26 Bianca
bianca
—Buenos días. ¿Cómo están mis chicas hoy? —pregunta Niko tres semanas después, mientras hacemos FaceTime. Está en el estadio, a punto de subirse al autobús para ir a un partido. Ojalá pudiera asistir en persona, animarlo junto a miles de aficionados del Stuttgart, en vez de verlo por la tele.
—Estamos genial —admito—. Aunque ojalá estuviéramos allí contigo.
La emoción le cruza la expresión mientras ladea la cabeza.
—No tienes ni idea de cuánto deseo lo mismo, Honeybee. Estoy trabajando en ello.
Niego con la cabeza.
—No hay nada en lo que trabajar, Niko. Esta es tu carrera, tu sueño, y siempre voy a apoyarte.
—Bianca.
Suspiro.
—No quiero que te sientas culpable por no estar aquí.
—Y yo no quiero que tú te sientas estresada por estar lidiando con todo sola.
Asiento, sabiendo que mi estrés se acumula. ¿Y cómo no iba a hacerlo cuando imagino un futuro en el que haré el noventa por ciento de la crianza yo sola?
—Te echo de menos —añade Niko—. Demasiado. ¿Has desayunado ya? ¿Estás tomando suficiente proteína? ¿Agua?
Resoplo. Mi hombre se ha convertido en una gallina clueca adorable.
—Estoy bien. Sí, he bebido dos vasos y he comido huevos con mi tostada con tomate.
—Bien. —Asiente con resolución—. Tienes que asegurarte de tomar suficiente fibra para…
—Jesús, Karas, déjala vivir —interviene su amigo y compañero de equipo, Stavros, arrebatándole el móvil para sonreírme—. ¿Cómo te encuentras, B?
—Me encuentro bien. —Le devuelvo la sonrisa—. Con mucha más energía ahora que estoy en el segundo trimestre.
—¡Pues estás radiante! Dicen que una niña te roba la belleza, pero en tu caso no. Estás…
—Dame eso. —Niko recupera el móvil—. Dame un minuto.
Oigo la risa de Stavros mientras se aleja. Niko vuelve a aparecer en pantalla.
—¿Te llamo después del partido?
—Estaremos viéndolo. —Le lanzo un beso—. Para darte suerte.
—No necesito suerte cuando te tengo a ti, Honeybee.
Pongo los ojos en blanco por lo cursi que es, pero en el fondo me encanta.
Lo necesito. Niko me hace sentir querida de una forma en que Christian nunca lo hizo.
Me hace reír y me da las certezas que necesito: que esto es real, que somos para siempre y que podemos enfrentarnos a lo que venga, incluso cuando la preocupación me sobrepasa.
—Vaya, B, estás increíble —exclama Marlowe mientras me besa en las mejillas.
—¡Gracias! —La abrazo más fuerte—. Me alegro muchísimo de verte.
Marlowe ha estado el último mes en Rhode Island.
Su padre falleció y volvió a casa para ayudar con los preparativos del entierro y despedirse de él.
Creo que llevar a Antonio y permitir que pasara tiempo con su abuelo y con su Círculo de Costura de amigas le proporcionó una porción de consuelo que necesitaba mientras lloraba la muerte de su padre.
—¿Cómo estás? ¿De verdad? —pregunto al apartarme un poco.
A Marlowe se le llenan los ojos de lágrimas y parpadea rápido.
—Estoy bien. —Ofrece una sonrisa temblorosa—. Días buenos y días malos. Viene en oleadas.
—Sí. Lo entiendo. —La atraigo a otro abrazo—. No se vuelve más fácil. Solo más manejable.
Me abraza fuerte durante un largo instante y noto cómo su cuerpo se relaja.
—Gracias por estar tan pendiente de mí.
—Siempre.
Sale de mi abrazo y se pasa los dedos por los ojos.
—Bueno —dice, forzando una sonrisa—, tenemos cosas importantes en las que centrarnos.
Ante mi expresión en blanco, suspira.
—La habitación de ese bebé.
—¡Oh! —Me río—. Mar, no tienes que…
—Por favor, B —susurra—. Necesito un proyecto. Lo necesito.
