9 Niko
niko
El sudor me perla la frente y tengo las manos húmedas cuando el entrenador dice mi número.
—¡Once! —ladra—. Entras.
Me va a meter en el partido. El primer partido de la temporada. Mi primer partido en Europa. Estoy a punto de pisar el campo y una mezcla de expectación, nervios y emoción me inunda el cuerpo.
Me acerco al entrenador y él me agarra por la parte trasera de la camiseta. Cuando lo miro, su expresión es severa, sus ojos fríos. Levanta un dedo.
—Tómate tu tiempo. Mantén la cabeza fría. Una oportunidad, Karas. Eso es todo lo que vas a tener.
Asiento. Tengo una puta oportunidad para demostrar lo que valgo. Toda la semana, comentaristas deportivos y blogs han especulado sobre si jugaría hoy. Está pasando y estoy preparado. Joder, llevo esperando esta oportunidad.
El estadio es eléctrico. Miles de aficionados rugen, golpeando las gradas con los pies. Las banderas ondean, los tambores retumban y la energía —emoción, tensión, urgencia— es tan palpable que puedo saborearla. Inhalarla. Dejar que me cubra y me ancle a este momento. Es ahora.
Levanto la vista hacia la grada donde están sentados mi hermano y Ellie. Gracias a Dios que están aquí. Saber que me están viendo, que toda mi familia en Chicago está conectada, me hace inhalar hondo antes de correr hacia el campo. Esto es por lo que he trabajado. Por lo que todos hemos trabajado.
Juego al fútbol de manera limpia, seguro y consciente, esperando mi oportunidad. Mantengo la cabeza en su sitio, busco huecos y aguardo mi momento. Paciencia.
En el minuto setenta y uno, se presenta una oportunidad. El centrocampista Jorgen Dahl recupera la posesión en el centro del campo. Mantiene el balón pegado al cuerpo mientras sus ojos escanean el terreno de juego.
—¡Corre! ¡Corre! —oigo gritar a Stavros desde la banda.
Salgo disparado desde la línea de medio campo, sin apartar la vista de Jorgen. El sudor me cubre la nuca. La adrenalina bombea por mis venas. El viento me silba en los oídos.
Me abro paso entre los centrales con el hombro justo cuando Jorgen me envía un pase con la trayectoria perfecta, asegurándose de que el balón caiga un paso por delante de mí mientras avanzo a toda velocidad.
La multitud ruge y el ritmo cambia. Siento el cambio. La nuca se me eriza por la conciencia del momento. Es ahora. Este es el momento.
Controlo el balón en carrera, lo domino, lo preparo y, cuando el portero sale hacia mí, hago mi movimiento.
Bajo el hombro, recorto hacia dentro mientras el último defensa entre la portería y yo, aparte del portero, queda atrás.
Concentrado, voy a por el disparo, curvando el balón bajo y apuntando al segundo palo.
El portero se lanza, pero es demasiado tarde.
El balón vuela hasta la red, asegurando nuestra ventaja de 2-1.
El estadio enloquece.
Joder. Me quedo mirando, en shock, durante unos segundos antes de que Jorgen se me eche encima. Mi equipo se agrupa a mi alrededor, dándome palmadas en la espalda, revolviéndome el pelo y, por fin, joder, por fin, abrazándome como uno de los suyos.
Esa noche, después de los medios postpartido, donde doy entrevistas, sonrío para fotos y firmo autógrafos, me sorprende que Jorgen se una a Stavros, Ellie, Dimi y a mí para cenar. Vamos a un asador y celebramos la victoria, con mis dos compañeros brindando por mi éxito.
Significa mucho para mí que hayan hecho el esfuerzo de venir. Pero la fiesta de verdad arranca después de la cena. Aunque Jorgen y Stavros se excusan, Ellie y Dimi insisten.
—¡Dimi no aguanta! —me grita Ellie al oído unas horas más tarde.
—¿Dónde está? —Me giro, buscando a mi hermano.
Estamos en el centro de un club. Las luces laten, la música atruena y el alcohol corre libremente.
No es mi ambiente habitual. Joder, no salía de fiesta así desde que fiché por primera vez con Chicago.
Pero le prometí a mi hermano y a Ellie que lo pasaríamos bien. No, genial. Y aquí estoy, cumpliendo.
—Se ha vuelto a tu casa —explica Ellie.
—¿Solo?
Me lanza una mirada.
—¿Se ha llevado a una mujer a mi casa?
Ellie suelta una risita.
—¿Esperabas otra cosa? Es un estadounidense de diecinueve años en Alemania por primera vez y su hermano acaba de ganar un partido para Stuttgart. El chaval tiene algo de credibilidad.
Me río y asiento, de acuerdo.
—Cierto.
