20 Bianca
bianca
—¿Qué es? —pregunta Carla, asomándose a la caja mientras la abro de un tirón.
Carla, Luca y yo estamos en mi nuevo apartamento. Hoy han entregado mis muebles y mi hermano está aquí para supervisar el montaje de dichos muebles. Carla está más que nada para hacerme compañía y mandarle fotos a Marlowe, gurú de la decoración, mientras intentamos dejar el piso presentable.
—No estoy segura —respondo.
Mi hermano coge el papel en el que venía envuelta la caja.
—Tiene remite de Estados Unidos. Chicago.
—Oooh —exhala Carla.
Abro la tapa de la caja y me muerdo el labio inferior.
Entre capas de papel de seda descansa una preciosa manta de bebé tejida a mano, de un amarillo mantequilla.
Saco la manta, el tejido suave y acogedor deslizándose contra mis palmas, y veo debajo un paquete de muselinas estampadas con símbolos de fútbol.
Al sacudir la manta para desplegarla, una nota se desliza entre los pliegues y Carla la recoge para pasármela.
—Léela —exige.
Miro la manta, el primer regalo de mi bebé, y sonrío. Estoy segura de que lo ha enviado alguien de la familia de Niko y la delicadeza del gesto me afecta. Siento la gratitud vibrándome por el cuerpo mientras abrazo la manta contra el pecho y abro la carta.
Querida Bianca:
Me alegro muchísimo por ti y por Niko, por vuestra maravillosa noticia que os va a cambiar la vida. Sé que no es lo que ninguno de los dos planeó ni esperaba, pero a veces las sorpresas que jamás anticipamos acaban convirtiéndose en nuestras mayores bendiciones.
Cuando estaba embarazada de Niko, mi madre le tejió una mantita azul. No era nada sofisticado, pero lo acompañó a todas partes: en viajes en coche, en las siestas, incluso en su primer día de guardería. Él la llamaba Blue-Bee y todavía está guardada en el cajón de abajo de su dormitorio.
Cuando Niko y tú llamasteis, me descubrí pensando en Blue-Bee. Así que esa misma noche salí a comprar lana. Quería que vuestro bebé tuviera algo hecho con ese mismo tipo de amor e historia; algo familiar, reconfortante y esperanzador.
Admito que las muselinas de fútbol fueron una compra impulsiva. ¡No pude evitarlo!
Sobre todo, quería enviarte algo. No para entrometerme, sino para que supieras que ahora formas parte de nuestra familia, quisieras o no.
Espero que, con el tiempo, podamos conocernos mejor. Le prometí a Niko que no te abrumaría, ¡y me temo que ya he escrito demasiado!
Con cariño,
Mimi
P. D. Sigo probando nombres de abuela. Los hijos de Alexandria me llaman MarMar, por Maria. Thea insiste en YiaYia. Dice que es tradición y que sus nietos la llaman YiaYia, pero a mí me hace sentir vieja. No se lo digas; es competitiva con todo, incluso con los motes.
—Awww —murmura Carla, leyendo la nota por encima de mi hombro—. Es muy bonito.
—No se puede decir que no lo esté intentando —murmura mi hermano, pasando una mano por el envoltorio de las muselinas.
Asiento, con los ojos volviendo a recorrer la nota de Maria.
Siento sus palabras en el pecho, sabiendo que es el tipo de carta que mi madre habría enviado si Luca fuera Niko y se encontrara en una situación parecida.
Habría tendido la mano, ofrecido compasión y comprensión, y enviado un regalo.
Parpadeo para contener las lágrimas mientras un cóctel de emociones me atraviesa.
Es triste y doloroso saber que mi madre nunca vivirá esta alegría. Nunca conocerá a sus nietos y no me enseñará a ser madre, del mismo modo que su madre le enseñó a ella.
Pero también siento un alivio increíble al ver que la madre de Niko ha dado el primer paso para recibirnos a mí y al bebé como parte de su familia.
Es reconfortante y suaviza algunos de los sentimientos difíciles que he estado procesando.
Aunque Luca y Carla, Abuela, Marlowe y Ale, joder, incluso Andrés, han sido un apoyo, la aceptación de Maria se siente distinta.
Tal vez porque no la esperaba, pero ahora que está aquí, quiero hundirme en ella como si fuera un abrazo.
—Todo va a salir bien —dice Carla, chocando su hombro contra el mío.
—Sí —acepto, sonriéndole—. Creo que sí.
Suena el timbre y Luca se dirige al interfono para abrirle a Andrés.
—Parece que él también ha traído un regalo de bienvenida.
Unos momentos después, Andrés entra en mi apartamento con una bolsa en la mano.
—Para ti —dice, besándome en las mejillas a modo de saludo y pasándome la bolsa.
Miro dentro y sonrío al ver el juego de cuencos y platos al que le había echado el ojo en El Corte Inglés.
