Capítulo 4
Llevo diez días en Puerto de Liria y todavía me despierto sin saber dónde estoy.
La luz entra distinta aquí. En Madrid era amarilla, sucia, con ruido debajo.
En este piso la luz es gris y limpia y huele a sal incluso con la ventana cerrada.
Me quedo un rato en la cama mirando la mancha de humedad del techo, que tiene forma de algo que no consigo decidir.
Una rodilla, pienso, y me río solo, sin ganas.
Bajo la escalera sin ascensor agarrándome a la barandilla, porque el primer escalón siempre me pincha. La rodilla derecha tiene su propia agenda por las mañanas. La gente normal se levanta y camina. Yo me levanto y negocio.
Hace frío en la calle. Un frío que no llega a doler pero que se mete por las costuras. Compro un café en Casa Tomás, que me lo pone sin preguntar porque ya sabe cómo lo tomo, solo y corto, y me mira con esa cara de querer decir algo que no dice.
—Hoy hay partidillo en la cantera —comenta mientras seca un vaso—. Salvat los pone a jugar los viernes.
—¿Y eso es bueno o malo?
Tomás se encoge de hombros. Sonríe.
—Depende del día que tenga.
Me termino el café de un trago. Buena señal, pienso. Sarcástica, pero buena señal.
El campo secundario está detrás de las gradas, como siempre, con sus porterías oxidadas y las líneas de cal que parecen dibujadas por alguien con resaca.
Los chavales ya están allí cuando llego.
No tarde. Aprendí la lección el primer día.
Llego siempre cinco minutos antes y me coloco en una esquina, los brazos cruzados, el silbato colgado al cuello como un adorno inútil.
Darian aparece a las diez en punto. Abrigo oscuro, cuaderno de tapa negra bajo el brazo. No me saluda. Nunca me saluda. Hace un gesto con la barbilla y los chicos se colocan solos, como limaduras de hierro hacia un imán.
—Hoy jugamos —dice—. Cinco contra cinco. Espacio reducido. Dos toques.
Los reparte él mismo. Cuando termina, quedan once nombres dichos y un chaval fuera. Nico. Lo deja en el banquillo sin mirarlo, como si fuera evidente, como si Nico ya supiera que le tocaba.
Y Nico lo sabe. Eso es lo peor. Se sienta en el banco sin protestar, las manos entre las rodillas, los ojos fijos en la hierba.
Me acerco. No mucho. Lo justo para que me oiga.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Pareces un cartel de «se vende».
Levanta la mirada. Casi sonríe. No del todo.
—Es que siempre me deja fuera al principio. Para que vea cómo juegan los otros.
—¿Y aprendes algo viéndolos?
Lo piensa. Es lo que me gusta de este chaval, que piensa antes de contestar, que no suelta lo primero que se le pasa.
—Aprendo a tener miedo de meter la pata —dice al final, bajito.
Me quedo callado. El balón rueda. Los otros corren, gritan, se chocan. Darian camina por la banda con el cuaderno, anotando. De vez en cuando se para. Levanta la cabeza. Mira hacia donde estoy yo. No a mí, hacia mí. Hay una diferencia que llevo días intentando descifrar.
A los veinte minutos saca a Nico. Lo mete en el equipo que va perdiendo. Le dice algo al oído que no oigo. Nico asiente, entra al campo con los hombros un poco más altos de lo que se los he visto nunca.
Y juega bien. Tres minutos. Cinco. Controla, pasa, se mueve.
Lo veo soltarse como si alguien le hubiera quitado un peso de encima sin que se diera cuenta.
Y entonces le llega un balón de cara a portería, solo, con todo el tiempo del mundo, y la cabeza de Nico empieza a trabajar más rápido que sus pies.
Lo veo venir antes de que pase. Veo cómo mira de reojo hacia la banda. Hacia Darian. Veo cómo el balón se le hace grande, cómo duda entre tirar fuerte o colocar, cómo no hace ninguna de las dos cosas y la pelota se va lamiendo el palo, fuera.
Nico se lleva las manos a la cabeza. Se gira hacia la banda antes de hacer cualquier otra cosa. Busca la cara de Darian. Y Darian no dice nada, pero escribe. Baja la cabeza y escribe en el cuaderno, y yo veo cómo eso le cae a Nico encima como una losa.
No lo decido. Me sale.
—¡Bien intentado, Nico! —grito—. ¡La próxima dentro!
El partidillo no se para, pero algo se para. Darian levanta la vista del cuaderno. Despacio. Me mira. Esta vez sí, a mí, directo, los ojos oscuros sin parpadear.
No dice nada todavía. Vuelve a bajar la cabeza. Sigue escribiendo.
