14 Bianca
bianca
—¿Quieres que vaya contigo? —ofrece Carla mientras cojo un jersey y me lo echo sobre los hombros.
—No. —Niego con la cabeza—. Quiero decir, gracias. Pero necesito hacer esto sola. —No se me escapa cómo se tensa la mandíbula de Luca. Le dedico una sonrisa suave—. Estoy bien de verdad, Luca.
—He buscado a este crío…
—No es un crío —murmura Carla.
Luca entorna los ojos hacia ella.
—Tiene veinticinco años. Está empezando su primera temporada jugando en Europa y acaba de enterarse de que va a ser padre —resopla Luca—. ¿Y tú crees que va a quedarse?
Carla hace una mueca y yo suspiro.
—Está aquí, Luca —le recuerdo a mi hermano—. Después de que prácticamente le hiciera ghosting. Se subió al primer vuelo en cuanto le conté la noticia.
—Yo diría que está llevándolo bastante bien —añade Carla.
Asiento. Por mucho que odie admitirlo, Niko se está tomando la noticia mucho mejor de lo que esperaba. Mucho mejor que Christian.
Joder, incluso mejor que yo, y estoy intentando no echárselo en cara.
Luca maldice y se pasa una mano por el pelo.
—Invítalo a cenar.
—¿Qué? —suelto.
Mi hermano me lanza una mirada.
—Quiero conocerlo. Invítalo a cenar. Mañana por la noche. —Mira a Carla y ella asiente, indicando que tienen la agenda libre para recibir a cenar al padre de mi bebé.
Joder. Me pellizco el puente de la nariz.
—No sé cuánto tiempo tiene o…
—Vendrá. —Luca me corta—. Si va en serio con esto, contigo y con el bebé, encontrará la forma de venir. Díselo.
—Vale.
—Bien. —Mi hermano se acerca a la puerta y la abre de un tirón—. Sé sincera con él, B. Pero más le vale estar a la altura, joder.
Suspiro y doy un paso para cruzar la puerta, pero en el último momento Luca alarga la mano y me tira de la coleta.
—Puedes hacerlo —murmura, animándome.
Agacho la cabeza para no ponerme a llorar, joder. Asintiendo, digo:
—Eso espero. Nos vemos luego.
Entonces salgo del apartamento y cojo el ascensor hasta la planta baja.
Cuando empujo la puerta del edificio, inhalo una bocanada de aire fresco y limpio. Al avanzar por el Mercado de Colón, reduzco el paso y disfruto de la brisa ligera, del murmullo que se derrama desde los restaurantes y cafeterías, y del momento de soledad.
Los arcos del mercado son altos y conducen a mosaicos intrincados y vidrieras preciosas.
Estudio las imágenes de una cosecha y encuentro consuelo en la representación.
Hay sencillez y abundancia, perseverancia y comunidad, todo bajo un mismo tema dominante.
Y me doy cuenta de que la maternidad inminente, con todos los sentimientos contradictorios que trae consigo, no es algo nuevo.
Es algo que las mujeres han soportado durante siglos. Voy a estar bien.
Ahuecando la mano sobre mi abdomen, inspiro hondo.
Las dos vamos a estar bien.
Cruzo el mercado y me acerco al hotel boutique de Niko. A través de los ventanales de la entrada, lo veo pasearse por el vestíbulo.
Me detengo, absorbiendo su figura imponente. Su pelo oscuro y abundante, por el que no deja de pasarse los dedos. Los pantalones negros de chándal y el jersey sencillo y ligero que se le pega a los bíceps.
Tiene los labios fruncidos, pensativo, moviéndolos apenas como si estuviera articulando en silencio sus propios pensamientos. Parece nervioso, inquieto, y eso me llena de una pequeña chispa de alivio. Se lo está tomando en serio. Está aquí. Le… importa.
No. No puedo permitirme esperar que a Niko le importe más de lo que tiene que importarle. Está aquí por el bebé. No por mí. Desde luego no puedo permitirme creer delirios así, o acabaré con el corazón roto además de desempleada y madre soltera.
