18 Bianca
bianca
Decido sorprender a Niko esperándolo en la terminal de llegadas del aeropuerto. Cruza las puertas dobles correderas con una mochila colgada del hombro y reparo en lo agotado que parece.
Agotado, pero sexy como un demonio.
Algunos transeúntes lo observan con interés en los ojos. No sé si intentan ubicarlo o si solo están babeando por lo guapo que es, igual que yo.
Para. Sacudo la cabeza. Solo es el padre de tu bebé. Nunca volverá a ser un hombre con el que te acuestes.
Trazo mentalmente esa línea en la arena y me obligo a no cruzarla. Aunque tampoco es que vaya a acostarme con nadie estos días.
Niko avanza hacia mí, con el pelo oscuro y espeso, el cuerpo fuerte y fibroso abriéndose paso entre los grupos de viajeros, y entonces me ve. Sus ojos azules chispean, del color de las islas griegas, y yo inhalo de golpe.
¿Por qué coño tiene que estar tan jodidamente bueno?
—¡No tenías que venir! —exclama, genuinamente encantado de verme.
¿Por qué coño tiene que ser tan dulce?
—Pensé que podíamos ir juntos —explico.
Me atrae hacia un abrazo cálido y me besa la sien.
—Yo habría ido a buscarte. —Se sube la mochila más arriba en el hombro—. Pero me alegro de verte. ¿Cómo van las cosas?
Es sincero. Encantador por naturaleza. Fácil.
Y me pregunto cómo puede resultar tan familiar cuando todo en nuestra relación es lo contrario a la calma. Es un desastre.
—Van… —digo—. He preparado algunas visitas para ver pisos hoy.
—Genial. —Suena entusiasmado. Sincero.
Inclino la cabeza y lo estudio.
—¿Estás bien?
—Sí. ¿Por qué no iba a estarlo?
—No sé. Pareces muy… animado.
Suelta una risa.
—Estoy aliviado de estar aquí. Tengo muchas ganas de ver al médico y saber simplemente que…
—El bebé es tuyo.
Pone los ojos en blanco.
—Que todo está bien.
—Ah.
—Ah —resopla—. Venga, Honeybee. Déjame soltar la mochila. —Se dirige hacia la fila de taxis—. ¿Tenemos tiempo para comer antes de la cita?
—Sí —admito.
—Bien. Me muero de hambre.
Sigo a Niko al exterior y me deslizo dentro de un taxi cuando él mantiene abierta la puerta trasera.
Se acomoda a mi lado y yo recito la dirección de Luca para que podamos dejar las cosas de Niko.
Vuelve a Stuttgart tarde esta noche, así que lo convencí para que no reservara una habitación de hotel, ya que ni siquiera va a dormir en Valencia.
Después de tirar su mochila en el recibidor de Luca, entramos en el Mercado de Colón.
—Aquí hay buenas opciones —digo, señalando un gastrobar con comida deliciosa.
—Suena bien.
Nos sentamos a una mesa y escaneamos el código QR para ver la carta. Hago una señal a la camarera y pedimos.
—¿Cuántas visitas has organizado para hoy? —pregunta Niko después de dejar el móvil.
—Cuatro confirmadas —admito, inclinándome hacia delante—. Pero puede que el agente tenga algunos sitios más para enseñarnos. ¿Estás seguro de esto?
—Segurísimo, Bianca.
—Vale. Bueno, una buena noticia… también he cerrado dos colaboraciones aquí. Una es con una diseñadora española de zapatillas y la otra con una diseñadora que usa materiales reciclados para crear unas chaquetas superchulas. Son estilo bomber y tienen un aire vintage.
—Eso es increíble. ¿Cómo lo has conseguido tan rápido?
Resoplo.
—Siento que estos días me muevo al ritmo de un caracol.
—¿Sigues echando de menos Nueva York?
—A veces. Pero el silencio aquí se agradece.
Salgo a caminar por el parque del Turia cada mañana y es increíble.
El cielo está azul brillante, la temperatura es suave, hay flores abiertas y hojas cambiando de color.
Echo de menos el latido de Nueva York. Esa urgencia áspera y cruda que parecía correr como una corriente bajo la acera.
