Fuera de juego Capítulo 3
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Capítulo 3

La primera semana en Puerto de Liria me deja claras dos cosas. La primera es que el frío del norte no se parece en nada al frío de Madrid. Aquí no aprieta, se mete. Se cuela por las costuras del chándal y se queda. La segunda es que Darian Salvat lleva un cuaderno.

No es un cuaderno cualquiera. Es uno de tapa negra, de los que se cierran con una goma elástica, gastado en las esquinas.

Lo saca durante los entrenamientos, escribe algo, lo guarda.

Lo saca otra vez. Al principio pensé que apuntaba cosas de los chavales.

Lógico. Es el entrenador. Pero llevo cuatro días observándolo y empiezo a tener mis dudas.

Porque cada vez que lo abre, primero me mira a mí.

—Varela.

Levanto la cabeza. Estoy con Nico y otro chico, Adrián, mostrándoles cómo proteger el balón con el cuerpo cuando viene un rival por detrás. Es algo que aprendí a los catorce y que sigue funcionando a los veintitrés, o que funcionaba, antes de que la rodilla decidiera jubilarse sin avisarme.

—Dime —respondo.

—No es así.

No dice nada más. Se queda a diez metros, con el abrigo oscuro cerrado hasta el cuello y las manos en los bolsillos. El cuaderno asoma por uno de ellos.

—¿Qué no es así? —Me incorporo. Nico me mira de reojo, como esperando a ver quién gana.

—El apoyo. Lo estás cargando en la pierna derecha. —Hace una pausa exacta, milimétrica—. Ellos no tienen tu pierna derecha.

Hay un segundo en el que no entiendo lo que me está diciendo. Y luego lo entiendo demasiado bien.

—Mi pierna derecha está perfectamente —digo.

—No he dicho que no lo esté.

Pero lo ha dicho. Lo ha dicho sin decirlo, que es la única forma en la que este hombre dice las cosas. Me trago lo que me gustaría contestar, que es una lista larga y con palabras feas. En cambio, me giro hacia Nico.

—El profesor dice que cargues el peso en el centro. —Le pongo la mano en el hombro—. Tiene razón. Es más estable.

Nico asiente. Darian no se mueve. Saca el cuaderno, escribe algo, lo guarda.

Yo me pregunto qué cojones está escribiendo.

A media mañana hace una tregua que no es una tregua.

Los chavales tienen quince minutos de descanso y se desperdigan por el campo secundario, bebiendo agua, tirándose botellas, gritándose cosas que solo tienen sentido entre adolescentes.

El sol intenta salir entre las nubes y fracasa.

El mar suena al otro lado de las gradas, constante, como si tuviera prisa por algo.

Me siento en un banquillo de plástico desconchado. La rodilla me da un aviso al doblarla, ese pinchazo seco que ya conozco de memoria. Lo ignoro. Se me da bien ignorarlo.

Elian se acerca con dos botellas de agua. Es el segundo entrenador, lo supe el primer día porque es el único que le habla a Darian como si fueran personas y no funciones. Tiene unos años menos que él, la cara fácil, una barba de tres días que parece permanente.

—Toma. —Me tiende una—. Bienvenido al club.

—Gracias. —La cojo. Está fría. Todo aquí está frío—. Llevo cuatro días.

—Ya. Pero antes no te había dado el agua, así que ahora es oficial. —Se sienta a mi lado. Huele a café—. ¿Qué tal lo llevas?

Miro hacia el centro del campo, donde Darian explica algo a dos de los mayores con las manos. Habla poco pero las manos las usa mucho. Trazan líneas en el aire, ángulos, recorridos.

—¿Lo del frío o lo de tu jefe? —pregunto.

Elian se ríe. Es una risa corta, de alguien que se ríe a menudo y barato.

—Las dos cosas se acostumbran. El frío en una semana. Él en un mes, más o menos.

—Voy retrasado, entonces.

—No te lo tomes a lo personal.

—No me lo tomo a lo personal —miento—. Me corrige cada cosa que hago. Literalmente cada cosa. Le dices a un chaval que ate los cordones doble y aparece para decirte que el nudo no es así.

Elian bebe. Tarda en contestar, como si estuviera midiendo.

—Darian es así con todo el mundo —dice—. Pero no.

—¿No qué?

—Nada. —Se levanta, da un golpe con la botella vacía contra su muslo—. Vuelta al lío. Si te sirve de algo: cuando alguien no le importa, ni lo mira.

Se marcha antes de que pueda preguntarle qué quiere decir con eso. Me quedo con la botella fría en la mano y la frase girándome en la cabeza como una piedra en una lavadora.

Cuando alguien no le importa, ni lo mira.