Y a mí eso me hierve por dentro de una manera que no me esperaba.
Cuando suena el silbato del final —su silbato, no el mío, que sigue siendo decorativo—, los chavales se van a por las botellas de agua y Darian camina hacia mí. No rápido. Nunca hace nada rápido. Pero derecho, sin desviarse, y eso ya es bastante.
—Varela.
—Salvat.
—No corrijas mi trabajo desde la banda.
Lo suelta tranquilo. Sin levantar la voz. Por eso pica más.
—No estaba corrigiendo nada. Estaba animando a un chaval que acababa de fallar.
—Estabas reforzando un error.
—Estaba reforzando que lo intentara. —Descruzo los brazos—. Que es lo único que ese chaval no se atreve a hacer cuando estás mirando.
Los chicos beben agua a diez metros. Elian, que estaba recogiendo conos, se queda quieto con uno en la mano.
—El balón se le fue por el palo derecho —dice Darian—. Cargó el peso mal. Pisó con la izquierda demasiado adelantada y la cadera no acompañó. ¿Eso también lo viste, o solo viste un chaval triste?
Me trago lo primero que se me ocurre. Lo segundo también.
—Vi las dos cosas —digo—. La diferencia es que tú apuntaste solo una.
Darian abre el cuaderno. Lo hace despacio, con esa goma elástica que suena al estirarse.
Pasa una página. Otra. Y entonces lo gira hacia mí, lo justo para que vea su letra pequeña y apretada, una columna de notas que no me da tiempo a leer entera pero en la que distingo el nombre de Nico tres veces.
—«Pierna izquierda adelantada» —lee—. «Mira a la banda antes de definir.» —Cierra el cuaderno—. Las dos cosas, Varela. Apunto las dos cosas. Lo que no hago es gritárselas mientras juega.
Y ahí me deja, plantado, con la cara ardiendo y la lengua a medio camino, porque resulta que el tipo sí había visto lo que yo creía que solo veía yo, y encima lo había escrito.
—Vale —digo, porque no se me ocurre nada mejor—. Pues no se lo grito.
—Bien.
—Pero tampoco se lo escribo en un cuaderno mientras me mira con cara de funeral.
Eso no se lo esperaba. Lo noto en que se queda medio segundo de más sin contestar. Medio segundo en Darian es un siglo en cualquier otra persona.
—Cuando termina el partido, lo hablo con él —dice—. Con todos. Lo del cuaderno es para mí. Para acordarme.
—Pues díselo. Porque él no lo sabe. Él te ve apuntar y cree que estás haciendo la lista de sus pecados.
Darian me mira un rato largo. Hay algo distinto en cómo lo hace. No es desaprobación. O no solo. Es como si me estuviera midiendo de nuevo, recalibrando algo, ajustando una cifra en alguna parte de su cabeza ordenada.
—¿Eso lo sabes tú o te lo ha dicho él?
—Me lo ha dicho él. Hoy. En el banco. —Me encojo de hombros—. Dice que cuando lo dejas fuera al principio no aprende a jugar mejor. Aprende a tener miedo de meter la pata.
El mar suena al fondo. Siempre suena. Me he acostumbrado tanto que solo lo oigo en los silencios, y este es uno de esos.
Darian se gira hacia el banquillo, donde Nico recoge su sudadera. Lo mira unos segundos. Luego vuelve a mí.
—Mañana lo pones tú a tirar a puerta —dice—. Tú solo. Yo no estaré en el campo.
No me lo esperaba. Casi se me escapa una respuesta lista, de las que tengo siempre en la recámara, pero me la guardo.
—¿Por qué?
—Porque dices que falla cuando lo miro. —Se mete el cuaderno bajo el brazo—. Comprobémoslo.
Y se va. Hacia las gradas, hacia su despacho, hacia donde sea que vaya cuando deja de ser entrenador y vuelve a ser lo que sea que es el resto del día.
Elian se acerca con el cono todavía en la mano. Tiene una media sonrisa que no me gusta nada.
—¿Qué? —le digo.
—Nada. —Tira el cono al saco—. Es la primera vez en tres años que le veo darle un encargo a alguien sin haberle pedido el currículum antes.
—Me ha puesto a prueba.
—Te ha puesto a prueba —repite Elian, asintiendo, como si yo no acabara de decir exactamente eso—. Sí. Eso también.
Me quedo con ganas de preguntar qué es lo otro. No lo hago.
Al día siguiente, sábado, hay sesión por la mañana.
El cielo está bajo y plomizo y el mar viene picado, se oye más fuerte de lo normal, golpeando contra los espigones del puerto.
Pongo a Nico a tirar a puerta como me ha dicho Darian.
