Capítulo 8
La disculpa quedó zanjada con dos palabras suyas y una mía. Él dijo «de acuerdo» y yo dije «vale», y nos quedamos los dos mirando el campo vacío como si allí hubiera algo que ver. No lo había. Solo hierba mojada y la portería de la derecha con la red descosida en una esquina.
Pero algo había cambiado. No sabría decir qué. Es como cuando entras en una habitación donde alguien acaba de discutir: nadie te cuenta nada, pero lo sabes.
Han pasado tres semanas desde que llegué a Puerto de Liria. Tres semanas de campo secundario, de café en vaso de cartón, de la rodilla quejándose cada vez que demuestro un control orientado. Y de Darian. Sobre todo de Darian.
Lo que ocurre ahora no tiene nombre. Si me obligaran a ponerle uno, diría que es la ausencia de algo. La ausencia de la frialdad. El silencio sigue ahí, pero ya no corta. Es otro silencio.
—Llegas a las diez menos diez —me dice un martes, sin levantar la vista del cuaderno.
—¿Y?
—Que el entrenamiento es a las once.
Lo miro. Está apoyado en la línea de banda, abrigo oscuro a pesar de que ya no hace tanto frío, el bolígrafo quieto sobre la página.
—Tú llegas a las nueve.
—Yo tengo papeleo.
—Ya. —Dejo la bolsa de balones en el suelo—. Pues yo tengo insomnio.
No sé por qué se lo digo. Me sale. Y él tampoco dice nada, pero veo cómo la comisura de su boca hace un movimiento mínimo, como si fuera a sonreír y se arrepintiera a tiempo. Lo apunta. No literalmente, pero lo apunta. Como apunta todo.
Esa mañana entrenamos a los chavales en presión tras pérdida.
Nico está mejor. Lo de la carga de peso que le corregí, lo que provocó que Darian me cortara en público, al final lo ha entendido.
Anticipa antes. Se gira con el cuerpo, no con la cabeza.
Lo veo robar un balón en mitad del campo y salir conduciendo, y suelto un «¡eso es, Nico! » que me sale del estómago.
Y entonces hago algo que no había hecho hasta ahora: miro a la banda. Busco a Darian con los ojos, como un crío que ha sacado buena nota y necesita que alguien lo vea.
Él ya me estaba mirando.
No aparta la vista. Yo tampoco. Dura un segundo, dos. Después baja la cabeza al cuaderno y escribe algo, y yo me giro hacia el campo con el corazón haciendo el imbécil.
No tengo ni idea de qué me pasa.
Por la tarde no entrenamos, así que bajo al paseo marítimo y camino hasta el puerto.
Hay barcos pequeños, gente mayor sentada en los bancos, un par de niños tirando piedras al agua.
Me siento en el muro de piedra y dejo que la rodilla descanse.
Me la toco por encima del pantalón, las cicatrices que ya conozco de memoria, los dos surcos que me dejó el quirófano.
Pienso en él. Pienso en cómo me ha mirado esta mañana. Y le doy vueltas a una cosa que no me gusta nada darle vueltas: llevo tres semanas convencido de que ese hombre me odia, y de repente ya no lo tengo tan claro.
Me gustaría saber qué clase de cabeza tiene Darian Salvat.
Qué piensa cuando escribe. Si escribe cosas sobre mí o sobre los chavales o sobre la red descosida de la portería.
Me gustaría saber por qué un tío que apenas me dirige la palabra me mira como si yo fuera un partido que no consigue descifrar.
No lo sé. Y lo peor es que quiero saberlo.
Tiro una piedra al agua, como los niños. Me sale fatal. Da dos botes y se hunde.
Al día siguiente llego a las diez menos cuarto. Cinco minutos antes que el día anterior, lo cual no significa nada, me digo. El campo está vacío. Bueno, vacío no: Darian ya está allí.
Siempre está allí.
Pero hay algo distinto. Tarda en girarse cuando me oye llegar, y cuando lo hace, no tiene el cuaderno en la mano. Lo tiene cerrado, bajo el brazo. Como si me hubiera estado esperando sin tener nada que apuntar.
—Buenos días —digo.
—Buenos días.
Y ya está. Pero se queda. Antes, cuando llegaba, él se iba hacia el otro lado del campo, a su esquina, a su silencio. Hoy no. Hoy se queda donde está, a tres metros de mí, mirando cómo saco los balones de la bolsa.
—¿Has dormido? —pregunta.
Levanto la cabeza. Es la primera vez que me pregunta algo que no es de fútbol.
—Un poco. ¿Por?
—Lo del insomnio.
