sensación de que me van a echar.
Tengo la sensación contraria, y eso me descoloca casi más.
El despacho de Celso está en la planta de arriba, al lado del de administración, y huele a madera y a papel viejo.
Tiene fotos de equipos anteriores en la pared, décadas de equipos, y en todas las fotos hay alguien mirando a cámara con esa cara de no saber muy bien qué cara poner.
Celso tiene sesenta y cinco años y una calma que a mí me parece casi sobrenatural, como si nada pudiera sorprenderle ya.
—Siéntate, Kael.
Me siento.
—¿Sabes por qué te he llamado?
—No.
—Mentira piadosa. —Sonríe—. Llevas dos meses aquí y el club te ha notado. No solo la cantera. Los jugadores del primer equipo te conocen, te hablan, piden tu opinión. —Celso abre una carpeta que tiene sobre la mesa y la gira hacia mí—. Queremos ampliar tu rol.
Me quedo mirando la carpeta. Hay un papel dentro con cosas escritas que no alcanzo a leer bien desde aquí.
—¿Ampliarlo cómo?
—Presencia pública. Colaboración con el área de comunicación. Alguna aparición en medios locales. Nada que no puedas manejar, dado tu perfil. —Hace una pausa—. Tu nombre todavía pesa, Kael. Aquí y fuera de aquí. Queremos usarlo bien.
Mi nombre todavía pesa. Lo dice sin crueldad pero me llega a un sitio raro, porque hace dos meses esa frase me habría destrozado.
Mi nombre pero no mi cuerpo, mi nombre pero no mi rodilla, mi nombre pero no lo que yo quería ser.
Ahora lo escucho y no me hunde. Ha pasado algo entre entonces y ahora. Varias cosas, supongo.
—¿Habló con Darian? —pregunto.
Celso entorna los ojos levemente.
—Lo haré. Quería hablarlo primero contigo. —Cierra la carpeta—. No es una pregunta, Kael. Es una propuesta. Tómate el tiempo que necesites.
Salgo de su despacho con el cuaderno y me quedo en el pasillo un momento, mirando el rectángulo de luz que entra por la ventana del fondo.
El estadio está tranquilo a esta hora. Se oyen pasos en algún sitio, una puerta, el zumbido de siempre del fluorescente al fondo del pasillo.
Este edificio tiene sus ruidos y ya los conozco todos.
Bajo las escaleras y salgo al exterior.
Nael me encuentra en el lateral del campo de entrenamiento, donde a veces me siento en la valla metálica cuando necesito pensar y el despacho se me hace pequeño. No sé cómo sabe siempre dónde estoy. El capitán del equipo tiene una especie de radar social que nunca he terminado de entender.
—Oye. —Se sienta a mi lado en la valla—. ¿Qué tal con Celso?
Lo miro.
—¿Cómo sabes que estuve con Celso?
—Porque lo vi entrar al estadio y luego te vi salir a ti con cara rara. —Se encoge de hombros—. No hace falta ser detective.
Me río.
—Quiere ampliar mi rol. Más presencia pública, comunicación, no sé.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí. Bien. —Nael me mira de lado—. ¿Por qué no iba a ser bien?
—No lo sé. Porque no es lo que vine a hacer.
—¿Y qué viniste a hacer?
La pregunta me cae encima como un jarro de agua fría. No tengo respuesta. Vine porque mi antiguo agente me dijo que había una oportunidad. Vine porque no tenía nada mejor. Vine porque la rodilla me dejó sin plan y esto era algo parecido a un plan. Pero eso era hace dos meses.
—No lo sé todavía —admito.
Nael asiente, como si eso fuera una respuesta perfectamente válida.
Hay un silencio. El campo delante de nosotros, vacío, la hierba con el color verde oscuro de la mañana húmeda. Desde aquí se ve el estadio entero si te giras, las gradas pequeñas, el marcador que lleva una semana con un número mal puesto que nadie ha corregido.
—Oye —dice Nael, y cambia el tono—. He oído una cosa.
Algo en su voz me pone en alerta. No es mal tono. Es el tono de alguien que va a decir algo que le importa cómo recibes.
