Fuera de juego
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Capítulo 1
El autobús me deja a las cinco y media de la tarde en una plaza que huele a sal y a gasoil.
Bajo el último escalón con la bolsa de deporte al hombro y la maleta arrastrando una rueda que protesta desde Madrid.
Nadie me espera. No esperaba que nadie me esperara, pero hay una diferencia entre saberlo y comprobarlo.
Puerto de Liria es más pequeño de lo que parecía en las fotos.
O quizá las fotos eran de hace veinte años.
Las casas bajan en filas torcidas hasta el agua, pintadas de colores que el viento del norte ha ido descascarillando.
Hay gaviotas. Hay un olor a pescado que no termina de irse.
Y hay un silencio raro, de pueblo que ha cerrado las persianas a media tarde porque hace frío y no merece la pena salir.
Saco el móvil. Tengo un mensaje de Celso Riquel, el presidente, con la dirección de un piso de alquiler. «Le he dejado las llaves en el bar de la esquina, pregunte por Tomás.» Y otro, más abajo, de mi exagente: «Suerte ahí. Avísame si surge algo mejor.»
Algo mejor. Como si esto fuera ya un escalón hacia abajo del que hay que salir cuanto antes.
Me guardo el teléfono y echo a andar.
El paseo marítimo es lo único que parece vivo.
Una franja de adoquines pegada al puerto, con farolas viejas y un par de bancos donde dos señores miran el mar como si fuera la televisión.
El agua está plana, gris, sin ganas. Hay barcos de pesca amarrados, redes apiladas, un olor que se mete en la ropa.
Paso por delante de un quiosco cerrado y de una heladería que también está cerrada porque, claro, es noviembre.
Me paro a mirar el mar un momento. Hace ocho meses estaba calentando en un estadio con cuarenta mil personas. Ahora estoy aquí, con un mar que ni se molesta en hacer olas, y la rodilla derecha que me recuerda, con su pinchazo de siempre cuando bajo el bordillo, que el de antes no va a volver.
No pienso en eso. He decidido no pensar en eso.
El bar de la esquina se llama Casa Tomás, y Tomás resulta ser un hombre de unos sesenta años con un delantal y una sonrisa fácil.
—El futbolista —dice, antes de que yo abra la boca.
—Kael —digo, y le tiendo la mano.
—Ya, ya. Te he visto jugar. —Me da las llaves y un sobre con una nota de Celso—. Lástima lo de la rodilla.
—Gracias —digo, porque no sé qué otra cosa se dice a eso.
Me tomo un café de pie en la barra, solo, mientras Tomás me cuenta quién es quién en el pueblo sin que yo se lo haya preguntado. El club es lo único que importa aquí, me dice. La gente vive del puerto y se muere por el club. Cuando el equipo pierde un domingo, el lunes nadie habla en la pescadería.
—¿Y el entrenador? —pregunto, más por cortesía que por interés.
Tomás pasa el trapo por la barra como si necesitara las manos ocupadas para contestar.
—Salvat. Buen hombre. —Otra pausa—. Serio.
—Serio.
—Ya lo verás. —Y cambia de tema, que es lo que hace la gente cuando no quiere decir algo.
El piso está a dos calles, en un segundo piso sin ascensor.
Es pequeño, limpio, frío. Tiene una cama, una mesa, una nevera vacía y una ventana por la que se ve un trozo de mar entre dos tejados.
Dejo la maleta en el suelo y me siento en la cama sin deshacerla.
Me quedo así un rato, escuchando una persiana que golpea en algún sitio con el viento.
Mañana conozco el estadio. Mañana empieza lo que sea que empiece aquí.
No tengo ni idea de qué he venido a hacer.
El estadio del club es de los que tienen nombre de calle y no de patrocinador.
Una grada de cemento por un lado, otra más nueva enfrente, y un campo de césped natural que, hay que reconocerlo, está cuidado con un mimo que no me esperaba.
A las nueve de la mañana hay rocío todavía, y el verde brilla bajo una luz que no termina de salir del todo.
Celso Riquel me recibe en la puerta de vestuarios con un apretón de manos que dura demasiado.
—El chico que va a poner este club en el mapa —dice.
Tiene sesenta y cinco años, una chaqueta de pana y los ojos de quien ya ha hecho cuentas con lo que voy a darle. Sé reconocer esa mirada. Me la han echado muchos. Soy un nombre. Una cara que sale en los recortes de hace dos temporadas, cuando todavía servía para algo más que para llenar un cartel.
—Vamos a hacer cosas grandes —sigue, mientras me lleva por un pasillo que huele a linimento—. La gente va a venir a verte. Bueno, a verte trabajar con los chavales. Eres un reclamo, Kael. Un reclamo de los buenos.
—Ya —digo.
