Capítulo 6
Hay un tipo de silencio que no es ausencia de ruido.
Lo descubro esta mañana, dos días después de lo del cono, cuando llego al campo secundario y Darian ya está ahí, de espaldas, colocando las picas en línea recta.
Ni se gira. El mar suena detrás de las gradas como siempre, las gaviotas chillan, los chavales que van llegando arrastran las botas por la grava.
Y aun así hay silencio. El suyo. Un silencio que ha decidido que yo no existo.
Lo de antes era frialdad. Esto es otra cosa.
—Buenos días —digo.
No contesta. Termina de clavar la última pica, comprueba la distancia con el pie y abre el cuaderno.
No me mira. Ni siquiera el gesto de antes, ese de mirarme un segundo antes de escribir.
Hoy escribe directamente, como si el papel le interesara más que cualquier cosa que pudiera estar pasando a tres metros de él.
Vale.
Me trago el resto del café de Casa Tomás —solo, sin azúcar, ya me he acostumbrado al frío que tiene cuando llego— y voy a por los petos.
Hoy toca trabajo de control en zonas reducidas.
Lo tengo preparado desde anoche. Tres rectángulos, dos toques máximo, presión del compañero.
A Nico le viene bien porque lo obliga a decidir rápido y no le da tiempo a pensar en si lo está haciendo mal.
Empiezo. Los coloco, explico, demuestro. Cargo el peso en el centro, como aprendí a hacer para que no se me note la rodilla. Los chavales entran rápido. Adrián se ríe cuando le quito un balón limpio y eso me sube el ánimo más de lo que debería.
Darian observa desde la banda. Anota. No interviene.
Durante veinte minutos funciona. Hasta que Nico, en una transición, se gira hacia el lado equivocado y pierde la pelota.
Voy a corregirlo. Le pongo la mano en el hombro, le explico que tiene que abrir el cuerpo antes de recibir, que el balón le va a venir siempre por el mismo sitio si no se anticipa.
—Está cargando el peso atrás otra vez.
La voz viene de la banda. No me la dirige a mí. Se la dirige al aire, al cuaderno, al campo. Pero es para mí.
Me giro despacio.
—Lo estamos trabajando.
—No lo estáis trabajando bien.
Y vuelve a bajar la vista al papel.
Hay una manera de decir las cosas que no admite réplica.
Darian la domina. Lo dice y se acabó, como si el debate ya hubiera ocurrido en su cabeza y yo hubiera perdido.
Nico me mira a mí, luego lo mira a él, y se le encoge un poco la espalda.
Lo conozco. Sé lo que pasa ahora. Va a empezar a hacerlo mal a propósito porque ya está convencido de que lo hace mal.
—Sigue —le digo a Nico, bajito—. Como te he dicho. Ignora todo lo demás.
Lo de "todo lo demás" sale más alto de lo que pretendía.
Esta vez sí levanta la cabeza.
No dice nada. Me sostiene la mirada el tiempo justo para que yo sepa que me ha oído y vuelve al cuaderno. Y ese gesto —ese volver al cuaderno como si yo fuera una corrección menor que apuntar y olvidar— me aprieta algo por dentro que no había notado en dos semanas de aguantarle el rollo.
Termino el entrenamiento sin mirarlo. Los chavales se van.
Nico se despide con la mano, inseguro, y le digo que lo de hoy estaba mejor de lo que él cree, que es verdad.
Cuando el campo se queda vacío, Darian sigue ahí, recogiendo las picas una a una, metódico, los hombros anchos bajo el abrigo oscuro.
Podría irme. Es lo sensato. Recoger mis cosas, subir al paseo, comprarme algo en el puerto y dejar que se enfríe.
No me voy.
—¿Tienes algún problema conmigo?
Lo digo a su espalda. Se queda quieto con una pica en la mano. Tarda en girarse.
—¿Por qué lo dices?
No es una pregunta. La pronuncia como si pusiera un punto al final. Es algo que hace, lo he notado: cuando algo le importa, le quita el signo de interrogación a las preguntas, como si así pudiera fingir que no le interesa la respuesta.
—Porque llevas tres días sin dirigirme la palabra si no es para corregirme delante de los chavales. Porque hace dos semanas que cada vez que abro la boca tú abres ese cuaderno. Porque ayer me dejaste recogiendo conos como si te quemara estar cerca de mí.
Algo le cruza la cara. Rápido. Lo controla enseguida, pero lo veo.
—Tu trabajo aquí es seguir mis indicaciones —dice—. Eso es lo que hago. Indicarte.
—No.
—¿No?
—No me estás indicando nada. Me estás vigilando.
