Fuera de Juego (Amor en Valencia 3) 25 Niko
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25 Niko

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La sorpresa me inunda, seguida de la confusión y después… de la tristeza. Porque Bianca parece jodidamente destrozada mientras su confesión queda suspendida en el aire entre nosotros.

Por instinto, la busco y la acerco más a mí.

—¿Qué pasó? —pregunto, con la curiosidad creciendo.

¿Dio al bebé en adopción? ¿Abortó? ¿Tuvo un aborto espontáneo?

Todos son escenarios devastadores, desgarradores, y una parte de mí no quiere saber la respuesta porque odio con toda mi puta alma que cualquiera de ellos pueda formar parte de su historia.

Odio que haya sentido ese tipo de dolor, uno que cala hasta los huesos.

Se le llenan los ojos de lágrimas.

—No tienes que contármelo —murmuro.

Niega con la cabeza.

—Quiero hacerlo. Te lo debo…

—No me debes una puta mierda.

Sorbe por la nariz.

—Me lo debo a mí misma. Si vamos a tener una oportunidad real de futuro, si vamos a estar en una relación de verdad, necesito que sepas la verdad. Creo que explica por qué he estado tan estresada, enfadada y emocional desde que supe que estaba embarazada.

—Podrían ser las hormonas —digo con suavidad, recordando todo el capítulo que leí sobre la hCG y la relaxina.

—No lo es.

Le aparto el pelo de los ojos, le ahueco la mejilla y miro su cara preciosa. Ahora mismo está cubierta de pura emoción. Culpa, vergüenza y tristeza.

—¿Qué pasó? —pregunto otra vez.

Bianca apoya su mano sobre la mía y dice:

—Tuve novio durante casi todo el instituto y la universidad.

Se llamaba Christian. Nos conocimos en primero de instituto y empezamos a salir, la pareja de moda, supongo, en segundo.

Mi padre había muerto, Luca vivía en España, jugando al fútbol profesionalmente, y en Nueva York solo estábamos Mama y yo.

Como solo éramos las dos, me salía con la mía en muchas cosas.

Tenía un grupo enorme de amigos, participaba muchísimo en clubes del colegio y tenía a Christian.

Sus padres eran médicos, cirujanos de hecho, así que no estaban mucho en casa.

Incluso cuando estaban, solían estar desconectados o de guardia.

Christian era hijo único y a menudo tenía su apartamento, un espacio enorme en el Upper East Side, para él solo.

Yo dormía allí con frecuencia, diciéndole a mi madre que estaba en casa de una amiga.

Empezamos a tener sexo cuando yo tenía dieciséis años.

Estaba convencida de que iríamos juntos a NYU y luego nos casaríamos, formaríamos una familia, todo el paquete.

Arruga la nariz, como si estuviera ordenando los pensamientos.

Espero a que continúe, intentando mantener la cara neutral. Da igual adónde lleve esta historia, sé que no me va a gustar. Pero no quiero que mis reacciones en tiempo real condicionen cómo Bianca comparte su situación.

Controlando mis facciones, le paso el pulgar por la mejilla. Ella presiona su mano con más fuerza contra la mía y continúa.

—Yo sí fui a NYU, pero a Christian lo aceptaron en Columbia.

Aun así, ambos estábamos en la ciudad y nos veíamos a menudo.

Christian hacía premedicina, planeando seguir los pasos de sus padres, y su carga de estudios era más pesada que la mía, así que no lo cuestioné cuando, en tercero de carrera, empezó a cancelar planes porque tenía una sesión de estudio o un laboratorio. Parecía razonable.

Se me hunde el estómago ante la implicación de que sus excusas no eran razonables.

—Al final de mi tercer año, a Mama le diagnosticaron cáncer de mama.

Ya estaba en fase cuatro y la noticia puso mi mundo patas arriba.

Mama era mi sitio seguro, mi persona. Luca tuvo a nuestro padre.

Incluso habían pasado tiempo viviendo juntos en Italia y después en España antes de que muriera.

Pero para mí siempre fue Mama. Me deshice un poco después de su diagnóstico.

Sabía que tenía que recomponerme y ayudarla a luchar.