Le dije a Abuela, la abuela de Carla, que echaba de menos el ruido y encendió la batidora.
Niko se ríe.
—Suena como mi YiaYia. Está llena de perlas de sabiduría, pero las suelta tal cual.
—Sí. —Me muerdo el labio inferior—. He estado pasando más tiempo con Abuela.
Fue una estrategia de Carla para sacarme del apartamento.
Pero estoy disfrutando nuestro tiempo juntas.
Me está recordando que baje el ritmo y aprecie las pequeñas cosas.
Que esas pequeñas cosas son las que de verdad dan forma a tu vida.
—Me encojo otra vez de hombros, toqueteando el borde de la mesa—.
Ojalá mi madre estuviera aquí. Hay tantas cosas que le preguntaría.
Cosas que ella sabría de forma natural para ayudarme…
—Lo siento, Honeybee. Ni siquiera había pensado en eso.
—¿Ya se lo has dicho a tu familia? Lo del bebé —pregunto, odiando que me tiemble la voz. ¿Ha hecho Niko estallar su vida igual que yo? ¿Está su familia preocupada como lo han estado Luca y Andrés? ¿Tienen preguntas? ¿Quieren conocerme? ¿Quieren implicarse de alguna forma?
—Todavía no —admite—. Bueno, se lo he contado a mi hermano Dimi, a mi hermana Alex y a mi mejor amiga, Ellie.
—Ellie —repito, recordando que me habló de ella.
—Sí. Dimi y Ellie vinieron a verme a finales de agosto. Querían pillar mis dos primeros partidos, y fue una pasada. Fue bonito tenerlos en la ciudad y saber que estaban en la grada animándome.
Asiento, recostándome en la silla. Meto las manos debajo de los muslos antes de acabar arrancando todo el borde de la mesa.
—¿Te… preocupa decírselo a tus padres?
Nuestra camarera aparece y deja platos, bebidas y, por supuesto, patatas fritas.
Niko le da las gracias antes de volver a mirarme. Tiene las cejas juntas y la mandíbula tensa.
—Mis padres van a tener un millón de preguntas.
Asiento.
—Quiero asegurarme de tener respuestas cuando les dé la noticia. Esperaba que hoy consiguiéramos una de esas fotos en blanco y negro.
—¿Una ecografía?
Asiente.
—Y poder mandársela. Además, me gustaría que estuvieras conmigo cuando se lo diga.
La sorpresa me abre los ojos y me incorporo un poco más.
—¿En serio?
—Sí. Bianca, eres la madre de nuestro bebé. Nuestras vidas estarán unidas para siempre. Mi familia siempre te tratará como familia.
—Eso no lo sabes.
—Sí lo sé.
—¿Entonces no te avergüenzas?
—¿De qué? —Niko parece alarmado.
—De mí. —Que le den a mi voz por quebrarse. Otra vez.
Niko niega con la cabeza.
—Claro que no.
—¿Tus padres se enfadarán?
Se encoge de hombros.
—Creo que se preocuparán. Querrán saber…
—Si te he preparado una encerrona con un bebé —aporto.
—Cómo voy a ser un buen padre si vivo en otro país —explica Niko—.
Mira, no voy a mentirte, mi baba también se preocupará por mi carrera.
Jugar en Europa era el sueño definitivo y le preocupará que lo esté jodiendo.
Pero mi baba también es el mejor padre que podría tener un niño.
En cuanto supere la sorpresa inicial, estará dándome la lata para que esté presente como padre.
—Quiero que nuestro bebé tenga una familia grande y cariñosa.
—La tendrá. Esa parte, al menos, puedo garantizarla.
Asiento y le sonrío a Niko cuando la camarera deja nuestros platos principales.
—¡Fáe! —ordena Niko en griego, señalando mi plato—. Come, Bianca.
Cojo el tenedor y me meto en la ensalada. Y siento el primer destello de emoción por la cita médica de hoy.
—Bienvenidos —nos saluda la doctora Fernández con una sonrisa cálida.
—Habla inglés —exhala Niko, visiblemente aliviado.
La doctora Fernández se ríe y extiende la mano, inclinándola de un lado a otro.
Niko sonríe.
—Créame, su inglés es un millón de veces mejor que mi español.
