11 Niko
niko
—Vaya. Estas fotos son una pasada —digo, pasando las imágenes en mi iPad—. Gracias por mandármelas, Chris.
—Esta campaña va a ser enorme —dice—. La lanzaremos el martes que viene, así que prepárate para explotar aún más en redes.
—Tengo muchas ganas de ver la campaña completa. ¿Bianca se encarga del copy? —pregunto, intentando sonar casual y rezando para que no oiga cómo me ha temblado la voz, apenas, al decir el nombre de Bianca.
Pero no he sabido nada de ella. No es que esperara que se deshiciera en elogios, pero un mensaje de «buen partido» o «buen gol» después de nuestra primera, segunda o tercera victoria de la temporada habría estado bien.
En cambio, me ha dejado en leído, sin molestarse en responder a los dos últimos mensajes que le mandé.
Supongo que debería haberme tomado al pie de la letra su advertencia de que lo nuestro no significaba nada, pero pensé que, como mínimo, seríamos amigos.
Y ahora que tengo a Chris al teléfono, no puedo no preguntar por ella.
—Ah, claro, supongo que no lo sabrías. Bianca se ha cogido una excedencia —dice Chris, con tono ligero.
La sorpresa me golpea de lleno. ¿Una excedencia? Bianca adora su trabajo. Ni de coña haría algo así a menos que…
—¿Está bien?
—Está bien. Tenía unos asuntos familiares que atender. Ha vuelto a España una temporada —comparte con cautela, sin querer revelar información personal.
—Ah. Bueno, espero que todo esté bien —respondo, sabiendo que no puedo indagar sin levantar sospechas—. ¿La campaña saldrá completa la semana que viene? —pregunto, aunque la campaña me importa una mierda.
Me importa Bianca. Su salud. Su familia. Ella.
Escucho a medias a Chris mientras me cuenta más detalles de la campaña. Pero, en cuanto termina nuestra llamada, llamo a Bianca.
Por supuesto, no contesta. En su lugar, salta el buzón de voz.
Irritado porque no quiere hablar conmigo, dejo un mensaje.
—Honeybee, soy Niko. No sé qué está pasando, pero… avísame de que estás bien, ¿vale? Estoy preocupado por ti.
Cuelgo y empiezo a pasearme por el apartamento, deteniéndome junto a la ventana para mirar la calle bulliciosa de abajo.
Ahora que estamos en septiembre, la temperatura ha bajado.
Los días son más frescos. Lluviosos. Los paraguas salpican la calle mientras la gente se mete en cafeterías y restaurantes.
Me paso una mano por el pelo, inquieto por la frustración. Me siento nervioso. Subido a una mezcla de preocupación, ansiedad y… soledad. Camino hasta la puerta, me ato las deportivas y salgo bajo la lluvia para corer un buen rato… y tratar de despejarme la cabeza.
Cuando vuelvo a casa, me cabrea que Bianca siga sin ponerse en contacto conmigo. ¿Está enferma? ¿Le ha pasado algo a su hermano? ¿Me está haciendo ghosting directamente?
Es ridículo que esté tan retorcido por dentro por una mujer con la que compartí un fin de semana. No significó nada.
Pero eso es mentira. Claro que significó algo. Solo que no algo duradero.
Aun así, eso no significa que no piense en ella. O que no me preocupe por ella. O que no me importe una mierda.
Los pensamientos sobre Bianca me persiguen el resto de la semana. No puedo sacudirme la sensación de que algo va mal. De que algo no encaja.
—¡Karas! ¿Dónde coño tienes la cabeza hoy? —me grita el entrenador cuando fallo un pase.
—Perdón, míster —grito, sacudiendo la cabeza. Jesús. Baba tendría un ataque si pudiera ver lo mal que estoy jugando. Pero estoy distraído, con los pensamientos enredados por una mujer en la que ni siquiera debería estar pensando.
Apagar la mente me cuesta más de lo habitual, pero consigo terminar el resto del entrenamiento con solo un puñado de broncas del entrenador y varias miradas largas de Stavros.
Esa noche, Bianca publica en redes por primera vez en varios días. Es una imagen de la playa, de la marea entrando. Debe de haber aplicado un filtro, porque la foto parece bañada en tinta y transmite un aire sombrío, contemplativo.