Levanto la vista. Darian me está mirando. Aparta los ojos en cuanto los míos llegan a los suyos, vuelve hacia los chavales, dice algo. Y yo me quedo pensando que Elian no me ha aclarado nada y que, encima, lo ha complicado todo.

Esa tarde paso por Casa Tomás. No tengo nada en la nevera del piso, que es del tamaño de una caja de zapatos, y la idea de cocinar para mí solo en una cocina que no es mía me da una pereza que no sabía que tenía.

Tomás me ve entrar y levanta una mano desde la barra como si nos conociéramos de toda la vida.

—¡El chico de Madrid! —Coge un vaso sin que se lo pida—. ¿Cómo va eso?

—Va. —Me siento en un taburete. La barra es de madera oscura y pegajosa de años—. Una caña, si tienes.

—Tengo de todo menos paciencia. —Me la sirve. La espuma se desborda y la limpia con un trapo—. ¿Te tratan bien en el club?

—Depende de a quién preguntes.

Tomás suelta una risa que le mueve el delantal. Hay un par de viejos al fondo jugando a las cartas y una pareja cenando junto a la ventana. El bar huele a fritanga buena y a humedad de pueblo.

—El Salvat —dice Tomás, y no es una pregunta.

—El Salvat —confirmo.

Apoya las dos manos en la barra. Tiene los nudillos grandes, de hombre que ha trabajado con ellos.

—Ese hombre lleva aquí... —cuenta con los dedos, se rinde—. Diez años. Más. Llegó solo y sigue solo. No le he visto entrar nunca acompañado, y eso que aquí entra todo el pueblo tarde o temprano.

—No me extraña que entre solo. —Bebo—. Hablar con él es como hablar con una pared, pero la pared te corrige.

—Es buen hombre.

Ya me dijo eso el primer día. Y, como el primer día, hace esa pausa rara después, como si la frase tuviera una segunda parte que no piensa contarme.

—Eso dice todo el mundo —respondo—. Que es buen hombre y serio. Empiezo a pensar que en este pueblo es un eufemismo.

Tomás se inclina hacia mí. Baja la voz aunque no haga falta.

—Aquí la gente lo respeta —dice—. Sabe lo que hace. Sacó al equipo de tercera, mantuvo la cantera cuando el club no tenía un duro. Pero respetar y querer no es lo mismo, ¿me entiendes? A él lo respetan. —Se endereza, coge un vaso para secarlo—. Lo de quererlo es más complicado, porque no se deja.

No sé qué contestar a eso, así que bebo. La caña está buena. Fuera ha empezado a oscurecer y por el cristal de la ventana se ve el último resto de luz colgando sobre el puerto, una raya naranja muy fina que el mar se está tragando despacio.

—¿Y a ti qué te importa el Salvat? —pregunta Tomás de pronto, con una sonrisa de listo.

—No me importa.

—Ya.

Pone el mismo "ya" que ha puesto Elian esta mañana. El mismo "ya" que no se cree nada. Decido que en este pueblo todo el mundo habla en un idioma que aún no domino.

Al día siguiente llego al campo diez minutos antes. No por nada. O por algo que prefiero no mirar de frente.

Darian ya está. Por supuesto que ya está.

Creo que este hombre duerme aquí, o que no duerme.

Está colocando conos en una línea recta perfecta, agachado, con esa precisión suya que pone nervioso a cualquiera.

Lleva el mismo abrigo oscuro. Las canas le pillan la luz gris de la mañana y por un segundo, solo un segundo, parece mayor de lo que es. O más cansado.

—Buenos días —digo.

Se incorpora. Me mira. No es la mirada de ayer, la de corregir. Es otra. Más larga. Dura lo justo para que la note y lo justo para que no pueda decir nada de ella.

—Llegas pronto.

—¿Eso también está mal?

Algo se le mueve en la comisura de la boca. No llega a sonrisa. Es el primo pobre de una sonrisa.

—No.

Y se gira a seguir con los conos. Yo me quedo ahí, con las manos en los bolsillos del chándal ajustado, sin saber qué hacer con un Darian que no me ha corregido. Es como pisar un escalón que crees que está y no está.

Cojo unos cuantos conos y empiezo a colocarlos al otro lado. No me lo ha pedido. Lo hago porque estar parado mirándolo es peor. Trabajamos en silencio durante unos minutos, cada uno en su línea, y el silencio no es incómodo, que es lo más raro de todo. Es solo silencio.

Cuando termino, me agacho a colocar el último cono y la rodilla protesta. No es nada. Es solo el frío, que la pone tonta. Me levanto demasiado rápido para disimular y noto el mareo de la sangre subiendo.