—¡Andrés! —exclamo, rodeándolo con un brazo—. ¿Cómo lo sabías?
Me besa la sien con cariño.
—Marlowe —decimos Andrés, Carla y yo al unísono.
Luca suelta una risa.
—Tu casa va a tener una estética digna de foto con Mar moviendo hilos entre bastidores —admite Carla, mirando alrededor de mi apartamento.
—Tengo buen gusto —le recuerdo.
—Lo tienes. Pero pensaba que el estilo que buscas es más suave que street style cañero —me recuerda.
—Cierto —murmuro, asintiendo. Me paso la mano por el vientre aunque todavía no tengo barriga.
Para ser sincera, ahora que el cansancio constante ha pasado, no siento gran cosa.
Algunas noches me quedo despierta en la cama, nerviosa porque ya no esté embarazada.
¿No debería sentir algo, lo que fuera, a estas alturas? —. Es mejor para el bebé.
Andrés niega con la cabeza.
—Tienes muchísimo estilo, B.
—Bueno, voy a dejar que Marlowe lleve la voz cantante con esto. Le gusta decorar más que a nadie que haya conocido. Ahora mismo no tengo cabeza para ello —admito.
Andrés y Luca me miran durante un largo momento, la preocupación sombreándoles los ojos.
—¡Estoy bien! —Los espanto con un gesto—. Id a montar muebles.
—Gracias a Dios que no es IKEA —murmura Andrés—. Esas instrucciones me matan.
—¡Que Marlowe no te oiga decir eso! —le advierte Carla mientras él se retira por el pasillo—. Le encanta IKEA.
—Sobre todo las albóndigas —comenta Luca antes de desaparecer con Andrés en mi dormitorio.
—Así que… —Carla me mira fijamente.
—Así que…
Suspira.
—Quiero los detalles sobre Niko. Obviamente.
Me acerco a la cocina y abro el táper con una tanda recién hecha de ensaimadas.
Carla inhala de golpe.
—¿Son de Abuela?
—Casi. Son mías… pero con su receta.
—¿En serio? —Carla rodea la isla de la cocina—. No puedo creer que las hayas hecho tú.
—He disfrutado mucho el tiempo con Abuela. Está… enseñándome mucho.
Carla asiente, acercándose a mi cafetera Nespresso y metiendo una cápsula.
—Está encantada de soltar sabiduría a cualquiera dispuesto a escuchar. Pero tiene mucha.
—Sí —acepto, encendiendo el hervidor para prepararme un té.
Una vez Carla y yo estamos sentadas en la isla de la cocina, con bebidas calientes y un plato de ensaimadas entre las dos, la pongo al día sobre mi visita con Niko.
—Vamos día a día —admito—. Nos mandamos notas de voz durante el día. Él está pendiente de mí. Yo le mando fotos de cosas que necesitamos para el bebé. —Abro el móvil para enseñarle la foto que Niko me envió anoche.
Es él leyendo un libro de bebés.
—Joder —murmura Carla—. ¿Los futuros padres deberían estar así de buenos?
—Tiene veinticinco.
—¿Y?
—No sé. Me siento… vieja y desaliñada comparada con él.
A mi cuñada se le cae la mandíbula.
—¿Te estás quedando conmigo?
Niego con la cabeza.
—No me sentía así cuando lo conocí. Entonces era Bianca la neoyorquina, sofisticada, cool, streetstyle is life.
Pero ahora… ahora soy Bianca, un poco perdida, sobrepasada, emocional y ñoña de cojones.
—Tiro del cuello de mi sudadera—. Además, apenas salgo del apartamento para hacer algo emocionante.
No me arreglo para ir a ningún sitio ni voy a eventos.
No hay sensación de urgencia en mi día a día. Es solo… ir tirando.
Carla considera mis palabras.
—Lo entiendo. Está bien que estéis hablando tanto. Parece una base sólida para la coparentalidad.
—Sí —acepto—. Estamos construyendo una especie de amistad. Confío en él, eso sí lo diré. Es sincero y tranquilo de formas en las que yo no lo soy. Niko es todo carisma encantador, mientras que yo soy más directa, más áspera por los bordes.
—Los polos opuestos se atraen.
—Mm-hmm —digo con indiferencia, sin querer que se le ocurran ideas—. Acordamos que ninguno de los dos está saliendo activamente con nadie ahora mismo…
—Espera, ¿qué?
Pongo los ojos en blanco.
—Nos estamos centrando en el bebé, en nuestras carreras, no en buscar parejas. Así que no necesitamos tener ninguna de esas conversaciones sobre meter a gente nueva en la vida del bebé ni cómo sería desde el punto de vista de la coparentalidad.
Carla aprieta los labios mientras los hombros le tiemblan.
—Estás intentando no reírte —adivino correctamente—. ¿Por qué intentas no reírte?
—No puedo creer que hayáis tenido esa conversación.
