Capítulo 2
El primer día en la cantera me dan un chándal del club que me queda corto de mangas y un silbato que no pienso usar.
Es noviembre y a las nueve de la mañana el campo de la cantera huele a hierba húmeda y a tierra mojada.
No es el césped cuidado del estadio. Es un campo secundario, detrás de las gradas, con dos porterías que han visto mejores años y unas líneas de cal que alguien repintó hace poco con más voluntad que pulso.
Hay quince críos calentando. El mayor tendrá diecisiete.
El más pequeño, doce o trece, con unas piernas que parecen palillos.
Y está Darian.
Lo veo antes de que él me vea a mí. Está de pie en la banda, con un abrigo oscuro y las manos en los bolsillos, mirando a los chavales correr. No grita. No se mueve. Solo mira. Y, aun así, los críos van más rectos cuando pasan cerca de él, como si la sola presencia los corrigiera.
—Buenos días —digo.
Tarda en girarse. Cuando lo hace, no me da los buenos días.
—Llegas tarde.
Miro el reloj del estadio. Las nueve y dos minutos.
—Dos minutos.
—Dos minutos —repite, como si le hubiera dado la razón en algo grave.
No sé qué responder a eso que no empeore las cosas, así que no digo nada. Él tampoco. Vuelve a mirar a los chavales y me deja ahí, en la banda, con el silbato colgando del cuello como una medalla que no he ganado.
Decido que voy a hacer lo único que sé hacer: acercarme al fútbol.
A media mañana, Darian los pone en una rueda de pases. Es un ejercicio clásico, ordenado, geométrico. Pase y voy. Pase y voy. Los críos lo hacen en silencio, concentrados, y cada vez que uno falla un control Darian apunta algo en un cuaderno pequeño que saca del bolsillo.
Yo me fijo en uno. Lo vengo mirando desde que han empezado a calentar.
Es de los más jóvenes, quince años como mucho, delgado, con el pelo despeinado y una zurda que es un regalo.
Cada vez que le llega el balón hace algo que los demás no hacen: lo mira un segundo antes de tocarlo, como si calculara.
Tiene talento. Tiene de eso que no se enseña.
Y tiene miedo. Eso también se ve.
Cuando le toca recibir en la rueda, se le acelera todo. El control le bota más alto de la cuenta. El pase le sale corto. Y, cada vez que falla, mira de reojo a Darian, no a sus compañeros. Mira al hombre de la libreta.
—¿Cómo se llama? —pregunto, sin pensarlo demasiado.
Darian no aparta la vista del campo.
—Nico.
—Tiene una zurda increíble.
—Tiene un control de balón que falla bajo presión. —Anota algo—. La zurda no le sirve si no llega.
Cierro la boca un segundo. No porque se equivoque. Porque tiene razón a medias y la otra mitad la está perdiendo.
—Falla porque te está mirando a ti —digo.
Ahí sí gira la cabeza. Despacio.
—¿Perdona?
—No falla por presión. Falla por miedo. No es lo mismo.
Darian me sostiene la mirada un par de segundos. Tiene los ojos oscuros y muy quietos, de esos que no te dicen nada y por eso te dicen demasiado.
—Aquí trabajamos la técnica —dice—. El miedo no es mi departamento.
Y vuelve a su libreta.
El piso sigue siendo frío por las noches.
Ceno una lata de algo y un trozo de pan que compré en la tienda de la esquina, y me siento en la única silla decente mirando el trozo de mar que se ve desde la ventana.
Es poca cosa. Un rectángulo negro con tres luces de barco temblando a lo lejos.
Pero es mar, y eso aquí parece importar.
Me suena el móvil. Es mi hermana.
—¿Qué tal el primer día, futbolista?
—No me llames así.
—Vale. ¿Qué tal el primer día, parado de larga duración?
Sonrío a mi pesar. Bruna tiene esa cosa de saber exactamente cuánto puede apretar.
—Raro —digo—. Hay un entrenador que me odia.
—¿Ya? Qué eficiente.
—Le caigo mal desde antes de conocerme. Llegué con dos minutos de retraso y casi me abre un expediente.
—A lo mejor le pareces un niño de papá que viene de la tele a darle lecciones.
Me quedo callado. Porque puede que tenga razón, y odio cuando tiene razón.
—No vengo a dar lecciones. Vengo porque no tengo otro sitio.
Lo digo más bajo de lo que pretendía. Al otro lado, Bruna también baja el tono.
—Ya lo sé, Kael. Lo decía por picarte.
—Pues ha funcionado.
