27 Niko
niko
—Estás tomando la decisión correcta —dice Stavros, atrayéndome a un abrazo en el aeropuerto.
—Lo sé —acepto.
Suelta una risita y niega con la cabeza.
—Tengo que decirlo, chaval: sabes lo que quieres y no te da miedo ir a por ello. Mantén eso en Valencia y tendrás una oportunidad de construir un legado allí.
—Gracias, Stavros. Por todo. —Le doy una palmada en el hombro.
Él me sacude el mío.
—Espero enfrentarme a ti en la Champions.
—Eso sería increíble. Ven a visitarme; España te gustaría.
—Oh, España me encanta —acepta, moviendo las cejas—. Nos vemos pronto, Karas.
Inclino la cabeza y reajusto la mochila antes de agarrar el asa de la maleta y entrar en el aeropuerto. Paso por facturación y seguridad antes de dejarme caer en un asiento junto a mi puerta de embarque.
Ya está. Vuelvo a casa: al CD Valencia, a Bianca y a nuestra niña.
Mientras miro alrededor del aeropuerto, cuesta creer que, en seis meses, dejé Chicago, me mudé a Alemania, jugué al fútbol en Europa y ahora estoy empezando mi próximo capítulo, el mejor, en España con la mujer que amo y la familia que estamos formando.
Resoplo y niego con la cabeza. Si alguien me hubiera dicho hace medio año que esta sería mi vida, me habría partido una costilla de tanto reírme. Pero aquí estamos, y se siente bien. Se siente increíble.
El móvil vibra con una llamada entrante y deslizo el dedo para contestar.
—Ya estoy en la puerta de embarque —tranquilizo a Baba.
—Ah, bien —exhala, secándose la frente. La tensión se le escurre de la expresión—. A veces las esperas son larguísimas.
—Lo sé —digo con suavidad—. Me he dejado tiempo de sobra.
—Ahora estás aprendiendo, Niko. Esto forma parte de ser padre, ¿sabes? Tienes que ser quien marque el estándar. Tienes que asegurarte de que todo el mundo llega pronto al aeropuerto.
—Tienes razón —acepto, sabiendo que habla de algo más que del aeropuerto. Habla de liderazgo, de responsabilidad y de ser un buen padre.
—Este traslado a España creo que es bueno para ti —dice despacio—. Ahora tienes que pensar en algo más que en ti mismo. Lo que puede parecer un cambio en tu carrera quizá sea la mejor opción para tu familia.
Asiento, intentando no sonreír. A Baba le ha costado un poco aceptar la idea de que yo vaya a ser padre, de dejar Stuttgart, de mudarme a España.
Sobre todo, creo que estaba procesando el shock.
Una vez se le pasó, empezó a repetir mi misma forma de pensar y me animó a poner a mi familia por delante de mi carrera.
No señalo ese detalle, por supuesto. En su lugar, acepto su consejo sabio y valioso.
—Yo también lo creo, Baba.
—Bien. Esto está bien. —Asiente, como si eso lo dejara zanjado.
—¡Niko! —llama Mama desde el fondo—. ¡Vamos a ir por Navidad!
—¡Mama! No se suponía que se lo dijeras todavía —la regaña Alex.
—Como si Mama fuera a guardar eso en secreto —se burla Dimi.
—Estamos reservando antes de que se llene todo —me informa Baba—. Viajar en fiestas es un caos. Hay que llegar al aeropuerto seis horas antes para…
—Irá bien, Baba —lo tranquiliza Alex.
Entonces la cara de mi hermana llena la pantalla.
—No tenemos que ir. Instálate y dinos qué opinas.
Sonrío, sabiendo que a Bianca le hará muchísima ilusión conocer a mi familia. Además, quiero que vengan por Navidad, que vean un trozo de mi vida en el extranjero.
—Reservad los vuelos. Nos encantará teneros a todos de visita.
—«Nos», ¿eh? —comenta Dimi desde el fondo—. Eso ha escalado rápido.
—¡Shh! —lo manda callar Mama.
Mi hermana sonríe.
—Nos vemos pronto, Niko. Buen viaje. —Me lanza un beso y cuelga antes de que Baba pueda ofrecer más consejos.
Riendo entre dientes, me estiro en el asiento y le mando un mensaje a Bianca. Sé que hoy está ocupada con una sesión de fotos para una marca de zapatillas y no podrá hablar.
Niko
Embarco dentro de poco. ¡Nos vemos esta noche!
Bianca
¡No puedo esperar!
—Bienvenido al equipo, Karas —dice Alejandro García, capitán de League Valencia, tendiéndome la mano a modo de saludo.
Piso el césped para mi primer entrenamiento y le estrecho la mano.
—Gracias.
—Somos un equipo sólido con una plantilla leal —dice, y su mirada parpadea hacia Huntington antes de volver a encontrarse con la mía—. Funcionamos más como una familia que otra cosa.
