19 Niko
niko
—No te pongas nerviosa —le digo a Bianca mientras estamos sentados en el salón de su hermano.
Se pasa las manos por los pantalones, pero me lanza una mirada exasperada.
—Eres tú el que parece que va a vomitar.
—Lo sé —acepto, apoyando el móvil contra una vela colocada en el centro de la mesa de café.
Gracias a Dios que Luca y Carla están viajando con sus respectivos equipos.
Lo último que querría es público para la conversación que Bianca y yo estamos a punto de tener con mis padres—.
Necesito que entiendas que, solo porque estemos llamando a mis padres, el número de familiares que sabrán nuestra noticia y se sentirán con derecho a opinar sobre nuestra situación con sus opiniones contundentes y consejos médicos incorrectos es infinito.
Bianca se ríe.
—Va a ir bien.
—Vale —exhalo, pulsando el botón de vídeo.
La llamada conecta y me siento junto a Bianca en el sofá, cogiéndole la mano y sujetándole los dedos con suavidad.
—¡Niko! —contesta Mama, radiante al verme. Luego inhala de golpe y se lleva la mano al pelo—. Y una mujer. ¡Oh! Niko, no llevo pintalabios.
—No pasa nada, Ma —la tranquilizo—. Estás bi… eh, preciosa —corrijo cuando Bianca me da un codazo en las costillas—. Esta es Bianca.
—Hola, Bianca. —Mama saluda con la mano—. Encantada de conocerte. ¿Cómo estás? ¿De dónde eres? —Empieza el interrogatorio.
—¿Es Niko? —grita Baba desde el fondo—. ¿Por qué te estás poniendo pintalabios?
Mama no responde mientras se aplica una capa brillante de rosa.
—Hay una mujer con él —susurra con intensidad.
—¡Hola, Bianca! —grita Dimi desde el fondo.
—¿Tú la conoces? —Ahora Mama suena acusadora.
—¿A quién? —pregunta Baba, todavía perdido.
Suspiro y miro a Bianca. Tiene los ojos muy abiertos, pero le bailan de diversión.
—Oh, esto va a ser interesante —murmura.
—Me alegra que lo veas así. —Le doy un golpe suave con el hombro.
—¿Qué está pasando? —pregunta Baba, quitándole el móvil a Mama. Un segundo después, su cara aparece en pantalla—. ¡Niko! ¿Qué tal el entrenamiento? ¿Sales hacia Frankfurt hoy o mañana?
—Mañana. Estoy en España —respondo con calma.
—¡España! ¿Qué demonios haces allí? Oh, hola —dice Baba, como si acabara de darse cuenta de que Bianca está en el encuadre. Sus ojos vuelan hacia los míos—. ¿Por qué estás en España?
—Esta es Bianca —la presento.
—¡Hola! —Bianca saluda con la mano.
Baba inclina la cabeza a modo de saludo.
Intento no poner los ojos en blanco.
—Tenemos algo que contaros. ¿Podrías sentarte? ¿Y traer de vuelta a Mama?
—¡Espera! ¡Las palomitas están casi listas! —grita Dimi.
Bianca suelta una risita.
—¿Por qué? —pregunta Baba, receloso.
—Cuanto antes traigas a Mama, antes podré contároslo —digo, exasperado.
—¡Oh! Thea y George acaban de llegar —anuncia Mama.
—Por favor, pasad. Quitaos los abrigos. Queréis quedaros para esto —vuelve a sonar la voz de Dimi.
—Mi tía y mi tío —le explico a Bianca.
—Vaya —exhala, negando con la cabeza—. No bromeabas.
—¿Bromeabas sobre qué? —insiste Baba.
—Pasad, pasad —dice esta vez Mama—. ¿Queréis café? ¿Un té?
—¿Podéis volver a poneros delante de la pantalla, por favor? —le grito a mi madre.
—Un momento, Niko. Dimi, ¿palomitas? ¿Ahora? Si acabamos de comer. —La voz de Mama flota por la conexión, emparejada con la expresión desconcertada de Baba.
—¡Dimitri! —grito.
Mi hermano se ríe, le arranca el móvil a Baba y aparece en pantalla.
—Hola, Bianca. —Sonríe—. Encantado de conocerte.
—Hola, Dimi —responde ella, con una sonrisa sincera rozándole los labios—. Igualmente.
—¿Lista para ponerlo todo patas arriba?
