Fuera de juego Capítulo 9
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Capítulo 9

Es lunes por la tarde cuando Darian me dice que suba al despacho.

Esta vez sí lo dice así, exactamente. Me lo dice delante de Elian, que está recogiendo conos en la banda, y lo dice con la misma voz de siempre, la de banda y cuaderno, la que no revela nada. Elian no levanta la cabeza. Yo digo que sí y espero a que Darian se vaya para respirar.

El sábado entrenamos a las once. El domingo ganamos dos a uno.

Los dos días, Darian fue completamente normal.

Profesional, preciso, distante en la medida justa.

Me habló de posiciones, de rotaciones, de cómo quería que trabajara con Nico en la siguiente sesión de cantera.

En ningún momento me miró de esa forma. En ningún momento dijo mi nombre sin necesidad.

Yo lo dejé. Le dije que iba a dejarlo y lo dejé.

Ahora subo las escaleras del estadio por segunda vez en cuatro días y el pasillo sigue oliendo a lo mismo, pintura vieja y cuero, y la mano me pesa sobre el picaporte cuando llego arriba.

Llamo con los nudillos. Dice pasa. Entro.

Esta vez hay luz de tarde por la ventana.

El campo se ve de fondo, verde, con dos chicos de la cantera que todavía están tocando el balón aunque el entrenamiento ha terminado.

La lámpara de la mesa está apagada. Darian está sentado con el cuaderno abierto delante de él y el bolígrafo en la mano, y cuando entro cierra el cuaderno despacio, sin ninguna prisa, como si no fuera un gesto de nada.

Lo es.

—Siéntate —dice.

Esta vez no arrastro la silla. La pongo enfrente de él, al otro lado de la mesa, donde estaba el primer día.

Nos miramos. Es el primer momento desde el viernes en que ninguno de los dos está mirando otra cosa.

—¿Vas a fingir que no pasó nada? —pregunto.

No tenía pensado empezar así. Pensaba dejar que él llevara la conversación, porque esto es su terreno y porque todavía no sé exactamente qué estoy esperando que diga. Pero llevo tres días cargando la pregunta y en el momento en que lo veo se me escapa.

Darian no parpadea. Deja el bolígrafo sobre la mesa, paralelo al cuaderno, con esa manía suya de que las cosas queden en ángulo recto.

—No —dice.

—Bien.

—No sé qué otra cosa hacer con ello, pero no voy a fingir que no pasó.

Es más de lo que me esperaba. Estoy acostumbrado a que este hombre suelte lo mínimo, las palabras justas para que entiendas sin que él tenga que explicarse, y esto es casi un discurso para él. Me quedo callado un momento, calibrando.

—¿Y qué es lo que no sabes hacer con ello?

Se levanta. No hacia mí, hacia la ventana. Se queda de pie mirando el campo, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, los hombros anchos contra la luz de fuera.

—Tienes veintitrés años —dice, igual que el viernes.

—Sigo sin ser una pregunta.

—Trabaja aquí. En mi equipo. —Hace una pausa—. Temporalmente.

La última palabra la suelta con cuidado, como si le costara colocarla en la frase. Entiendo lo que está haciendo: está contando los problemas en voz alta para ver si yo los rebato o los confirmo. Es lo que hace con el fútbol. Nombrar el patrón antes de que ocurra.

—Todo es temporal —digo.

—No juegues con las palabras.

—No estoy jugando. Estoy diciendo que eso no es un argumento, es un miedo disfrazado de argumento.

Se gira. Por fin. Me mira desde la ventana con esa expresión que todavía no sé leer del todo, la que tiene cuando algo le ha dado donde no esperaba.

—¿Y si lo es? —dice.

—¿Si es un miedo?

—Sí.

—Pues lo nombramos y seguimos.

Se le mueve algo en la cara. No llega a sonrisa. Se acerca a la mesa, pero no se sienta. Se queda de pie con una mano apoyada en el borde, cerca del cuaderno.

—¿Tan fácil lo ves? —dice, y no es un reproche. Es genuino. Como si de verdad le pareciera que yo vivo en un mundo donde las cosas funcionan así, y le produjera una mezcla de algo que no es envidia del todo.

—No lo veo fácil —digo—. Lo veo necesario.

Silencio. Fuera, uno de los chicos de la cantera falla un control y el balón se va hacia la red. El otro se ríe. La vida sigue siendo normal a tres metros de aquí y nosotros estamos teniendo esta conversación como si fuera lo más difícil del mundo y lo más sencillo al mismo tiempo.

Darian coge el cuaderno. Lo hace despacio, con las dos manos, y se sienta en su silla. Lo pone sobre la mesa entre los dos, sin abrirlo todavía.

—Llevas semanas preguntando qué escribo aquí —dice.

—Lo recuerdo.

—Te dije que patrones.

—Me dijiste lo de la rodilla.

Asiente una sola vez.

—Hay más —dice.

Le da la vuelta al cuaderno y lo abre por la mitad, más o menos. No me lo pasa. Lo deja abierto sobre la mesa, girado hacia mí, para que lo lea yo. Como si no quisiera leerlo en voz alta. Como si eso fuera demasiado incluso para él.

