16 Bianca
bianca
—Los medios están destrozando al padre de tu bebé —dice mi hermano, demasiado alegre, mientras entra en mi dormitorio y tira su móvil sobre mi cama.
Lo cojo y miro la pantalla, reparando en los blogs de cotilleo que especulan sobre por qué Niko estuvo en Valencia a principios de semana y si lo dejarán en el banquillo durante más de un partido.
Suspirando, le devuelvo el móvil a Luca. No tengo energía para preocuparme por que sienten a Niko en el banquillo cuando mi vida entera está literalmente implosionando.
—¿Qué? —salto cuando mi hermano se queda observándome un instante.
Se encoge de hombros.
—Pensé que tendrías algo que decir al respecto.
—Pues no.
Luca levanta las cejas.
—¿Has sabido algo de él?
—¿De Niko?
—No, de Papá Noel.
Le enseño el dedo corazón.
—Llama una vez, a veces dos, al día. ¡Hoy ya ha llamado tres veces!
—Ah. Eso está bien, ¿no?
Me encojo de hombros.
—B, ¿qué demonios está pasando?
Suspirando, cierro las manos en puños y me las aprieto contra los ojos.
—No lo sé. Es que estoy… estresada. Sobrepasada.
—Vale —dice Luca despacio, sentándose en la silla del rincón de la habitación.
—Tengo que decirle a Chris que no voy a volver al trabajo. Quiero decir, ¿cómo voy a volver? No tengo ningún puto plan, Luca. Todavía no he encontrado médico aquí. Solo estoy… pagando un alquiler en Nueva York para absolutamente nada. Pero…
—¿Pero? —Luca se inclina hacia delante, con los ojos puestos en mí mientras camino de un lado a otro por el dormitorio.
—¡Si renuncio a él, eso significa que todo esto es real! —le grito a Luca. A la habitación. A nadie en particular. A mí misma.
La comprensión le baña la cara a mi hermano y hasta eso me cabrea.
—Bianca, esto es real —dice en voz baja. Con firmeza.
—¡Ya lo sé! —gimo, lanzando los brazos al aire. Luego me tapo la cara con las manos y me pongo a sollozar.
Y me refiero a un sollozo incontrolable, de hombros temblando y mocos corriéndome por la nariz.
—Merda —maldice Luca.
Al instante siguiente, sus brazos me rodean y me sostiene contra su pecho.
Me aferro a sus hombros, cerrando los puños en la tela de su camisa, mientras lloro.
—¿Qué demonios voy a hacer, Luca?
—Shh —me calma—. Ya lo estás haciendo. Estás creando a tu bebé.
Niego con la cabeza, arrastrando la frente contra su hombro.
—Estoy renunciando a mi carrera. A mi apartamento.
A todo por lo que trabajé. A todo por lo que me dejé la piel.
Lo estoy dejando todo. —Hip.— Y sé que es la decisión correcta.
Lo sé. Pero sigue sintiéndose jodidamente decepcionante—admito.
Dando un paso atrás, me limpio las lágrimas de la cara—. Se siente como si estuviera fracasando.
—¿Qué? —Luca frunce el ceño y niega con la cabeza—. B…
—Estoy tirando mi carrera y mi vida en la ciudad para volver a vivir con mi hermano mayor porque no soy capaz de manejar una mierda sola.
Y todo porque estoy embarazada de un bebé fruto de una aventura de una noche.
Y el hombre ni siquiera vive en el mismo país que yo.
Explícame otra vez cómo eso no es haberla cagado, Luca.
Suspira y se pellizca el puente de la nariz.
—Vale. Si me preguntas si preferiría que estuvieras teniendo un bebé con un tío, una pareja, con quien estuvieras saliendo y de quien estuvieras enamorada, la respuesta sería sí.
Pero el hecho de que vayas a tener un bebé con un tío que parece preocuparse de verdad por ti y por vuestro bebé, y que está intentando estar presente y apoyarte, no es el fin del mundo, B.
Me aparto, lanzándole dagas con la mirada.
—¿Estás de su parte?
Luca suelta una carcajada.
—Sí, eso es exactamente lo que estoy haciendo. Estoy de parte de Niko en vez de la tuya.
Resoplo, sabiendo que estoy siendo ridícula.
—Lo único que digo es que parece un tío decente, B —continúa Luca—.
No te hundas por tu carrera. Sé que la quieres.
Sé que quieres tu vida en la ciudad. Pero esto no te define, Bianca.
Esto no significa que nunca vayas a volver a tener una carrera rápida y emocionante ni a vivir en Nueva York.
Y, para ser sincero, me alegro de que estés de vuelta en Valencia.
Es egoísta, lo sé, pero me encanta volver a vivir cerca de ti.
Me alegra que Carla y yo podamos ayudarte a pasar por esto y estar aquí para ti.
—Argh —me quejo sin motivo—. Deja de intentar hacerme sentir mejor.
Luca suelta una risita.
—¿Te sientes mejor?
—Un poco.