Lucho contra la sonrisa y asiento.
—Entendido.
Esta es la cultura de equipo a la que anhelaba pertenecer.
Tengo seis meses en Valencia para demostrarle a este equipo que quieren que me quede.
Para demostrarle a Bianca que solo estamos empezando y que los mejores días están por delante.
Para hacer ambas cosas de forma efectiva, tengo que arreglar las cosas con Huntington.
Me entrego a mi primer entrenamiento, pasando por cada ejercicio con precisión y concentración, aprendiendo el nombre de todos los tíos del equipo y estudiando la dinámica relajada entre los jugadores.
Juego duro, presto atención y me centro en los detalles.
—Buen trabajo, Karas. —Luca me da una palmada en la espalda después de que el entrenador Javier dé por terminado el entrenamiento.
—Gracias, tío —respondo, quedándome atrás mientras el equipo se dirige al vestuario.
—Huntington —llamo.
Andrés se gira, con la mandíbula tensa y los ojos entornados.
Inclino la cabeza.
—¿Puedo hablar contigo un minuto?
Suspira, pero se acerca con las manos en las caderas.
—¿Qué pasa?
—Quiero darte las gracias, tío —digo con sinceridad, encontrándome con sus ojos y extendiendo la mano.
No responde.
Continúo, manteniendo el brazo extendido y la palma abierta.
—Lo que hiciste por Bianca, estar ahí por ella cuando yo no pude… bueno, te lo agradezco.
—No lo hice por ti.
—Lo sé. Bee tiene suerte de tener un amigo como tú. Espero llegar a tenerla yo también.
Maldice y niega con la cabeza, apartando la mirada durante un largo momento. Luego vuelve a mirarme y choca su mano contra la mía, apretando fuerte.
Le sostengo la mirada mientras le estrecho la mano, inclinando la barbilla.
—Gracias por ayudarla a volar a Alemania. Eso también significó mucho.
Asiente.
—De nada, Karas. Trátala bien.
—Lo haré.
Me aprieta la mano una vez más antes de apartarse.
—Hoy no has dado pena.
—Gracias, tío. Intentaré estar mejor mañana.
Andrés me da una palmada en la espalda antes de que caminemos hacia el vestuario. Cuando entro, noto que Alejandro lee discretamente el ambiente entre nosotros. Cuando me mira y asiente, sé que he hecho lo correcto.
Stavros también tenía razón. Aquí hay espacio para que construya un legado.
Solo tengo que tener el hambre suficiente.
Y con Bianca y nuestro bebé esperándome en casa, estoy más que hambriento. Estoy jodidamente famélico.
—No puedo creer que estés aquí de verdad —susurra Bianca esa noche.
Estamos tumbados juntos en la cama y el espacio está calmado, en silencio, salvo por nuestra conversación.
Me giro de lado para verla mejor.
—Nunca he sido más feliz de estar en ningún sitio en toda mi vida.
—Buena frase, Karas.
Sonrío.
—Es la verdad, cariño, y lo sabes.
Se vuelve hacia mí, arrugando la nariz de esa forma adorable.
—Lo sé.
—Te quiero, Bianca DiBlanco. Eres todo para mí.
Sonríe y se acerca más, echando una pierna por encima de mi cintura.
—Te quiero, Niko Karas. Y me alegro. Quiero esto para siempre.
—Ya es tuyo —prometo, cerrando el espacio entre nuestros labios y besándola con suavidad.
Mi mano baja hasta su vientre y descansa allí. Me encanta verla crecer con cada semana que pasa y ahora que voy a presenciarlo en tiempo real, en vez de a través de fotos semanales frente a su armario, una pequeña emoción me atraviesa.
Bianca se pega a mí, intensificando el beso. Deslizo la palma por su barriga y empiezo a subir los dedos hacia sus pechos pesados cuando un empujoncito presiona contra mi palma.
—Pero qué…
Me detengo, apartándome.
Bianca se ríe, sin apartar los ojos de mi cara.
—Has despertado al bebé.
—Yo… —Me río, negando con la cabeza, maravillado.
Apartando el edredón de los dos, me giro para encender la lamparita de la mesilla. Bianca se incorpora y se apoya contra las almohadas, con el vientre completamente a la vista.
Me acerco despacio y presiono ambas palmas contra su tripa. Otra vez, los pequeños empujoncitos aparecen.
—Oh, Dios mío —susurro, asombrado.
Bianca sonríe y coloca su mano sobre la mía.
—Se me olvidaba que aún no la habías sentido moverse.
—No, no la había sentido —susurro, con los ojos saltando hacia los suyos—. ¿Tú puedes vivir esto todos los días?
Asiente, con la mirada suavizándose.
—Sí. Y ahora tú también.
Paso los dedos sobre los movimientos diminutos y bajo la boca hasta su vientre.
—Hola, bebé.
Un empujoncito.
—No puedo esperar a conocerte.
Un aleteo.
