10 Bianca #2
—De verdad —miento a medias. Porque Marlowe no me conocía de antes. Cuando salía con Christian y hacía planes, era una versión más blanda de mí misma. Antes de que a mi madre le diagnosticaran cáncer, no era tan cínica ni tan sarcástica como soy ahora.
—Sí, puedo verlo en ti —dice Marlowe, con la voz libre de juicio.
Y por eso la quiero. Sé que he tomado la decisión correcta al confiar en ella. De hecho, ya me siento mejor sabiendo que alguien, aparte de mí y la doctora Stevens, conoce la verdad sobre el bebé.
—¿Vas a decírselo a Luca?
—Al final. Pero tienes que…
—Lo juro. —Me corta, levantando una mano—. No diré ni una palabra de esto a nadie. Pero, mientras tanto, si tienes preguntas o miedos o, bueno, cualquier cosa, me llamas, ¿vale?
—Vale.
—¿Lo prometes?
Dudo.
—Marlowe, ¿es malo que bebiera alcohol antes de saber que estaba embarazada? ¿Puede hacerle daño al bebé? —Se me quiebra la voz cuando me atraviesa un miedo que no estaba preparada para sentir.
Marlowe niega con la cabeza.
—No, B. Estás bien. Yo le hice la misma pregunta a mi médico cuando me enteré de que estaba embarazada y me dijo que es una preocupación muy común en futuras madres. El riesgo para el bebé es bajo antes de saber del embarazo.
Suelto una exhalación de alivio.
Marlowe sonríe.
—Vas a ser una madre maravillosa, B.
Resoplo, y mi miedo convertido en alivio se transforma en risa. Me río tan jodidamente fuerte que lloro. Sorpresa.
—No sé absolutamente nada de bebés. Ni de ser madre.
—No importa —dice Marlowe, todavía sonriéndome—. Quieres a lo grande. Y eso es, de verdad, lo que más necesita un bebé.
¿Lo es? ¿Mi amor no fue suficiente la última vez?
Trago el nudo que me crece en la garganta y ofrezco una sonrisa acuosa antes de preguntarle por Antonio. Hablamos unos minutos más antes de terminar la llamada.
—Vale —me digo, haciendo una mueca por lo patética que sueno. Luego recojo mis cosas, cojo mi vaso de café descafeinado y me dirijo a la puerta.
Al salir, le saco la lengua al tipo juzgón. Me enseña el dedo corazón y eso me hace sonreír.
—Pirada —murmura.
Me giro, le gruño y él se echa hacia atrás, abriendo mucho los ojos de miedo.
Me río y sollozo durante todo el camino de vuelta a mi apartamento.
Durante los siguientes diez días, me lanzo al trabajo con una intensidad que roza lo imprudente. Con el permiso de Marlowe para ocultarle mi embarazo a Niko durante catorce días, básicamente finjo que no estoy embarazada.
Necesito fingir ahora mismo. Existo en un estado que es mitad recuerdo y mitad desconocido. ¿Perderé a este bebé? ¿Puedo tener a este bebé? ¿Merezco esta segunda oportunidad? Y… ¿cómo demonios voy a gestionar todo sola? ¿Otra vez?
Busco cosas que me hagan sentir que sigo teniendo el control de mi vida.
Soy la primera en llegar a la oficina, pese al agotamiento pegajoso, y la última en marcharme, incluso cuando siento que podría desplomarme.
Acepto cada reunión extra, asisto a cada sesión de fotos y sigo adelante a base de fuerza de voluntad. Como hago siempre.
Claro que me aseguro de ser consciente de las cosas importantes. Tomo mi vitamina prenatal cada mañana, limito muchísimo la cafeína y reduzco mis carreras matutinas. Pero no pongo mi vida patas arriba apuntándome a yoga prenatal.
Simplemente… voy a trabajar. Hago malabares con todo como de costumbre. Y una especie de calma recubre mis días. Puedo hacerlo. Lo estoy haciendo.
