Fuera de Juego (Amor en Valencia 3) 13 Niko
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13 Niko

niko

—Tienes una cara de mierda —me saluda Ellie por FaceTime.

Hago una mueca y me paso la mano por el pelo.

—Te quedas corta.

Ella resopla.

—¿Cómo de mala es tu resaca esta mañana?

Miro alrededor de mi dormitorio, aliviado de no encontrar a ninguna mujer desconocida en la cama a mi lado, y me relajo contra la almohada. La habitación se inclina hacia un lado y cierro los ojos.

—Puede que siga borracho —admito.

—¡Niko! —me regaña Ellie.

Abro un ojo y veo que intenta contener la risa, aunque tiene los ojos entornados.

—No sé interpretar tu expresión. Son demasiadas cosas a la vez.

—Estoy cabreada y divertida —me ayuda.

Cierro el ojo.

—Yo también.

Ellie suspira.

—Ve a ducharte, bébete un café caliente y llámame cuando estés sobrio. Y despierto.

Corta el FaceTime.

—Vale —le digo a mi dormitorio vacío, soltando el móvil y girándome de lado. Cierro los ojos y dejo que el sueño vuelva a arrastrarme hacia abajo.

La vibración del móvil contra la parte posterior de mi brazo me despierta. No estoy seguro de cuánto tiempo ha pasado. ¿Minutos? ¿Quizá horas?

Es mi único día libre de la semana y, como consecuencia, salí anoche y me puse hasta el culo en un intento de conectar con alguien —con quien fuera— en esta ciudad.

Palpo hasta encontrar el teléfono y deslizo el pulgar por la barra.

—¡Ellie! —gimo—. Sigo durmiendo.

—No soy Ellie —su voz se quiebra en el aire.

Un latigazo de sorpresa mezclada con pánico me atraviesa y me incorporo de golpe en la cama.

—Bianca.

La morena explosiva me mira fijamente. Sacudo la cabeza y me paso una mano por la cara para asegurarme de que no estoy soñando. Parpadeo y no: sigue ahí.

Mirándome con… decepción.

Joder.

—Bianca —exhalo.

—Karas —responde.

—Me alegro muchísimo de que hayas llamado.

Un resoplido desdeñoso.

—¿Sí? Parece que has estado ocupado.

—El horario aquí es una locura…

—Fiestas, mujeres, vivir tu vida sin más. —Su tono es cortante y la animadversión que desprende atraviesa la pantalla y me ataca.

Frunzo el ceño, negando con la cabeza. ¿Qué demonios está pasando ahora mismo?

—Honeybee, me hiciste ghosting.

—¡Estaba aterrada! —grita antes de cerrar la boca de golpe. Los ojos se le abren con horror y suelta una maldición.

—¿Qué? —La miro con atención, odiando que se me vea borrosa.

Necesito encontrar mis putas gafas. O ponerme las lentillas.

Joder, necesito ducharme y beber un café caliente para lo que sea que esté pasando ahora mismo—.

¿De mí? —Me llevo la mano al centro del pecho desnudo.

¿La asusté? ¿Y no me enteré? Quizá fui demasiado intenso.

—No, no. —Niega con la cabeza—. No estoy… tengo que… Karas.

—Bianca, necesito encontrar mis gafas para poder verte con claridad.

Inhala.

—¿Llevas gafas?

—Sí.

—No las llevabas en Nueva York.

—Yo… —Se me escapa una risa ante lo aleatorio de ese intercambio—. Llevé mis lentillas un día de más en Nueva York. En casa suelo llevar gafas.

—Ah. Vale. Búscalas. Tenemos que hablar. Y estaría bien que pudieras verme mientras lo hacemos.

Suelto una risita.

—Estoy de acuerdo.

—¿Me llamas?

—Sí. ¿Me das quince?

—¿Para encontrar las gafas?

—Para ducharme y recomponerme. —Vuelvo a pasarme una mano por la cara—. Tengo resaca.

—Qué suerte.

—¿Quince está bien?

—Vale.

—¿Prometes contestar? —la pincho.

