Fuera de juego Capítulo 7
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Capítulo 7

Esa noche apenas duermo.

No es por la rodilla, aunque la rodilla también.

Es por la cara que puse al irme del campo, esa mueca de tío ofendido que ahora, a las tres de la mañana y boca arriba mirando el techo de mi cuarto alquilado, me parece de cría de doce años.

Le solté tres días de mierda de golpe. Le hablé como si él me debiera algo.

Y lo peor no es eso. Lo peor es que él me miró sin responder, con esa calma suya de hombre que sabe esperar, y yo me marché antes de oír qué iba a decir.

Me levanto a las siete. La habitación huele a humedad y a sal, como huele todo aquí. Me siento en el borde de la cama y dejo que la pierna se acostumbre a la idea de existir.

Hay una verdad incómoda que llevo dos semanas esquivando: tenía razón en algunas cosas y me equivoqué en cómo las dije.

Eso es lo que más jode.

A las nueve me planto en Casa Tomás. Tomás ya tiene el café preparado antes de que yo abra la boca, solo, en vaso de cartón porque sabe que me lo llevo.

—Hoy traes mala cara —dice, deslizándolo sobre la barra.

—Gracias, qué amable.

—No es por ofender. —Se encoge de hombros—. Es observación profesional. Llevo cuarenta años mirando caras al otro lado de esta barra.

Le dejo las monedas y no contesto. Tomás tiene el mismo defecto que medio pueblo: ve demasiado y lo dice todo.

Salgo al paseo. El mar está plano esta mañana, de ese gris lechoso que tiene cuando no se ha decidido entre llover o no. Hace frío. Me subo el cuello de la chaqueta y camino hacia el estadio dándole vueltas a una sola idea: tengo que disculparme.

No por estrategia. Por dentro me sale.

El problema es que no sé hacerlo. Nunca he sabido.

En el vestuario, cuando la cagaba, lo arreglaba con una broma o invitando a unas cervezas, y el tema se diluía solo.

Pero esto no se diluye. Esto requiere mirar a un hombre a los ojos y decirle que me pasé.

Y ese hombre, encima, es el que menos facilita las cosas de todo Puerto de Liria.

Llego al campo secundario antes de las diez. Quiero llegar antes que él, por una vez. Quiero estar yo apoyado en la valla cuando aparezca, para que sea él quien tenga que decidir si se acerca o no.

Me sale mal. Darian ya está ahí.

Por supuesto que está ahí.

Cuaderno negro en la mano, abrigo oscuro, de pie en la línea de banda con la vista en el campo vacío como si estuviera viendo un partido que solo él conoce.

No hay chavales. El entrenamiento de la cantera es a las once los miércoles.

Lo sé porque lo apunté. Él también lo sabe, claro.

Y aun así está aquí, una hora antes, solo.

Igual que yo.

Me quedo parado en la entrada del recinto. Podría irme. Podría volver a las once con los chavales y meterme entre la rutina y los gritos y no tener que hacer esto.

Avanzo.

La hierba está mojada y mis pasos suenan más de lo que me gustaría. Él me oye. Gira medio cuerpo, lo justo para confirmar quién es, y vuelve a mirar el campo.

—No hay entrenamiento hasta las once —dice.

—Ya lo sé.

Me coloco a su lado. No demasiado cerca. La distancia exacta de un hombre que viene a hablar pero todavía no sabe cómo empezar. Él no me mira. Tiene la mandíbula apretada y el cuaderno cerrado, sujeto contra el muslo. Eso es nuevo. Casi siempre está abierto.

Respiro. El aire huele a algas.

—Lo de ayer —empiezo.

No me ayuda. Cómo iba a ayudarme.

—Lo de ayer me pasé.

Sigue mirando al frente. Tres segundos. Cuatro. Empiezo a pensar que va a dejarme aquí colgado, con la disculpa a medio salir como una pelota que se queda en la línea sin entrar.

—¿En qué parte? —dice por fin.

Sin interrogación. Cómo no.

—¿Cómo que en qué parte?

—Dijiste varias cosas. —Ahora sí gira la cabeza, y me mira con esa tranquilidad analítica que me saca de quicio y me desarma a partes iguales—. Algunas eran ciertas. Quiero saber por cuál te disculpas.

Joder.

Me paso la mano por la nuca. Esto es lo que tiene este hombre. Te tiende una mano y al mismo tiempo te obliga a trabajártela. No te deja barato.

—Por el tono —digo—. Por cómo lo solté. Te hablé como si me debieras una explicación y no me la debes. Eres el primer entrenador, soy el asistente. Tienes derecho a hacer las cosas a tu manera aunque a mí me parezcan… —busco la palabra y elijo la menos peligrosa— discutibles.

Algo se le mueve en la comisura de la boca. No es una sonrisa. Es el fantasma de una.

—Discutibles.

—Iba a decir otra cosa.

—Lo imagino.

