Fuera de Juego (Amor en Valencia 3) 12 Bianca
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12 Bianca

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—¿Cómo va la mudanza? —pregunta Carla, apoyada en el marco de la puerta del dormitorio de invitados.

Es un espacio precioso, con tres habitaciones grandes y ventanales de suelo a techo que dan al Mercado de Colón.

Me aparto de la ventana y le sonrío.

—Estoy bien. Gracias por acogerme, Car.

Ella agita una mano.

—Siempre eres bienvenida aquí, ya lo sabes. Esta es tu casa, B.

La sinceridad de su tono hace que los ojos se me llenen de lágrimas y me maldigo en silencio por ser tan blandengue. ¡Contrólate!

Carla se da cuenta de mis lágrimas, pero no las comenta. En lugar de eso, entra un poco más en la habitación y se sienta en una silla del rincón. Recogiéndose el largo pelo rubio en una coleta alta, me observa con atención. Mientras se trenza la coleta, pregunta:

—¿Qué está pasando?

—¿Luca te ha mandado para que me saques la historia?

—No, piensa hacerlo él mismo. Yo también estoy preocupada por ti.

Sé que no hay forma de que dejaras Nueva York, de que dejaras tu trabajo, si no hubiera una razón seria.

Luca está fuera de sí de preocupación pensando que estás enferma, como tu madre.

—Baja la voz—. Y que tienes demasiado miedo para decírselo.

Mierda. Se me estrecha el pecho. Nuestra madre luchó contra el cáncer de mama durante años antes de que su cuerpo, frágil y consumido por la enfermedad, se rindiera. Aquellos años fueron pura agonía, mientras yo era su cuidadora principal en Nueva York y Luca nuestro principal sostén económico.

El hecho de que mi decisión espontánea de venir a Valencia y no hablar de lo que me ha traído aquí haya empujado a mi hermano de vuelta a esos recuerdos, a ese miedo helado, duele. Jamás le haría pasar por eso a sabiendas, ni a él, ni a Carla, ni siquiera a un desconocido.

Soltando un suspiro, asiento.

—¿Puedes pedirle a Luca que entre también? Me gustaría contároslo a los dos juntos.

La preocupación cruza la cara de Carla, pero asiente, se levanta y sale de la habitación.

Vuelvo a mirar por la ventana. El mercat, o mercado, es en realidad un mercado público abierto y luminoso que se parece a una iglesia por su forma arquitectónica y sus intrincadas vidrieras.

Es un punto de encuentro para cafeterías y restaurantes, además de un lugar donde comprar productos locales y piezas artesanales especiales, como pendientes o cerámica.

Observo a la gente entrar y salir, algunos con amigos, otros con sus parejas e hijos, unos cuantos solos, escuchando música, podcasts o audiolibros con auriculares. Lo que daría por escaparme al mercado justo en este instante.

—Bianca. —La voz de mi hermano interrumpe mis pensamientos.

Tomando una respiración profunda y purificadora, me giro.

Los ojos castaño oscuro de Luca están cautelosos.

Su expresión es severa. Lleva varios días sin afeitarse y parece agotado, como si no estuviera durmiendo.

La culpa me corta el abdomen, retorciéndome las tripas de vergüenza.

Sé cuánto se preocupa: por mí, por Carla, por su anciano amigo Álvaro, por sus compañeros y amigos.

Mi hermano es una persona que se preocupa por los demás por naturaleza y he hecho un trabajo de mierda honrando su empatía y su preocupación al mantenerlo a oscuras tanto tiempo.

—¿Estás enferma? —murmura, sentándose en el borde de mi cama. Tiene las manos cerradas en puños, los nudillos palideciendo por la fuerza con que aprieta. Carla se queda de pie detrás de él, con una mano en su hombro. Calmada, reconfortante y presente—. Solo dínoslo.

—No es nada de eso —digo, queriendo tranquilizarlos.