Me inclino hacia adelante.

La letra es pequeña y apretada, muy vertical, muy suya. Hay fechas al margen, las del mes que llevamos trabajando juntos. Debajo de cada fecha, anotaciones cortas. Leo.

Día 3. Carga diferencial rodilla derecha. Compensa bien. Nadie lo ve.

Día 5. Frena con pierna trasera en carrera. Hábito adquirido post-lesión. Funcional pero costoso a largo plazo.

Día 8. Nico: primera vez que Kael trabaja uno a uno con él. Nico escucha. Kael habla sin condescender. Raro en alguien de su trayectoria.

Paso la página. Sigo leyendo.

Día 11. Apoyo lateral derecho mejorado. O tiene más confianza o ha descansado bien. Preguntar.

Día 14. No preguntó. Lo observé desde la banda. Sigue compensando pero menos. Algo ha cambiado.

Hay más. Varios días más. Me detengo en una entrada que está subrayada, lo único subrayado en toda la página.

Día 19. Demuestra el ejercicio de recepción. Lo corto. Se enfada. No entiende por qué. Decírselo sería admitir que llevo dos semanas mirándole la rodilla porque me parece que nadie más lo hace.

Levanto la vista. Darian me está mirando. No aparta los ojos esta vez.

—Dos semanas —digo.

—Diecinueve días.

—Llevas diecinueve días apuntando cómo piso.

—Más cosas —dice—. Pero eso principalmente.

No sé qué hacer con esto. Lo intento ordenar: un hombre de cuarenta y tres años que lleva unas décadas construyendo paredes, que habla en frases cortas y no explica nada que no sea estrictamente necesario, ha llenado páginas de cuaderno con observaciones sobre cómo yo distribuyo el peso sobre mi rodilla rota. Porque nadie más miraba.

—¿Por qué? —pregunto.

—Ya sabes por qué.

—Quiero oírte decirlo.

Cierra el cuaderno. Despacio, igual que cuando entré. Las manos sobre la tapa, quietas.

—Porque me importa que estés bien —dice—. Y no sabía qué hacer con eso. Así que lo apunté.

Hay tanto en esa frase. Lo que no dice: que apuntarlo era la única forma que encontró de cuidar sin tener que nombrarlo. Que ha pasado semanas dándome la espalda precisamente porque no podía darme la espalda del todo. Que el cuaderno era su forma de estar cerca mientras fingía que no lo estaba.

Pienso en el viernes. En la forma en que supo exactamente dónde poner la mano en mi mandíbula, con qué fuerza, cuánto tiempo. Como alguien que lleva semanas prestando atención a los detalles.

—Darian —digo.

—No voy a prometerte nada que no pueda cumplir —dice, antes de que yo diga nada más. Lo suelta rápido, casi atropellado para él, que nunca atropella nada—. No sé cómo funciona esto. No sé si sé hacerlo.

—Yo tampoco.

—Tú tienes veintitrés años. Todavía puedes no saber.

—Y tú tienes cuarenta y tres y llevas un cuaderno con mis pisadas. No me digas que no sabes.

Se le escapa. Esta vez sí llega a sonrisa, pequeña, torcida hacia un lado, la primera que le veo de verdad. Dura un segundo. Desaparece casi enseguida, pero estaba.

—Esto va a ser complicado —dice.

—Lo sé.

—El club. El tamaño del pueblo. La diferencia.

—Lo sé —repito—. Y aun así estoy sentado aquí.

Lo dejo que procese eso. Él mira el cuaderno cerrado un momento, luego la ventana, luego a mí. Fuera el campo está vacío ya. Los chicos de la cantera se han ido. Solo queda el verde y la luz de tarde que empieza a ponerse naranja.

—Despacio —dice al fin.

—Despacio —acepto.

—Sin promesas que no se puedan cumplir.

—Sin promesas que no se puedan cumplir. De acuerdo.

Asiente. Es pequeño, ese asentimiento, pero es definitivo. Es Darian dando un paso que para él tiene el tamaño de tres, y yo lo sé aunque él no lo diga.

Me levanto. Esta vez no tengo prisa por irme, pero tampoco quiero empujar más de lo que puede aguantar en un día. He aprendido eso en tres semanas: este hombre se mueve como el agua fría, despacio y con propósito, y si lo fuerzas se para del todo.

—¿Mañana? —pregunto.

—Hay entrenamiento a las nueve.

—Ya sé lo del entrenamiento.

Me mira. Entiende lo que pregunto.

—Sube cuando termines —dice.

Llego a la puerta. La mano en el picaporte. No me giro esta vez. Pero oigo cómo abre el cuaderno otra vez antes de que yo haya salido, el sonido de las páginas, el clic del bolígrafo.

Bajo las escaleras. El pasillo huele igual que siempre. Fuera el paseo está empezando a llenarse de gente de tarde, familias, perros, el ruido del pueblo que sigue sin saber nada.

Camino hacia mi habitación con la rodilla bien. Esta tarde no me duele.