Pero aquel verano mandé la prudencia a la mierda.

Todo se sentía fugaz. Temporal. Salí de fiesta a lo grande con mis amigos del instituto y de NYU, y terminaba las noches en la cama de Christian.

Estaba demasiado atrapada en el drama de mi vida para darme cuenta de que él estaba perdiendo la paciencia conmigo.

Había solicitado plaza en facultades de medicina por todo el país y se preparaba para la siguiente fase de su camino mientras yo entraba en espiral.

Se había acercado más a su amiga Kim, una estudiante seria de premedicina como él.

Sus objetivos y sus planes estaban más alineados que los míos y los suyos.

En algún momento, me superó, pero los años que pasamos juntos eran tan importantes que no sabía cómo romper conmigo.

Así que, mientras yo pensaba que estábamos planeando un futuro juntos, él estaba dándose la vuelta, haciendo planes con Kim.

Hasta que descubrí que estaba embarazada.

Se detiene y cierra los ojos como si el recuerdo doliera demasiado.

—Cuando se lo dije, no pudo seguir fingiendo.

Me dijo que no quería ser padre. Que no estaba preparado.

Que tenía planes —mudarse a California o Texas, la facultad de medicina, casarse con Kim— y ninguno de ellos me incluía a mí ni a un bebé.

Me acusó de intentar atraparlo con un embarazo.

De querer sacarle dinero. Le dije que no lo necesitaba, que podía arreglármelas sola.

Y el muy cabrón se rió. «¿Cómo?», me preguntó.

Yo era un puto desastre, no podía ser una buena madre.

Además, ¿cómo pensaba cuidar de mi madre moribunda y de un bebé recién nacido al mismo tiempo?

Pensé que tenía razón y pedí cita para abortar.

Le mandé los datos de la cita por mensaje, me senté en aquella sala de espera fría y nunca apareció.

Nunca se puso en contacto. No volvimos a hablar.

Christian me arrasó con su frialdad. Estaba tan desconectado de la situación, tan distinto al chico del que me enamoré a los quince.

»Y, obviamente, no pasó de la noche a la mañana. Pasó poco a poco, pero no lo vi. No como debería haberlo visto. Así que cuando cortó el contacto se sintió como otra pérdida. Al final, esperando sola, entré en pánico y no pude hacerlo. Salí de la clínica y decidí que iba a quedarme con el bebé.

»Pero no podía contárselo a nadie. Mama me necesitaba.

Luca estaba demasiado lejos. Yo solo… seguí funcionando.

Pedí cita con una ginecóloga. Empecé mi último año de universidad.

Y entonces, en la ecografía de las trece semanas…

—Sorbe por la nariz e inhala—. No había latido.

El bebé había muerto y yo… ni siquiera lo sabía.

—Bianca. —Se me quiebra la voz.

Niega con la cabeza, necesitando sacarlo todo.

—Pensé que era culpa mía. Quiero decir, ¿acaso no había considerado terminar el embarazo de todos modos? ¿Y qué clase de madre habría sido?

—Una maravillosa.

—Entonces no lo creía. Todavía me cuesta creerlo ahora.

—¿Por eso intentaste cerrarme la puerta cuando supiste que estabas embarazada? —pregunto en voz baja.

Asiente, con las lágrimas derramándose por las mejillas. Es como si, ahora que ha compartido la historia, pudiera permitirse sentir las emociones que los recuerdos remueven.

—Siento no habértelo dicho, Niko. Yo… eres la única persona a la que le he contado esto.

El shock me sacude.

—¿La única? ¿Nunca?

Asiente.

—¿Quieres decir que todo este tiempo has… cargado con esto sola?

—Sí.

—Honeybee. —La atraigo contra mi pecho y la rodeo con los brazos—. Siento muchísimo que te sintieras tan jodidamente sola.

—Cuando supe que estaba embarazada por primera vez, esta vez —aclara—, estaba segura de que pasaría algo parecido.

No quería decírtelo porque no pensaba que fuera a durar.

Supuse que lo echaría a perder o que sería como un castigo por todos los pensamientos que tuve la vez anterior…

—Se interrumpe y niega con la cabeza—. Tenía la cabeza por todas partes.