El alivio llena la expresión de Luca y noto las lágrimas que se le acumulan en las comisuras de los ojos. Su reacción me hace sentir peor. ¿Cuánto más puedo liarla? ¿Cuánto más puedo ser una carga en su vida?

—¿Qué está pasando? —insiste Carla.

Levanto los brazos a los lados antes de dejarlos caer.

—Estoy embarazada.

Los ojos de mi hermano se abren de par en par y se le cae la mandíbula. Carla ladea la cabeza, estudiándome. El silencio nos envuelve y lo siento —su peso— presionándome.

Me froto los dedos contra el centro del pecho, como si pudiera diluir la presión concentrada allí.

—¿Quién coño es? —escupe Luca, poniéndose de pie de un salto. Ahora que el shock se ha disipado, está furioso. Ardiendo de rabia—. ¿Dónde demonios está? —Mira alrededor de la habitación para remarcar su punto.

Y eso es lo último que quiero contarle. ¿No le debo a Niko enterarse primero?

Carla toca el antebrazo de Luca y él se queda quieto. Aun así, sus ojos son letales cuando se encuentran con los míos.

—Dime que fue consentido, Bianca. Dime que…

—Lo fue —grito, acercándome a él—. No pasó nada que yo no quisiera…

Luca suelta una colorida letanía de palabras en italiano.

—Pero, obviamente, esto no estaba planeado —continúo.

—¿Cómo te encuentras? —pregunta Carla con suavidad.

La vergüenza le baña la cara a mi hermano.

—Sì. Come stai, davvero? ¿Cómo estás, de verdad?

La emoción me recorre, burbujeando hasta la garganta y haciendo que una oleada de lágrimas me llene los ojos. Cierro las manos en puños y me los aprieto contra las cuencas. Luego miro al techo para evitar que la humedad se convierta en lágrimas. Como si pudiera controlar esta mierda.

—Merda —maldice mi hermano, buscándome.

En cuanto los brazos de Luca me rodean, me vengo abajo. Me derrito en el abrazo de mi hermano y sollozo contra su pecho. Lloro mis miedos, mi culpa, mi vergüenza. La preocupación y la paranoia se filtran en la tela de su camisa mientras los sollozos me sacuden el cuerpo.

Sus brazos me sostienen, su mano centrada contra mi columna como un ancla.

Durante años hemos sido él y yo contra el mundo.

Nos enfrentamos juntos a las enfermedades de nuestros padres, los lloramos como un equipo y reconstruimos nuestras vidas sin ellos.

Pero ahora está casado. Tiene una familia y una carrera, y no quiero ser una carga para él.

Otra vez. No quiero ser una persona más a la que tenga que cuidar, apoyar y por la que presentarse.

No cuando ya lleva años haciéndolo y yo tengo edad suficiente para mantenerme sobre mis propios pies.

Se supone que ahora debo ser responsable.

—¿Por qué no me lo dijiste en cuanto te enteraste? —murmura contra mi coronilla, y oigo el dolor en su voz—. Podríamos haberte apoyado.

—Lo siento muchísimo —sollozo, negando con la cabeza contra su pecho.

—No tienes nada por lo que disculparte, B —interviene Carla con suavidad.

Cuando me aparto de Luca, noto el dolor en su expresión y me destroza. Sin querer enfrentarlo, me giro hacia mi cuñada y me dejo caer en sus brazos a continuación.

Carla me abraza con fuerza.

—No estás sola en esto, Bianca. Estamos aquí para ti. Somos familia.

Sus palabras son tan reconfortantes como dolorosas, porque odio que tengan que dar un paso al frente por mí y ayudarme apenas semanas después de su boda. Deberían estar centrados en su propia familia, en disfrutar juntos de este periodo de luna de miel.

—No deberíais tener que ayudarme —consigo decir entre sollozos—.

Debería ser lo bastante responsable para manejar esto.

Acabáis de casaros. Tenéis carreras exigentes.