—¿En qué puedo ayudarte?
—No quiero pedirte más ayuda. Ya estás haciendo demasiado.
—B, somos familia. Venga. Dime.
Maldigo y me paso los dedos por el pelo, retorciéndomelo en un moño antes de soltarlo. Apoyando las manos sobre la cabeza, admito:
—Necesito rescindir mi alquiler.
Luca asiente.
—Veré qué puedo hacer. Tú llama a Chris y ten una conversación sincera con él.
—Vale —acepto, a regañadientes.
—Y luego… —Saca el móvil y mira la pantalla. Teclea algo y, un momento después, mi teléfono suena—. Llama a esta ginecóloga. Acompañó a Marlowe durante todo el embarazo y Ale y Mar hablan maravillas de ella.
Suelto una exhalación lenta, sabiendo que me ha tocado la lotería teniendo a Luca como hermano mayor.
—Grazie.
—Prego.
—No podría hacer esto sin ti.
Los ojos de mi hermano se suavizan y me aprieta el antebrazo.
—Podrías, B. Pero me alegro de que no tengas que hacerlo.
Niko
Honeybee, ¿todo bien?
No has contestado a ninguna de mis llamadas.
¿Estás durmiendo?
Me despierto de la siesta y entorna los ojos ante la pantalla del móvil. Mierda. Dos llamadas perdidas y tres mensajes de Niko.
Bianca
Perdona, me he quedado dormida.
Responde al instante.
Niko
No pasa nada. ¿Cómo te encuentras?
Como una mierda, quiero escribir. Pero no lo hago.
Porque eso solo hará que Niko se sienta mal y no hay nada que pueda hacer al respecto. No hay nada que nadie pueda hacer con el hecho de que me sienta tan agotada, tan vacía y… enfadada.
Estoy enfadada todo el tiempo y eso me hace sentir culpable.
Exhalo, sintiendo cómo algunos mechones de pelo se me levantan de la cara antes de volver a caerme sobre las mejillas. Paso la mano por la cabeza para apartarlos y me dejo caer de nuevo sobre la almohada.
Odio que Niko esté pendiente, preocupado, porque soy la mujer voluble embarazada de su bebé que no le contesta las llamadas.
Odio que él esté en Alemania, viviendo la carrera de sus sueños, y yo esté aquí, en España, a punto de hacer estallar mi vida y la carrera por la que me dejé el culo en Nueva York.
Odio vivir con mi hermano y Carla, recién casados, mientras soy una mujer soltera y embarazada sin casa propia.
Y odio, aborrezco, estar furiosa por todas esas cosas.
—¡Argh! —grito a la habitación vacía.
—B, ¿estás bien? —Carla asoma la cabeza por la puerta un momento después.
Debato lanzarle una almohada a la cabeza, pero reparo, con lógica, en que sería inmaduro.
—Bien.
Carla resopla.
—No, no lo estás. Estás cabreadísima.
Me echo el antebrazo sobre la frente y fulmino el techo con la mirada.
—Tienes razón. Lo estoy.
Carla entra en mi dormitorio y me mira durante un minuto entero antes de dar una palmada.
Gimo ante el sonido invasivo.
—Arriba —ordena.
—¿Qué? —La fulmino.
—Arriba, arriba, arriba. —Me quita el edredón de encima y tira de mi brazo hasta dejarme sentada—. Vas a casa de Abuela.
—No puedes encasquetarme a tu abuela para que me haga de niñera —balbuceo, exasperada.
—Ya versa que si.
—¡Carla!
Pero Carla ya está sacándose el móvil del bolsillo trasero y pegándoselo a la oreja. Un momento después, suelta una retahíla de castellano rapidísimo y asiente con gesto sabio mientras me mira con compasión. Una compasión que no quiero. Ni necesito.
Me quedo sentada en el borde de la cama como un saco de patatas.
Carla termina la llamada y sonríe.
—A Abuela le encantaría tu ayuda hoy. Va al mercado de Ruzafa dentro de un rato y luego preparará ensaimadas.
Casi gimo al oír el nombre de esos bollos enrollados y mantecosos que adoro.
—Las ensaimadas son mis favoritas.
—Lo sabemos —responde Carla, conspiradora—. Vístete. Te dejo en su casa de camino al campo. —Vuelve a dar una palmada y hago una mueca—. ¡Venga, venga!
Cuando Carla se marcha, me levanto de la cama de mala gana, me visto para el día y me preparo mentalmente para hornear, una conversación difícil con Chris y pedir mi primera cita médica en Valencia.
—¡Hola! ¿Cómo estás, cariño? —pregunta Abuela, besándome en las mejillas—. Cuéntamelo de camino. Tenemos que salir ahora mismo si queremos que nos dé tiempo antes de que el mercado cierre por la siesta.
Me pasa el asa de su carrito de la compra y me pongo a caminar a su lado.
Mirando por encima del hombro, Carla nos saluda con la mano.
—Paso a recogerte luego.