Suelta la pica. Cae sobre la hierba con un ruido sordo que el viento se lleva enseguida. Da un paso hacia mí y por un segundo pienso que va a decir algo de verdad, algo que no sea una corrección técnica, y no sé qué hago con eso.
—Apunto lo que veo. De todos.
—Ya. ¿Y qué ves cuando me miras a mí, Darian? Porque me miras antes de escribir. Siempre. A mí antes que a nadie.
Cierra el cuaderno. El sonido de la goma elástica al ajustarse es lo único que se oye además del mar.
—Veo a alguien que lleva el peso del cuerpo en la pierna izquierda para no apoyarlo en la derecha —dice—.
Veo a alguien que enseña a esos chavales a no hacer lo que él hacía, porque a él le costó la carrera.
Veo a alguien que les dice a todos que sonrían y que se levanten y que no pasa nada, y que no se lo cree ni él.
Me quedo sin aire un segundo.
No es lo que esperaba. Esperaba un "haz tu trabajo y cállate". Esperaba la pared. Esto es otra cosa. Esto es haber estado mirándome de verdad durante dos semanas, ver más de lo que yo enseño, y guardárselo todo en un cuaderno de tapa negra.
—No sabes nada de mí —digo, y suena débil hasta para mí.
—Sé que te llamabas a ti mismo optimista en una entrevista de hace dos años. —Lo dice sin crueldad, casi con cansancio—. Lo busqué. La noche que llegaste.
—Me buscaste.
—Vino tu nombre del despacho del presidente. Me informé. Es lo que hago.
—No. —Doy un paso yo también ahora—. Eso no es informarse. Informarse es leer un par de notas. Tú viste una entrevista de hace dos años. La buscaste. Por la noche.
Aparta la mirada. Hacia el mar, hacia las gradas vacías, hacia cualquier sitio que no sea yo. Y ese gesto suyo, el de apartar la vista, me dice más que todo lo que ha dicho con la boca.
—Tienes una manera de estar en el campo —dice, despacio, eligiendo cada palabra como si pisara hielo— que es difícil de ignorar.
El mar, las gaviotas, la grava. Y nosotros dos en mitad de un campo de tierra con las picas tiradas y un cuaderno cerrado entre los dos.
—¿Eso es bueno o malo? —pregunto.
—No lo sé.
Y por primera vez desde que llegué a este pueblo con su frío y su puerto y sus calles que huelen a sal, Darian Salvat me parece un hombre y no una pared.
Un hombre que no sabe algo. Que lo admite.
Que tiene cuarenta y tres años y la mandíbula apretada y los ojos esquivos de alguien que ha decidido hace mucho tiempo no querer saber ciertas cosas, y al que ahora le toca saberlas igual.
—Entonces no me odias —digo. Lo digo más para mí, en voz baja.
—Nunca dije que te odiara.
—No con palabras.
Vuelve a mirarme. Y aquí está lo raro: ya no es la mirada de la banda, la mirada de antes-de-escribir, la mirada que clasifica. Es una mirada que no sabe dónde ponerse. Que me recorre la cara como si buscara algo y le diera miedo encontrarlo.
—Lo de ayer —digo—. Los conos.
—Déjalo.
—Me levantaste corriendo. Como si fuera radiactivo.
—Kael.
Es la primera vez que me llama por el nombre.
En dos semanas. Siempre ha sido el silencio, o "controla a Nico", o "el peso atrás".
Nunca Kael. Y lo dice con un peso que no tiene una palabra de tres letras, lo dice como una advertencia y como una súplica al mismo tiempo, y se me eriza la piel del brazo entero y no es por el frío.
—Vale —digo—. Lo dejo.
Pero no lo dejo. No del todo. Porque ahora ya lo sé. Ahora ya sé que no soy yo el que se ha vuelto loco viendo cosas donde no las hay. Que el roce de las manos no fue solo mío. Que él también se levantó de golpe porque sintió algo y no supo qué hacer con ello, igual que yo.
Recoge la pica del suelo. Las manos le tiemblan un poco. Lo intenta disimular ajustándola junto a las otras, pero estoy a dos metros y lo veo.
—Tendrías que apoyar la rodilla —dice de repente, sin mirarme—. Llevas semanas evitándolo. El músculo se atrofia si no lo cargas. Lo sabes.
—Y a ti qué más te da mi rodilla.
Se queda con las picas en la mano. Un manojo de palos de plástico naranja que ahora mismo le pesa como si fueran de plomo.
—Me da —dice.
Dos palabras. Las suelta y se arrepiente al instante, lo veo en cómo se le tensa el cuello, en cómo aprieta el manojo de picas. Pero ya están dichas. Ya están en el aire frío del campo.