—Ah. —Me río, sorprendido—. Sí, lo dije en serio. Duermo mal desde hace... bastante.
No le digo desde cuándo. No le digo que desde que un médico me cogió la rodilla con las dos manos y me dijo que el cartílago no aguantaba, que podía operarme pero que volver a jugar al nivel de antes era poco realista, y que «poco realista» en la boca de un cirujano significa «nunca».
No le digo nada de eso. Pero él me mira como si lo hubiera oído todo.
—Yo también duermo mal —dice.
Y se gira y se va a su esquina. Y yo me quedo con la bolsa de balones en las manos pensando que acabamos de tener una conversación.
Elian aparece a media mañana. Es el segundo entrenador, el que se ríe con los chavales, el que me cae bien desde el primer día porque me trató como a una persona y no como a un futbolista roto que viene a dar pena.
Tiene treinta y ocho años y una manera de moverse por el campo que es todo lo contrario a Darian: relajado, ruidoso, con la gorra hacia atrás.
—¿Qué tal los míos? —dice, refiriéndose a los chavales, plantándose a mi lado.
—Bien. Nico está volando.
—Nico es un fenómeno. Lo que pasa es que tiene un miedo encima que no veas.
—Lo sé.
Elian me mira de reojo. Es un tío que mira de reojo mucho, como si calculara las cosas por el rabillo del ojo.
—Oye —dice—. ¿Tú y Darian habéis hecho las paces o algo?
—¿Qué?
—Que ayer no os matasteis. Y hoy os he visto hablando.
—Hemos cruzado dos frases.
—Dos frases con Darian es como un fin de semana romántico para cualquier otro.
Pongo los ojos en blanco, más que nada para que no vea que se me han subido los colores.
—No te flipes, Elian. Hemos hablado del insomnio.
—¿Del insomnio? —Se le abre la cara—. ¿Darian te ha contado que duerme mal?
—Me lo ha mencionado, sí.
Elian se queda callado. Y eso, en él, es raro. Mira hacia la esquina del campo, donde Darian está de pie con su cuaderno, lejos, observando a los chavales. Lo mira un buen rato. Después vuelve a mí, y ya no hay sorna en su cara. Hay otra cosa. Curiosidad, puede ser. O algo más serio.
—Qué interesante —dice, en voz baja.
—¿El qué?
—Nada. —Se ajusta la gorra—. Voy a echarles una mano a los críos.
Y se va. Pero antes me da una palmada en el hombro, como diciendo «buen chico», que no entiendo nada y me deja desconcertado el resto de la mañana.
Lo de la radio lo noto el jueves.
Darian tiene un coche viejo, un familiar gris que aparca siempre en el mismo sitio, pegado a la valla.
A veces, cuando termina el entrenamiento y los chavales se van, él se queda dentro del coche un rato antes de arrancar, con la puerta abierta y la radio puesta.
Un programa deportivo, creo. Voces de hombres discutiendo sobre alineaciones.
Ese jueves recojo los conos —yo solo, porque desde el incidente de la otra vez evito que coincidamos en eso— y cuando paso por delante de su coche veo que tiene la puerta abierta y está sentado al volante, pero la radio no suena.
Está en silencio. Y él no está mirando el móvil ni nada. Está mirando hacia el campo. Hacia mí.
—¿No pones la radio? —digo, porque soy incapaz de quedarme callado.
—Hoy no.
—¿Te has cansado de que critiquen al Madrid?
Eso le arranca algo. No una risa, Darian no se ríe, pero sí un resoplido por la nariz que se le parece.
—Critican mal —dice—. No saben leer un partido.
—¿Y tú sí?
—Llevo veintitrés años leyendo partidos.
Lo digo antes de pensarlo:
—¿Veintitrés? ¿Cuántos años tienes?
—Cuarenta y tres.
Hago la cuenta. Empezó a entrenar con veintiuno. Era más joven que yo cuando ya estaba en una banda con un cuaderno.
—¿Y nunca jugaste? —pregunto.
—Hasta los veinte. Después una lesión.
Lo dice así, sin más. Una lesión. Y por un segundo lo miro de otra manera, porque la palabra «lesión» en mi cabeza tiene un peso que no tiene en la de cualquiera.
Él me mira y sé que sabe que lo sé. Que los dos sabemos lo que es que una rodilla, o lo que sea que se le rompió, te decida la vida sin pedirte permiso.
—¿Qué fue? —pregunto, en voz más baja.
—Tobillo. Tres veces el mismo. A la tercera me dijeron que lo dejara.
—Y lo dejaste.