Y veo en sus ojos que lo dice en serio. Busca una distracción, algo divertido y feliz a lo que dirigir su atención durante esta etapa de su vida. Y no podría desear a una persona mejor para ayudarme a preparar la llegada de mi niña.
—¿Me dirás si se te hace demasiado? —insisto.
Pone los ojos en blanco.
—El diseño y la decoración nunca pueden ser demasiado.
Sonrío.
—No tengo ni idea de cómo encuentras tiempo para hacer todas estas cosas.
—Me gusta mantenerme ocupada —dice, dándome un empujoncito—. ¿Cuándo empezamos?
—Ya tienes libros de papel pintado y muestras de pintura, ¿verdad?
—¡Por supuesto! —Enlaza su brazo con el mío y nos traslada a su cocina—. Empecemos mientras Antonio duerme y Ale está en el estadio.
Riendo entre dientes, asiento. Me siento junto a mi amiga mientras abre varios muestrarios.
—Empieza a mirar mientras preparo té —me indica.
Acerco uno de los libros y deslizo la palma sobre los distintos papeles pintados.
Una burbuja de gratitud se eleva dentro de mí.
No puedo creer que vaya a tener una dulce niña.
Me encanta que esta vez pueda entregarme a estos momentos emocionantes, como decorar una habitación infantil con una de mis mejores amigas y sostener el móvil contra mi vientre para que Niko pueda darle las buenas noches a nuestra pequeña.
Me encanta la ternura que redondea mis días mientras espero la llegada de mi niña.
Mientras me acomodo en la cocina de Marlowe y paso las páginas de los muestrarios, sé que tengo suerte.
Puede que no tenga a mi madre a mi lado, pero no hay ninguna duda en mi mente de que me cuida desde algún lugar.
Y he formado mi propia familia, con Luca y su familia encontrada del fútbol, con Niko y sus acogedores parientes griegos.
Mi hija va a tener la familia grande, cotilla y cariñosa a la que siempre quise pertenecer.
Y ahora, por fin, yo también pertenezco.
—Hoy echo de menos a mis chicas más de lo normal. —Sonrío mientras escucho la nota de voz de Niko—. Estoy agradecido por ti, Bianca, y por nuestro bebé. Ojalá estuviera contigo hoy. Feliz Acción de Gracias, cariño.
—Jesús. —Abuela se abanica.
Carla se ríe y se termina el vino.
—Esto es lo que echo de menos de Estados Unidos. Hay una celebración para todo.
—¿Qué? —Marlowe jadea, abriendo mucho los ojos—. Aquí hay una fiesta casi cada mes.
—Eso es verdad —Carla concede el punto.
—Sigo sin entender lo de Acción de Gracias con el pavo, pero me gusta la idea de celebrar la gratitud —admite Abuela.
—Bueno, me alegra recibiros a todas este Thanksgiving —dice Marlowe mientras cruza las manos sobre la mesa de bistró alrededor de la cual estamos apiñadas. Consigue sonreír, pero los ojos se le llenan de lágrimas—. Era la fiesta favorita de mi padre.
Abuela alarga la mano y le agarra la suya.
—Entonces me siento aún más honrada de celebrarla contigo hoy —dice, con el rostro marcado por la comprensión y el amor hacia Marlowe.
Asiento.
—Aunque, Mar, fue valiente por tu parte dejar a Ale a cargo del pavo y del bebé.
Marlowe se ríe mientras se seca las lágrimas.
—Andrés probablemente esté vigilando a Antonio. —Sus ojos saltan hacia mí—. ¿Cómo van las cosas entre Andrés y tú, por cierto? Esos blogs de cotilleo no tuvieron piedad durante una temporada.
—Sí —me río, coincidiendo. Durante la semana posterior a mi ecografía de las veinte semanas, Andrés, Niko y yo fuimos despedazados en redes sociales—. Estamos bien. Hablamos y… bueno, fue Andrés quien me ayudó a conseguir la autorización para ver el partido de Niko desde la banda.
—Eso fue muy generoso por su parte —dice Carla.
—Eso dijo Niko —admito.