Vuelve a mirar el campo. Pero algo ha cambiado en la postura. Los hombros le han bajado un par de centímetros. No sé cómo explicarlo bien; es como cuando el mar pasa de plano a tener una arruga, un movimiento mínimo que dice que algo, por dentro, se ha soltado.

—La corrección de ayer fue innecesaria —dice.

Lo miro. No me esperaba eso.

—¿Qué?

—Lo de Nico. La carga de peso. Tú estabas bien encaminado. Yo intervine porque… —se detiene, y por un instante el hombre que tiene siempre la respuesta no la tiene—. Porque tenía que hacer algo con lo de antes. Y lo hice contigo. No estuvo bien.

Me quedo callado. El paseo, el mar, los tres días de silencio, todo lo que traía ensayado en la cabeza se me deshace de golpe. Porque venía a disculparme yo, no a que se disculpara él. No sé cómo gestionar esto. Es como prepararte para un penalti y que el árbitro pite falta a tu favor.

—Vale —digo, idiotamente.

—Vale —repite.

Y nos quedamos los dos mirando un campo vacío, con porterías oxidadas, a las nueve y media de la mañana de un miércoles de niebla.

Pasa un minuto. Igual dos. El silencio entre nosotros ya no pesa como pesaba los últimos días. Pesa distinto. Pesa como un silencio que está esperando a que alguien diga algo que no sea sobre fútbol.

Lo digo yo. Cómo no.

—¿Por qué vienes una hora antes?

Él no contesta enseguida. Mira el cuaderno cerrado en su mano como si la respuesta estuviera ahí dentro.

—Me gusta el campo cuando no hay nadie —dice—. Se piensa mejor.

—¿Qué piensas?

—Cosas. —Una pausa—. Hoy pensaba en lo que dijiste ayer.

Aprieto el vaso de cartón. No sé si quiero saber qué parte.

—Dijiste que te invisibilizo —continúa, y ahora su voz baja un punto, se vuelve más cortada, como si cada frase le costara un poco más que la anterior—. Que te trato como una corrección menor. Que apunto y olvido.

—Estaba enfadado.

—Estabas observando. —Me mira—. Es distinto.

Y ahí, por primera vez en dos semanas, siento que este hombre me está viendo de verdad.

No al exfutbolista que el club fichó para vender entradas.

No al asistente que llega tarde a recoger conos.

A mí. A Kael, que lleva dos semanas durmiendo mal en una habitación que huele a humedad porque no sabe quién es desde que la rodilla decidió quién no iba a ser.

Aparto la mirada. Me incomoda. Cambio de tema con la elegancia de un elefante en una cacharrería.

—¿Cuánto llevas aquí?

—¿En el campo?

—En el club. En el pueblo. En esto.

Se mete la mano libre en el bolsillo del abrigo. Tarda en contestar y eso me dice que la respuesta no es sencilla.

—Once años en el club. Algunos más en el pueblo. Nací a veinte minutos de aquí.

—¿Y nunca te has ido?

—Una vez. —La palabra cae y se queda ahí, sola, sin compañía—. Volví.

Hay algo en el modo en que lo dice. Una piedra debajo del agua. No la veo pero sé que está. He aprendido a reconocer cuándo un tío te entrega media frase y se guarda la otra media porque la otra media duele. Yo hago lo mismo cuando me preguntan por la rodilla.

No insisto. Me sale no insistir, lo cual es un milagro en mí.

—Yo llevo dieciséis días —digo—. Los he contado. Es bastante patético contarlos, pero los he contado.

—No es patético.

—¿No?

—Cuando llegas a un sitio nuevo cuentas los días —dice—. Cuando empiezas a quedarte, los olvidas.

Lo miro. Él mira el campo. Y por un momento me pregunto cuántos días lleva sin contar.

—¿Tú los olvidas?

—Hace mucho que no los cuento.

—Eso es bueno, ¿no?

No responde. Se queda quieto, con la vista fija en la portería de la izquierda, la que tiene la red rota por una esquina, y la mandíbula vuelve a tensársele un poco. No sé qué nervio acabo de tocar. Pero he tocado uno. Lo veo en cómo respira.

—Depende —dice al fin.

Y no explica de qué depende.

El sol asoma un momento entre las nubes, una rendija de luz que cruza el campo mojado y lo hace brillar, y luego se cierra otra vez. Frío. Vuelvo a subirme el cuello de la chaqueta.

—Tienes frío —dice él. No es una pregunta. Es una observación. Las hace todo el rato; supongo que es la costumbre de mirar a la gente desde una banda.

—Estoy bien.

—Llevas la chaqueta de entrenamiento. Es de septiembre, no de octubre.

Me río. Me sale sin querer.

—¿Ahora controlas mi armario?

—Controlo lo que veo. —Y entonces, increíblemente, él también esboza algo que en un hombre normal sería una sonrisa y en él es un acontecimiento geológico—. Es mi trabajo.