—Lo estoy deseando —le sigue el juego Bianca, remangándose el jersey.
Dimi suelta una risa.
—¿Apuestas?
—¿Cuál es la apuesta? —responde Bianca, inclinándose hacia delante, con los codos sobre las rodillas.
Jesús.
—Mi madre llora —suelta Dimi.
—Demasiado fácil. Tiene pinta de llorona. —Bianca cala a Mama correctamente.
—Mi madre se desmaya —intenta Dimi otra vez.
—Dimitri —gruño.
Suelta una risita.
—Vale, sin apuestas. Reuniré a los niños —dice, guiñando un ojo.
Bianca me mira, con la expresión llena de diversión.
—No puedo creer que me hayas ocultado a esta gente.
—Deberías darme las gracias.
—Muy bien, panda de herejes. Reuníos —grita Dimi.
—¡Herejes! Por el amor de Dios, Dimitri, ¿qué va a pensar Bianca? —se lamenta Mama.
—¿Bianca? ¿Quién es Bianca? —pregunta la tía Thea—. Oh, Alexandria te está llamando, Dimitri.
Dimi contesta a su móvil.
—Alex, hola. Te pongo en altavoz. No, todavía no. Solo escucha. No hables. —Deja su teléfono sobre la encimera de la cocina—. Niko tiene noticias —anuncia Dimi, reuniendo a nuestros familiares en una esquina de la cocina.
—¿Noticias? ¿Se casa? ¿Le ha pedido matrimonio? Oh, ¿crees que volverá a Chicago? ¿O quizá a Grecia? —exclama la tía Thea, emocionada.
—¿Tienes la crema que me gusta? —pregunta el tío George.
—Por supuesto. —Mama suena ofendida.
—¿Por qué está en España? —pregunta Baba a nadie en particular.
—Tú ponte aquí —dice Dimi. La cámara recorre la sala y veo que está guiando a la tía Thea para colocarla junto a Mama—. Y tú aquí —le dice al tío George—. Baba, no te muevas. —Luego Dimi recoloca la cámara y mi familia entra en el encuadre—. Rápido, Niko. Esta es tu ventana.
Inhalo, busco la mano de Bianca y suelto la noticia de golpe.
—Bianca y yo vamos a tener un bebé.
Expresiones de shock, ojos abiertos como platos y bocas entreabiertas nos devuelven la mirada, congeladas por la sorpresa.
—¡Opa! —grita mi hermano, tirando algo al suelo que desde luego no es un plato, porque mi madre lo castraría.
—¡Dimitri! —grita Mama.
—Relájate, es un vaso de plástico. —Dimi pone los ojos en blanco.
Bianca me aprieta la mano.
—La salida de cuentas es el 19 de abril —añado.
—Enhorabuena —declara el tío George, levantando su taza de café en nuestra dirección.
—Gracias, tío George —dice Bianca, rompiendo el hielo.
Su voz parece quebrar el silencio y todo el mundo en mi familia empieza a hablar a la vez, cada vez más alto con cada pregunta para hacerse oír.
—¿Cómo os conocisteis?
—¿Cómo te encuentras?
—¿Has ido al médico?
—¿Cuándo pasó esto?
—¿Vives en Stuttgart, Bianca?
—¡Oh, por eso está en España! —Baba tiene su momento de iluminación.
—Empieza por el principio, Niko. —La cara de la tía Thea llena la pantalla. Está comiendo palomitas—. Y no te dejes nada.
—Bueno, algunas cosas sí puedes dejártelas —aconseja Dimi.
Mama aparece junto a la tía Thea, empujándola a un lado.
—Cuéntamelo. Ahora.
Inhalo y, con Bianca a mi lado como apoyo, le contamos todo a mi familia.
—Tu padre parecía disgustado —admite Bianca esa noche, durante la cena.
Hemos pedido comida para llevar y estamos comiendo en la isla de la cocina de Luca y Carla antes de que yo vuele de regreso.
—Va a necesitar un minuto para procesarlo —admito—. Mama está encantada.
Bianca resopla.
—Eso es porque tu tía hizo que toda la situación sonara como una jornada de compras.
Me encojo de hombros.
—Funcionó.
—Sí, funcionó. —Bianca empuja la ensalada por el plato.
—¿Qué pasa?
Niega con la cabeza.
—Está empezando a sentirse… real.
Me quedo callado porque…
—Lo es.
Bianca me mira.
—¿Estás nervioso?