Me enseña el dedo corazón y cuelga.

—Me alegro de que hayas llamado, Honeybee —admito ante la pantalla en blanco.

Luego corro al baño, me meto bajo una ducha fría y me despierto de una puta vez. En quince minutos he localizado las gafas, me he lavado los dientes y he preparado una cafetera. Me siento como un hombre nuevo.

Sentado en la isla de la cocina, agarro el móvil, inspiro y llamo a Bianca.

—Hola. —Contesta al primer tono. Y luego—: Por supuesto, tenías que estar jodidamente guapo con gafas.

—Gracias. —Toco un lado de la montura.

Pone los ojos en blanco, molesta.

—He estado preocupado por ti —admito.

—¿De verdad? —Suena escéptica y eso me cabrea.

—Sí, de verdad. ¿No has recibido mis mensajes? Me enteré de que te habías cogido una excedencia en el trabajo y…

—¿Cómo te enteraste de eso? —El pánico se cuela en su tono.

—Chris. Me mandó las fotos de la campaña, le pregunté por ti y…

—¿Qué dijo?

—Que te habías cogido una excedencia y estabas en España. ¿Está todo bien, Bianca? ¿Tu familia está bien? ¿Ha pasado algo…?

—Estoy embarazada —suelta de golpe.

—Yo… espera… ¿qué? —balbuceo, convencido de haberla oído mal.

Inhala, contiene el aire y lo suelta despacio.

—Niko, estoy embarazada.

—Yo… joder… ¿estás segura?

Me fulmina con la mirada.

—Sí, estoy jodidamente segura. ¿Crees que te llamaría sin más y…?

—No, claro que no. Yo… es que… dame un minuto. Estoy… procesándolo. —Dejo caer la cabeza en una mano y me hundo los dedos en la frente.

Embarazada.

Jodidamente embarazada.

Y, si me llama para decírmelo… significa que el bebé es mío.

Jesús, ponte al día de una puta vez.

Bianca y yo solo pasamos un fin de semana juntos, pero…

El puto preservativo se rompió.

Pero eso fue…

—Bianca. —Levanto la cabeza de golpe—. ¿De cuánto estás?

Hace una mueca. Se me aprieta el pecho y la mano me cae, cerrándose en un puño.

—De once semanas —susurra.

Once semanas.

—Casi tres meses —digo en voz alta.

—Sí, muy bien, eso son once semanas.

Suelto una maldición.

—Yo… ¿por qué no me lo dijiste? ¿Cuánto tiempo llevas sabiéndolo? ¿Cómo has podido ocultármelo?

Los ojos se le llenan de lágrimas mientras me mira.

—Pensé que te habías tomado la píldora anticonceptiva de emergencia.

Las lágrimas se le desbordan.

—Lo hice. Y luego vomité en el avión y…

La comprensión amanece.

—¿Tu cuerpo no la absorbió?

Niega con la cabeza, soltando un gemido miserable.

A medida que se me pasa el shock, noto lo agotada que parece, lo tensa que se la ve.

—¿Tenías miedo? ¿Cuando te enteraste del bebé?

Asiente, llorando con más fuerza.

La culpa me atraviesa y suavizo la voz.

—No llores, Bianca.

—Lo siento —solloza mientras las lágrimas le caen—. Es como si no pudiera parar. Es una fuente todo el tiempo. Y luego me desmayé en el trabajo y…

—¿Qué? —grito.

—Es agotamiento, ¿sabes? Y un hematoma subcoriónico. Y…

—¿Un qué? ¿El bebé está bien?

—Sí. —Asiente con énfasis.

—¿Y tú?

Ante mi pregunta, más lágrimas le burbujean en los ojos y el corazón se me retuerce.

—Honeybee.

—No sé qué estoy haciendo, Niko. En plan, ¿qué coño estoy haciendo?

—No tienes por qué saberlo.

—¡Sí que tengo! Voy a ser madre.

Joder. Eso significa…

—Voy a ser baba.

Ella asiente, secándose los ojos con los nudillos.

—Pedí permiso para ir a verte —digo.

