Fuera de juego Capítulo 5
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Capítulo 5

Llevo dos semanas aquí y todavía no sé qué piensa de mí.

Lo que sí sé es lo que pienso yo. Que me odia. Lo he decidido esta mañana, mientras me tomaba el café de Casa Tomás mirando cómo el mar se tragaba el horizonte gris. Lo he decidido y me he quedado tranquilo, porque las cosas que se deciden pesan menos que las que se sospechan.

El problema es que las decisiones tranquilas no duran nada con un tipo como Darian.

Cuando llego al campo secundario, él ya está. Siempre está. Es como si durmiera detrás de las gradas para llegar antes que la luz. Lleva el mismo abrigo oscuro de siempre, las manos en los bolsillos, los hombros rectos. El cuaderno negro asoma por el bolsillo del pecho.

—Buenos días —digo.

No contesta. Levanta la barbilla hacia el campo, donde los chavales ya hacen el calentamiento. Adrián corre torcido. Nico va detrás, callado, mirándose las zapatillas.

—Hoy trabajamos centros —dice Darian. No me mira—. Tú en el área. Yo en banda.

—Vale.

Y ya está. Esa es toda la conversación que vamos a tener antes de las once, y lo sé porque lo he aprendido. He aprendido el mapa de sus silencios igual que aprendí a leer una defensa cuando todavía jugaba. Darian habla cuando hay que corregir. El resto del tiempo escribe.

Me voy al área. El frío del norte se mete por debajo del chándal ajustado que me dieron el primer día y que sigue oliendo a plástico. Coloco a los chavales, reparto conos, doy instrucciones que no necesito gritar porque nadie las cuestiona. Esto, al menos, sé hacerlo. Esto lo tengo en el cuerpo.

Darian abre el balón en largo desde la banda. Centro raso, malo, demasiado fuerte. Nico lo deja escapar.

—Otra vez —dice Darian.

No le dice nada más. Y Nico, en lugar de centrarse, mira hacia la banda como quien busca permiso para respirar.

—Nico —digo, bajito, solo para él—. No mires a la banda. Mira el balón. Lo demás no existe.

El chaval asiente. La siguiente pelota la controla con la zurda, la acaricia, la duerme. Y por un segundo se le abre algo en la cara, una cosa pequeña que no es alegría todavía pero que se le parece.

Levanto la vista sin querer.

Darian me está mirando.

No es la primera vez. Me ha mirado cuarenta veces estas dos semanas. Pero esta es distinta, porque no tiene el cuaderno fuera. Tiene las manos en los bolsillos y los ojos puestos en mí, y cuando se da cuenta de que lo he pillado no aparta la mirada. Eso es lo raro. No la aparta.

La aparto yo.

—Seguimos —digo, más alto de lo necesario.

El entrenamiento sigue. La mañana sigue. Y yo sigo notando el peso de algo que no sé nombrar, como cuando llevas una piedrecita en el zapato y decides que no merece la pena pararte a sacarla.

A mediodía, cuando los chavales se van a las duchas, me agacho a recoger los conos. La rodilla protesta. Hago el gesto despacio, con la mano apoyada en el muslo, esperando a que la articulación negocie conmigo como cada mañana.

Una sombra cae sobre el cono que iba a coger.

Es él. Se ha agachado al mismo tiempo. Nuestras manos llegan al mismo plástico naranja, y mis dedos rozan los suyos antes de que ninguno de los dos pueda evitarlo.

No es nada. Es un cono. Es medio segundo.

Pero los dos nos quedamos quietos.

Sus dedos están fríos. Más fríos que el aire. Los míos también, supongo. Y durante ese medio segundo —que se alarga, que se estira como un chicle hasta que deja de ser medio segundo y pasa a ser otra cosa— ninguno retira la mano.

Levanto la vista.

Está más cerca de lo que creía. Tan cerca que le veo las canas mezcladas en el pelo oscuro, la línea de la mandíbula sin afeitar del todo, una pequeña cicatriz sobre la ceja que nunca había visto. Tan cerca que lo oigo respirar.

Retira la mano. Despacio. Como si le costara.

—Ya los recojo yo —dice.

Su voz suena rara. Más baja. Más corta.

—No hace falta —digo.

—He dicho que ya los recojo yo.

Y se levanta y se va con tres conos en la mano, dándome la espalda, dejándome agachado en el centro de un campo vacío con el corazón haciendo cosas que no le he pedido que haga.

Me quedo así un rato. Mirándole la espalda.

Vale. Me odia. Lo he decidido esta mañana. Pero los tipos que te odian no se quedan quietos cuando les rozas la mano. Los tipos que te odian apartan la mano rápido y dicen algo cortante y se acabó.

Darian no ha hecho eso.

Darian se ha quedado quieto.

Y yo no sé qué hacer con esa información, así que decido —otra vez— que no significa nada. Que tenía los dedos fríos. Que se le ha enganchado el abrigo. Que el universo a veces pone dos manos en el mismo cono y no pasa nada.