—Te he buscado lo mejor. He hablado con tu agente. Está todo arreglado.
No le digo que mi agente ya casi no me coge el teléfono. Que «arreglado» es una palabra generosa para lo que sea que firmé. Asiento y dejo que me enseñe el club como si fuera un padre orgulloso de una casa que todavía está pagando.
El campo de la cantera está al otro lado, detrás de la grada vieja.
Más pequeño, más castigado. Hay un grupo de chavales calentando, de quince o dieciséis años, con esa torpeza elegante de los cuerpos que aún no se conocen.
Uno me llama la atención sin proponérmelo: delgado, rápido, con un control de balón que no pega con la cara de susto que pone cada vez que falla.
Falla poco. Pero cuando falla, mira al banquillo como si esperara que lo fueran a echar.
—Ese es Nico —dice Celso, siguiendo mi mirada—. Promete.
—Se nota.
—Está siempre con miedo, eso sí. —Se ríe—. Ya se le pasará.
No estoy tan seguro. El miedo no se pasa porque sí. Yo de eso entiendo.
Entonces aparece él.
Sale del túnel de vestuarios con un chándal del club y un cuaderno, y todo en el campo cambia de temperatura sin que nadie diga nada.
Los chavales se enderezan. El balón que rodaba suelto vuelve a un pie.
Hay una manera de moverse que lo dice todo antes de que llegue: no corre, no levanta la voz, no necesita hacerlo.
Es alto, más que yo, de hombros anchos y canas tempranas en un pelo oscuro.
Cuarenta y tantos. La clase de hombre al que no le hace falta presentarse.
Celso le hace una seña.
—¡Darian! Ven, te presento.
Darian Salvat se acerca sin prisa. Me mira de arriba abajo una vez, rápido, y no es una mirada de admirador. Es una mirada de inventario. Como si estuviera apuntando algo en una carpeta que no se ve.
—Kael Varela —dice Celso, abriendo los brazos como si me ofreciera en bandeja—. El fichaje del que te hablé.
—Lo sé —dice Darian.
Le tiendo la mano. Tarda medio segundo de más en cogerla. Su apretón es firme, seco, exacto. No sonríe.
—Encantado —digo.
—Bienvenido.
Lo dice como se dice «buenos días» a alguien con quien no piensas hablar el resto del día.
Hay un silencio. Celso lo llena, porque los presidentes están hechos para llenar silencios.
—Kael va a echar una mano con la cantera. Trabajar con los chavales, motivar, ya sabes. Aportar su experiencia.
—Su experiencia —repite Darian.
Y ahí está. No lo dice con desprecio. Lo dice peor: lo dice neutro. Como quien repite una palabra para comprobar si pesa algo, y comprueba que no.
—Tres temporadas en primera —digo, porque algo me empuja a defenderme aunque nadie me haya atacado del todo—. Algo sé.
Darian me mira. Tiene los ojos de un color difícil de fijar, entre el gris y el verde, y la costumbre de no parpadear demasiado.
—Jugar y enseñar son cosas distintas —dice.
—Lo sé.
—Bien.
Y se da media vuelta hacia el campo. Así, sin más. Celso me pone una mano en el hombro, como pidiendo perdón sin pedirlo.
—Es su forma —murmura—. No te lo tomes a mal.
No me lo tomo a mal. Me lo tomo entero. Llevo media vida en vestuarios y conozco las dos clases de gente seria: la que es seria porque no sabe ser otra cosa, y la que es seria contigo en concreto.
Todavía no sé cuál de las dos es Darian Salvat.
Pero algo me dice que voy a tener tiempo de averiguarlo.
Me quedo al borde del campo de la cantera el resto de la mañana. Nadie me dice dónde ponerme, así que me pongo donde no estorbo, junto a un poste con una red rota. Saco el frío de las manos metiéndomelas en los bolsillos.
Darian entrena distinto a como yo esperaba.
No grita. Esa es la primera cosa. He tenido entrenadores que confundían el volumen con la autoridad, y este no es de esos.
Habla bajo, y los chavales se acercan a oírlo, lo que hace que escuchen más.
Para el ejercicio, dice tres palabras, señala con la barbilla, lo retoma.
Tiene una manera de mirar las jugadas que parece que las está leyendo en un papel que solo él tiene.
Ve cosas. Ve dónde va a estar el balón antes de que llegue.
Lo veo corregir a Nico dos veces. La primera, el chaval encoge la cabeza como esperando el golpe.
Darian se le acerca, le dice algo al oído, le pone la mano en el hombro un segundo y se aparta.
Nico repite la jugada. Le sale. Y entonces hace lo de mirar al banquillo, buscando que alguien le confirme que lo ha hecho bien.
Darian no lo mira. Ya ha pasado a otra cosa.
