Fuera de Juego (Amor en Valencia 3) 21 Niko
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21 Niko

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Envuelvo el marco con la foto de la ecografía del bebé y lo meto en la caja.

En cuanto vi el marco en el escaparate de una tienda, entré para comprarlo.

Es de un verde suave y está decorado con abejas y flores silvestres pintadas a mano.

Me recordó a Bianca y me pregunto si ella mirará la imagen de nuestro bebé cada mañana y cada noche como hago yo.

Después de enviar el regalo, voy al estadio para entrenar.

—Ahí está —me saluda Stavros cuando entro en el vestuario.

—¿Cómo estás, tío? —Choco la mano con él y lo atraigo a medio abrazo.

—Bien. Yo debería preguntarte eso a ti.

—Estoy bien —admito. Después de que Stavros me cubriera, casi provoqué que todo estalle con mi equipo. El entrenador se puso furioso, la dirección del club me impuso una multa y mis compañeros me hicieron el vacío durante unas semanas.

Pero ahora que sé que Bianca y yo estamos en un buen momento, he podido concentrarme en mi juego.

Y estoy aportando al equipo dentro y fuera del campo.

He marcado cinco goles en los últimos dos partidos, he dado dos sólidas asistencias y he añadido entrenamientos extra.

Sé que mis esfuerzos no están pasando desapercibidos y mi rendimiento sobre el césped ha reducido parte de la ansiedad que provocó el haberme saltado el entrenamiento.

—Me alegro de oírlo. —Stavros me sacude un poco la mano antes de soltarla. Baja el tono—. ¿Cómo van las cosas en España?

—Bien —respondo—. Ella está bien. Voy a volar para la próxima ecografía. Ya tengo la fecha autorizada.

Stavros asiente.

—Excelente, tío. Aguanta.

Asiento mientras nos dirigimos al gimnasio.

Luego me pongo los AirPods y me concentro. El trabajo ha sido una distracción maravillosa de Bianca y su embarazo. Cuanto más tiempo paso en el estadio, más rápido parece correr.

—No podemos llamar Lucas al bebé —dice Bianca esa noche por FaceTime.

—¿Por qué no?

—Se parece demasiado a Luca.

—¿No crees que tu hermano se sentiría honrado?

—Probablemente, pero ese no es el punto. Además, no sabemos si es niño —señala Bianca.

—También tengo nombres de niña.

Arquea una ceja.

—Vamos a oírlos.

—Athena.

—¿La diosa de la guerra?

—Es un nombre precioso.

—Sigue…

—Calliope.

—Muy griego por tu parte.

Resoplo.

—Ivy.

—¿Ivy? —repite Bianca—. ¿De dónde ha salido eso?

—Va a nacer en abril, el cuarto mes del año. IV es el número romano… —Me interrumpo.

Bianca me mira fijamente.

—¿Qué? ¿Es una tontería? —pregunto.

—No. —Niega con la cabeza—. Para nada. Has pensado mucho en esto.

—Bueno, es el nombre de nuestro bebé.

—Sí —acepta—. Es solo que… gracias, Niko. Recibí tu regalo y… significó mucho para mí. Me gusta el marco.

—De nada.

—Me gusta Ivy. Y Pietro —dice, cambiando mi sugerencia de Peter por la versión italiana.

Asiento.

—A mí también.

—Bien —exhala Bianca. Bosteza.

—¿Cansada?

—Mucho.

—Entonces no te entretengo. —Me incorporo un poco en el sofá, reparando en las ojeras bajo sus ojos—. Descansa, Honeybee.

Una sonrisa suave le roza los labios.

—¿Hablamos mañana?

—Claro. Buenas noches.

—Buenas noches, Niko. —Corta la llamada.

Suspirando, me recuesto en el sofá y miro por la ventana hacia la oscuridad de la ciudad. Ojalá pudiera llamar a Ellie o a mi hermana para tomar una cerveza o ver una película. Pero, salvo Stavros, no hay nadie en esta ciudad a quien llamar.

No he encajado como esperaba. El equipo no es una versión de familia encontrada como yo imaginaba. De hecho, cuanto más tiempo paso en Alemania, más echo de menos Chicago, a Bianca y la vida que podría tener con ella y con nuestro bebé.

—Odiarías este tiempo —digo al móvil mientras le mando a Bianca una nota de voz por la mañana—. Está lloviendo. Otra vez. Espero que allí haga sol, cielo azul y todo eso. Come algo más que tostadas esta mañana, Honeybee. Te llamo luego.

Mando la nota de voz, sabiendo que Bianca aún estará dormida.

Luego cojo la sudadera con capucha y las llaves, me cuelgo la bolsa de entrenamiento al hombro y voy al estadio.

Apago la cabeza y me entrego a las sesiones: los entrenamientos, las reuniones de equipo, la preparación de comidas.

Por primera vez en mi vida, el fútbol no está en primer plano en cada pensamiento y lo más extraño es que estoy destacando.