—¿Tú qué? ¿Cuándo?

—Me lo denegaron, pero ahora…

—¿Ahora?

—Esto lo cambia todo.

—No, no lo cambia. Eso es lo que quería decirte. Quiero decir, quería que supieras que estoy embarazada, pero no espero nada de ti, Karas. Sé que jugar en Alemania es tu sueño y tienes compromisos y…

—Deja de llamarme Karas. —La corto, sintiendo cómo me sube la rabia—. ¿Y qué coño quieres decir con que no esperas nada de mí?

—Quiero decir que estoy bien. Tengo apoyo. Mucho, en realidad. Marlowe y Carla. Mi hermano y Andrés y Alejandro. Además, tengo ayuda económica. Luca…

—¿De verdad crees que permitiría que un hombre que no soy yo mantenga a mi hijo?

—Mi tono es bajo. Peligrosamente bajo, mientras una furia que nunca había sentido antes se extiende por todo mi cuerpo.

Es helada y ardiente a la vez, y me hace estremecer—.

¿Ese es el tipo de hombre que crees que soy, Bianca?

A Bianca se le cierra la boca de golpe. Me mira a través de la pantalla y sé en qué momento se da cuenta de que la ha cagado al pensar que no me importaría una mierda.

—Te veo para cenar —digo.

—¿Qué?

—Mándame tu dirección.

—Estoy en casa de mi hermano.

—Entonces mándame la dirección de tu hermano. Te veo esta noche.

—Yo… ¿por qué?

—¿Por qué? —repito, desconcertado—. Porque, Bianca, este es el tipo de conversación que la gente tiene en persona. ¿No crees?

Asiente.

—¿De verdad vas a venir aquí?

Ante el temblor de su voz, parte de mi enfado se disipa. Está asustada, emocional y embarazada. De mi bebé.

—Sí, cariño. Voy a ir a verte, ¿vale?

—Vale —exhala, y no se me escapa el alivio salvaje que le llena la expresión.

La culpa me golpea al pensar que, durante dos meses y medio, ni siquiera sabía que mi bebé existía. Que Bianca estaba lidiando con todo sola. Pero enseguida la sustituye la frustración, porque ¿por qué demonios no me lo dijo?

—Te veo pronto —digo, y termino la llamada.

Después salgo disparado por el apartamento, haciendo una bolsa de viaje. Dudo si avisar a la dirección, pero al final le escribo a Stavros para decirle que ha surgido una emergencia y que necesito que me cubra en el entrenamiento de mañana.

El alivio me recorre cuando recibo su respuesta dos horas después, mientras espero para embarcar en mi vuelo a Valencia.

Stavros

Lo que sea, es mejor que nada.

Entonces apago el móvil, me acomodo en mi asiento del avión e intento hacerme a la idea de esta noticia que me cambia la vida.

Voy a ser baba.

Bianca DiBlanco y yo vamos a tener un bebé.

El calor y el sol son lo primero que me recibe al bajar del avión. No hace calor, pero comparado con el frío de Stuttgart, es un cambio bienvenido.

Enciendo el móvil y siento alivio al ver que Bianca me ha mandado la dirección de su hermano y también un enlace a un hotel cercano. Es un hotel boutique pequeño cerca del Mercado de Colón. Colgándome la bolsa de deporte al hombro, espero en la cola de taxis.

Niko

Voy camino del hotel.

Bianca

Te espero en el vestíbulo.

Niko

Puedo ir a buscarte.

Bianca

El hotel está literalmente enfrente de casa de Luca.

Sin saber qué más decir, hago un Stavros.

Niko

Luego me subo a un taxi y apoyo la cabeza hacia atrás para prepararme mentalmente para lo que voy a encontrarme. Pase lo que pase, Bianca y yo tenemos que comunicarnos y llegar a algún tipo de entendimiento. Tenemos que conocernos y poner a nuestro bebé en primer lugar.

Desde ahora y para siempre, nuestras vidas estarán entrelazadas.

Si vamos a ser copadres, al menos deberíamos intentar ser amigos.