—Bianca, cariño, no puedes evitar que varios hombres estén enamorados de ti. Son buenos chicos, los dos. Claro que quieren estar contigo. Mira la mujer que eres. —Hace un gesto con la muñeca y todas nos reímos.
—Abuela, eres buenísima para nuestro ego —se ríe Marlowe.
Abuela guiña un ojo y levanta su copa vacía de sangría.
—Ahora, tomemos otra ronda antes de que tengamos que ir a arreglar el pavo que probablemente Alejandro habrá quemado.
Pedimos otra ronda de bebidas —agua con gas y limón para mí— y chocamos las copas.
—Feliz Acción de Gracias —sonríe Marlowe.
—Feliz Acción de Gracias —murmuro.
Este año estoy de verdad agradecida por el lugar exacto en el que he aterrizado.
Rodeada de mi familia, llevando a mi bebé milagro y en una relación comprometida con un hombre que me ve de verdad.
Jamás habría creído que esta sería mi vida hace seis meses, pero hoy nunca me he sentido más agradecida.
—Háblame del pavo —dice Niko por FaceTime esa noche.
—Alejandro no la cagó —admito.
Niko levanta las cejas.
—Todas pensábamos que lo haría; incluso Abuela.
Niko suelta una risa.
—¿Había relleno?
—Lo había. Y boniatos confitados, coles de Bruselas, macarrones con queso, panecillos de maíz, tarta de calabaza…
Niko gime.
—Echo de menos Acción de Gracias.
—Bueno, quizá el año que viene lo celebremos juntos.
Su sonrisa se ensancha y se acerca a la cámara.
—¿Qué? —me río al mirar el primer plano de su cara preciosa.
—¿Y si te dijera que sin duda celebraremos Thanksgiving juntos el año que viene?
—Ni siquiera tú, dios griego, puedes garantizar eso.
—Cierto, pero nuestras probabilidades han mejorado muchísimo.
—¿Cómo? —Arqueo una ceja.
Niko sonríe y es esa sonrisa que me roba el aliento y me hace sonreír a mí también.
—Estoy esperando —le recuerdo.
—El Stuttgart me ha liberado de mi contrato.
—¿Qué? —jadeo, perdiendo la sonrisa—. Niko, no puedes sacrificar tu carrera sin más.
—No lo hago. —Niega con la cabeza—. Es una rescisión de mutuo acuerdo. Hasta hace una hora, era agente libre.
—¿Qué pasó hace una hora? —pregunto, con el pulso golpeándome en las sienes mientras agarro el móvil. No parece estar entrando en pánico. ¿Por qué no está entrando en pánico?
—El CD Valencia me ofreció un acuerdo a corto plazo, que empieza el 1 de enero. Vuelvo a casa contigo, Honeybee. No voy a perderme las fiestas con mis chicas.
—Niko —exhalo—. ¿Qué es un acuerdo a corto plazo? ¿Qué significa eso?
—Significa que tengo lo que queda de temporada para demostrar lo que valgo en Valencia. Mi contrato va del 1 de enero al 30 de junio. Pero hay opción de ampliar y, Bianca, voy a dejarme el corazón en el campo. Esto se siente distinto. Esto es por mi familia. Prometo que haré que funcione, Bee.
—Sé que lo harás. —Las lágrimas molestas me llenan los ojos. Se derraman. El alivio se desenrolla en mis extremidades. Todos los miedos que guardaba sobre afrontar la paternidad sola se suavizan—. Ya lo estás haciendo.
La expresión de Niko se ablanda.
—Nos vemos dentro de cinco noches.
Lloro, negando con la cabeza, incrédula.
—¿De verdad estás haciendo esto por mí?
—Por nosotros, Bianca. Por todos nosotros. Tú, nuestra niña, nuestra familia me importáis más que nada en el mundo. No quiero perderme mi propia vida.
Sorbo por la nariz.
—Cinco noches más.
Él asiente. Hablamos unos minutos más antes de que me lance un beso y yo le desee buenas noches.
Cuando termino la llamada, echo la cabeza hacia atrás y miro al cielo.
No tengo ninguna duda de que mi madre está cuidándome.
De que este es el regreso a casa por el que siempre rezó.