15 Niko #2
Asiento y tiro de las puntas de su pelo.
—Estoy bien. No tienes nada de qué preocuparte.
Resopla.
—No te vengas arriba.
—Confía en mí, Honeybee.
Se le juntan las cejas al oír eso.
—Quiero hacerlo. —Su voz es suave, como si le pusiera nerviosa compartir la verdad.
—Lo sé —respondo, bajando la mano hasta el centro de su espalda.
—¿Vino, Niko? —pregunta Luca, señalándome con una botella.
—Claro —respondo.
Marlowe deja a Antonio con algunos juguetes en el salón y el resto nos reunimos alrededor de la mesa.
Carla me pasa un plato.
—Prueba esto —dice, colocándome unas patatas en el plato—. Son patatas bravas. Esto es tortilla —continúa, señalando un segundo plato.
—Básicamente, una frittata —traduce Bianca.
Alejandro y Carla la miran fijamente.
Ella se encoge de hombros.
—Los españoles creen que hay una diferencia. No la hay.
Marlowe suelta una risita mientras se sienta.
—¿Es tu primera vez en España, Niko?
—Sí. Y es una visita corta —explico.
—¿No piensas pasar más tiempo aquí? —pincha Andrés.
Le sonrío.
—Oh, vendré a menudo.
A mi lado, la postura de Bianca se endereza.
—¿Qué te parece Stuttgart? —pregunta Alejandro, cambiando de tema.
—Está bien. Todavía me estoy acostumbrando al equipo —admito con cautela.
—Buena suerte. El entrenador Miller es un cabrón duro —murmura Alejandro.
Inclino la cabeza en señal de acuerdo, pero no digo lo que pienso.
—Has salido en titulares muy distintos desde tu mudanza —dice Luca, recostándose en la silla—. Nada del dios griego de los goles. Ahora va de una mujer misteriosa.
Bianca gime.
—Era su mejor amiga de la infancia. Estaba de visita con su hermano para los dos primeros partidos de Niko.
—Los medios pueden ser duros —empatiza Marlowe.
—Sí, bueno, tengo intención de protagonizar mejores titulares de ahora en adelante —respondo, colocando la mano sobre la rodilla de Bianca bajo la mesa.
Ella cambia el peso, pero no aparta mi mano, y yo le aprieto la rodilla ligeramente para hacerle saber que lo tengo controlado. Todo está bien.
—Bien dicho —anima Carla, sonriéndome.
La conversación se suaviza después de eso.
Hablamos de fútbol, de la vida en Europa y del pequeño Antonio.
Es una locura, si lo pienso, que esté sentado a una mesa con tres futbolistas a los que admiro muchísimo.
Tres jugadores cuyas carreras llevo siguiendo años.
Pero no estoy impresionado ni intentando caerles bien como jugador o atleta.
Estoy aquí por Bianca y eso lo cambia todo. No necesito que piensen que tengo talento en el campo. Solo me importa que crean que soy lo bastante bueno para Bianca y nuestro bebé.
Relajándome un poco, me sirvo las deliciosas tapas, saboreo el vino y participo en la conversación. Me aseguro de responder a sus preguntas con toda la honestidad posible mientras también intento conocerlos.
Poco a poco, Bianca se relaja. Se apoya contra el respaldo de su silla, afloja el agarre del tenedor y se ríe con más libertad con sus amigos y su familia.
En un momento dado, incluso coloca la mano sobre la mía para darme un pequeño apretón. Y esa conexión me hace saber que ella también lo siente. Estamos juntos en esto, sea lo que sea.
Después de casi dos horas de conversación, con Marlowe excusándose varias veces para ir a ver a Antonio, Bianca bosteza.
—¿Tienes sueño? —pregunto en voz baja.
Asiente, regalándome una sonrisa, aunque los párpados le pesan.
—Ve a descansar —la animo.
—Todavía no —murmura.
Inclino la cabeza, estudiando el cansancio que le marca los ojos color chocolate.
—Honeybee.
Resopla. Parpadea.
—Estoy bien. De verdad.
—Vaya —susurra Marlowe.
Me giro, sin darme cuenta de que toda la mesa se ha quedado en silencio y está observando —estudiando— mi intercambio con Bianca.
Marlowe se inclina hacia delante, como si estuviera pendiente de cada palabra, con una expresión soñadora en la cara. Carla parece complacida. Alejandro se muestra tranquilo y abierto. Luca me mira con respeto a regañadientes.
Pero Andrés Huntington, tío, me fulmina como si quisiera clavarme el tenedor en la mano. Resoplando, corta su berenjena y dice:
—¿En serio? ¿Crees que puedes pasar un fin de semana con ella y ahora aparecer aquí y jugar a las casitas?
—Andrés —gruñe Luca, con una advertencia clara en el tono.
Bianca inhala, y una punzada de dolor le cruza la cara.
Se me eriza todo, pero no dejo que se me note el temperamento. Quiere que reaccione y, en cuanto lo haga, perderé la credibilidad que he ido construyendo poco a poco durante la noche.
En lugar de eso, opto por la verdad.
—Lo entiendo. Entiendo de dónde viene eso.
La sorpresa destella en los ojos de Huntington.
—Pero no estoy jugando a nada —continúo—. Estoy apareciendo. Cada día.
La mandíbula de Andrés se tensa y las aletas de la nariz se le dilatan.
—Grandes palabras para un tío que no vive aquí.
Doy un sorbo de agua y lo miro con firmeza.
—No confundas dónde juego con quién soy.
Al otro lado de la mesa, los ojos de Marlowe saltan entre mí, Huntington y Bianca antes de que inhale de golpe.
—¿Qué pasa? —salta Alejandro.
—Nada —chilla ella, negando con la cabeza.
Pero intercambia una larga mirada con Bianca que hace que esta vuelva a suspirar.
—Quizá debería irme a dormir.
—Vale —respondo, levantándome y ayudándola a ponerse de pie.
—Puede levantarse sola, Karas —dice Andrés—. Lleva haciéndolo mucho, mucho tiempo.
—Sí —acepto—. Y hace que parezca más fácil de lo que es.
Me vuelvo hacia Carla y Luca.
—Gracias por esta noche. Me alegro mucho de haber tenido la oportunidad de conoceros a todos.
—Igualmente —dice Carla, levantándose.
Luca también se pone de pie y Alejandro y Marlowe lo siguen. Solo Huntington permanece sentado. Qué sorpresa.
Sonrío.
—No hace falta que os levantéis todos. Seguro que nos veremos pronto.
—¡Ha sido genial conocerte! —exclama Marlowe.
—Igualmente —digo, alzando la mano en despedida.
Bianca, Luca y Carla me acompañan al recibidor.
Luca me tiende una mano y se la estrecho.
—Gracias por venir.
—Gracias por recibirme —respondo, de verdad.
Asiente y da un paso atrás mientras abrazo a Carla para despedirme. Vuelven con sus amigos, dándonos a Bianca y a mí un momento a solas.
—¿Me llamarás en cuanto tengas cita con el médico? —insisto.
—Sí.
—¿Y si necesitas algo? ¿O si te preocupa algo?
Una pequeña sonrisa le parpadea en la boca.
—Sí. Te llamaré.
—Vale.
—¿De verdad sales hacia el aeropuerto dentro de unas horas? —Se muerde el labio inferior, preocupada—. ¿Cómo vas a jugar mañana? Vas a estar agotado.
—Estaré bien; no te preocupes por mí.
Me coloca las manos en los hombros y se pone de puntillas para besarme las mejillas a modo de despedida.
—Hablaremos pronto.
—Cuenta con ello, Honeybee.