Y aquí estoy yo, otra vez la que la caga, apareciendo en vuestra puerta, sola, asustada y embarazada.

—Me aparto de ellos y camino hasta la ventana—.

No quiero seguir siendo esta persona —le digo al cristal.

No quiero volver a ser esta persona.

Carla suspira.

—Todos necesitamos apoyo a veces, B.

—Parece que yo necesito más que la mayoría.

—¿Y qué? —replica—. Incluso si eso fuera cierto, ¿por qué iba a ser algo malo? Tú has lidiado con mucha más mierda, con mucho más dolor, que la mayoría de la gente.

Cierro los ojos y siento cómo se me escapan más lágrimas.

—¿De cuánto estás? —pregunta Luca.

Y sé que quiere calcular mentalmente cuándo pasó y luego culparse por no haberlo sabido antes.

—De diez, casi once semanas —admito.

—Así que todavía es pronto —añade Carla, como si quisiera tranquilizar a Luca.

Vuelvo a girarme hacia ellos.

—Me desmayé en el trabajo.

La cabeza de Luca se levanta de golpe y sus ojos se clavan en los míos.

—Por eso he venido. Me he cogido una excedencia del trabajo. Me estaba exigiendo demasiado. Deshidratación, agotamiento… —Los voy enumerando con los dedos—. Y luego empecé a sangrar.

Carla palidece.

—Un hematoma subcoriónico —explico, apoyando la palma sobre el abdomen.

No se me escapa cómo los ojos de mi hermano bajan hasta donde sostengo la tripa. Mi bebé.

—El bebé está bien —les aseguro—. Pero me asusté muchísimo.

—Claro que te asustaste —interviene Carla. Ahora está sentada en la cama, con los dedos entrelazados.

—En el trabajo no lo saben. Quiero decir, saben que pasó algo, pero no conocen los detalles. Pedí un tiempo libre y vine aquí —añado.

—¿Lo sabe alguien? —pregunta Luca.

—Marlowe —admito.

Luca y Carla me miran.

Me encojo de hombros.

—Sabía que me daría buenos consejos y no me juzgaría.

Mi hermano agacha la cabeza.

—Yo no te estoy juzgando, B.

—No pasa nada si lo haces —digo en voz baja—. Yo me estoy juzgando.

—¿Qué dijo Marlowe? —pregunta Carla con suavidad.

—¿Y dónde demonios está el padre? ¿Quién coño es para no estar opinando sobre nada de esto? —Luca señala con un dedo y lo agita por la habitación.

—Marlowe dijo que tengo que decírselo —digo, mirando a mi hermano.

Sus cejas se elevan.

—¿No lo sabe?

Niego con la cabeza, miserable. Caen más lágrimas cuando noto el desconcierto de Luca.

—Todavía tengo que decírselo —admito, sorbiendo por la nariz.

Luca aparta la mirada, pero no antes de que detecte la decepción sombreándole el iris.

—¿Es buen tío? —le pregunta Luca al cristal de la ventana.

—Sí —murmuro.

Mi hermano suspira y se pellizca el puente de la nariz.

—¿Quién es, B?

Niego con la cabeza.

—Necesito decírselo a él antes de compartir su nombre.

—Eso es justo —interviene Carla, impidiendo que mi hermano salte por los aires.

Suena el timbre y miro entre Luca y Carla.

Luca vuelve a soltar una maldición.

—Son Andrés, Ale, Marlowe y el bebé. Los invité a cenar.

—Marlowe es un gran apoyo —ofrece Carla con alegría.

Mierda. Cierro los ojos.

—No tienes que contárselo a nadie más —murmura Carla.

—No, está bien. Marlowe lo sabe y ahora… se ha descubierto el pastel. Llamaré a Ni… al padre, después de cenar.

Carla enlaza su brazo con el mío mientras seguimos a Luca hasta el recibidor.