Se gira y mi mirada baja hasta su culo firme. Pero, joder, es digno de admirar.
—Espabila, B —me digo a mí misma.
Entonces enderezo los hombros y entro con paso decidido en el hotel.
Niko se gira en cuanto empujo la puerta. Al siguiente suspiro, está delante de mí, abriendo del todo la puerta de un tirón y buscándome con las manos.
—Bianca —exhala, envolviéndome en sus brazos.
Mi cuerpo se queda rígido aunque deseo desesperadamente derretirme en su abrazo. Inhalo y aspiro su colonia especiada, el olor de su detergente y a él. Sus brazos me rodean y se siente maravillosamente bien sentirme cuidada.
Pero no puedo autoengañarme con esto. Tengo que ser lista. Racional. Pragmática.
Le doy una palmadita en la espalda una sola vez antes de apartarme de su abrazo.
—Gracias por venir a verme.
Frunce el ceño y entorna los ojos.
—Habría venido antes si hubieras contestado mis llamadas.
Me muerdo el labio inferior y sacudo las manos mientras la incomodidad se instala sobre mí. No sé cómo tener esta conversación. No sé qué coño se supone que debo hacer.
—No necesitaba que me rescataras, Niko. Necesitaba… espacio. Tiempo para procesarlo.
Me estudia y resulta inquietante. Sus ojos son serios mientras recorren mi cuerpo, deteniéndose un segundo de más en mi abdomen antes de buscar mi mirada.
—¿Qué? —murmuro.
—Pareces agotada —admite.
Y resoplo.
—Sí, gracias. También me siento como una mierda.
Niega con la cabeza mientras se pellizca el puente de la nariz.
—No tienes mal aspecto, Honeybee. No quería decir… —Suspira—. Odio que lo hayas llevado todo sola. Ojalá hubiera podido quitarte algo de estrés de encima. Eso es todo.
Agacho la cabeza y miro durante un segundo la punta de mis zapatillas.
¿Por qué demonios tiene que ser tan amable con todo? No quiero sus palabras bonitas, por sinceras que suenen, porque no puedo confiar en ellas. No puedo confiar en él. ¡Apenas lo conozco!
—Deberíamos hablar —digo.
—Vale —acepta—. ¿Quieres subir a mi habitación? Acabo de registrarme.
Los nervios me llenan las venas. Por mucho que quiera terminar esta conversación de una vez, la idea de sentarme en una habitación de hotel estrecha para hablar de algo tan importante me parece… todavía más jodidamente incómoda que lo que sea que está siendo este intercambio.
—¿Quieres cruzar la calle, ir al mercado y tomar un café? ¿Comer algo? —ofrezco.
—Claro. También me vale.
Me giro hacia la puerta y siento su presencia detrás de mí. Odio lo bien que se siente saber que está aquí. Aunque no pueda admitirlo ante él.
Entramos en el mercado y le doy a Niko la oportunidad de mirar alrededor.
—Este sitio es brutal —comenta, alzando la vista hacia el mismo mosaico de la cosecha que yo estudié de camino a su hotel.
—Podemos comer aquí. —Señalo un restaurante en una esquina.
Niko me sigue hasta el espacio al aire libre y nos sentamos en una mesa del fondo.
—¿Tienes hambre? ¿Algún antojo? —pregunta con suavidad, volviendo a escanearme los ojos—. Yo no… no sé nada de esto.
—Sinceramente, yo tampoco. Siento que estoy perdiendo la cabeza la mitad del tiempo. No estoy acostumbrada a todos estos sentimientos y lágrimas… ugh. Lloro constantemente. Es jodidamente horrible.
—Lo siento, Bianca.
—No lo sabías, Niko.
—Aun así, odio que estuvieras pasando por todo sola.