—Nos vemos pronto, ¿vale?
Una presión.
Me río, incrédulo.
—Esto es increíble.
Me siento sobre las piernas y empiezo a desabrocharle la parte superior del camisón.
—Tú eres increíble.
La tela se abre, revelando esos pechos llenos de los que no me canso y la curva de su vientre que sostiene a mi bebé.
—Joder, Bianca. Nunca he visto a nadie tan sexy como tú.
Pone los ojos en blanco.
—Niko, estoy embarazada y…
—De mi bebé —le recuerdo, inclinándome hacia delante para posar la boca en un lado de su cuello—. Mi bebé —repito.
—Tuya —acepta mientras dejo un rastro de besos por su cuello y sobre su pecho.
Sostengo el peso de uno de sus pechos y suspiro, satisfecho.
—¿Siguen sensibles? —murmuro, rozando con las yemas de los dedos la punta de su pezón y siguiéndola con la boca.
Asiente, pero gime.
—Sí. En el buen sentido.
Arrastro la lengua por la punta antes de succionar con suavidad.
—Oh, Dios —gime.
Me muevo despacio hacia su otro pecho. Sin prisa. Me tomo mi tiempo, succionando y mordisqueando, queriendo saborear cada momento con ella.
Me agarra los hombros, intentando besarme, pero me aparto porque quiero verle la cara.
—Mírame, cariño —ordeno.
Abre esos ojos llenos de deseo justo cuando le aparto las braguitas a un lado y arrastro los dedos por sus pliegues resbaladizos.
—Abre esas piernas para mí.
Las rodillas le caen hacia los lados y bajo la mirada a su coño precioso, rosado y brillante.
—Jodidamente sexy —repito, deslizando los dedos de un lado a otro.
Bianca vuelve a gemir, las manos subiendo para ahuecarse los pechos. Empieza a frotarse los pezones y yo hago lo mismo contra su clítoris, siguiendo su ritmo mientras trabajamos en tándem para acercarla al borde.
Cuando ya está jadeando, me busca. Me baja los bóxers por los muslos y la polla sale libre, dura como una piedra por ella. Como siempre.
Me agarra con una pericia deliciosa, arrastrando la yema del pulgar por la punta, y gimo.
Bianca se quita el camisón. Yo me deshago de los bóxers y le deslizo las braguitas por las piernas. Entonces, cuando vuelve a apoyarse contra las almohadas, la giro con suavidad de lado. Manteniendo una mano en su cadera, le beso el cuello.
—¿Cómoda, cariño?
—Sí —jadea, abriendo esas piernas para mí.
Le sujeto la parte alta del muslo, manteniéndola firme, mientras entro en ella despacio desde atrás.
—Joder, Niko —maldice.
Un brazo se desliza bajo su cuerpo, dándome acceso a sus tetas preciosas, mientras avanzo centímetro a centímetro hasta hundirme por completo.
—Sí —exhala otra vez—. Más, por favor.
—Qué educada —murmuro mientras salgo de ella antes de volver a entrar—. ¿Cuándo te has vuelto tan dulce?
Salgo y entro de nuevo. Atrás y adelante. Atrás y adelante. Acelero el ritmo.
—Solo soy dulce contigo —admite, sin aliento.
—Eso es —le digo, deslizando la mano por su muslo hasta poder frotarle el clítoris.
Echa la cabeza hacia atrás.
—Dame toda tu miel, Bee. Quiero hasta la última gota.
Los muslos de Bianca empiezan a temblar y sé que está cerca.
Pero no aumento el ritmo. En su lugar, la llevo al borde poco a poco, absorbiendo los sonidos que le caen de los labios y memorizando la sensación de su coño empapado contra las yemas de mis dedos. Cuando se corre, susurra mi nombre como una oración y yo maldigo, vaciándome dentro de ella.
Nos corremos juntos y es pura perfección. Magia.
—Niko —dice, girándose para mirarme por encima del hombro.
Abro la mano sobre su vientre mientras salgo de ella, nuestro desastre pegajoso entre los muslos.
—¿Sí, cariño? —Le beso el hombro.
—Te quiero de verdad.
Me río.
—Te quiero más de lo que crees, Bianca. Muchísimo más.
Suspira feliz y apoya la cabeza contra la parte superior de mi brazo. Nos quedamos en silencio durante varios latidos mientras la respiración se nos regula.
Entonces me separo de Bianca para ir a buscar una toallita. Cuando vuelvo, ya está dormida, con los labios entreabiertos, su cuerpo precioso, desnudo y embarazado expuesto ante mí.
—Mía —maravillo, asombrado de que esta sea mi vida. De que ella sea mi pareja.
Con la mayor suavidad posible, la limpio. Se remueve dormida, pero no despierta.
Después de dejar la toallita en el lavabo del baño, me meto en la cama junto a Bianca, la abrazo contra mi pecho y me dejo caer en el sueño.
Por fin estoy en casa.