Cuando vuelvo a mirar, Darian tiene el cuaderno en la mano. Está abierto. Está escribiendo.

—¿Qué apuntas? —Las palabras me salen antes de pensarlas.

Cierra el cuaderno. Goma elástica. Bolsillo.

—Cosas del entrenamiento.

—¿Del entrenamiento, o de mí?

Se queda muy quieto. El mar suena. Un par de gaviotas se pelean por algo en lo alto de las gradas.

—De todo lo que veo —dice por fin—. Es mi trabajo ver.

—¿Y qué ves?

No sé por qué lo pregunto. Quizá porque llevo cuatro días sintiendo sus ojos en la nuca cada vez que me agacho, cada vez que corro, cada vez que apoyo la pierna.

Pensaba que era para criticarme. Para encontrar el fallo.

Pero la cara que pone ahora no es de criticar. Es de alguien al que han pillado.

—Veo patrones —dice, despacio—. En cómo se mueve la gente. En lo que repiten sin darse cuenta.

—¿Y yo qué repito?

Silencio. Largo. Demasiado largo.

—Disimulas bien —dice al final—. El dolor.

Se me cae algo por dentro. No sé qué. Algo.

—No me duele.

—Acabas de levantarte apoyándote en la izquierda. Lo haces siempre. —Lo dice sin crueldad, que es lo peor, porque si fuera crueldad podría defenderme—. Y subes despacio los dos escalones del campo cuando crees que nadie mira.

El frío del norte se me ha metido entero, por las costuras, hasta el hueso.

—Pues parece que sí mira alguien —digo.

Y por primera vez desde que llegué, Darian no me corrige. No dice nada. Mira hacia el mar, hacia el puerto, hacia cualquier sitio que no sea yo, y por un instante el hombre de piedra parece de otra cosa. De algo más blando que no quiere que vea.

Llegan los chavales. Voces, mochilas, risas. Nico el primero, como siempre, con esa cara de querer hacerlo bien que me recuerda a alguien que conozco demasiado.

—¡Buenas! —grita.

El momento se rompe. Darian se gira hacia los chicos, la voz vuelve a ser la suya, seca y exacta.

—Calentamiento. Dos vueltas. Empezamos.

El entrenamiento transcurre como todos. Choques pequeños, ninguno grande. Le digo a Nico que pruebe a tirar a portería sin pensar y le sale el mejor disparo de la mañana; Darian aparece a corregirme la mecánica del tiro y discutimos en voz baja para que los chavales no se enteren.

—Le has dicho que no piense —dice Darian.

—Funciona.

—Hoy. ¿Y cuando el rival le presione y tiene medio segundo? Necesita que pensar sea automático, no que no piense.

Tiene razón. Me revienta que tenga razón. Pero la tiene.

—Vale —digo—. Vale. Lo enfocamos como quieras.

Levanta una ceja. Es la primera vez que cedo sin pelear, y se le nota que no se lo esperaba.

—Bien —dice.

Y saca el cuaderno. Escribe.

Esta vez no le pregunto qué. Pero lo veo, mientras los chavales corren, mientras el mar suena, mientras la luz gris se queda colgada del cielo todo el día sin decidirse a nada: lo veo mirarme cuando cree que no miro.

Una vez. Dos. La distancia que pone entre nosotros es exacta, calculada, siempre la misma, como si la hubiera medido con regla. Diez metros. Ni nueve ni once.

Y empiezo a pensar que esa distancia no es para alejarme.

Es para no acercarse.

Por la noche, en el piso, abro la ventana aunque hace frío.

La vista parcial al mar es más mar que nunca de noche, solo una mancha negra y las luces del puerto temblando sobre el agua.

Me siento en el alféizar con una cerveza que he comprado en el súper de la esquina, una de tres por dos que tiene pinta de saber a poco.

Pienso en el cuaderno. Pienso en lo de "disimulas bien el dolor". Pienso en cuánta gente me ha visto cojear en ocho meses y no ha dicho nada, médicos incluidos, y en que este hombre que apenas me dirige la palabra lo ha visto en cuatro días.

Saco el móvil. Bruna ha mandado un audio que no escucho. Tengo un mensaje del exagente que tampoco abro. Y abro las notas del teléfono, esas que no uso nunca, y escribo una sola línea sin saber muy bien por qué.

Él también lleva un cuaderno.

La miro un rato. Borro la frase. La vuelvo a escribir. La dejo.

Fuera, el mar sigue teniendo prisa por algo. Y yo, por primera vez desde que el estadio de cuarenta mil personas se quedó en silencio, no tengo prisa por irme a ningún sitio.

Eso me asusta más que la rodilla.