—No ha sido tan malo —miento—. Mi amiga Marlowe estuvo enferma durante todo su embarazo. Tuvo hiperémesis gravídica y estuvo con náuseas, vomitando y apenas pudiendo comer durante la mayor parte del embarazo. Yo no he tenido muchas náuseas matutinas.
—Eso está bien —dice Niko, horrorizado por mi descripción de la experiencia de Marlowe.
La camarera pasa junto a nuestra mesa y yo pido agua con gas y patatas fritas. Niko elige una ensalada de tomate y atún y una Coca-Cola Zero.
Me recuesto en la silla y lo observo.
—¿Cómo conseguiste que te dejaran tiempo libre para venir?
—No lo conseguí.
—¿Qué? —Me inclino hacia la mesa—. Niko, ¿qué vas a hacer?
Se encoge de hombros.
—Uno de mis compañeros va a cubrirme. Diré que estaba enfermo o algo así. No lo sé y, sinceramente, me da igual. Necesitaba verte, Bianca. Joder, me estaba volviendo loco durante todo el vuelo. Verte por FaceTime, saber que estás bien, ha sido un gran alivio, pero necesitaba verte en persona.
—Lo siento. —Odio lo pequeña que suena mi voz. Odio cuánto me estoy disculpando últimamente, aunque esté justificado. Me siento completamente descentrada.
—No te disculpes. Por nada. Es lo que hay, y ahora tenemos que encontrar una forma de avanzar. Juntos. —Su tono es firme y sus ojos destellan.
Entrelazo los dedos y coloco las manos en el borde de la mesa.
—¿Y tu mujer rubia misteriosa? —pregunto, encogiéndome por dentro al admitir que lo he estado stalkeando en redes.
Niko frunce el ceño y luego se ríe.
—¿Te refieres a Ellie?
Alzo las cejas, sorprendida.
Niko niega con la cabeza.
—Los medios se pusieron las botas con eso. Mi hermano y Ellie vinieron a ver mis dos primeros partidos. Salimos a celebrar la primera victoria y Dimi conoció a una mujer. —Niko resopla—. Una mujer a la que se llevó a mi casa.
Me muerdo el labio inferior mientras una mezcla de diversión y alivio me recorre.
—Ellie y yo fuimos a tomar algo a un bar y al día siguiente estaba por todas las redes. —Niko sacude la cabeza—. Ellie es como mi hermana. No estoy saliendo con nadie.
Asiento, apartando la mirada. No quiero que vea lo aliviada que me siento al oír eso. Porque no debería sentir alivio. No debería sentir nada que no sea referente al bebé.
—No sé cuánto quieres implicarte en… todo, pero no quiero que reorganices tu vida. Entiendo que tu carrera está en Alemania. Y mi vida está entre Nueva York y España.
Niko baja la mirada, pero cuando vuelve a levantarla, noto la seriedad de su expresión.
—Quiero implicarme en todo, Bianca. ¿Qué necesitas?
Niego con la cabeza, erizándome ante la pregunta.
—No necesito nada. Eso es lo que intento decirte. Puedo con esto.
Suspira con pesadez. Se pasa una mano por su pelo perfecto.
—Vale, empecemos de nuevo. ¿Por qué no me cuentas todo lo que ha pasado, incluido el susto en Nueva York, y me pones al día?
—Vale —acepto, y le cuento todo lo que ocurrió en Nueva York desde el momento en que descubrí que estaba embarazada, hasta la confirmación de la ginecóloga, el desmayo en la sesión de fotos y la urgencia al hospital.
Cuanto más hablo, más agitado se pone Niko. Le repiquetean las yemas de los dedos en el borde de la mesa. La rodilla le rebota y, de vez en cuando, choca con la mía. La mandíbula se le tensa y los ojos se le entrecierran.
Cuando termino, se pasa una mano por la cara.
—No te estoy pidiendo nada —le recuerdo.
Baja la cabeza.
—Ese es parte del problema, Honeybee. —Niko levanta la vista y sus ojos azules arden—. No quiero que me lo pidas. Solo quiero estar aquí para ti, para nuestro bebé.