Estoy jugando mejor que nunca. Soy titular en mi club, estoy creando una fanbase y recibiendo más acuerdos de patrocinio a través de mi agente, Callie. Y claro, me alegro.

Pero no estoy exultante.

En cambio, los pensamientos sobre Bianca y el bebé están en bucle constante en el fondo de mi mente.

La echo de menos, los echo de menos, y odio estar perdiéndome partes de esta experiencia.

Ver a mi bebé crecer en su vientre. Estar a mano para salir corriendo a por helado o comprar chocolate por un antojo nocturno.

Estar presente como mi baba lo estuvo para mi madre y para mí.

Cuando marco un gol, levanto la vista hacia la grada, preguntándome si estarán viéndome y animándome en España.

Cuando firmo un nuevo acuerdo, me recorre el alivio de contribuir al fondo universitario del bebé.

Cuando firmo camisetas para los aficionados, sonrío ante las expresiones emocionadas de los niños y me pregunto si mi bebé será fan del fútbol.

O del fútbol americano. O de la gimnasia.

O de la música, o del ajedrez, o de la lectura… Las posibilidades son infinitas.

Los días empiezan a mezclarse unos con otros mientras avanzo por los movimientos de mi carrera, casi aliviado de tener una distracción en la que perderme, y cuento los días para la ecografía de las veinte semanas de Bianca.

Los nervios se me disparan a medida que el día se acerca.

¿Estará todo bien con el bebé? ¿La relación entre Bianca y yo seguirá siendo fácil y natural?

¿Pasaremos tiempo con su familia? ¿Debería invitarla a Alemania para formar parte de mi vida aquí?

¿O a Chicago para conocer a mis padres? ¿Puede siquiera volar tan lejos?

—Una semana más —le mando en una nota de voz la semana anterior a su cita.

—Ya tengo barriga, literalmente —me responde con otra nota. Un momento después, llega una foto de Bianca de perfil frente a su armario. Su vientre tiene la curva más bonita.

—Jesús —murmuro, ampliando la foto—. Sí que la tienes —le respondo en nota de voz—. Estás adorable.

—Ya no quepo en mis pantalones —responde.

—Compra pantalones nuevos —sugiero.

Me manda un mensaje con tres emojis de risa. Luego: «Marlowe y Carla me llevan de compras esta semana. Abuela ha decidido que ya es hora. Voy a comprar ropa premamá». Le sigue un emoji de vómito.

—Yo también te llevo la semana que viene —ofrezco, preguntándome si la sugerencia ha sido demasiado directa después de enviar la nota de voz.

¿Querrá ir de compras conmigo? ¿Está disfrutando de su cuerpo embarazado o sintiéndose insegura con él?

A veces, Bianca es difícil de leer, algo que choca con su personalidad de «tómalo tal cual».

—¿De verdad? —pregunta, soltando una risita.

—De verdad —digo en serio.

—Puede que acepte.

—Eso espero, Honeybee.

Mando la nota, me meto el móvil en el bolsillo y sigo con mi ritual matutino.

Tengo que estar en el estadio en menos de una hora para reunirme con el equipo antes de subir al autobús rumbo a nuestro partido fuera contra el Friburgo.

El próximo fin de semana volamos a Hamburgo antes de que yo vaya a España.

Cuando me dejo caer en mi asiento del autobús, saco los AirPods, pongo una lista de reproducción y retomo la lectura de la guía de paternidad que descargué. La tía Thea me envió una lista de lecturas recomendadas y esta estaba la primera.

Mientras aprendo sobre el baby-led weaning y qué demonios es un arrullo, miro por la ventana y me recuerdo que, dentro de una semana, estaré volando a España. A Valencia. A Bianca y a nuestra pequeña abejita.

—¡De verdad eres el dios griego de los goles! —me grita un aficionado mientras el equipo sube al autobús en Hamburgo.

Unos cuantos de mi equipo sueltan risitas y Stavros me da una palmada en la espalda.

—¡Ni siquiera es de Grecia! —le grita al aficionado por encima del hombro.

Los chicos del equipo se ríen más fuerte, con la diversión grabada en la cara.

Pongo los ojos en blanco y acepto las bromas. Si soy sincero, se siente bien que mis compañeros me vacilen. Cualquier cosa que demuestre que, en algún nivel, somos una plantilla, aunque sea a mi costa.

—Ya quisierais vosotros tener un apodo como el mío —replico.

Stavros niega con la cabeza y se deja caer en el asiento junto al mío en el autobús.

—Menudo apodo —murmura—. Pero hoy lo has hecho bien, Karas.

Inclino la cabeza en agradecimiento.

—¿Vas directo a España? —pregunta, bajando la voz.

—Sí. No puedo esperar —admito.

—Es la ecografía importante, ¿no?

—Veinte semanas —digo—. Es la exploración anatómica completa. Descubriremos el sexo del bebé.

Lucho contra mi sonrisa.