—Iremos despacio. Preguntad todo lo que necesitéis —dice la doctora Fernández, tranquilizándome.
Niko busca mi mano y entrelaza nuestros dedos, apretando con suavidad. El gesto me relaja aún más. Con la mano de Niko en la mía, subo al pequeño escalón y me siento en el borde de la camilla de exploración.
—Entonces, dime, ¿qué os trae hoy? —pregunta la doctora.
—Estoy embarazada de unas trece semanas. Hace poco volví a Valencia desde Nueva York. Vi a mi médica allí para confirmar el embarazo. Pero estaré en España el resto del embarazo y también para el nacimiento del bebé. Me gustaría… empezar este proceso.
La doctora Fernández asiente.
—De acuerdo. Hoy haremos una ecografía, escucharemos el ritmo cardíaco del bebé, comprobaremos las medidas y os daremos más información. La ecografía grande, donde haremos una revisión anatómica completa, será alrededor de las veinte semanas.
—¿Podemos saber el sexo del bebé? —pregunta Niko.
—Normalmente en la ecografía anatómica, sí. —La doctora asiente y su mirada salta entre Niko y yo—. ¿Queréis saber el sexo del bebé?
—Yo… no estoy segura —admito, mordiéndome el labio inferior—. ¿Tú qué opinas?
Niko se encoge de hombros.
—Es tu decisión.
—No. —Niego con la cabeza—. Decide tú esto, Niko.
Aún recuerdo sus palabras sobre no tener control sobre nada y esto es algo que puede decidir él. Quiero que sepa que valoro su opinión y confío en sus decisiones. Quiero que elija esto por nosotros.
Sus ojos se iluminan, azul Mediterráneo. Cuando me sonríe, siento cómo su calor se extiende por mis extremidades como un rayo de sol.
—Vale. Sí. —Se vuelve hacia la doctora Fernández—. Queremos saber el sexo del bebé.
Nosotros. Me gusta que se refiera a nosotros como un nosotros, como un equipo. Estamos en esto, en todo esto, juntos.
—De acuerdo —acepta la doctora Fernández —. Puedes tumbarte, Bianca, y empezamos la ecografía.
Me tumbo y levanto el bajo de la camiseta. Ella echa una cantidad de gel sobre la parte baja de mi abdomen y usa el transductor para extenderlo. Al encender el monitor, lo gira para que Niko y yo tengamos una vista clara de la pantalla.
Aparto los ojos de la pantalla para estudiar a Niko. Tiene la mirada pegada al monitor, la respiración cortada, cuando un sonido llena la sala.
—¿Ese es el latido?
—Todavía no. —La doctora Fernández pulsa el teclado—.
Dadme un minuto. Primero tomaré las medidas.
—Pulsa de nuevo—. Vale. Aquí está vuestro bebé.
—Señala el monitor, donde nuestra diminuta habichuelita se mueve—.
Aquí está la cabeza del bebé. Aquí la columna —señala una curva iluminada—.
Y brazos y piernas. —Vuelve a pulsar y se ríe—. ¡Mirad! ¡Está chupándose el dedo!
Suelto una exclamación y se me abre la boca de asombro.
La doctora Fernández sigue pulsando.
—Las medidas se ven perfectas. Y ahora…
Otro clic y el rítmico shhh, shhh, shhh llena el aire.
—El latido es de 164 pulsaciones por minuto.
—¡Ciento sesenta y cuatro! —exclama Niko, apretándome más la mano.
—Totalmente normal —lo tranquiliza la doctora Fernández.
—¿Está segura?
Ella asiente.
Y él suelta el aire.
Lo miro, estudiando la tensión de su mandíbula. Se relaja mientras el sonido del latido de nuestro bebé lo baña. Se le bajan los hombros, se le separan los labios y una expresión de puro asombro —de amor— le recorre la cara.
Vuelve sus ojos azul profundo hacia mí y suelta una risita.
—Ese es nuestro bebé, Honeybee. —Suena juvenil, con la voz llena de maravilla, como un niño abriendo regalos la mañana de Navidad.
La doctora Fernández sonríe y pulsa otro botón.
—Ese es nuestro bebé, Niko —repito, sintiendo que el corazón podría estallarme en cualquier momento.