—Pensaba que tu trabajo era hacerme la vida imposible.

—Eso es extra. No me pagan por eso.

Me quedo mirándolo con la boca medio abierta.

Porque acaba de hacer una broma. Darian Salvat, el hombre del cuaderno, el del silencio punitivo, el de las preguntas sin interrogación, acaba de hacer una broma a mi costa con una cara totalmente seria.

Y es buena. Es seca y quirúrgica y le ha salido perfecta.

—¿Eso ha sido un chiste? —digo.

—No sé de qué hablas.

—Ha sido un chiste. Te he oído.

—Tienes mala memoria. —Abre el cuaderno por fin, busca una página, finge anotar algo que no está anotando—. Yo no hago chistes.

Y ahí estamos los dos, en un campo vacío, a las nueve y media pasadas, con la niebla deshaciéndose sobre el mar, y yo me doy cuenta de que se me ha pasado el frío sin haberme movido de sitio.

Algo ha cambiado.

No sé ponerle nombre todavía, y tampoco quiero, porque ponerle nombre a las cosas suele ser la forma más rápida de romperlas.

Pero el aire entre nosotros ya no es el mismo aire de ayer.

Ayer era una pared. Hoy es una puerta. Cerrada, sí, con tres cerraduras y un hombre delante que la vigila como si le fuera la vida en ello. Pero una puerta.

—Oye —digo—. Lo de Nico.

Levanta la vista del cuaderno.

—El crío tiene miedo a fallar —continúo—. Cuando le corriges delante de todos, se encoge. No anticipa porque tiene la cabeza en no equivocarse, no en el balón. Si le dices las cosas en bajito, a un lado, las coge mejor. Lo probé y funcionó.

Darian me mira un largo rato. Espero la corrección. Espero el «yo llevo once años aquí y tú dieciséis días». Espero la banda y la distancia y el muro.

—Lo vi —dice—. Lo que hiciste con él. Funcionó.

—¿Lo viste?

—Lo veo todo. —Una pausa—. Lo apunto, pero no lo olvido. Eso también te lo dije ayer al revés y no era verdad.

No sé qué decir. Me estoy quedando sin sitios donde meter la sorpresa.

—Entonces, ¿por qué lo corregiste delante de todos?

—Ya te lo he dicho. —Cierra el cuaderno otra vez. Mira el mar—. Tenía que hacer algo con lo de antes.

Lo de antes. El cono. Las manos. Ninguno de los dos lo dice. Flota ahí, entre nosotros, como la niebla, y los dos sabemos que está y los dos fingimos que no.

—Mañana —dice de pronto, y su voz vuelve a la cadencia profesional, recta, segura, como si volviera a pisar terreno conocido— quiero que dirijas tú la sesión entera de la cantera. Yo observo.

Me giro hacia él.

—¿La sesión entera?

—El control en zonas reducidas. Lo de Nico. Lo demás. Tú.

—¿Y tú qué haces?

—Apunto. —El fantasma de la sonrisa otra vez—. Sin intervenir. Te lo prometo.

—¿Tu palabra de hombre que no hace chistes?

—Mi palabra de entrenador.

Y me tiende la mano.

Me la quedo mirando un segundo de más. Es una mano grande, de dedos largos, con un par de cicatrices viejas en los nudillos.

La misma mano que rozó la mía hace dos días alcanzando un cono naranja y nos dejó a los dos clavados en el sitio como dos imbéciles.

La misma que ahora me ofrece una tregua a plena luz, sin tensión, sin ese rubor que aquel día le subió por el cuello y que sé que vio, porque yo lo vi.

Se la estrecho.

Es firme. Cálida, a pesar del frío. La sostiene un instante más de lo que duraría un apretón normal entre dos compañeros de trabajo, y luego la suelta, y vuelve a mirar el campo como si no hubiera pasado nada.

Pero ha pasado.

—Llegan en veinte minutos —dice—. Los chavales.

—Vale.

—Deberías estirar. Antes. —No me mira al decirlo—. La rodilla. La cargas mal cuando demuestras los ejercicios. Pasas el peso a la izquierda. Lo haces hace días.

Me quedo quieto. No de frío. De que lo sepa.

—¿Lo has visto?

—Te lo he dicho. —Y ahora sí me mira, y en la mirada no hay corrección ni juicio, solo una especie de cuidado callado que no esperaba de él y que no sé dónde colocar—. Lo veo todo.

Abre el cuaderno una última vez, se da media vuelta y echa a andar hacia el otro extremo del campo, hacia su banda, su rincón, su distancia exacta.

Yo me quedo donde estoy.

El mar ha empezado a despejarse del todo. Hay una franja de azul al fondo, débil pero azul, y la niebla se retira hacia el horizonte como si alguien tirara de ella desde lejos.

Me siento en el césped a estirar la pierna, como me ha dicho.

Y por primera vez en dieciséis días, no cuento.