Y a mí eso me pincha. No sé por qué, pero me pincha. El crío necesita que lo miren. Lo está pidiendo a gritos con todo el cuerpo, y el entrenador, que ve dónde va a estar el balón antes de que llegue, no ve eso.
O lo ve y decide que no es asunto suyo. Que también puede ser.
A media mañana, durante una pausa, me acerco al grupo. No lo pienso mucho, que es mi problema de siempre. Nico acaba de fallar un control y se ha quedado mirándose las botas como si la culpa estuviera ahí.
—Buen primer toque —le digo—. Has fallado el segundo porque ya estabas pensando en el fallo.
El chaval levanta la cabeza, sorprendido de que alguien le hable.
—¿Qué?
—Que el balón no sabe que lo has hecho mal. Solo lo sabes tú. Así que olvídalo y dale otra vez.
Nico me mira como si le hubiera hablado en otro idioma. Pero algo se le suelta en los hombros. Coge el balón, lo deja caer, lo controla. Le sale limpio.
—Eso es —digo.
Y noto la mirada antes de oír la voz.
Darian está a unos metros, parado, con el cuaderno bajo el brazo. No sé cuánto tiempo lleva ahí. Me mira a mí, no a Nico. Y otra vez tengo la sensación de que está apuntando algo.
—Varela —dice.
—Dime.
—El entrenamiento lo dirijo yo.
No lo dice fuerte. Lo dice de manera que lo oigo solo yo, y eso es peor, porque significa que ha medido para que sea solo entre los dos.
—Solo le he dicho que...
—Sé lo que le has dicho. —Una pausa exacta—. Y no está mal. Pero hoy no es tu día de dirigir nada. Hoy miras.
Nos quedamos un segundo en silencio. Los chavales han dejado de moverse, lo notan. Tengo la cara caliente, y odio tenerla, porque tengo veintitrés años y he discutido con árbitros delante de cuarenta mil personas y este hombre me ha puesto colorado con cuatro frases dichas en voz baja.
—Vale —digo.
—Bien.
Y se va. Otra vez. Es lo que mejor hace: irse después de dejar el aire raro.
Me quedo donde estoy. Nico me mira de reojo, entre culpable y agradecido, y vuelve a su sitio.
Yo vuelvo al mío, junto al poste de la red rota, con las manos en los bolsillos y una sensación que no sabría nombrar bien.
No es rabia. O no solo. Es algo parecido a lo que sentía en las últimas semanas antes de la lesión, cuando sabía que el míster me iba a sentar pero seguía calentando con todas las ganas por si acaso.
Esa cosa de querer demostrar algo a alguien que ya ha decidido que no vas a poder.
El entrenamiento termina a la una. Los chavales se van entre risas y empujones, recuperando los quince años que el campo les había quitado. Nico pasa por mi lado y me dice «hasta mañana» bajito, como si fuera un secreto. Le digo que hasta mañana.
Darian recoge los conos él mismo. Me sorprende eso, que no lo deje para nadie.
Los apila, mete los balones en la red, todo con esa economía de movimientos del que ha hecho lo mismo mil veces.
No me dirige la palabra. Ni siquiera me mira al irse.
Pasa a tres metros de mí, con la red de balones al hombro, y desaparece por el túnel.
Me quedo solo en el campo de la cantera. El sol ha salido por fin, tarde, sin mucha convicción, y el césped echa un poco de vaho. Detrás de la grada se oye el mar, ese mar que ni se molesta en hacer olas.
Saco el móvil. Tengo un mensaje de mi hermana Bruna: «¿Qué tal el primer día, futbolista? ¿Te tratan bien?»
Me quedo mirando la pantalla un rato largo. Pienso en escribir «genial». Pienso en escribir «no lo sé». Al final escribo «raro», y lo borro, y escribo «bien», y le doy a enviar antes de pensarlo más.
Guardo el teléfono. Miro el campo vacío.
Pienso en que he venido aquí huyendo de una pregunta —quién soy si no soy el de antes— y que el primer hombre que he conocido me la ha puesto delante de la cara sin saberlo.
Jugar y enseñar son cosas distintas. Como si me dijera: lo que eras no sirve aquí. Empieza otra vez. Desde cero.
Y lo peor es que tiene razón.
Echo a andar hacia la salida. El viento del norte me corta la cara y me huele a sal otra vez. Mañana vuelvo. Mañana miro. Y pasado mañana, si hace falta, también miro, aunque me cueste la vida quedarme quieto al borde de un campo viendo cómo otro hace lo que yo ya no puedo.
Algo me dice que con Darian Salvat la cosa va a ser larga.
Lo que todavía no sé, mientras bajo el bordillo y la rodilla me pincha como cada vez, es cuánto.