Todo está bien.
Hasta que deja de estarlo.
Es en una sesión de fotos en Tribeca cuando mi mundo se tambalea. Un momento estoy hablando con Chris sobre centrarnos más en el movimiento, sobre anclar la sesión en el lujo en movimiento, y al siguiente me voy al suelo.
Los brazos de Chris salen disparados y me atrapa cuando me desplomo.
No llego a desmayarme del todo. Sigo lo bastante consciente para oír el pánico en la voz de Chris al pedir ayuda.
Soy lo bastante consciente para notar el frío increíble que siento y lo rápido que me late el corazón.
El pecho se me contrae con dolor y la cabeza me palpita.
La visión se me estrecha, los colores vibrantes de la azotea se transforman en sombras y entonces llega la oscuridad. Los ojos se me cierran.
Cuando despierto en el hospital, un médico de aspecto severo está de pie a los pies de mi cama.
—¿El bebé está bien? —grazno, llevándome la mano al abdomen. El miedo me atraviesa las extremidades y esos recuerdos de hace mucho tiempo arañan mi mente. La vez que desperté sin un bebé en el vientre. Sola, asustada y vacía.
Tomo una bocanada de aire. Apartando el pasado de mi mente, me centro en el presente.
Recuerdo haberme desmayado en la sesión y el egoísmo de mis actos me cae encima.
Esta mañana se me olvidó desayunar. Iba tarde y, aunque me encontraba rara, me apoyé en la rutina y la constancia por encima de la salud y el bienestar.
—Estás gravemente deshidratada. Agotada. Y, como ya sabes, embarazada —responde el médico, con tono seco.
Suspirando, apoyo la cabeza contra la almohada y asiento.
—También estás sangrando —añade.
Abro los ojos de golpe.
—Es un hematoma subcoriónico —continúa—. En este momento, inofensivo. Pero, obviamente, un susto importante.
—¿Mi trabajo…?
—No lo saben. —Me tranquiliza.
Suspiro y agarro el dobladillo de la sábana.
—¿Y ahora qué? —susurro.
El médico me observa durante un largo momento.
—Ahora descansas. Encuentras un sistema de apoyo, sea cual sea para ti.
Y te recuperas. Ya no se trata solo de ti, señorita DiBlanco.
Se trata de ti y de tu bebé. Tu bebé va a quedarse con todos los nutrientes buenos de cualquier cosa que metas en tu cuerpo.
Eso significa comidas equilibradas y agua.
La culpa me envuelve, apretándome lo suficiente para estrecharme la garganta.
—¿Puedo volar?
—¿Volar? —Alza las cejas.
—Sí. Si me tomo un descanso del trabajo, ¿puedo volar a casa?
—¿Dónde está tu casa?
—Valencia. España —aclaro.
Mira mi historial antes de asentir.
—Sí. Si te tomas un descanso real del trabajo, creo que estar con la familia es la decisión correcta. Necesitas descanso. Calma. Estabilidad.
—O sea, básicamente lo contrario de mi vida en Nueva York.
Me ofrece una pequeña sonrisa.
—Básicamente.
—De acuerdo —acepto—. Vale.
El médico se marcha para dejarme descansar, diciendo que volverá en unas horas para darme el alta.
Luego llamo a Chris, que está preocupado hasta el límite.
Le aseguro que estoy bien y le agradezco profusamente que me atrapara antes de que golpeara el suelo.
Después, siendo lo más vaga posible sin alarmarlo, pido una excedencia en el trabajo.
Una vez me la conceden, marco el siguiente número.
Marlowe García.
Y para cuando me dan el alta del hospital y regreso a mi apartamento, tengo reservado un vuelo a casa para la noche siguiente, mi hermano y Carla están preparando el dormitorio de invitados, y yo llevo mi culo embarazado de vuelta a casa.