Stavros sonríe y niega con la cabeza.

—¿Sinceramente, tío? Estás manejando esto mejor que cualquier hombre que haya conocido en tu posición.

No hablo de los casados ni de los tíos en relaciones comprometidas.

Pero todos los hombres que he conocido en tu situación, teniendo un bebé con una mujer con la que ni siquiera están, han entrado en pánico, joder.

Tú estás demasiado tranquilo. Es inquietante.

Me encojo de hombros.

—Bianca es especial.

Gime y niega con la cabeza.

—No te vayas a enamorar de la madre de tu bebé, Karas. No quieres tener una ruptura complicada y hacer que la mierda se vuelva difícil cuando tengáis que criar a un niño juntos.

Aunque entiendo su punto, no puedo imaginar una realidad en la que Bianca y yo no pongamos a nuestro bebé primero. Los dos estamos comprometidos con este niño, con esta situación, independientemente de lo que pase o deje de pasar entre nosotros.

—Solo tengo muchas ganas de llegar a Valencia —digo en su lugar.

Cuando llegamos al aeropuerto, conducen al equipo rápidamente hacia nuestro vuelo chárter. Cojo un asiento junto a la ventana y me relajo, aliviado de que Bianca organizara una cita de tarde con la ginecóloga para que no me la pierda.

Saco el móvil y le mando un mensaje rápido a Bianca.

Niko

Despegamos ahora.

Pulso enviar.

Niko

Estoy deseando verte

Antes de poder mandar ese mensaje, el móvil se apaga.

—Mierda —murmuro, mirando alrededor—. ¿Alguien tiene un cargador que pueda prestarme?

—Aguanta, Karas —dice Gus. Rebusca en su bolsa y me pasa su cargador.

—Gracias.

Enchufo el cargador, pero cuando intento conectarlo al móvil, no encaja. Mierda. Cierro los ojos. No es el cargador que necesito.

Estoy a punto de gritar otra petición cuando el intercomunicador crepita.

—Buenas tardes, les habla el capitán desde la cabina. Lamento informarles de que nuestra tripulación ha detectado un problema hidráulico menor. Tendremos que desembarcar mientras se resuelve. Les daré una actualización en cuanto sea posible.

Un gemido recorre el avión mientras mis compañeros suspiran y niegan con la cabeza. El entrenador tiene el teléfono pegado a la oreja, hablando en un alemán seco y rápido.

Pulso la pantalla del móvil, sabiendo que no sirve de nada. El teléfono está muerto y no me sé el número de Bianca de memoria para escribirle desde el móvil de otra persona.

—Joder —le digo a nadie.

Stavros se gira desde el asiento de delante. Inclinándose sobre el respaldo, tiene una expresión sombría. Me enseña su móvil.

—Karas, ¿a qué hora es tu vuelo a Valencia?

Gimo, mi alivio momentáneo desaparecido. Si este problema tarda más de una hora, lo más probable es que pierda el vuelo.

—A las cuatro y media.

—Mierda. —Stavros me pasa su teléfono.

En la pantalla leo la noticia: «Cientos de vuelos cancelados en Alemania, Países Bajos, Francia y España por huelgas de los controladores aéreos franceses». El estómago se me hunde y suelto un gemido.

—No voy a llegar, joder, si han cancelado mi vuelo.

—Siempre es Francia —suspira Jorgen, lanzándome una mirada compasiva.

—Vale, escuchad —dice el entrenador, poniéndose de pie en el centro del pasillo—.

Estamos en tierra por el momento. Desembarquemos y mantengámonos juntos hasta tener novedades.

Mientras tanto, teléfonos apagados. Nada de actualizaciones en redes.

Lo último que necesitamos es que los paparazzi rastreen nuestra nueva ruta de vuelo.

El equipo apaga sus teléfonos y yo tiro el mío, muerto, dentro de la mochila. El pavor se instala en mi pecho mientras sigo a mis compañeros fuera del avión.

En el aeropuerto abundan los viajeros enfadados, sumando compañía a mi miseria creciente.

La dirección del equipo mantiene a la plantilla unida y nos traslada a una sala privada para esperar novedades sobre nuestro chárter. Pero no antes de que oiga al personal opinar sobre la huelga en Francia.

—Todo el espacio aéreo de conexión está cerrado. Francia se ha bloqueado por completo.

—Puede que nos desvíen sobre Suiza, pero la autorización podría tardar horas.

—Los retrasos y las interrupciones van a ser interminables.

—Lo siento, Karas —ofrece Stavros cuando entramos en la sala.

—Yo también.

Necesitando espacio, cojo una botella de agua y me siento en una silla de la esquina, mirando por los grandes ventanales que muestran aviones varados en tierra.

Bianca va a pensar que no he aparecido. Va a pensar que no me importa. Se va a sentir herida.

Y que esta situación esté completamente fuera de mis manos no va a importar. No cuando apenas está empezando a confiar en mí.

No cuando por fin estamos avanzando.