Se ríe, suave. Hablamos un rato de tonterías, de mamá, de su trabajo. Cuando colgamos, me quedo otra vez mirando el rectángulo de mar. Pienso en Nico controlando el balón. Pienso en cómo levantaba la vista hacia Darian antes de cada error.
Pienso que sé exactamente lo que es eso. Yo también miraba a alguien antes de fallar, hace años. Cuando tenía quince y todo daba más miedo que ahora.
El tercer día decido probar algo. Es una estupidez, seguramente. Pero llevo tres días viendo a Nico encogerse y no aguanto más.
Darian se ha ido a hablar con el preparador físico al otro extremo del campo, y los chavales tienen cinco minutos de descanso. Me acerco a Nico, que está bebiendo agua apartado de los demás, como si los demás fueran un sitio donde no le toca estar.
—Eh. Buena zurda.
Levanta la cabeza, sorprendido de que alguien le hable.
—Gracias.
—Tienes algo que no se enseña. Lo sabes, ¿no?
Se encoge de hombros. Mira al suelo.
—El míster dice que controlo mal.
—El míster tiene razón en lo del control. —Me agacho un poco para quedar a su altura—. Pero ¿sabes por qué controlas mal?
Niega con la cabeza.
—Porque cuando te llega el balón ya estás pensando en lo que vas a hacer mal. —Le doy un golpecito en el pecho—. Aquí. No en los pies. En la cabeza. El balón lo notas, no lo piensas.
Me mira como si le hubiera hablado en otro idioma. Pero no aparta la vista. Eso ya es algo.
—Mira. Tira el agua. Ven.
Cojo un balón. Me coloco a tres metros de él.
—No pienses. Te lo doy y me lo devuelves. Sin pensar. Si controlas mal, no pasa nada, no anoto nada en ninguna libreta. Yo no llevo libreta.
Sonríe un poco. Es la primera vez en tres días que veo a ese chaval sonreír.
Le paso el balón. Lo controla mal, alto, como siempre.
—Otra vez. No mires el balón. Mírame a mí.
Se lo paso. Lo controla mejor.
—Otra. No pienses.
Esta vez el control le sale limpio, suave, el balón muerto a sus pies como si lo conociera de toda la vida. Y se le ilumina la cara. Le sale solo, esa cara de crío al que le funciona algo.
—¡Eso! —digo—. ¿Lo ves? Es la misma zurda. Es la misma técnica. Solo que ahora no tenías a nadie apuntando.
—¿Y si vuelvo a fallar?
—Pues vuelves a fallar. Y vuelves a probar. No se acaba el mundo por fallar un control, Nico. Te lo digo yo, que me he cargado cosas más grandes que un control.
No entiende eso último. Mejor.
—¿Otra vez? —pregunta.
—Todas las que quieras.
Estamos en la cuarta o la quinta cuando una voz corta el aire desde la banda.
—Varela.
Me giro. Darian está a veinte metros, y por su tono parece que estuviera a dos centímetros.
Caminamos hacia la banda. Bueno, yo camino. Él me espera con esa quietud suya que pone más nervioso que cualquier grito.
—¿Qué estabas haciendo? —pregunta cuando llego.
—Pases con Nico.
—El descanso es para descansar.
—Estaba descansando. Lo he visto pasarlo mal toda la mañana y le he dado una mano.
—No te he pedido que le des una mano.
Respiro. Cuento hasta dos, porque hasta tres no llego.
—Está bloqueado, Darian. El chaval tiene miedo de fallar y por eso falla. Si le quitas la presión un rato, controla perfecto. Lo acabas de ver.
—Lo que he visto es a alguien rompiendo la dinámica del grupo para hacer ejercicios sin estructura.
—No es sin estructura. Es...
—¿Qué es?
Me quedo trabado. Porque no tengo una palabra técnica para lo que es. Lo que es, es que yo me acuerdo de tener quince años. Lo que es, es que conozco esa cara.
—Es algo que a mí me funcionó —digo al final—. Cuando era crío.
Darian me mira. Por un segundo creo ver algo cruzar por su cara, algo que no es desprecio. Algo más parecido al cansancio. Pero se le pasa enseguida.
—Tú eras un caso excepcional —dice, y no suena a halago—. La mayoría de estos chicos no van a jugar en Primera. La mayoría no va a jugar en ningún sitio. Lo que necesitan es una base. Disciplina. Técnica. Cosas que se puedan medir.
—¿Y el miedo no se mide?
—El miedo no se entrena con palmaditas en la espalda.