—¿No crees que es importante? —resoplo, poniéndome a la defensiva.
—Claro que sí —dice, dando un sorbo a su café—. En algún momento. Pero es como si Niko y tú estuvierais entrelazando vuestras vidas muchísimo más que dos desconocidos que van a tener un bebé.
—Somos… amigos.
Niega con la cabeza.
—No me lo creo. Es más que eso. Te gusta.
—Claro que me gusta.
—Quiero decir que te gusta de gustarte.
Suspiro.
—Eso es irrelevante ahora mismo.
—¿De verdad? —Carla suelta una risita—. Vais a tener un bebé juntos. ¿No sería… como el destino o algo así si acabarais saliendo?
—No. —Corto esa línea de pensamiento—. Lo único que conseguiría sería confundir un escenario que ya es complicado. No estoy en el estado mental adecuado ni para plantearme salir con el padre de mi bebé, más joven, más sexy y más gracioso que yo.
Carla estalla en carcajadas.
—Yo creo que sí. De hecho, creo que es mejor estado mental que estar estresada y sobrepasada.
Pongo los ojos en blanco y cojo mi segunda ensaimada.
—Solo somos amigos.
—Por ahora. —Señala la manta amarilla que tejió la madre de Niko—. Ya formas parte de la familia.
—Ellie también.
Carla frunce el ceño.
—¿Quién es Ellie?
—La mejor amiga de Niko.
—Ah —murmura Carla, dando otro sorbo a su café.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Nada.
—¿Carla?
Se ríe con suavidad.
—Estás celosa.
—Yo…
—Te conozco, B. Odias que la mejor amiga de Niko sea una chica.
—Sí, lo odio —admito, hosca—. ¿Cómo de mal está eso?
—Es porque sientes algo por él.
—No…
Levanta una mano y me corta.
—No digo que vayáis a acabar juntos ni nada por el estilo. Solo digo que te importa. Es evidente que te atrae. Ha estado genial con toda esta situación y se preocupa por ti y por el bebé. Es natural sentir alguna especie de derecho sobre él.
—No… —lo intento otra vez.
—Y quién sabe, quizá vuestra amistad se convierta en algo un poco más ardiente. ¿De verdad no vas a tener sexo en nueve meses?
—Diez —resoplo—. ¿Sabías que un embarazo dura cuarenta semanas?
Carla se ríe.
—Aprendí demasiadas cosas de Valentina y Marlowe. Y tú ya has dejado atrás el primer trimestre.
—Cierto.
—Pero Niko es el tío perfecto para ocuparse de tus necesidades, de todas, durante este tiempo.
Me sonrojo ante lo que insinúa. En parte porque ya lo había considerado. Quiero decir, es nuestro bebé. Ya nos liamos. ¿Y de verdad él no va a buscar conexiones durante los próximos seis meses?
—Solo piénsalo —dice Carla, arrancando un trozo de bollo y metiéndoselo en la boca—. Si no lo has hecho ya.
Le tiro la servilleta hecha una bola y ella se ríe entre dientes.
—Qué bien veros trabajar duro, señoras —bromea Andrés al entrar en la cocina—. ¿De qué habláis?
—De que B debería liarse con Niko, al menos mientras está embarazada —admite Carla.
—¡Carla! —siseo.
—¡Carla! —grita Luca.
Carla se ríe y se encoge de hombros.
—¿Qué? Estoy animándote, B. Que vayas a tener un bebé no significa que tengas que dejar de tener orgasmos.
La mandíbula de Andrés se tensa y no dice nada. En su lugar, se vuelve hacia la Nespresso y se ocupa de prepararse un café.
—Ven a ver tu cama nueva —dice Luca, apareciendo a mi otro lado.
Me bajo del taburete y sigo a Luca por el pasillo, aliviada por su interrupción. Sé que Carla no lo ha dicho con mala intención porque se siente cómoda con Andrés. Siempre ha sido abierta y sincera sobre su vida amorosa antes de casarse con Luca. Y nunca le importó lo que nadie pensara.
Es algo que tenemos en común. Pero con Andrés… bueno, es distinto. Sospecho que está colado por mí. Cada vez que menciono algo sobre tíos o citas en general, se pone taciturno. Y sé que Niko no le gusta.
Cuando entro en mi dormitorio, todos los pensamientos sobre Andrés huyen de mi mente. Porque en el centro de la habitación está la cama nueva tamaño king con plataforma que pedí, con cabecero y piecero de roble claro. Sonrío de oreja a oreja y giro hasta caer en el abrazo de mi hermano.
—Grazie mille, Luca.
—Lo que sea por ti, B.
Sé que lo dice en serio. Y me doy cuenta de la suerte que tengo. De la suerte que tiene mi bebé. Puede que Niko y yo no estemos formando una familia en el sentido tradicional, pero nuestro bebé va a ser amado más allá de cualquier medida por mucha gente.