Fuera de Juego (Amor en Valencia 3) 10 Bianca
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10 Bianca

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—Estás embarazada, sin ninguna duda. —Mi ginecóloga, una mujer mayor con unos ojos azules amables, sonríe mientras mueve el transductor por la parte baja de mi abdomen.

Inhalo, ignorando la sensación del gel frío cuando coloca el aparato en posición y pulsa unos cuantos botones, mirando el monitor.

Suspiro, negando con la cabeza.

—Me tomé la píldora del día después —le confieso a la doctora Stevens—. Esto no estaba planeado.

La doctora Stevens se detiene y me mira con atención.

—¿La tomaste en los tres días posteriores a la relación?

Asiento.

Frunce el ceño y la frente se le arruga.

—¿Estuviste enferma después? ¿Un virus estomacal, algo que pudiera provocarte vómitos?

Empiezo a negar con la cabeza, pero me quedo helada.

—Sí —exhalo—. Volé a Italia para la boda de mi hermano y hubo muchísimas turbulencias. Vomité dos veces en el avión y me tomé la pastilla justo antes de embarcar.

La doctora Stevens suspira.

—Eso podría explicarlo. La pastilla no habría llegado a absorberse en tu sistema.

Suelto un largo suspiro. La píldora no falló. Fallé yo.

La mirada de la doctora Stevens se vuelve compasiva.

—¿Quieres escuchar el latido del bebé? No tienes por qué, Bianca. Podemos hablar de otras opciones o…

—No —susurro, con un dolor fantasma, recuerdos antiguos y heridas atascándome la garganta—. Me gustaría escucharlo.

Asiente, pulsa unos botones y entonces: shhh, shhh, shhh. El sonido llena el aire y exhalo de forma temblorosa.

Las lágrimas se me acumulan en los ojos —malditas hormonas del embarazo— y sorbo por la nariz. Un alivio inimaginable me recorre el cuerpo. No tenía ni idea de lo nerviosa que estaba, de lo aterrada, ante la posibilidad de no escuchar el latido del bebé. Y ahora que lo he oído…

—Oh, Dios —murmuro.

Hubo un tiempo en que escuché este sonido y me cambió la vida. Amplió mi perspectiva sobre todo lo que creía saber, sobre la persona en la que me estaba convirtiendo. Y después se detuvo, y no creo haber vuelto a ser la misma desde entonces.

La doctora Stevens asiente con comprensión y me da unas palmaditas en el dorso de la mano.

—Vas a estar bien, mamá.

Mamá.

La palabra hace que mis ojos salten a los suyos.

¿Lo estaré? ¿Seré suficiente?

—No estoy tan segura —admito.

La doctora Stevens pulsa unos cuantos botones más en el teclado antes de retirar el transductor y pasarme unas servilletas para limpiarme. Mientras me quito el gel del abdomen, empiezo a parlotear.

—El padre del bebé…

—¿No está involucrado?

—No sabe que estoy embarazada. —Levanto la vista hacia ella y le ofrezco una sonrisa acuosa—. Y tampoco tengo claro cómo decírselo.

Me devuelve la sonrisa.

—La honestidad suele ser el mejor enfoque en estas situaciones.

—Sí. Claro. Por supuesto.

La doctora Stevens ladea la cabeza.

—¿Crees que te apoyará decidas lo que decidas?

—Voy a tener el bebé.

—De acuerdo. ¿Crees que el padre querrá tener una relación con el bebé? —pregunta con suavidad, y sé que lo hace por mi bien, para que considere todos los ángulos de esta decisión, no por curiosidad.

Trago saliva mientras vuelvo a abrocharme los vaqueros. Los noto un poco más ajustados de lo normal.

—No estoy segura.

Pero mientras pronuncio esas palabras, sé que son mentira. Niko Karas será un padre increíble. Tal vez se le de major que a mí. El pensamiento resulta extrañamente reconfortante.

—Lo entiendo. Si necesitas cualquier recurso o apoyo durante este tiempo, estamos aquí para ti.

—Gracias, doctora Stevens.

—Abigail te dará cita para la próxima revisión. Si en algún momento papá quiere venir, será más que bienvenido.

—Claro —consigo decir, aunque no logro imaginarme llevando al dios griego de los goles a mi próxima cita con la ginecóloga. No cuando está disfrutando del foco —profesional y personalmente— en Alemania.

Recojo el bolso, me detengo en recepción para programar la siguiente cita y salgo de la consulta.

El frescor de principios de otoño flota en la brisa de verano mientras la temperatura coquetea con el cambio de estación. Vestida con un top corto estructurado, una blazer, vaqueros y bailarinas, parezco preparada para cruzar hacia septiembre. Pero no me siento así en absoluto.

No. Me siento al borde de la desesperanza. Y también eufórica. Y jodidamente aterrada.

Entro en una cafetería y pido un café. ¡Descafeinado! Luego me siento en una mesa de la esquina y abro las redes sociales de Niko.

Últimamente, los blogs de cotilleo han estado destacando su incipiente relación con una mujer misteriosa. Una mujer anónima, alta, rubia, de ojos azules y preciosa, que celebró a su lado su primera y su segunda victoria de la temporada.

—Argh —gimo en voz alta, ganándome una mirada del hombre sentado en la mesa de al lado. Cuando lo fulmino con los ojos, aparta la vista rápidamente.

No quiero decirle a Niko que estoy embarazada. Joder, no quiero decirle a nadie que estoy embarazada. La última vez que lo hice… mi vida se vino abajo. La rabia en los ojos de Christian, el gesto feo de sus labios, las palabras odiosas y crueles que me lanzó…

Sacudo la cabeza, apartando recuerdos que he reprimido durante tanto tiempo que a veces me pregunto si fueron tan malos como los recuerdo. ¿O necesito que lo hayan sido para aliviar la vergüenza, la culpa, que vino después?

