Fuera de Juego (Amor en Valencia 3) 7 Niko
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—Venga, tío, tómate otra cerveza —dice mi nuevo compañero de equipo, Stavros, dejando una pinta delante de mí.

—Gracias. —Levanto la lager.

Stavros es griego y, dado el origen de mi familia, se ha encargado personalmente de darme la bienvenida a Stuttgart. Para ser sincero, se lo agradezco.

Han pasado poco más de dos semanas desde que empecé la pretemporada en Alemania y no ha sido como esperaba.

—¿Cómo te estás adaptando? —pregunta Stavros.

Aprieto los labios, preguntándome hasta qué punto puedo ser sincero con el veterano del equipo. Aunque Stavros está cerca de retirarse y ha construido su carrera jugando en Italia, lleva las dos últimas temporadas como centrocampista titular en Stuttgart.

—Bien. Ha sido una transición.

—Respuesta neutral. Ya estás aprendiendo.

—¿Los entrenamientos son siempre tan… reglamentados?

—Sí —suelta, dando un trago a su cerveza—. Cuando llegué aquí, me costó acostumbrarme. Stuttgart es un buen equipo, pero el estilo de entrenamiento está muy orientado a los resultados. Ganar por encima de todo. Con ese tipo de enfoque tan absoluto, no hay mucho vínculo de equipo.

—¿Alguno de los chicos queda después de una victoria? ¿O salís a cenar juntos en los partidos fuera de casa? —lo intento de nuevo. Necesito ajustar mis expectativas. Quiero entender lo aislante que va a ser esta nueva experiencia.

Aunque paso los días en el estadio, moviéndome entre calentamientos, ejercicios y reuniones de equipo, los chicos de mi nuevo equipo, salvo Stavros, apenas han intercambiado conmigo algo más que saludos y conversación genérica.

Cuando llega la hora de comer, la mayoría prefiere mirar el móvil antes que conocerse entre ellos.

—A veces. —Stavros se encoge de hombros—.

Yo estoy en un momento de mi carrera distinto al tuyo, Karas.

Me quedan energías para una temporada, quizá dos.

Pero tú tienes toda la carrera por delante.

Este es uno de esos equipos donde agachas la cabeza y rindes.

No es un sitio donde construyas un legado.

Asiento, sabiendo en mi interior que me está diciendo la verdad.

—Creo que no gestioné bien mis expectativas.

Stavros llama a un camarero y pide varios aperitivos y ensaladas.

—Nah. —Niega con la cabeza—. Entiendo por qué tenías esas esperanzas.

Jugabas para tu ciudad, venías de un equipo con una cultura y un sentido de confianza y comunidad.

Siento decírtelo, pero no vas a encontrar eso aquí.

El mejor consejo que puedo darte es que aparezcas, no te metas en líos y lo des todo en el campo.

Si puedes demostrar tu potencial, tendrás oportunidades de jugar en otros clubes.

Si eso pasa… —chasquea la lengua y vuelve a negar con la cabeza— firma en la línea de puntos.

Doy otro sorbo a mi cerveza y asiento en agradecimiento.

—Aprecio la sinceridad.

—Solo intento cuidarte. Haz que vengan también algunos de tus amigos. El tiempo aquí pasa más rápido cuando tienes familia y amigos cerca. Sobre todo en invierno. —Hace una mueca.

Eso me hace reír.

—Los inviernos de Chicago son bastante brutales.

—Cierto. A lo mejor estás a salvo de la depresión estacional.

Compartimos una carcajada y le doy las gracias a la camarera cuando deja los aperitivos. Después, nuestra conversación deriva hacia Grecia y las tradiciones familiares.

Es el primer intercambio familiar y sencillo que he tenido desde que llegué a Alemania.

Antes de Stavros, pasaba mi tiempo libre intentando encontrar mi sitio, buscando una oportunidad para conectar con mis compañeros.

Pero cada intento ha sido rechazado. Mis compañeros no buscan un nuevo amigo.

Buscan a un jugador profesional que ayude a mejorar la posición del equipo.

Eso es todo. Por lo que a ellos respecta, solo estamos aquí para jugar al fútbol.

Aunque cuesta tragarse esa píldora, será mejor darme cuenta ahora y cambiar la perspectiva.

Por suerte, Dimi y Ellie vienen a visitarme en tres semanas y estarán aquí para ver mi primer partido.

Aunque no espero salir de titular, creo que tendré bastantes minutos en el campo.

El lado positivo de no tener círculo social es que mi existencia se ha reducido al fútbol.

Me he centrado el doble en mi juego y he demostrado que seré un jugador importante sobre el césped.