—¿Quieres que nos vayamos de aquí? ¿Tomar algo en algún sitio… más tranquilo? —pregunta Ellie, tirándome del brazo.
—Joder, El, nos estamos haciendo mayores —admito, guiándola hacia la salida.
—Lo sé —acepta mientras salimos del club y nos recibe el aire fresco de la noche—. Mi hermana va a hacer que me salgan canas antes de tiempo.
Aunque no he bebido lo suficiente para estar borracho, voy bastante achispado. Ellie también debe de estarlo, porque tropieza a mi lado y le rodeo la cintura con el brazo para mantenerla firme.
—¿Cómo está Quinn? —pregunto mientras la llevo a The Social House. Tiene una terraza estupenda y probablemente este sea uno de los últimos fines de semana en que podamos disfrutarla antes de que bajen las temperaturas.
—Bien esta semana, porque está con su tía y sus primos. ¿En general? —Ellie me lanza una mirada—. Esa chica es un imán para los problemas.
—¿Drogas?
—Esta vez no. —Ellie niega con la cabeza—. Está liada con un tío… —Se interrumpe. Encontramos una mesa junto al perímetro de la azotea y nos sentamos—. Es… posesivo.
La preocupación se me dispara.
—¿Va a ser un problema?
—Quizá —murmura. Luego cierra los ojos y presiona las yemas de los dedos contra las cuencas—. Probablemente.
—El, tienes que…
—Te diré cuando necesite ayuda.
Suspiro, odiando lo que está insinuando. Sabiendo que ya necesita ayuda, apoyo, ahora, y dándome cuenta de que no hay mucho que pueda hacer desde aquí.
—Puedo ir a Texas en nuestro primer descanso y…
—No, no puedes. —Ellie coloca una mano sobre mi antebrazo y aprieta—. Te lo agradezco, Niko, pero no es realista. Y todavía no necesito ayuda.
—¿Me lo dirás cuando la necesites? ¿De verdad?
Asiente.
—Sí. Si se complica tanto, prometo avisarte.
—Bien.
Vuelve a apretarme el antebrazo.
—Gracias, Niko. No tengo ni idea de cómo habría llegado hasta aquí sin ti y tu familia.
—Lo estás haciendo muy bien, Ellie. Lo sabes, ¿verdad?
Resopla.
—La mayoría de los días no se siente así. Se siente como si estuviera cuestionándome a mí misma constantemente.
—Sí —exhalo—. Últimamente yo también me he sentido así. La única diferencia es que yo solo estoy pensando en mis cosas. Tú estás pensando en ti y en Quinn.
El camarero se detiene junto a nuestra mesa y pedimos un par de pintas de cerveza.
—Es diferente —acepta Ellie, apartándose mechones rubios detrás de las orejas. Agacha la cabeza mientras se recoge el pelo en un moño bajo y lo sujeta con una goma—. En el segundo en que eres responsable del bienestar de otra persona… joder. Todo cambia al instante.
—Quinn tiene suerte de tenerte.
Ellie sonríe con suavidad.
—La afortunada soy yo. Ella me salvó tanto como yo la ayudé.
Llegan nuestras cervezas y las chocamos en silencio.
—Enhorabuena por la victoria, Niko —murmura Ellie.
—Gracias por estar aquí, El. Significa mucho para mí.
—Siempre. Ya sabes que somos familia.
—Siempre —convengo, dando un trago a mi cerveza.
Ellie y yo hablamos hasta la madrugada. Espero hasta que mi hermano me informa de que ha cerrado el tema con la mujer que se llevó a casa y la ha subido a un Uber.
Ellie pone los ojos en blanco cuando le enseño el mensaje de Dimi.
—¿Te imaginas hacienda algo así ahora?
—No somos tan viejos, El.
—Se siente como si lo fuéramos —murmura—. Necesitaba este viaje más de lo que imaginaba, Niko.
—Sí. Yo también necesitaba tiempo contigo y con Dimi más de lo que pensaba —comparto—. Venga. —Me levanto—. Vamos a casa.
Arropando a Ellie bajo mi brazo, recorremos las pocas calles hasta mi apartamento.
Cuando llegamos, Dimi ya está roncando en el sofá.
Ellie se ríe y le revuelve el pelo. Le lanzo a ella un pantalón de chándal e indico que coja mi cama mientras yo me desplomo sobre el colchón hinchable donde se suponía que iba a dormir Dimi.
Me subo el edredón hasta los hombros y me giro, con los ojos cerrándose al instante.
Pero no puedo evitar la sonrisa que me atraviesa la cara.
Hoy he ayudado a mi equipo a ganar. Pero ¿lo mejor?
He podido celebrarlo con Dimi y Ellie. Dormiría en un colchón hinchable todas las noches si eso significara tener días como este.
No hay sustituto para estar con la gente a la que quieres.