Asumí que no querrías implicarte porque estabas empezando un cambio enorme en tu carrera, igual que Christian, y…

—No soy él —digo con seriedad, enfermo de rabia por la forma en que su ex actuó cuando ella necesitaba que diera un paso al frente.

—Lo sé. Eso es lo que intento decirte… por eso te lo estoy contando.

Sé que no eres él y confío en ti, Niko. Solo he tardado un poco en entenderlo.

—Inhala hondo—. Me estoy enamorando de ti, Niko, y me aterra.

Pensé que estaba enamorada de Christian.

Pensé que iba a casarme con él y pasarme la vida entera a su lado.

Y ahora me doy cuenta de que lo que sentía por él palidece en comparación con lo que siento por ti.

Él me destrozó. Tú podrías arruinar toda mi vida.

—Bianca…

—No quiero que la arruines.

El peso de lo que me está entregando —ella misma, su verdad, su futuro— cae sobre mí. Y lo recibo. Joder, lo quiero.

—Nunca te haría eso, Bianca. Y no lo digo por decir.

Pase lo que pase entre nosotros, siempre voy a protegerte, cuidarte y honrarte.

No solo porque eres la madre de mi hija, sino porque eres una mujer que merece todas las cosas buenas.

Eres una de los míos, Bianca, y yo siempre aparezco por las personas que me importan.

Parpadea para contener las lágrimas mientras cierro la distancia entre nosotros y le doy un beso suave en la boca.

—Te lo prometo. Para siempre —murmuro.

Sus labios tiemblan bajo los míos, pero me devuelve el beso.

—Vamos a tener un bebé, Niko.

Sonrío.

—Lo sé, cariño. ¿Es niño o niña?

Se aparta y niega con la cabeza.

—No lo sé.

—¿Qué?

Suelta una risita.

—Tengo un sobre, pero no lo he abierto.

—¿Por qué no?

Se encoge de hombros.

—Me pareció algo que deberíamos descubrir juntos.

No puedo contener la sonrisa que me parte la cara. No descubrió el sexo del bebé con Huntington. Me esperó, aunque no llegué a la cita. Aunque estaba decepcionada conmigo.

No lo sabe, pero esa acción dice muchísimo. Es la certeza que necesito de que ella está tan implicada en esto, en nosotros, como yo.

—¿Podemos abrirlo ahora?

Bianca asiente.

—Te estaba esperando. Espera un segundo.

Sale de la cama y va al salón. Un momento después vuelve con el bolso en la mano. Saca un sobre estampado con el nombre y la dirección de la consulta de ginecología.

Cambio el peso del cuerpo, me apoyo contra las almohadas y tiro de ella para que descanse contra mi pecho y podamos leer la nota los dos. Desliza un dedo bajo la solapa del sobre y despega el cierre.

Mirándome, pregunta:

—¿Preparado?

—Sí. —El pulso se me acelera.

No importa si el bebé es niño o niña, pero la anticipación, la emoción de saberlo por fin, me recorre igual que la adrenalina antes de saltar al campo en un partido importante.

Es la acumulación de mil esperanzas, infinitas plegarias, en un solo momento.

—Vale —exhala Bianca, sacando la nota doblada.

La abre.

¡Es una niña!

—¡Oh, Dios mío! —exclama Bianca, girándose en mis brazos.

Yo ya la estoy subiendo por mi cuerpo y besándola con fuerza. Las lágrimas le corren por las mejillas y se me acumulan en los ojos. La intensidad de mi emoción —ilusión, alivio y pura alegría— se estrella contra mí. Me tiemblan los dedos mientras le agarro el pelo a Bianca y la beso hondo.

—Vamos a tener una niña —exhala.

—Vamos a tener una niña —repito, con la voz llena de asombro.

Entonces empezamos a reír. Una risa grande, descontrolada, que nos sacude el vientre, nos mueve los hombros y hace que las lágrimas sigan bajándonos por las mejillas.

He experimentado felicidad verdadera antes, pero nada superará jamás esto.

Ahora mismo me siento vivo. Consciente. Presente.

Y, de verdad, en casa.