Nuestro bebé está perfecto, sano y… es nuestro.
—Esto es para vosotros. —La doctora le entrega a Niko una impresión con varias fotos de la ecografía.
A él se le ilumina todavía más la cara. Ojos brillantes, sonrisa ansiosa, una sinceridad que resplandece bajo su encanto carismático.
—Gracias. Gracias, doctora.
—De nada. —La doctora Fernández le da una palmadita en el antebrazo y me mira—. Enhorabuena a los dos. Michelle entrará en un momento para reservar la próxima ecografía. Si necesitáis cualquier cosa en cualquier momento, llamadme. Si no, nos vemos a las veinte semanas.
Sale de la sala y Niko gira para mirarme, levantando las fotos de la ecografía como si fueran un premio.
—¡Tenemos las fotos!
Me río.
—¿Eso significa que podemos llamar a tu familia?
—Cuando hayamos encontrado tu piso nuevo, sí.
—¿Qué le pasa a este sitio? —le pregunto a Niko mientras estamos en la cocina del tercer apartamento.
Señala las ventanas.
—No tienes vistas.
—Niko, viste mi piso de Nueva York. Miraba a una pared de ladrillo que casi podía tocar con la mano. Esto da a una calle de verdad.
Arruga la nariz.
—Más bien a un callejón.
—Una calle lateral pequeña —aclaro.
Niega con la cabeza.
—Eso no son vistas.
—¡Niko! No tiene que ser perfecto.
—¿Por qué no? —pregunta, cruzándose de brazos.
—Este sitio está bien. Tiene una cocina mona y un dormitorio.
—Quiero que te encante. —Se acerca al agente inmobiliario—. Este no va a servir.
El tipo me lanza una mirada como preguntando: ¿qué quiere tu hombre?
Me encojo de hombros. ¿Cómo demonios voy a saberlo?
Pero me gusta lo implicado que está Niko en asegurarse de que me sienta cómoda en mi nuevo espacio.
El primero no tenía ascensor, así que lo descartó antes incluso de ver el espacio.
El segundo no tenía ventana en la segunda habitación porque era interior.
Y ahora, a la tercera opción le faltan vistas.
¡Recemos para que la número cuatro sea la buena!
No lo es.
Vemos siete pisos, con Niko insistiendo en que el agente nos presente más opciones, antes de que quede satisfecho.
—Este podría funcionar —reflexiona, apoyado en la isla de la cocina mientras asiente—. Buena luz natural, ventanas en todas las habitaciones, conserje y un ascensor más grande. Podrías meter un carrito.
Lo miro sorprendida. Mierda. Ni siquiera había pensado en eso.
—Recién reformado —continúa—. Esa segunda habitación es perfecta para el cuarto del bebé. Y armarios empotrados. —Da otra vuelta por la cocina, abriendo armarios y mirando dentro—. Creo que este podría funcionar, Bianca. Si a ti te gusta. —Se gira para mirarme.
—Me encanta —admito.
Miro al agente inmobiliario y, con inteligencia, se retira de la habitación, saliendo fuera con el móvil pegado a la oreja. Probablemente para quejarse de nosotros.
—Niko, este cuesta el doble que el primero.
Niko se encoge de hombros, imperturbable.
—Pero nos gusta.
—Lo sé —digo despacio—. Pero ni siquiera vas a vivir aquí. Quiero decir, claro que puedes quedarte cuando estés en la ciudad, pero…
—Puedo seguir alojándome en un hotel. —Me corta—.
Bianca, esto no tiene nada que ver con el dinero.
Me importa que te sientas cómoda y segura.
Eso es todo. —Se encoge de hombros—. Si me quedo aquí porque tú quieres que esté, es distinto a que me quede porque tienes sentido de culpa mal colocado por deberme algo.
—Hace comillas en el aire al decir «deberme algo»—.
No me debes nada y quiero hacer esto por ti. Por el bebé. Entonces, ¿te gusta?
—¡Sí! —Lanzo las manos al aire y corro a abrazarlo.
Él me rodea con los brazos y nos mece con suavidad.
—Bien. —Me besa la coronilla—. Bienvenida a casa, Honeybee.