—Y empecé a entrenar. —Cierra el cuaderno, que no sé en qué momento ha abierto—. No es lo mismo. Pero es estar dentro.
Estar dentro. Me quedo con esas dos palabras como si me las hubiera regalado. Porque es exactamente lo que yo no sé hacer todavía. Estar dentro sin jugar. Estar al lado del campo sin morirme un poco cada vez que un chaval corre detrás de un balón y yo no puedo.
No le digo nada de eso. Pero él me está mirando, y por la forma en que me mira, no haría falta decírselo.
—Mañana llega antes —dice de repente, volviendo al usted-en-tercera-persona que usa cuando algo le incomoda—. Quiero revisar el vídeo del rival de los juveniles. Antes del entrenamiento.
—¿Conmigo?
—Si te interesa.
Me interesa. Me interesa una barbaridad y me da rabia que se me note.
—Vale —digo, como si nada—. A las nueve y media.
—A las nueve y media.
Cierra la puerta del coche. Arranca. Y se va sin poner la radio, y yo me quedo en el aparcamiento con los conos en la mano pensando que ese hombre no ha puesto la radio dos días seguidos, y que no sé qué significa eso, pero que significa algo.
El viernes Elian me pilla solo en el vestuario.
—¿Te ha invitado a ver vídeos? —dice, sin saludar.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque me lo ha dicho él. Esta mañana. Me ha dicho «mañana reviso el rival con el chico». Y el chico eres tú.
—Pues sí. ¿Pasa algo?
Elian se sienta en el banco. Se quita la gorra, se pasa la mano por el pelo, vuelve a ponérsela. Es un hombre que necesita hacer cosas con las manos cuando va a decir algo serio.
—Llevo doce años con Darian —dice—. Doce. Lo conozco mejor que su madre, que en paz descanse. Y en doce años no le he visto invitar a nadie a ver un vídeo. Él ve los vídeos solo. De noche. En su despacho. Es algo suyo, ¿entiendes? Es como su... su iglesia.
—¿Y?
—Y de repente te invita a ti. —Me mira fijo—. Y no pone la radio. Y llega tarde a su esquina porque se queda hablando contigo.
No digo nada. No sé qué cara estoy poniendo, pero debe de ser alguna porque Elian suaviza el tono.
—Oye —dice—. No te estoy acusando de nada.
Eres buen chaval y los críos te quieren.
Pero Darian... —Se detiene. Elige las palabras como si pisara hielo—.
Darian es de los que se rompen por dentro y no te enteras hasta que ya está roto.
Y ha estado solo mucho tiempo. Demasiado. Por elección suya, ojo. Pero mucho.
—No sé a qué viene esto —digo, y me sale más cortante de lo que quiero.
—A nada. —Se levanta—. A que lo he visto hoy mirar el campo esperando a que llegaras y he pensado que hacía mucho que no lo veía esperar nada.
Se va. Me deja solo en el vestuario con el corazón otra vez haciendo el imbécil y una frase repitiéndose en la cabeza: hacía mucho que no lo veía esperar nada.
Esa noche no duermo. Otra vez. Pero esta vez no es por la rodilla.
Estoy tumbado en la cama de mi habitación alquilada, mirando la mancha de humedad del techo que ya conozco como si fuera la cara de un amigo, y pienso en Darian sentado en su coche sin poner la radio.
Pienso en «estar dentro». Pienso en que un hombre que lleva un cuaderno para no tener que mirar a la gente a los ojos me ha mirado a los ojos tres veces esta semana.
Y pienso, sobre todo, en que mañana voy a estar a las nueve y media en su despacho, los dos solos, mirando una pantalla en la penumbra.
Y que llevo tres semanas creyendo que ese hombre me detestaba, y que ahora mismo no sé qué siento ni qué siente él, pero algo se ha movido.
Como un equipo que cambia de sistema sin avisar.
De repente las líneas no están donde estaban.
De repente hay espacios nuevos que antes no existían.
Me doy la vuelta en la cama. Miro la hora en el móvil: las dos y media.
Faltan siete horas para las nueve y media.
Y por primera vez desde que llegué a Puerto de Liria, lo que no me deja dormir no es lo que perdí. Es lo que podría estar a punto de pasar.
Cierro los ojos. No los cierro porque tenga sueño. Los cierro porque, si los mantengo abiertos, voy a tener que admitir cosas que todavía no estoy listo para admitir.
Y aun así, en la oscuridad, sonrío.
Mañana a las nueve y media. Él me ha invitado. No ha puesto la radio. Me ha esperado.
No es nada, me digo. No significa nada.
Pero llevo tres semanas mintiéndome y se me empieza a dar fatal.