—Soy perfectamente capaz de volver a casa sola —le recuerdo.
Se ríe, sabiendo que una de las cosas que más me saca de quicio es que me controlen.
—No le hagas caso —dice Abuela, dándome palmaditas en la mano mientras esperamos en la esquina a que el semáforo peatonal se ponga en verde—. ¿Cómo te encuentras, de verdad?
Miro a Abuela y reparo en la curiosidad abierta y la picardía silenciosa de su mirada. Tiene una presencia inmensa y es la matriarca de la familia García, la que mantiene a todos unidos con su ingenio afilado, sus consejos sensatos y sus travesuras hilarantes.
Por un momento, una punzada me atraviesa el pecho al pensar que nunca he tenido esto —y nunca lo tendré— con mi propia madre o mi nonna. Al menos, no como mujer al borde de la maternidad.
La primera vez que supe que estaba embarazada fue apenas unos meses después de que recibiéramos el pronóstico del cáncer de Mama. Nunca le hablé del bebé. A veces desearía haberlo hecho. Pero no habría cambiado nada.
Ahora, sin embargo… oh, mi madre estaría loca de alegría por mi embarazo. Querría a mi bebé más que a la vida misma y me rompe el corazón que nunca vaya a conocer a mis hijos.
—Tan mal, ¿eh? —deduce Abuela después de mi instante de silencio.
—Me siento atrapada, Abuela —admito—. Mi vida en Nueva York era pura energía y vibra. Rápida, emocionante, urgente. Y por fin estaba sosteniéndome sobre mis propios pies, sola, manteniéndome a mí misma.
—Y ahora sientes que ya no.
—No lo estoy —confirmo, resoplando con exasperación—. Vivo con Luca y Carla, metida en su dormitorio de invitados, sin empleo, sin ingresos y sin novio, marido ni pareja.
—¿El padre del bebé no tiene interés en ser padre? —Abuela gira la cabeza hacia mí de golpe.
—No —suspiro—. Quiero decir, no, no es eso. Sí tiene interés en ser padre. Me escribe y me llama constantemente para ver cómo estoy. Es desesperante.
Abuela suelta una risita.
—Y estás enfadada porque para él es fácil hacer la llamada mientras sigue viviendo su vida y tú sientes que estás renunciando a la tuya.
—¡Sí! —acepto con énfasis—. ¿Cómo lo sabías?
—He vivido muchos años, hija. He visto muchas cosas.
—Y luego me siento culpable por estar enfadada con él cuando no es culpa suya.
—Tampoco es culpa tuya —afirma cuando entramos en el mercado. Señala hacia un puesto de fruta y caminamos en esa dirección—. Simplemente es lo que es.
—Siento que ya estoy fracasando —admito en voz baja.
Abuela deja de caminar, vuelve su mirada afilada hacia mí y chasquea la lengua.
—El hecho de que te sientas así me dice que no estás fracasando. Te importa demasiado como para fracasar. Además, ya construiste una vida tú sola una vez. Puedes volver a hacerlo. Solo que esta vez tendrás una pequeña ayudante que te llamará máma, y eso lo cambiará todo.
Se detiene frente al puesto de fruta y sonríe al hombre mayor que se inclina hacia delante desde su mostrador.
—¡Buenos días, guapísima! ¿Qué le pongo hoy? —pregunta el frutero con un guiño.
Abuela hace un gesto hacia las manzanas.
—Lo mismo de siempre. Las manzanas más dulces… como tú, claro.
Resoplo, mordiéndome el labio inferior para no reírme abiertamente mientras observo el intercambio.
El frutero empieza a meter manzanas en una bolsa.
—¡Ay, si todas mis clientas fueran así, cerraba la tienda feliz!
Abuela agita una mano con desdén.
—No digas tonterías, que te lo crees y subes los precios.
El frutero suelta una carcajada encantada.
—¿Algo más?
Abuela niega con la cabeza y me mira.
—Puedes saber lo dulce que será la vida por la fruta que eliges, cariño. No tengas prisa. Elige bien. En este caso, José es el ganador. Él escoge la mejor fruta.
Le pasa un billete de veinte euros.
Mientras espera el cambio, meto la bolsa de manzanas en su carrito.
Luego sigo a Abuela de puesto en puesto, viendo sus intercambios coquetos, juguetones y abiertos con cada persona.
Habla de actualidad con el carnicero, de productos para la piel con la verdulera y se detiene a admirar la foto del nieto recién nacido de las mujeres que venden huevos.
Abuela está plenamente implicada en la vida de una forma que me impacta. Porque resulta familiar, sencilla y… honesta. Y aunque últimamente he echado de menos la energía de estar entre gente y relacionarme con ella, es una vibra distinta a la de Nueva York. Es más tranquila y más… sincera.
Me relajo en el ritmo del mercado, dejando que los colores, los aromas y los sonidos me envuelvan. Y, por primera vez desde que aterricé en Valencia, tomo una respiración purificadora y dejo marchar parte de mi rabia.