Recojo los conos que quedan. Me los llevo al almacén. Y cuando salgo, Darian ya no está.

Por la tarde no hay entrenamiento, pero me paso por el club igual. No tengo nada mejor que hacer y el piso frío con la vista parcial al mar empieza a darme claustrofobia. Subo a la zona de oficinas a devolver unas hojas de asistencia que llevo arrastrando desde el lunes.

Me cruzo con Elian en el pasillo. Lleva una taza de café en cada mano.

—Varela —dice—. Justo el hombre que buscaba. Toma.

Me planta una de las tazas en la mano sin preguntar. Café solo. Como me gusta. No sé cómo lo sabe.

—Gracias —digo.

—De nada. —Le da un sorbo a la suya y me estudia por encima del borde—. ¿Qué tal la mañana?

—Bien. Trabajamos centros.

—Ya. —Otro sorbo—. ¿Y Darian?

Algo en cómo lo pregunta hace que lo mire. No es una pregunta de cortesía. Elian tiene una forma de soltar las cosas como si fueran ligeras cuando no lo son. Me he dado cuenta esta semana. Es amable, sí, pero detrás de la amabilidad hay un tipo que se entera de todo.

—¿Qué pasa con Darian? —digo.

—Nada. —Se encoge de hombros—. Está raro.

—Darian siempre está raro.

Elian se ríe. Una risa corta, por la nariz.

—No. —Se apoya en la pared, cruza un tobillo sobre el otro—. Conozco a Darian desde hace doce años. Lo conozco mejor que su madre, que en paz descanse. Y te digo que está raro. Diferente raro.

No sé qué contestar a eso, así que bebo café.

—Esta mañana ha encendido la radio del coche —sigue Elian, como si tal cosa—.

Yo iba con él. Llevamos años yendo juntos al campo y nunca enciende la radio.

Dice que necesita el silencio para pensar.

Esta mañana la ha encendido. Una emisora de esas de música mala.

Y luego, a mitad de camino, la ha apagado. Sin decir nada.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

Elian me mira. Una mirada larga, tranquila, de las que no juzgan pero tampoco se dejan engañar.

—No he dicho que tenga que ver contigo —dice.

—Ya.

—Lo has dicho tú.

Me callo. Me arde un poco la cara, y le echo la culpa al café caliente.

—Mira —dice Elian, y baja la voz, aunque no hay nadie en el pasillo—.

Darian es un buen hombre. El mejor que conozco.

Pero lleva mucho tiempo... —Se detiene. Busca la palabra.

No la encuentra o no quiere usarla—. Lleva mucho tiempo solo.

Por decisión propia. Y a veces, cuando alguien lleva mucho tiempo en una postura, se le olvida cómo se sale de ella.

—No te entiendo.

—Sí me entiendes. —Sonríe, y la sonrisa es triste y cariñosa al mismo tiempo—. Pero vale. Lo dejo aquí. Era solo una observación.

Se despega de la pared. Se va por el pasillo con su taza, silbando bajito una canción que no reconozco. Y yo me quedo con las planillas en una mano y el café en la otra, sintiendo que acabo de tener una conversación cuyo significado se me ha escapado por debajo de la puerta.

Al día siguiente, Darian no me mira ni una vez.

Y eso, después de dos semanas mirándome cuarenta veces al día, es lo más ruidoso que ha hecho nunca.

Llego puntual. Once menos cinco. Él está, claro. Me da las instrucciones sin levantar la vista del cuaderno. Hoy trabajamos transiciones. Yo en defensa, él arriba. Vale.

Hago mi trabajo. Coloco a los chavales. Corrijo a Adrián, que sigue corriendo torcido. Animo a Nico, que hoy tiene mejor cara. Y todo el rato, sin querer, busco a Darian con el rabillo del ojo.

No me mira.

Mira al campo. Mira el cuaderno. Mira a los chavales. Mira la banda, el mar, las porterías oxidadas. Mira todo menos a mí, y lo hace con tanta dedicación que parece un trabajo a tiempo completo.

Es peor que la mirada. No sé cómo explicarlo bien.

La mirada me ponía nervioso, pero esto me pone algo que no es nervios.

Esto me pone... no sé. Me deja un hueco.

Como si ayer, durante medio segundo, hubiera existido algo entre los dos y hoy él hubiera decidido borrarlo a mano, frotando fuerte, hasta que no quedara ni la marca.

Y yo no debería darle importancia. No debería. Es mi jefe. Un tío de cuarenta y tantos que apenas me habla y que probablemente me considera un crío fracasado que vino aquí porque no tenía dónde caerse muerto.

Pero le doy importancia.

A media mañana, durante un ejercicio de pases, mando el balón demasiado largo y se va fuera del campo, hacia la banda donde está él. Darian para el balón con el pie. Un gesto limpio, exacto. Lo coloca en el suelo y lo devuelve con el interior, raso y preciso, directo a mis pies.