Pie de foto: Hora de bajar el ritmo.
¿Qué demonios significa eso? Frunzo el ceño ante la imagen. ¿Está quemada por el trabajo? ¿Ha pasado algo? No pude sacar mucho de mi conversación con Chris, pero no sonó como si hubiera ocurrido nada catastrófico que pusiera en peligro su puesto en URBN Move.
Abro su contacto y escribo un mensaje.
Niko
¿Estás enfadada conmigo? ¿He hecho algo?
Mi pulgar se queda flotando sobre la flecha de enviar. Pero no, esto es una estupidez.
Borro el mensaje. Claro que no he hecho nada. ¿Verdad?
Esa noche no puedo dormir. Doy vueltas durante horas. En lugar de silenciar el móvil, lo dejo sobre mi pecho. Cada vez que vibra, lo agarro. Pero nunca es Bianca y, a medida que pasan las horas, mi preocupación se dispara hasta convertirse en paranoia.
Y lo pago. Porque al día siguiente voy arrastrándome.
Mantengo la cabeza baja en el vestuario. Mis compañeros no parecen darse cuenta. O no les importa. La falta de empatía me eriza la piel y hace que la frustración prenda con fuerza. ¿A nadie de este equipo le importa una mierda nadie más?
Supongo que debería agradecer que nadie me esté señalando por estar tan jodidamente distraído. En cambio, el silencio intensifica lo solo, lo aparte, que me siento en Alemania. La nostalgia —por mi familia, por mi antiguo equipo, por Chicago— se intensifica.
Me lo sacudo de encima y me levanto del banco cuando el entrenador hace sonar el silbato. Nos da instrucciones para el partido de hoy, pero su discurso carece de entusiasmo. No ofrece palabras para levantar la moral del equipo.
En su lugar, todo se basa en métricas. En rendimiento. Resumen: más nos vale ganar, joder.
Cuando salgo al campo, me obligo a buscar hondo dentro de mí. Hay demasiado en juego hoy, en cada partido, para que yo la cague. No en mi primera temporada con Stuttgart. No cuando toda mi familia está conectándose para verme y animarme.
Sacudo las muñecas y salto unas cuantas veces para mantener el cuerpo caliente.
—Bro, relájate —me grita Stavros—. Solo es un partido. No una guerra.
Resoplo. Excepto que, en mi cabeza, se siente como una batalla. Como un rugido que no consigo acallar. Como demasiadas emociones que no puedo procesar una mierda.
Pero ahora no tengo tiempo para pensar en eso. No cuando necesito rendir, ejecutar y jugar para ganar.
Cuando empieza el partido, siento alivio al ver que la memoria muscular toma el control.
Años de entrenamiento me han enseñado a separar mi vida personal de la profesional.
Silencio el ruido, los aficionados y mis propios pensamientos mientras me concentro en la jugada que se despliega a mi alrededor.
Cuando Gus me pasa el balón, salgo disparado.
Tengo la mirada fija en la portería, pero registro a cada jugador del campo con la visión periférica.
Golpeo el césped con los tacos, el viento silbándome en los oídos, mientras giro para evitar a un defensa.
Mantengo el balón pegado al cuerpo, mi juego de pies como una extensión de mí mismo, mientras maniobro alrededor de un segundo defensa y busco a un compañero libre.
Pero no hay ninguno. Así que me centro en la portería.
Entorno los ojos sobre el portero, elijo la escuadra superior izquierda de la red para mi disparo y me coloco para chutar.
Lanzo un tiro rápido, usando el empeine para conectar con el balón a máxima potencia.
El disparo es precioso y el balón cae justo donde esperaba: rozando las yemas de los dedos del portero y entrando limpiamente en la red.
—¡Joder, sí! —grita Stavros.
—Buen tiro, Karas —vocifera Gus.
—Bien hecho, Karas —añade Jorgen.
Y sonrío. Sentir el ánimo de mis compañeros parece más una victoria que haber marcado el gol.
—Buen partido, hijo. —La cara de Baba ilumina la pantalla. Me sonríe de oreja a oreja, encantado de que no marcara uno, sino dos goles en el partido de anoche.