—¿Qué pasa? —pregunta Ale al entrar en el recibidor. Frunce el ceño mientras balancea a Antonio en su cadera—. Tienes mala cara.

Luca suspira y se pasa una mano por el pelo, como hace cuando está frustrado. Luego se gira para mirarme por encima del hombro.

La comprensión destella en los ojos de Marlowe y se apresura a entrar en el apartamento, se coloca a mi otro lado y enlaza su brazo con el mío. Flanqueada por mi cuñada y una de mis mejores amigas, admito:

—Estoy embarazada.

La sorpresa cruza la expresión de Ale cuando su mirada vuela hacia su mujer.

—¿Tú lo sabías?

Marlowe se encoge de hombros con gesto culpable.

Dirijo mi atención a Andrés y hago una mueca cuando el shock, seguido rápidamente por la furia, le cruza la cara.

—¿Embarazada? —repite, con el horror creciendo en sus ojos—. ¿Quién coño es el padre?

—Tranquilo, tío —murmura Ale.

Luca hace una mueca, pero sus ojos encuentran los míos cuando dice:

—Bianca no está preparada para compartir esa información. Ahora mismo vamos día a día y estamos listos para apoyarla como necesite.

Tengo que reconocerle el mérito a mi hermano. Aunque sé que está disgustado conmigo, siempre me cubre la espalda.

—Por supuesto —coincide Ale, cerrando la distancia entre nosotros y besándome en ambas mejillas—. Toma, puedes empezar a practicar ahora mismo.

Me pasa a Antonio.

Marlowe suspira y me quita a su bebé de los brazos, lanzándole una mirada a su marido.

—¿Demasiado pronto? —bromea Ale.

—¿Tú qué crees? —responde Marlowe mientras Carla le da un golpe a su hermano en la nuca.

Ale se encoge de hombros.

—¿Estás bien, B? ¿Cómo te encuentras?

Asiento, consiguiendo una sonrisa acuosa.

—Sí, gracias. Y gracias por el chiste. Sinceramente, necesito algo de humor.

Ale me devuelve la sonrisa y me atrae a un abrazo.

—Vas a estar bien. Pase lo que pase. Todos te tenemos, B.

—Gracias, Ale —digo, dándole unas palmaditas en la espalda.

Mientras mi hermano y Carla guían a sus amigos hacia la cocina, yo me quedo atrás para aceptar la ira de Andrés.

Mi viejo amigo parece devastado, sumando más culpa a la que lleva nadando en mi estómago desde que me enteré de mi embarazo.

—¿Estás bien? ¿De verdad? —pregunta, con el acento australiano más marcado, demostrando lo revuelto que está por la noticia.

—Estoy bien.

Me atrae a sus brazos y me derrito contra él. Me estrecha con fuerza y yo me relajo, enterrando la cara en el hueco de su cuello.

—Bianca —susurra Andrés mi nombre, y oigo las palabras que no dice.

¿Cómo ha pasado esto?

¿Por qué?

¿Quién demonios es el padre?

Le rodeo la cintura con los brazos y presiono las palmas contra la tela de su Henley.

—Estaré bien —repito.

—Sé que lo estarás. Claro que lo estarás. —Se aparta para dedicarme una pequeña sonrisa—. Ojalá me lo hubieras contado.

—Suenas como Luca.

—¿Por eso has vuelto a Valencia?

—Sí. Necesito tomármelo con calma.

La comprensión le baña la expresión a Andrés y me besa la sien.

—Estoy aquí para ti, B. Para lo que necesites. Siempre. Lo sabes, ¿verdad?

—No te merezco como amigo, Andrés.

Algo destella en sus ojos, pero aparta la mirada antes de que pueda leerlo. En lugar de eso, me atrae a otro abrazo.

Nos quedamos así, en silencio, durante varios minutos mientras regulo la respiración y asimilo todo lo que ha pasado.

Estoy embarazada. Mi familia lo sabe.

Ahora no me queda más remedio que contarle la verdad a Niko.