Lo paro.

—Gracias —digo.

Es la primera palabra que nos cruzamos hoy que no es de trabajo.

Darian me mira. Por fin. Medio segundo otra vez, el mismo medio segundo de ayer, esa unidad de tiempo que con él se vuelve elástica.

—No cargues el peso en la derecha al pararla —dice.

Y vuelve la cabeza al campo.

Aprieto el balón con el pie. Noto cómo me sube algo por la garganta, rabia y otra cosa que no quiero examinar.

—No lo cargo en la derecha —digo.

—Sí.

—No.

—Lo acabas de hacer.

—Pues no lo he notado.

—Por eso te lo digo.

Lo dice sin levantar la voz. Sin maldad, siquiera.

Lo dice como dice todo, como un hecho, como una línea de cal trazada en el suelo: aquí está el límite, ni un centímetro más allá.

Y lo peor es que tiene razón. Lo he hecho.

Llevo dos años haciéndolo sin darme cuenta, descargando la pierna mala, dejando que la buena trabaje el doble.

Me trago la respuesta que tenía preparada. La que iba a ser sarcástica y defensiva y que no me iba a llevar a ningún sitio.

—Vale —digo—. El peso en el centro. Lo sé. Lo enseño yo mismo a los chavales.

—Lo enseñas. —Pausa—. Pero no lo haces.

Y ahí está. Otra vez. La cosa esa que tiene de meterme el dedo justo donde duele, justo donde no llega la luz, como si tuviera un mapa de mis miedos dibujado en su cuaderno negro junto con las tácticas.

Me lo quedo mirando. Y por un momento pienso en mandarlo a la mierda. Tengo la frase entera en la boca, redonda, lista.

Pero entonces él hace algo raro.

Aparta la mirada primero.

Darian Salvat, que ayer no apartó la mano del cono, que lleva dos semanas mirándome sin pestañear, aparta la mirada como si yo le quemara. Y se gira, y le grita a Adrián que corra recto de una maldita vez, y la frase que tenía en la boca se me deshace sola porque ya no entiendo nada.

No me odia.

Es lo único que tengo claro al final de la mañana, mientras recojo los conos —yo solo, esta vez, él se ha ido antes— bajo un cielo que amenaza lluvia.

No me odia. Si me odiara sería más fácil.

Los tíos que te odian no encienden la radio y luego la apagan.

No te devuelven el balón con el interior cuidando que te llegue justo a los pies.

No apartan la mirada como si les ardiera.

Lo que hace Darian es otra cosa. Y la otra cosa me da más miedo que el odio, porque el odio yo sé manejarlo. He vivido del rechazo de medio mundo desde que se me rompió la rodilla. El rechazo lo tengo dominado.

Esto no.

Esto es nuevo.

Termino de recoger. Me cuelgo la bolsa de conos al hombro y cruzo el campo hacia el almacén. El mar suena al fondo, constante, indiferente a todo. Empieza a caer una lluvia fina, de esas que no mojan de golpe sino poco a poco, hasta que de pronto estás empapado sin saber cuándo ha pasado.

En la puerta del almacén me encuentro a Elian, que sale con un saco de balones.

—Llueve —dice.

—Ya veo.

Me ayuda a guardar la bolsa. Trabajamos un minuto en silencio, ordenando el material. Y cuando termino y me giro para irme, me dice, sin mirarme, colocando un balón en la estantería:

—Hoy también ha apagado la radio.

Me paro en la puerta.

—¿Qué?

—Nada. —Sonríe a la estantería—. Conduce con cuidado. Esta carretera con lluvia es una trampa.

Y se mete dentro silbando otra vez la misma canción de ayer.

Salgo a la lluvia. Me subo el cuello del chándal, que no sirve de nada.

Cruzo el aparcamiento hacia donde dejé el coche, y al pasar veo el de Darian todavía aparcado, oscuro, con él dentro.

Está al volante, quieto, las dos manos en el regazo, mirando el parabrisas donde la lluvia traza líneas que bajan y se cruzan.

No me ve. O sí me ve y hace como que no.

Sigo andando. Me meto en mi coche. Arranco. Y mientras salgo del aparcamiento, miro por el retrovisor.

Su coche sigue ahí. Sin arrancar. Bajo la lluvia.

Como si esperara algo.

Y yo conduzco hacia el piso frío con la vista parcial al mar pensando en un medio segundo, en un cono naranja, en dos manos que no se apartaron a tiempo, y en un hombre de cuarenta y tres años que enciende la radio y luego la apaga, y que aparta la mirada como si le quemara, y que en este momento sigue sentado solo bajo la lluvia mirando un parabrisas que no lleva a ninguna parte.

No lo entiendo.

Pero por primera vez en dos semanas, dejo de decidir que me odia.

Y eso, descubro mientras la línea de cal de la carretera se difumina en la lluvia, da mucho más miedo que cualquier certeza.