Asiento despacio.
—No sé qué esperar. Cómo prepararme para nada. Solo sigo… intentando estar presente.
—Lo estás haciendo bien.
—Gracias —suspiro—. Nunca pensé que sería padre a los veinticinco.
—Se me olvida que solo tienes veinticinco. —Arruga la nariz.
—Soy un alma vieja.
—No, no lo eres. Yo soy una vieja.
—Una MILF.
Bianca se ríe, que era justo la reacción que buscaba. Alarga la mano para empujarme y yo le agarro los dedos, tirando de ella un poco más cerca mientras admito:
—Puedo hacer esto contigo, Bianca. Sé que vas a ser una madre estupenda. Sé que nuestro bebé tiene suerte. Y sé que, juntos, podemos encontrar la manera.
Su expresión se suaviza.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? Yo lo cuestiono todo… todo el tiempo.
—Eso —admito, asintiendo—. El hecho de que te cuestiones a ti misma es porque te importa.
Estás haciendo todo lo correcto. Supiste que necesitabas apoyo y un ritmo de vida más lento, así que dejaste la ciudad y la carrera que amas para mudarte a Valencia.
Sé que esto no es ideal, pero quiero que saquemos lo mejor de la situación.
Haré lo que pueda para apoyarte. Solo… necesito que te comuniques conmigo.
—Vale —acepta, asintiendo.
—Nos mantenemos en contacto y ponemos al bebé primero.
—Por supuesto. —Se le entornan un poco los ojos mientras aprieta los labios.
—Tus palabras y tu expresión no coinciden. —Le suelto la mano para darle un toquecito juguetón en la barbilla—. ¿Qué pasa?
—¿Y… las citas? —pregunta con cautela.
Se me pellizca el pecho y me froto la punzada.
—Las citas —repito, como si probara la palabra—. Quiero decir, no voy a frenarte… ¿Has conocido a alguien, Bianca?
Se le abre la boca antes de soltar una risa entrecortada.
—No, oh, Dios, no. —Niega con la cabeza—. ¿Quién demonios iba a salir conmigo cuando estoy… así? —Señala su vientre todavía plano.
Yo. El pensamiento me cruza la mente como un relámpago, pero no lo digo. No puedo. No cuando ella… ¿qué?
—Entonces, ¿qué estás preguntando?
—Hablo de ti. —Me señala—. Si tú…
—No.
Bianca pone los ojos en blanco.
—Vas a conocer a alguien, Niko. Los tabloides especularon con que estabas saliendo con Ellie. Solo es cuestión de tiempo que encuentres a alguien… de verdad.
—Ellie es mi mejor amiga. Es mi familia.
—Lo sé. —El tono de Bianca contiene un filo de tensión, pero no tiro de ese hilo.
—Y no me interesa encontrar a nadie. Estoy centrado en mi carrera y en ti, en nuestro bebé.
—Por ahora.
Niego con la cabeza.
—Para siempre.
—Lo que sea. No tenemos que destripar esto ahora si ninguno de los dos está… buscando activamente una pareja.
—Yo no —confirmo.
—Yo tampoco. Así que vamos día a día y…
—Volveré para la próxima ecografía —le recuerdo—. Lo reevaluaremos entonces. Por ahora, tú céntrate en cuidarte y en instalarte en tu nuevo piso. Y yo me centraré en mi juego.
—Vale.
—Vale —repito, dando un trago a mi agua.
Cuando subo al avión de vuelta a Alemania esa noche, con una foto de la ecografía guardada en la cartera, me siento un poquito mejor. Como si quizá pudiera hacer esto.
Como si quizá ya lo estuviera haciendo.
Cuando entro en mi apartamento solitario de Stuttgart, coloco la ecografía granulada de mi bebé —mi bebé— sobre la mesilla de noche, junto a las cuentas del rosario que la tía Thea me metió en la palma la semana antes de mudarme aquí.
Cada mañana y cada noche durante las próximas siete semanas, prometo mirar la foto y recordar por qué me estoy dejando la piel. Escuchar el latido del bebé cambió algo en mi estructura mental. Colocó en su sitio algo intrínseco dentro de mí.
Mi bebé es lo más grande de mi mundo. Más importante que el fútbol, que los hitos de mi carrera, que el ego. Mi bebé es la motivación que necesito para merecer convertirme en algo más grande que un futbolista profesional. Ahora voy a convertirme en padre.