Coloco los balones en semicírculo, le doy la posición, le explico despacio lo de la pierna de apoyo sin nombrar a nadie, sin decir cadera ni peso ni nada que le recuerde a un cuaderno.
—Tú no pienses en si entra —le digo—. Piensa en que el pie pegue donde tiene que pegar. La pelota ya buscará su sitio.
Nico tira el primero. Fuera. El segundo, al palo. Mira hacia las gradas por reflejo.
—Eh. Aquí. —Le doy un toque en el hombro—. No hay nadie ahí. Solo balones y tú.
El tercero entra. El cuarto entra. El quinto se le va arriba pero por poco, y se ríe, se ríe de verdad, y me dice «¡casi!» con una cara que no le había visto.
Y entonces noto algo. Una presencia en la grada que no debería estar. Levanto la vista.
Darian está en la primera fila de cemento. Quieto, las manos en los bolsillos del abrigo, sin cuaderno. Mirando. No sé cuánto lleva ahí. No sé si Nico lo ha visto.
Nico no lo ha visto. Tira el sexto. Entra. Tira el séptimo. Entra. Sigue riéndose, sigue suelto, sigue sin mirar hacia la banda porque cree que no hay nadie en la banda.
Le sostengo la mirada a Darian por encima de la cabeza del chaval. No me muevo. No digo nada. Y él tampoco. Pero hace algo que no le había visto hacer: se levanta. Despacio. Y se va, antes de que Nico termine la tanda, antes de que el chaval pueda girarse y descubrir que lo estaban mirando.
Se va para que el experimento no se rompa.
Me quedo con eso clavado todo el día.
Por la tarde lo encuentro en el pasillo que da a los vestuarios, una zona estrecha de paredes desconchadas que huele a cloro y a linimento. Viene de frente, con una caja de conos en los brazos, y el pasillo es tan justo que uno de los dos tiene que pegarse a la pared para dejar pasar al otro.
Me pego yo. Él pasa. Y al pasar, el brazo me roza el pecho, un segundo, la lana del abrigo contra mi sudadera, y los dos nos quedamos quietos medio paso, como si el pasillo se hubiera estrechado más todavía.
—Han entrado siete de diez —digo, para llenar el hueco—. Sin mirar a la banda ni una vez.
—Lo vi.
—Sé que lo viste. Te vi verlo.
Darian no contesta enseguida. Tiene la caja de conos entre los dos como una barrera. Está tan cerca que veo las canas tempranas en las sienes, el pequeño tic de la mandíbula que se le aprieta cuando no quiere decir algo.
—No significa que tengas razón en todo —dice al final.
—No he dicho que la tenga en todo. Solo en esto.
—En esto. —Asiente una vez—. Puede.
Y ese «puede» me sienta como un gol en el último minuto.
Sigue su camino con la caja. Yo sigo el mío. Pero antes de doblar la esquina lo oigo decir, sin volverse, en ese tono plano suyo que nunca sé descifrar:
—El lunes lo pones a tirar otra vez. Yo en el campo.
—¿Para joderle el experimento?
—Para ver si aguanta. —Una pausa—. Tu trabajo no es protegerlo de la presión, Varela. Es enseñarle a jugar con ella.
Doblo la esquina sin contestar, porque odio cuando tiene razón y aún más cuando la tiene de una forma que me da que pensar.
Esa noche, en el piso frío, me siento en el alféizar con el café de antes recalentado y miro el trozo de mar que se ve entre los dos edificios de enfrente. Está negro. Solo se intuye por las luces de un barco lejano que sube y baja.
Me suena el móvil. Bruna.
—¿Sigues vivo, parado de larga duración?
—Sigo. Hoy he discutido con el entrenador.
—Eso ya no es noticia. ¿Por qué hoy?
Me lo pienso. No sé cómo explicárselo bien. Le doy vueltas a la imagen de Darian levantándose de la grada para que Nico no lo viera. A la goma elástica del cuaderno. Al brazo rozándome en el pasillo y a los dos quedándonos quietos medio paso de más.
—Porque tiene razón en cosas que me revientan —digo—. Y porque a veces no sé si me está vigilando o me está poniendo a prueba.
—¿Y qué prefieres que sea?
No contesto enseguida. Bruna espera, que es lo que mejor sabe hacer cuando quiere que me pille a mí mismo.
—No sé —digo—. Las dos me ponen igual de nervioso.
Se ríe al otro lado. Una risa corta, de las suyas, de las que saben más de lo que dicen.
—Vete a dormir, anda.
Cuelgo. Me quedo un rato más mirando el mar negro, el barco que sube y baja, y pienso que llevo diez días aquí y todavía me despierto sin saber dónde estoy.
Pero hoy, por primera vez, me ha costado un poco menos averiguarlo.