—Y lo agradezco, pero tienes una carrera, Niko.
—Tú también.
—Es tu primera temporada —continúo—. No puedes volar de un lado a otro sin más.
—Haré que funcione.
—No quiero que estés aquí por obligación. —Se lo deletreo.
—Bianca, sé que no nos conocemos tan bien. Pero todo lo que sí sabes de mí, de mi familia… ¿de verdad crees que me alejaría de esto? ¿De mi hijo?
Sus palabras se me entierran en el pecho y bajo la mirada para admitir la verdad.
—No creo que entiendas todavía lo que es esto.
—Puede que no —acepta—. Pero quiero descubrirlo contigo. —Alarga la mano por encima de la mesa y cubre la mía con la suya—. Por favor, déjame.
Aprieto los labios, inhalo y asiento.
—Vale.
—Vale. ¿Cuándo es tu próxima cita con el médico?
—Se supone que dentro de dos semanas, para el final del primer trimestre.
—¿Has encontrado médico aquí en Valencia? O… ¿piensas volver a Nueva York?
Niego con la cabeza, sintiéndome fracasada al admitir:
—Creo que necesito quedarme aquí. Todos mis apoyos están aquí. En Nueva York…
—Te estabas quemando.
Asiento, apartándome el pelo de la cara.
La camarera deja nuestras bebidas y abro la tapa de mi botellín de agua.
—No sé hacer mi trabajo a medio gas. O con menos intensidad.
—¿Y cómo te sientes con eso?
—¿Con dejar URBN Move?
Asiente, con expresión solemne.
Doy un sorbo de agua y dejo que el líquido frío temple parte del calor de mis mejillas.
—Como una fracasada.
—Bianca —dice Niko con suavidad—. Eres lo más lejano que existe de ser un fracaso. Honeybee, estás creando una vida. Eso requiere una cantidad tremenda de trabajo.
—Pero no siento que esté haciendo nada. Solo… existiendo.
—Ayudaré con todo lo económico. No quiero que te preocupes por el dinero.
—No lo hago —admito.
—No necesitamos que tu hermano financie el inicio de la vida de nuestro bebé —dice Niko con seriedad, con la mano apoyada sobre el pecho—. Yo os mantendré a los dos. Te lo prometo.
—Gracias. Pero quiero poder mantenernos yo también. Es importante para mí.
—Lo entiendo —dice, asintiendo—. De verdad. Pero ahora mismo tu salud y la del bebé tienen que ser la prioridad absoluta.
—Voy a llamar a Chris y tener una conversación incómoda. Después pediré cita con un médico aquí.
—Por favor, dime la fecha en cuanto puedas. Estaré allí.
—Niko…
—Haré todo lo que pueda para estar allí —corrige, como si supiera que soy escéptica ante sus palabras.
Necesito ver las acciones detrás de ellas.
Pero no dudo de su sinceridad en este momento y eso me trae una pizca de consuelo.
—Mi hermano quiere que vengas a cenar mañana por la noche —admito.
—Estoy deseando conocerlo —responde con facilidad.
Entorno los ojos. No puede ir en serio. Estoy a punto de insistir cuando la camarera se acerca y coloca su ensalada y mis patatas fritas en la mesa.
—Gracias —dice él, sonriéndole.
Ella se sonroja y yo lucho contra el impulso de poner los ojos en blanco.
Sé que Niko no estaba coqueteando, pero la comprensión de que yo voy a renunciar a mi carrera, cambiar de país y, muy probablemente, no tener citas en los próximos seis meses me golpea como un puñetazo en el estómago.
Voy a cambiar mi vida entera. Joder, mi perspectiva. Mi… todo.
Y Niko seguirá siendo su encantador, sexy y soltero yo… jugando al fútbol en Stuttgart. Haciendo que las mujeres se sonrojen solo con mirarlas.
¿Qué clase de injusticia es esa?
¿Y qué mierda es esta, que tengo que acostumbrarme a ello…?