Si todo lo que Stavros ha compartido es cierto, lo tomaré como una victoria. Aunque no se sienta realmente como una.

El punto brillante de mi semana llega en forma de tres pizzas deep-dish congeladas, directas desde Chicago.

Le doy las gracias al repartidor, firmo la entrega y me río mientras desempaqueto la caja.

Hay una de queso, una de pepperoni y otra de champiñones, cebolla y pimientos.

Se me hace la boca agua al ver las pizzas congeladas.

Enseguida enciendo el horno y dejo la de champiñones sobre la encimera de la cocina mientras guardo las otras dos en el congelador.

—Tiene que ser Mama. O la tía Thea —murmuro a mi apartamento vacío. Luego niego con la cabeza. ¿De verdad Mama o la tía Thea me mandarían una pizza a domicilio? A las dos les cuesta usar la app de Uber o iniciar sesión en sus cuentas de Facebook—. No —decido—. Es Alex. O Ellie.

Pero cuando rebusco en la caja principal y mis dedos abren la nota doblada de dentro, me sorprende leer el nombre de Bianca.

Para cuando te golpee la nostalgia. Puedes con esto, Niko. ¡Que tengas una gran temporada! Con cariño, Bianca.

Sonrío al leer la nota y paso el pulgar sobre su nombre mecanografiado. El simple hecho de que haya pensado en mí me calienta por dentro. Ha sido un gesto considerado y, aunque dudo que imaginara que ya estaría echando de menos mi casa, el momento de su regalo no podría ser más perfecto.

Cuando la pizza está caliente, la saco del horno y corto una porción. La felicidad me recorre con el delicioso olor de la cebolla y los pimientos, el hilillo de grasa que gotea de la masa, el sabor del queso fundido cuando doy el primer bocado.

Grabo un vídeo rápido de mí comiendo.

—Esto está buenísimo —admito—. Gracias, Honeybee. Me has alegrado la semana.

Le envío el vídeo mientras disfruto de la cena.

Esa noche, me responde.

Bianca

¡Me alegro de que haya llegado! Se supone que tienes que guardar las pizzas para cuando las necesites de verdad.

Niko

La necesitaba.

Bianca

¿Todo bien?

Suspiro, sin querer admitir lo difíciles que han sido estas últimas semanas.

Niko

En ello.

Bianca

Dale tiempo.

Niko

¿Y tú? ¿Qué tal el trabajo?

Pasan unos minutos y doy por hecho que Bianca se ha liado con el trabajo. Recojo la cocina, me ducho y me preparo para dormir. Estoy a punto de apagar la luz cuando entra su respuesta.

Bianca

¡Ocupada! Que tengas una buena semana, Niko.

Niko

Tú también. Gracias por pensar en mí.

Bianca

Cuando quieras.

Suspirando, dejo el móvil en la mesilla y apago la luz. El teléfono vuelve a vibrar y lo cojo.

Bianca

Pienso en ti más de lo que debería.

Su confesión me llena las extremidades de una ligereza inesperada. Por nuestro fin de semana juntos, sé que le ha costado admitirlo, así que no la dejo colgada.

Niko

Yo también pienso en ti.

Me recuesto contra la almohada y cierro los ojos. Más tranquilo de lo que me he sentido en semanas, me quedo dormido.

Una semana después, estoy revisando mis redes sociales cuando una imagen hace que clave el pulgar en el centro de la pantalla y detenga el desplazamiento.

Bianca DiBlanco.

Lleva pantalones de cuero ajustadísimos, botas militares y un diminuto top negro de tirantes tan finos que podría romperlos.

Tiene el pelo liso como una tabla, los labios teñidos de ese rojo merlot, y hace el signo de la paz.

La boca ligeramente entreabierta, como si estuviera a punto de reírse, y los ojos brillantes: profundos, oscuros y seductores como el demonio.

El pie de foto dice: Energía NYC: atrevida, indomable y absolutamente mía.

Suspirando, paso el pulgar sobre su cara. Joder, la echo de menos. ¿No es curioso? Echo de menos a una mujer que apenas conozco. Una mujer con la que pasé un puñado de horas hace un mes.

Eso es una señal de lo jodidamente solo que estoy.

De lo a la deriva que me siento aquí, en Stuttgart, donde supuestamente estoy viviendo mi sueño.

Al menos, eso es lo que piensa mi familia.

Ni de coña voy a confesarles a mis padres, a Dimi o a Alexandria lo dura que está siendo esta mudanza.

No cuando han sacrificado tantísimo para que yo llegue hasta aquí.