Al final, Stuttgart ganó al Frankfurt y la moral del equipo mejoró ligeramente.
—Gracias, Baba. —Le devuelvo la sonrisa—. Me alegro de que pudierais verlo.
—¡Como si fuéramos a perdérnoslo! —grita Mama desde el fondo, donde está removiendo una olla en el fogón.
—¿Qué estás cocinando, Mama?
Me lanza una sonrisa.
—Avgolemono.
Se me hace la boca agua al mencionar uno de mis platos favoritos. Es una sopa griega de pollo y arroz que se vuelve más bien un guiso cuando le añades huevo y limón. Es cremosa y ácida a la vez, y una de mis cosas favoritas para comer en un día frío y lluvioso. Un día como hoy.
—Uff, ahora mismo me tomaría un cuenco encantado —admito.
Mama asiente, bajando la cabeza, y Baba recoloca la pantalla de su iPad. Sé que Mama está a punto de llorar y eso me aprieta el pecho.
Echo de menos a mis padres. Echo de menos a mi familia y el apoyo infinito que me han dado durante toda mi vida. Durante toda mi carrera. Nunca me di cuenta de cuánto me apoyaba en ellos para tener fortaleza mental y claridad hasta que me mudé aquí.
—¿Cómo va el equipo? ¿Te han aceptado? —pregunta Baba.
—Sí, va bien —respondo, siendo lo más vago posible. Para tranquilizarlo, le hablo de Stavros y de cómo me ha acogido.
—Es porque es griego —señala Baba con total seriedad.
Oigo a Dimi soltar una risita de fondo y lucho contra mi sonrisa. Baba cree de verdad que todo —y todos— lo que tenga siquiera un ápice de griego es superior.
Suena el timbre y Baba mira por encima del hombro.
—¡Hola, hola! ¡Pasad! —Vuelve a girarse hacia mí—. Son YiaYia y Pappou. Tus primos también vienen a cenar. Y Ellie —añade, asintiendo—. Ha traído a Quinn a visitar a su abuela este fin de semana, así que vendrán más tarde a tomar tarta y café.
Otra punzada de nostalgia me atraviesa el pecho.
—Eso es… genial. Pasadlo bien.
—Lo haremos. —Baba asiente ante algo que dice Pappou—. Te paso con Pappou. Buen partido, Niko. Sigue trabajando duro.
—Adiós, Baba —digo, sonriendo cuando la cara de Pappou llena la pantalla—. ¡Hola, Pappou!
Charlo con distintos miembros de mi familia durante los siguientes veinte minutos antes de terminar la llamada.
Me acerco a la ventana y miro el cielo que se oscurece. Otro día lluvioso en Stuttgart. Más soledad como compañía.
—Esto es una estupidez —me susurro a mí mismo. Debería estar fuera, conociendo gente.
Si mis compañeros no quieren ese tipo de ambiente, ¿y qué? Eso no debería impedirme encontrar otras personas con las que hacer amistad. Debería salir a cenar, tomar algo en bares e involucrarme en el idioma y la cultura.
En cambio, estoy encerrado en mi apartamento, pensando en Bianca, que claramente no quiere saber nada de mí, y echando de menos a mi familia.
En medio de mi espiral de paranoia, contacté con la dirección del equipo para pedir dos días libres y volar a España. Estoy al borde de la desesperación por comprobar cómo está Bianca y esa desesperación está afectando a mi vida.
O a mi falta de compromiso para construirme una en Alemania.
Vuelvo a abrir mis conversaciones de mensajes y veo los textos leídos, pero no contestados, que le envié a Bianca. Si quisiera hablar conmigo, lo haría. No se ha puesto en contacto ni una sola vez y ha llegado la hora de dejar de intentar forzar algo que no está ahí.
Deslizo el dedo sobre su nombre y borro nuestro hilo de mensajes.
Después me cambio y me pongo unos vaqueros oscuros y una camisa negra abotonada. Me ato unas zapatillas brutales de URBN Move. Y le mando un mensaje a Stavros.
Sin esperar su respuesta, cojo un abrigo y un paraguas y salgo bajo la lluvia. Hacia mi nueva ciudad. Hacia la vida que debería estar construyendo aquí.