Mi fecha de parto no es hasta el 19 de abril. ¡Abril! Falta una eternidad.

¿Cuánto tiempo puedo ocultarlo antes de que alguien lo adivine? ¿Cuánto tarda en notarse un embarazo? ¿Cuatro meses? ¿Seis? No tengo ni idea.

Me muerdo la comisura mientras le doy vueltas a esas preguntas y me doy cuenta de lo poco preparada que estoy para esta experiencia, porque no sé prácticamente nada.

La última vez no llegué al segundo trimestre y, después de aquello, cerré la puerta y bloqueé toda la información pertinente relacionada con el embarazo y la maternidad.

Era demasiado difícil de absorber. Y, de todos modos, tampoco merecía ese conocimiento.

Suspiro y doy un sorbo a mi café, dejando que el tueste intenso me centre.

¿Quién sabe cosas de bebés? No puedo preguntarle a nadie del trabajo porque no quiero que en el trabajo sepan que estoy embarazada. No puedo preguntar a ninguna de mis amigas de la infancia porque harán demasiadas preguntas sobre el padre, y no estoy preparada para compartir eso.

Necesito a alguien en quien pueda confiar.

Marlowe.

Marlowe García fue mi antigua compañera de piso y es prácticamente mi familia. Tuvo un embarazo horrible, sigue siendo una madre primeriza reciente y entiende la discreción.

Pulso su nombre en la pantalla del móvil, me pongo los AirPods y contengo el aliento.

—¡Hola! —responde, con su sonrisa luminosa llenando la pantalla. Antonio gorjea de fondo, y el sonido de su vocecita me golpea justo en el pecho—. ¿Estás bien?

—¿Tan mala cara tengo?

—Pareces… cansada —dice despacio.

—Mar —empiezo.

La preocupación le cruza la expresión a mi amiga.

—¿Qué pasa? —Su voz sale en un susurro, quebrándose un poco.

Los ojos se me llenan de lágrimas y Marlowe se acerca más a la pantalla.

—Necesito hacerte jurar que guardarás el secreto. Necesito… necesito consejo. Y no estoy preparada para hablar de esto con nadie más.

—Vale. —Asiente—. Confía en mí. Lo que necesites, estoy aquí.

Las lágrimas se me derraman por las mejillas mientras la gratitud hacia mi amiga me desborda.

—Estoy… joder, Mar. Estoy embarazada.

A Marlowe se le abre la boca por la sorpresa. Se queda mirándome boquiabierta.

—¿En serio? —murmura el hombre de al lado, chasqueando la lengua y negando con la cabeza.

Lo fulmino con la mirada.

—¡Que te jodan!

Él frunce el ceño, cierra el libro de golpe y se muda a dos mesas de distancia. Buen viaje.

—¿Estás segura? —pregunta Marlowe con cautela.

—Salgo de cuentas el 19 de abril, acabo de venir de la ginecóloga.

—Joder.

—Mamá. Mamá. Mamá —parlotea Antonio de fondo.

—Estoy aquí, amor mío —dice Marlowe, agachándose para coger a su hijo en brazos—. Vale. Vale. —Se traslada a una mecedora y su cara vuelve a enfocarse—. Vale.

—Deja de decir eso.

—Lo siento. Tienes razón. Hablemos. Estás… ¿de siete semanas?

—Ocho.

—¿Cómo te encuentras?

—Agotada. Hormonal. Jodidamente loca.

—Todo normal —exhala, sonriéndome—. Eso es bueno.

Suelto un suspiro pesado. ¿Lo es? Ya me he sentido así antes y terminó en un quirófano frío y estéril.

—No sabía que estuvieras saliendo con alguien… —Deja la frase en el aire.

Entorno los ojos.

Marlowe asiente.

—Vale. De acuerdo, entonces no.

—No.

—¿Vamos a decírselo al padre?

—Todavía no —admito.

—¿Sabemos quién es el padre?

Le lanzo una mirada.

—Escuchamos y no juzgamos —me recuerda.

—Aún no se lo he dicho. ¿Cuánto crees que puedo esperar antes de hacerlo?

—Depende —dice, pensativa—. ¿Vas a cruzarte con él?

—Ni de casualidad.

—Tienes algo de tiempo.

—¿Como ocho meses? —pregunto, esperanzada.

—Como dos semanas más —responde, frunciéndome el ceño—. Tienes que decirle al padre del bebé. Es lo correcto. Pero, siendo lógicas, también podrías no saber todavía que estás embarazada, así que… puedes darte dos semanas de margen si necesitas más tiempo para procesarlo o reunir valor.

—Vaya, gracias.

Marlowe sonríe.

—¿Estás nerviosa? ¿Feliz? ¿Hecha polvo?

—No lo sé. Cuando he oído el latido del bebé hoy…

—¿Has oído el latido? ¡Eso es maravilloso!

—Me ha afectado mucho más de lo que imaginaba. Ha sido como si me aplastara un alivio puro, sin diluir.

—Sí. Lo entiendo.

—Pero también estoy… confundida. Obviamente, no es así como imaginaba hacer esto.

—¿Porque no estás casada?

—No, eso me da igual. —Niego con la cabeza—. Porque estoy empezando a avanzar en el trabajo y me encanta mi carrera. Y, quiero decir, ni siquiera estoy saliendo con el padre del bebé.

—Claro.

—Nunca imaginé la maternidad sola, pero tampoco me imaginé activamente siendo madre. —No desde la última vez. No desde Christian. Entonces tenía veintidós años y era ingenua. Ahora sé más; no cometeré los mismos errores.

—¿De verdad?