No sé qué decir. Por una vez en mi vida no sé qué decir, yo que siempre tengo una broma, una salida, un "tranquilo, todo bien" en la recámara. Me he quedado vacío. Solo está él, ahí parado, habiéndome dicho que le importa mi rodilla destrozada, y yo sin saber dónde meterme.
—No me lo esperaba —digo al final.
—Ya somos dos.
Y casi sonríe. Casi. Un movimiento mínimo en la comisura de la boca que se corta antes de existir del todo, porque Darian no se permite sonreír, igual que no se permite muchas cosas. Pero lo intentó. Y eso, viniendo de él, es como si otro hombre se hubiera reído a carcajadas.
El viento arrecia. Me sube por el cuello del abrigo y me hace tiritar. Él no se mueve. Está acostumbrado a este frío, este es su pueblo, su mar, su campo. Yo soy el de fuera. El de Madrid. El que llegó en un autobús pensando que esto era un trabajo y nada más.
—Voy a recoger los petos —digo, porque tengo que decir algo, porque si no digo algo voy a cruzar los dos metros que nos separan y no sé qué pasaría.
—Déjalos.
—¿Qué?
—Los recojo yo. Vete a casa. Hace frío.
Y ahí está otra vez. El gesto de echarme. De alejarse. Igual que ayer con los conos. Lo reconozco ya: cada vez que se acerca demasiado, retrocede el doble. Dice "me da" y al segundo me manda a casa. Abre una rendija y la cierra de golpe.
Podría ofenderme. Podría irme.
—No —digo—. Los recojo contigo. Es mi trabajo seguir tus indicaciones, ¿no?
Me agacho a por el primer peto antes de que pueda protestar.
Él se queda quieto un momento. Y luego, despacio, se agacha también, a mi lado, a recoger los suyos.
Trabajamos en silencio. Pero ya no es el silencio de esta mañana, el que decidía que yo no existía.
Es otro. Uno en el que cada vez que mis manos se acercan a las suyas los dos sabemos exactamente cuánto espacio hay entre ellas.
Dieciocho centímetros. Lo medí ayer, mentalmente, sin querer. La distancia exacta entre el dorso de su mano y la mía cuando alcanzamos el mismo cono.
Hoy es menos.
Cuando terminamos, las picas, los petos y los conos están guardados en la bolsa de red. Él se la echa al hombro. Yo me quedo con las manos en los bolsillos, sin saber cómo terminar esto, cómo se despide uno de una conversación que lo ha dejado del revés.
—Mañana a las diez —dice. Lo de siempre. Pero lo dice mirándome, y eso no es lo de siempre.
—A las diez.
Da media vuelta y echa a andar hacia el aparcamiento, la bolsa de red rebotándole en la espalda, el cuaderno asomando del bolsillo del abrigo.
Antes de llegar a la línea de banda se para.
No se gira del todo. Solo gira la cabeza, lo justo para que el perfil me llegue contra la luz gris del cielo del norte.
—La pierna izquierda —dice—. Cuando enseñes el control. Tú la pones de pivote y los chavales te imitan. Acabarán cargándola de más. Repártelo.
Tardo en entenderlo. Y cuando lo entiendo, me sube algo caliente por el pecho que no tiene nada que ver con el control del balón.
Me ha estado observando dos semanas. Cada movimiento, cada gesto de protección, cada manera que tengo de esconder lo que me duele. Y en lugar de juzgarme, en lugar de apuntarme en el cuaderno como un fallo más, me está enseñando a esconderlo mejor. Me está cubriendo.
—Gracias —digo.
No contesta. Pero cruza la línea de banda con la cabeza un poco más alta y, juraría —aunque jamás lo admitiría en voz alta, ni a él ni a nadie—, juraría que afloja el paso. Como si tampoco él tuviera muchas ganas de que esto terminara todavía.
Me quedo solo en el campo. El mar sigue ahí, golpeando contra el espigón, indiferente a todo. Saco el móvil para mirar la hora y veo mi reflejo apagado en la pantalla negra: el pelo revuelto por el viento, la cara que ya no sé si es de optimista o de qué.
Pienso en lo que ha dicho. Me da. Dos palabras que un hombre como él no suelta a la ligera, que le han costado, que se ha pasado dos semanas tragándose hasta que se le han escapado entre las picas naranjas.
Y pienso en mi rodilla, en la entrevista de hace dos años que él vio una noche en su casa, a saber a qué hora, buscando el nombre del nuevo entrenador asistente que venía recomendado del despacho del presidente. Buscándome. A mí.
Echo a andar hacia el paseo. El frío me muerde la cara y no me importa. Por primera vez en dos semanas, no tengo ganas de subir al autobús y volver a Madrid.
Tengo ganas de que sean las diez de mañana.