No, por lo que respecta a todos en casa, mi realidad es un puto sueño hecho realidad. Y, al menos sobre el papel, supongo que lo es.

Hago una captura de la foto de Bianca.

Cambio de aplicación, abro mis mensajes y bajo hasta encontrar el nombre de Bianca. Entonces le mando la imagen de ella.

Niko

¿Signo de la paz o señal de que me echas de menos? Desde aquí no lo distingo.

Me incorporo en el sofá cuando veo aparecer las burbujas de escritura en la parte inferior de la pantalla. No esperaba que respondiera tan rápido, pero… el pulso se me acelera. ¿Tan desesperado estoy por tener conversación?

Bianca

Eso es porque estás demasiado lejos.

Niko

Cierto.

Bianca

¿Qué tal Stuttgart?

Niko

Bien.

Bianca

Todo el mundo sabe lo que significa «bien». ¿Cómo va de verdad?!

Resoplo. Sujetando el móvil, miro nuestro intercambio. Más que nada, quiero confiar en alguien que no sea Stavros. Alguien que me conozca.

Y aunque pasamos poco tiempo juntos, el tiempo que Bianca y yo compartimos fue sincero. Auténtico.

Bianca

¿Tan mal?

Suelto una risa y niego con la cabeza.

Niko

Está siendo una transición dura.

Bianca

¿No fue la bienvenida de héroe aclamado que esperabas?

Niko

Ni siquiera una cena de equipo.

Bianca

Espera… ¿en serio?

Niko

La cultura del equipo es cerrada. Nadie se sienta alrededor de una hoguera a cantar Sweet Caroline.

Bianca

Tu canción favorita.

Niko

Lista.

Bianca

Mi especialidad.

Niko

¿Qué tal todo por ahí? ¿Trabajo?

Bianca

Ocupada.

Niko

¿Ya me estás sustituyendo por un atleta más nuevo, más joven y más guapo?

Bianca

Estás por encima de buscar cumplidos, Karas.

¿O de verdad estás tan solo?

Resoplo, pero que me lo suelte así, acertando de lleno, escuece.

Niko

Patético, ¿no?

Pasan varios instantes antes de que responda.

Bianca

No. Honesto. Y eso me gusta de ti, Niko.

Si no estuviera hasta arriba de trabajo, te llamaría ahora mismo.

Niko

No te preocupes. En realidad tiene gracia. No soy tan abierto con nadie salvo contigo

Bianca

Me cuesta creerlo.

Niko

A mí también.

Bianca

Te adaptarás. Será más fácil. Y te mandaré más pizzas.

Niko

Ya veremos. Pero tú pareces feliz. Sigue así.

Bianca

Por ahora.

Frunzo el ceño, inclinándome hacia delante mientras busco subtexto en sus palabras.

Niko

¿Qué significa eso?

Bianca

Nada. Solo que… últimamente estoy cansada. Voy a entrar en una reunión. Que tengas buena noche, Karas.

Niko

Tú también, Honeybee.

Suspirando, tiro el móvil y me arrastro fuera del sofá. Después me obligo a ducharme, a prepararme pollo con verduras para cenar y a dejarme caer frente a la televisión.

Bianca tiene razón. Necesito darle más tiempo a esto. Poco a poco, me adaptaré y encontraré mi sitio. Si Stavros pudo hacerlo, después de haber tenido una carrera ilustre en un equipo familiar en Italia, yo también puedo.

Tengo que mantener el rumbo. Dar la talla. Centrarme el trabajo.

Además, si le dijera a mi baba que esto es lo más difícil que he hecho en mi vida, se partiría de risa. No voy a decepcionarlo, ni a deshonrar la oportunidad que me ha dado, dejando entrever que esta mudanza no ha sido la experiencia que esperaba.

En lugar de eso, prometo redoblar mi compromiso con mi juego. Agacharé la cabeza y rendiré en el campo. Dejaré que el fútbol hable por mí y, con suerte, a medida que pase el tiempo, encontraré algún punto en común con mis compañeros.

Es hora de cortar de raíz esta mierda de nostalgia y añoranza y hacer lo que he venido a hacer. Jugar al fútbol.

Para cuando mi hermano y Ellie lleguen dentro de unas semanas, estaré viviendo el sueño que imaginé para mí. Les enseñaré la ciudad y me aseguraré de que pasen unos días increíbles en Stuttgart, mi nuevo hogar.

Inhalando hondo, apago la televisión y camino descalzo hasta mi dormitorio. A partir de mañana, voy a cambiar mi perspectiva. Voy a cambiar mi forma de verlo. Y eso cambiará mi situación aquí, en Alemania.