—No es una palmadita en la espalda. Es...
—Es bonito —me corta—. Es un buen discurso. El chico te mira como si fueras un ídolo, claro, te ha visto en la tele marcando goles. Eso es muy útil para que te quiera. No tanto para que aprenda.
Eso me da en algún sitio que no esperaba. Cierro la boca con fuerza.
—No lo hago para que me quiera.
—Lo sé. Lo haces porque te recuerda a ti. —Lo dice tranquilo, como quien lee un informe—. Y eso es exactamente el problema. Lo estás entrenando para que sea como tú. Yo lo entreno para que sea jugador. No es lo mismo.
Los críos al fondo han parado y nos miran. Nico, sobre todo. Nico nos mira con la cara de alguien que cree que es culpa suya.
Bajo la voz.
—Vale —digo—. Tú mandas. Pero el chaval tiene algo, y tú lo sabes. Lo apuntas en tu cuaderno tres veces por entrenamiento.
Darian no contesta. Pero tampoco lo niega. Y eso, viniendo de él, es casi una conversación entera.
Esa tarde me quedo en el campo cuando ya no queda nadie.
Los chavales se han ido en bici o andando, en grupos, con esa risa fácil de los quince años. Darian se ha metido en el estadio sin despedirse. Y yo me he quedado, no sé muy bien por qué, recogiendo conos y balones que nadie me ha pedido que recoja.
Mi rodilla protesta cuando me agacho a por un balón. Un pinchazo seco, conocido, en la cara interna. Me quedo quieto un segundo, esperando a que pase. Pasa. Siempre pasa. Pero cada vez tarda un poquito más.
Me siento en el césped húmedo, en medio del campo vacío, y miro las gradas de cemento que en partido se llenarán de un pueblo entero gritando. Ahora no hay nadie. Solo yo y un montón de asientos vacíos y la luz de noviembre cayendo del color del óxido.
Pienso en lo que ha dicho Darian. Lo estás entrenando para que sea como tú.
Y lo peor es que igual tiene razón. Igual veo a Nico controlar mal el balón y lo que veo no es a Nico. Es a mí con quince años, antes de la rodilla, antes de los cuarenta mil espectadores, antes de que todo se torciera en una décima de segundo sobre un césped que costaba más que este pueblo entero.
A lo mejor por eso me importa.
A lo mejor por eso me molesta tanto que ese hombre no me deje hacer ni lo único que se me da bien.
Cojo el último balón. Lo dejo botar una vez, dos. Lo controlo con el muslo, lo bajo al pie, le pego un toque suave hacia la portería vacía. Entra rozando el palo. No hay nadie para verlo. No anoto nada en ninguna libreta.
Y, por un momento, ese gol que no significa nada es lo más parecido que tengo a sentirme yo mismo desde hace ocho meses.
Cuando salgo del estadio, ya casi de noche, Darian está fuera, junto a un coche oscuro, cerrando el maletero. Me ve. Yo lo veo.
No tengo ganas de hablar con él. Pero el pueblo es pequeño y el aparcamiento más todavía, así que paso por su lado porque no hay otro camino.
—Varela.
Me paro. Otra vez ese apellido dicho como una advertencia.
—¿Qué.
No es una pregunta. Estoy cansado.
Darian me mira un segundo más de lo necesario. Tiene la cara medio en sombra y las canas de las sienes le brillan bajo la única farola que funciona.
—El chico ha controlado bien las tres últimas —dice—. Antes de que pararais.
Tardo en procesarlo. No es una disculpa. No es una concesión. Es un dato. Pero es un dato que ha decidido darme, y eso lo cambia todo.
—Ya te lo he dicho. Tiene algo.
—Sí. —Cierra el maletero—. Lo tiene.
Y se mete en el coche sin añadir nada más, sin despedirse, dejándome de pie en el aparcamiento con la sensación rarísima de que acabo de ganar una discusión que él jamás reconocerá haber perdido.
Lo veo arrancar. Las luces traseras se pierden por la cuesta que baja hacia el puerto.
Me quedo ahí un momento, con las manos en los bolsillos, con el frío metiéndoseme por el cuello del chándal corto de mangas.
No me cae bien. Que quede claro.
Pero por primera vez en tres días tengo la impresión de que igual, solo igual, no le caigo tan mal como quiere hacerme creer.
Y no sé qué hacer con esa idea. Así que hago lo único que sé hacer últimamente: la guardo, me subo el cuello todo lo que da, y echo a andar hacia el piso frío con vista parcial al mar.