—¿Qué cosa?
—Nada concreto. —Mira hacia el campo—. Ya sabes cómo es el pueblo.
Se habla. Alguien vio algo, alguien dijo algo, se pasa de mesa en mesa en el café de Tomás hasta que llega a ti retorcido y sin contexto.
—Pausa—. Te lo digo porque me parece que deberías saberlo.
No porque me importe lo que diga la gente.
Me importa una mierda lo que diga la gente.
Lo miro. Tiene treinta y un años, es el más tranquilo de todos cuando las cosas se complican, el que baja el ritmo cuando el equipo se precipita. Ahora me mira con una tranquilidad que no es indiferencia, es otra cosa.
—Gracias —digo.
—No hace falta que me agradezcas nada.
—Te lo agradezco igual.
Se queda otro momento sentado, luego salta de la valla y se sacude los pantalones.
—Si necesitas algo, me dices. —Una pausa—. Y si no necesitas nada, también.
Se va hacia los vestuarios. Lo veo alejarse y me quedo con la frase rodando: si no necesitas nada, también . Nael hace eso. Dice las cosas de manera que caben dos lecturas y las dos son correctas.
El pueblo habla. Eso lo supe desde la primera semana, cuando Tomás ya sabía mi nombre sin que yo se lo dijera. Pero una cosa es que el pueblo sepa que existo y otra es que el pueblo empiece a unir puntos.
Me paso el resto de la mañana pensando en eso mientras finjo que estoy revisando los vídeos que Darian me pasó ayer.
Los vídeos están en la pantalla. Los miro sin verlos.
Lo que veo es lo de las últimas semanas: el despacho, la luz del flexo, las conversaciones que no empiezan con fútbol.
Lo que veo es que hemos sido cuidadosos pero no invisibles, y que en un sitio donde todo el mundo se conoce, cuidadoso no siempre es suficiente.
No sé cuándo fue que empecé a cambiar. Sé que cambié, porque esta mañana Celso me dijo que el club me nota y no me sorprendió. Y eso, el no sorprenderme, eso sí que me sorprende.
A media tarde subo al despacho de Darian.
Está sentado con el cuaderno negro abierto. Cuando entro levanta la vista y la vuelve a bajar, lo cual significa que sabe que soy yo por el sonido de los pasos, lo cual es otra de esas cosas que noto y que me descolocan con una regularidad alarmante.
—Celso me habló esta mañana —digo.
—Ya me lo imaginaba. A mí me llama esta tarde.
—¿Sabías que iba a proponer esto?
—Lo intuía. —Cierra el cuaderno—. ¿Y tú qué piensas?
Me apoyo en el marco de la puerta.
—Que los cambios se ven —digo—. No solo los del rol. Los demás también.
Darian no contesta de inmediato. Eso ya lo conozco. Cuando tarda es porque la respuesta existe pero la está examinando antes de soltarla, como si necesitara estar seguro de que dice exactamente lo que quiere decir y no más.
—¿Te lo dijo alguien? —pregunta.
—Nael.
Una pausa.
—¿Qué dijo Nael?
—Que se habla. Que no sabe de qué exactamente. Que me lo decía para que lo supiera.
Darian asiente. Una vez, despacio.
—¿Y tú cómo estás? —pregunta.
Y ahí está de nuevo. Esa manera de preguntar lo que quiere preguntar, sin rodeos, sin disfraz. Hace dos meses esa pregunta me habría parecido un protocolo. Ahora la recibo distinta.
—Bien —digo. Y es verdad—. Estoy bien.
Él me mira. Un segundo largo.
—Bien —repite.
No es que cambie nada en su cara. Es algo más pequeño. Un asentimiento que no llega a ser asentimiento. Un gesto que dice de acuerdo sin palabras, de acuerdo, sigamos , y que a mí me dice más que una frase entera.
Cierro la puerta del despacho.
El campo oscuro al otro lado del ventanal todavía está vacío. El fluorescente del pasillo parpadea como siempre.
Algunas cosas no cambian. Otras sí. Y la diferencia entre las dos es que ahora soy capaz de distinguirlas.